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Relatos Ardientes

Espié a mi padre esa noche y después bajé a buscarlo

El gemido de mi madre se cortó de golpe, ahogado por una embestida tan dura que lo sentí en mi propio cuerpo. No fue un quejido: fue un mordisco de aire arrancado a la fuerza. A través de la rendija de la puerta, en el reflejo del espejo del armario, vi cómo mi padre se hundía en ella sin pausa, sin ternura, sin preguntar. Y yo, escondida en la penumbra del pasillo, me deshice por dentro.

La mano me temblaba cuando la bajé hacia el elástico del pantalón corto. La tela estaba húmeda, y no era sudor del verano. Era yo, un calor espeso que llevaba horas cociéndose a fuego lento. Deslicé los dedos por debajo y el primer contacto fue como tocar un cable pelado. Estaba hinchada, resbaladiza, ardiendo. Olía a algo dulzón y salado a la vez, un olor mío que solo él sabía despertar.

Cuando mi padre empezó su vaivén salvaje, encontré el punto exacto y empecé a frotar. Despacio al principio, círculos pequeños con la yema del dedo. Cada círculo era un eco de su empuje. Cuando él avanzaba, yo apretaba. Cuando retrocedía, yo soltaba el aire que ni sabía que estaba conteniendo.

Los sonidos del dormitorio eran la banda sonora de mi propia perdición. El chasquido obsceno de su cuerpo entrando y saliendo del de ella, un ritmo húmedo que me helaba la sangre y me incendiaba el vientre. Los gemidos de mi madre ya no eran de sorpresa, sino de pura rendición.

—Así, más fuerte —jadeaba ella—. Úsame, no pares.

Y los gruñidos de él, profundos, guturales, sonidos que no parecían salir de un hombre sino de algo más antiguo.

—Toma, esto es para ti —siseaba mi padre contra su nuca.

Pero yo sabía la verdad. No era para ella.

Cerré los ojos un segundo y me concentré en la sensación. El dedo se movía más rápido ahora, lubricado por mí misma, y notaba cómo la tensión trepaba desde el bajo vientre como una cuerda de violín que alguien tensaba sin piedad. Volví a abrir los ojos. Necesitaba mirarlos.

En el espejo, la escena era brutal. Mi padre, con los músculos de la espalda tensos como sogas, sudando, el rostro contraído en una mueca de furia y de hambre. Le agarraba las caderas con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. La tenía dominada, poseída, y cada golpe de su pelvis era una violencia que me gritaba a mí desde el otro lado del pasillo.

—Te voy a partir en dos —dijo él, y su voz me llegó como una promesa lanzada en mi dirección.

Me metí un dedo dentro. Entró sin esfuerzo. Estaba tan abierta, tan mojada, que no ofrecí ninguna resistencia. El interior era caliente y esponjoso, y me encogí sobre mi propia mano. Imaginé que era su dedo. Imaginé que era él. Empecé a penetrarme al ritmo que marcaba el espejo, mientras con el pulgar seguía martillando el punto que me hacía perder la cabeza. Dos compases, el suyo y el mío, fundidos en una sola cosa sucia y perfecta.

Mi madre soltó un grito agudo, el anuncio de su propio final.

—Me corro —dijo entre dientes—. Dios, me estoy corriendo.

Eso fue lo que me empujó al borde. Verla perder el control, saber que era mi padre quien se lo arrancaba, fue demasiado. La cuerda en mi vientre se rompió.

Un espasmo me recorrió de los pies a la cabeza. Las piernas me fallaron y tuve que apoyarme en el marco de la puerta para no caer. Un torrente de calor estalló desde adentro, una ola tan intensa que rozó el dolor. La vista se me nubló, solo veía manchas. Un grito ronco se me escapó de la garganta y lo tragué a tiempo, mordiéndome el dorso de la mano libre. Me corrí con una fuerza que no conocía, temblando, goteando, sintiendo cómo el calor me bajaba por el muslo.

Mientras me sacudía, mi padre se tensó entero. Con un rugido que pareció mover las paredes, terminó dentro de ella. Vi cómo se hundía una última vez, cómo se quedaba inmóvil un instante, y después se desplomaba de espaldas sobre el colchón, jadeando.

El silencio que vino fue peor que el ruido. Pesado, lleno de sudor y de algo parecido al arrepentimiento.

Me quedé en el umbral de mi cuarto, con la mano todavía dentro de la ropa, temblando. El aire olía a sexo, al mío y al de ellos. Y entonces, mientras mi padre se incorporaba al borde de la cama, giró la cabeza hacia la puerta entreabierta de mi habitación. No sé si me vio. Pero creo que sí. Y en su mirada no había culpa. Había una pregunta. Y una advertencia.

***

Horas más tarde, el recuerdo seguía clavado en mí como un anzuelo: la imagen de él hundiéndose en ella, el sonido de sus rugidos, el sabor de mi propio orgasmo todavía en los dedos. Se había convertido en una droga. Y yo necesitaba otra dosis.

Me levanté de la cama con una decisión que me sorprendió a mí misma. No tenía sed ni hambre. Tenía una necesidad animal de estar cerca de él, de respirar el mismo aire, de comprobar si la tormenta había pasado o si solo era la calma antes de un nuevo ciclón.

Salí de mi cuarto sin hacer ruido. Llevaba una camiseta fina, sin nada debajo, y unas braguitas de algodón tan pequeñas que casi no estaban. No me molesté en ponerme más. Quería sentir el aire frío en la piel, quería que se me marcaran los pezones, quería que él me viera.

La cocina estaba a oscuras, iluminada apenas por la luz azulada de la nevera abierta que se derramaba hacia el pasillo. Y ahí estaba él. De espaldas, con la puerta del frigorífico abierta, el contorno de su cuerpo dibujado por esa claridad fría. Solo llevaba el pantalón corto del pijama, y la espalda ancha y los hombros le hacían una montaña de sombra. Bebía agua directamente de la botella, con la cabeza echada hacia atrás. Vi cómo se le movía la garganta al tragar, y ese detalle tonto me encendió.

Me acerqué despacio, descalza sobre la losa fría. No me oyó.

—¿No puedes dormir? —pregunté.

Mi voz, apenas un susurro raspado, lo hizo dar un respingo. Se giró de golpe, apretando la botella con tanta fuerza que el plástico crujió. Sus ojos, ya acostumbrados a la oscuridad, me encontraron al instante. Me recorrieron de arriba abajo y se detuvieron en mi pecho, en mis piernas desnudas, en la tela mínima que apenas me cubría. Lo oí cortar la respiración.

—Irene. ¿Qué haces aquí?

—Tengo sed —mentí, y me acerqué un paso más, hasta quedar casi rozándolo.

Abrí la puerta de la nevera de par en par y nos bañó a los dos en una luz blanca, clínica, que no dejaba nada a la imaginación. Metí la mano en el estante buscando el cartón de leche, y al hacerlo dejé que mi brazo se deslizara contra su espalda. El contacto fue mínimo. Eléctrico. Lo sentí ponerse rígido, contener el aire. Yo, en cambio, respiré hondo y me llené los pulmones de su olor.

Saqué el cartón, frío y pesado, y me volví hacia él con la luz a mi espalda. Sabía que la silueta de mi cuerpo se transparentaba entera bajo la camiseta.

—¿Quieres un poco? —dije.

Él negó con la cabeza, incapaz de apartar la mirada.

—No.

—Seguro que sí.

Con una lentitud calculada me llevé el borde del cartón a los labios. No bebí. Dejé que una gota de leche fría me resbalara por el labio de abajo y, sin dejar de mirarlo a los ojos, me la lamí muy despacio con la punta de la lengua. La invitación era tan clara como si la hubiera gritado.

Él tragó saliva. Se oyó en el silencio de la cocina.

—Irene, no empieces otra vez. Lo de antes… fue un error. Un error enorme.

—¿Un error? —dejé el cartón sobre la encimera con un golpe seco y di un paso, cerrando la distancia que nos quedaba—. ¿Fue un error metérsela a mamá como a una desconocida mientras pensabas en mí? Porque eso fue lo que hiciste, ¿verdad, papá?

Las palabras lo golpearon como un latigazo. Se le endureció la cara en una máscara de dolor y rabia.

—Cállate.

—No me voy a callar. —Le apoyé una mano en el pecho, sobre el calor de su piel, y sentí el corazón disparado bajo la palma—. Lo escuché todo. Los vi. Te vi usarla. La oí gritar mientras tú le dabas hasta el fondo. —Bajé la voz hasta convertirla en veneno dulce—. Y mientras lo hacías, yo me tocaba en el pasillo imaginando que era a mí a quien estabas rompiendo.

Él cerró los ojos con fuerza. Un temblor le recorrió todo el cuerpo.

—Por favor…

—¿Por favor qué? ¿Que te toque? ¿Que te la saque y te la chupe aquí mismo, en esta cocina, hasta que termines en mi boca y me hagas tragarlo todo? —Las palabras eran crudas, directas, diseñadas para derribar lo que le quedaba de voluntad.

Abrió los ojos. Los tenía enrojecidos, llenos de una batalla interna que yo estaba disfrutando como nunca.

—No puedes decir esas cosas.

—Acabo de hacerlo. —Deslicé la mano por su estómago hacia abajo, hasta posarla sobre el bulto que empezaba a tensar la tela del pijama. No apreté. Solo dejé la mano ahí, una promesa de peso y calor—. Y tu cuerpo me dice que le gustan.

No se movió. Se quedó quieto, una estatua de mármol a punto de partirse, con la mano de su hija sobre su sexo otra vez despierto. El silencio se estiró, denso. Yo sentía el pulso de él latiendo contra mi palma, un ritmo sordo que se acompasaba con el mío.

Entonces, en un movimiento casi convulso, me agarró la muñeca. No la apartó. La sostuvo. El agarre era firme, al borde del dolor.

—Esto tiene que parar, Irene —dijo, y la voz le salió ronca, desesperada—. No podemos. Está mal.

—¿Y si no quiero que pare? —susurré acercando mi cara a la suya, hasta que nuestros labios casi se rozaron—. ¿Y si yo quiero estar mal?

Me miró a los ojos, y por un instante vi cómo la resistencia se desmoronaba, cómo el deseo iba ganando la pelea. Pero algo cambió. Una sombra de auténtico sufrimiento le cruzó el rostro.

—No —susurró, y esta vez la palabra fue distinta. No era una orden. Era una súplica—. No te puedo hacer esto. No te puedo destruir.

Con una lentitud que parecía costarle la vida, retiró mi mano de su entrepierna. Pero no me soltó la muñeca. Con la otra mano levantó el cartón de leche que yo había dejado sobre la encimera y me lo puso delante.

—Coge tu leche y vuelve a tu cuarto —dijo, con la voz de un hombre que ha perdido una batalla pero se niega a perder la guerra—. Ahora.

Lo miré con el corazón golpeando en un ritmo loco de frustración y triunfo. No había conseguido que me tocara. Pero lo había roto por dentro. Y supe, con una certeza absoluta, que era solo cuestión de tiempo.

Cogí el cartón. Sin apartar los ojos de él, me llevé otro hilo de leche a los labios, y esta vez dejé que una gota blanca me resbalara por la barbilla y cayera sobre el escote de la camiseta, brillando bajo la luz de la nevera.

—Como quieras, papá —susurré.

Y me giré, caminando de vuelta a mi habitación con la leche en la mano y el sabor de la victoria en la lengua. Esto no había terminado. Apenas estaba empezando.

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Comentarios (6)

Luki_BA

tremendo!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

NightViber

lo lei de un tiron, no pude parar. Excelente

BalconDeNoche

espero con ansias la segunda parte, no puede terminar ahi asi

CuriosaFiel

¿hay continuacion planeada? quede muy intrigada y quiero saber que pasa despues

LectorOscuro33

el arranque con la luz de la nevera es cinematografico, buenisimo ese detalle

Marcos_ER

increible como lo describis, se siente demasiado real sin ser exagerado. Asi da gusto leer

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