Le pedí a mi hija que posara desnuda para mí
Me llamo Mateo, tengo cuarenta y nueve años y vivo en una cabaña de madera tan cerca del mar que algunas noches el ruido de las olas se mete en mis sueños. Toda mi vida fui un desastre con patas: mochila al hombro desde los dieciocho, sin respeto por nada ni por nadie. Hasta que apareció Camila. Ella me sacó del pozo, me arrancó de las fiestas que duraban semanas y de las cosas que me estaban matando despacio.
Pero Camila no era ninguna santa. Era tan salvaje como yo. Nos emborrachábamos en la playa, nos reíamos de todo, hacíamos el amor sobre la arena hasta que el sol salía por detrás de los médanos. Ella era mi musa, mi norte, la razón de cada cuadro que pinté en veinte años.
Cuando murió, todo se apagó. Una enfermedad fulminante se la llevó en pocas semanas, cruel y sin avisar. Y yo dejé de pintar. El caballete se cubrió de polvo en un rincón del taller. No podía tocar un pincel sin verla a ella posando desnuda contra la luz del atardecer, con olor a sal todavía pegado a la piel.
Vendimos la casa grande de la ciudad y me mudé a esta cabaña diminuta, casi sobre la arena. Vivía solo, hablando con las gaviotas, hasta que mi hija tuvo que volver.
***
Renata tenía veintiún años y un orgullo del tamaño del océano. Regresó porque ya no podía pagar el alquiler ni la facultad en la ciudad, y eso la tenía amargada. Apenas me hablaba. Se iba a caminar sola por la orilla durante horas o se encerraba en su cuarto con la música alta. Yo respetaba su silencio. Bastante tenía con el mío.
Una tarde de un calor infernal escuché correr la ducha. Después, la puerta del baño se abrió y el vapor salió con ella, envuelta apenas en una toalla diminuta. Olía a jabón de coco y a piel tibia. Cuando levantó los brazos para secarse el pelo, la toalla se le abrió apenas un segundo.
Vi más de lo que debía. Vi un cuerpo joven con un bronceado dorado, marcado por las líneas blancas del bikini, la cintura estrecha y los hombros todavía mojados. Me quedé congelado con una taza de café a medio camino de la boca.
Vergüenza. Eso sentí primero. Y después algo peor: ganas de pintar que no sentía desde que Camila se había ido.
Esa misma noche, sin pensarlo demasiado, destapé los óleos. Pero ya no me salían los paisajes de antes. Me salían cuerpos. Curvas. Pieles doradas contra la luz.
***
Al día siguiente Renata entró al taller buscando un cargador y se quedó muda frente al lienzo. Una mujer de espaldas, el pelo mojado, gotas resbalando por la columna hasta perderse en la curva de la espalda baja. Se reconoció al instante.
—Soy yo… —dijo bajito, con la voz temblando—. ¿Por qué me pintaste así, papá?
Bajé el pincel despacio.
—No pintaba nada desde que tu mamá murió. No podía. Cada vez que lo intentaba la veía a ella ahí parada, posando, y se me rompía todo por dentro.
Renata se acercó un par de pasos. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Yo también la extraño muchísimo —murmuró.
—Era mi mundo entero —le contesté, y la voz se me quebró en la última palabra.
Nos quedamos callados. Afuera, el mar rugía contra las rocas. La luz de la tarde le doraba la cara y le encendía las pecas de la nariz.
—Perdoname por hacerte volver —le dije—. Por sacarte de la ciudad, de la facultad, para traerte a este pueblo perdido donde no pasa nada.
Ella negó con la cabeza, aunque una lágrima se le escapó igual.
—Siempre quise ser como mamá —confesó—. Tan libre. Caminaba desnuda por la casa, por la playa, y le daba igual lo que pensaran los demás. Esa parte de mí… acá nunca va a salir.
Me reí, con una nostalgia que dolía.
—Cuando conocí a tu mamá era idéntica a vos ahora. Rebelde, sin miedo a nada. Sus padres me odiaban, ¿sabías? Ella venía de buena familia, plata, apellido, todo eso… y terminó con un muerto de hambre como yo. Pero nos amábamos de verdad. De esos amores que ya no se ven.
Renata sonrió apenas, triste.
—Quiero volver a sentirme así. Libre.
Le puse una mano en el hombro. Tenía la piel caliente todavía, y olía a sal y a jabón.
—Entonces dejá de preocuparte tanto. Viví tu vida. Yo ya no tengo ataduras, nena. Hacemos lo que queremos y a nadie le importa.
Nos miramos un segundo de más. El aire del taller se cargó de algo que ninguno de los dos nombró.
—Posá para mí —le pedí, casi en un susurro—. Como posaba tu mamá. Como posaban las modelos que venían cuando éramos jóvenes. Es solo arte… pero te va a hacer sentir lo que ella sentía.
Tardó en contestar. Después asintió, con timidez.
***
La primera sesión fue tensa como un cable a punto de cortarse. Se sacó la ropa despacio, mirando al piso, cubriéndose con los brazos cruzados. Se paró frente a mí con los hombros encorvados y las piernas juntas, como queriendo desaparecer.
Yo pintaba en silencio, intentando concentrarme en la luz y en las sombras. En el bronceado dorado interrumpido por las líneas claras del bikini. En la curva de la cintura. Pero el pulso se me iba, y ella lo notaba. No decía nada. Solo se ponía colorada y miraba hacia la ventana.
Las sesiones siguientes fueron cambiando, poco a poco, como cambia la marea sin que te des cuenta. Renata dejó de cubrirse. Empezó a pararse derecha, a tocarse el pelo, a dejar que la brisa del mar entrara por la ventana y le erizara la piel. A veces me miraba de reojo con una sonrisita tímida que me desarmaba.
***
Una tarde el calor era insoportable. Yo estaba sin remera, transpirando, con el ventilador escupiendo aire caliente. Renata llegó con un short y un top deportivo y se los sacó sin que se lo pidiera, como si ya fuera lo más natural del mundo.
—Hoy traje algo —dijo bajito.
Sacó un porro del bolsillo del short y me lo mostró con una sonrisa cómplice.
—Mamá y yo fumábamos a veces, en el balcón… ¿te acordás?
Sonreí.
—Cómo no me voy a acordar.
Lo encendimos y compartimos caladas largas, pasándonoslo en silencio. El humo se mezcló con el olor a salitre, a trementina y a transpiración. Nos relajó rápido. A los dos se nos pusieron los ojos rojos y las risas empezaron a salir solas, por cualquier cosa.
—Posá como quieras —le dije, con la voz más ronca de lo que pretendía—. Sin reglas. Sin poses. Como te salga.
Se sentó en el taburete, las piernas cerradas al principio. Pero después de otra calada las fue abriendo, despacio, lo justo para que yo viera todo. Me miró con una carita inocente que tenía, sin embargo, una chispa coqueta encendida en el fondo. Se mordió el labio de abajo.
—¿Así? —preguntó, ladeando la cabeza, el pelo cayéndole sobre un pecho.
Asentí. No me salía la voz. Pintaba con la mano temblándome tanto que la línea me salía quebrada. Renata se pasó los dedos por el cuello, bajó la mano, se rozó apenas un pezón. Lo apretó suave. Se me escapó un gemido bajo, involuntario.
Se rió, jugando.
—¿Te gusta?
—Mucho —contesté, ya sin disimular.
Abrió más las piernas. Se apoyó en las manos hacia atrás, arqueando la espalda, el pecho hacia adelante. El bronceado dorado contrastaba con las zonas claras de la piel. El porro se consumía solo entre mis dedos, olvidado.
Dejé el pincel. Me acerqué.
—Quiero corregirte la postura —mentí, y los dos lo sabíamos.
***
Le puse las manos en las caderas. Le ardía la piel. Mi cuerpo rozó su muslo y ella no se movió ni un milímetro. Solo respiró hondo y levantó la cara para mirarme con esos ojos grandes, brillantes.
—Papá… —susurró.
La besé. Suave al principio, como tanteando si el suelo iba a aguantar. Después con hambre. Sabía a humo, a sal y a algo dulce que no supe nombrar. Le sostuve la cara con las dos manos y ella me devolvió el beso con la misma desesperación, como si llevara meses conteniéndolo.
La levanté del taburete y la senté sobre la mesa larga del taller, entre los tubos de óleo y los frascos de aguarrás. Le besé el cuello, bajé por la clavícula, recorrí el bronceado con la boca. Ella me hundió los dedos en el pelo y echó la cabeza hacia atrás.
—No pares —jadeó—. Por favor.
Me arrodillé en el piso de madera, le separé las piernas y la besé entre los muslos, despacio, sin apuro, saboreando cada reacción. Renata me agarró del pelo y gemía bajito, mordiéndose el dorso de la otra mano para no hacer ruido, aunque ahí no había nadie que pudiera oírnos salvo el mar.
Cuando me incorporé, ella ya tiraba de mi cinturón con dedos torpes. Me bajé el pantalón. La miré a los ojos mientras la atraía hacia el borde de la mesa, y entré en ella despacio, centímetro a centímetro, sin dejar de mirarla. Estaba temblando, mojada, apretada.
Me rodeó la cintura con las piernas y me clavó las uñas en la espalda. Empecé lento, hondo, sintiendo cómo me apretaba con cada embestida. Le sostuve la nuca con una mano y con la otra le agarré la cadera para marcarle el ritmo.
—Más —pidió contra mi oído—. Papá, más…
La hice darse vuelta y apoyarse sobre la mesa. Le besé la espalda mojada de transpiración, le mordí suave un hombro. Volví a entrar, esta vez más fuerte, y le pasé la mano entre las piernas para acariciarla en círculos mientras la embestía. Renata gemía, jadeaba, repetía mi nombre y después la palabra que no debía decir, una y otra vez.
Se vino temblando, apretándome con todo el cuerpo, sollozando de puro placer contra la madera. Yo aguanté unos segundos más y terminé poco después, gruñendo contra su nuca, mientras afuera el mar seguía rugiendo y el humo del porro todavía flotaba en el aire caliente del taller.
***
Nos quedamos abrazados sobre la mesa, sudados, sin hablar, oliendo a sal y a humo. Afuera caía la tarde y la luz dorada entraba por la ventana como si nada hubiera cambiado.
Pero todo había cambiado. Y los dos lo sabíamos.
Renata giró la cabeza y me miró con una sonrisa pequeña, la primera de verdad desde que había vuelto.
—Ahora sí me siento libre —dijo.
Esa noche volví a pintar hasta el amanecer. Y por primera vez en mucho tiempo, no fue el fantasma de Camila el que me miraba desde el lienzo.