La enfermera de la residencia no era quien yo creía
La mañana después del accidente vino una enfermera distinta. No hizo falta que me viera la cara para saber qué clase de mujer era. Me dio los buenos días con la voz seca, me cambió los apósitos sin una sola palabra más y se marchó dejando un silencio que olía a desinfectante. No volvió en todo el día. Yo seguía con los ojos vendados, tumbado en aquella cama de la residencia, contando las horas por los ruidos del pasillo.
Por la tarde vino una de mis hijas. Le pedí que me aflojara un poco la venda, que llevaba demasiados días en penumbra total y necesitaba al menos intuir las formas. Ella protestó, dijo que el médico lo había prohibido, pero al final cedió. Aflojó la gasa lo justo para que, si forzaba la vista y me ayudaba con los dedos, pudiera ver algo por una rendija estrecha. Una franja borrosa de luz. Nada más. Luego me dio un beso en la frente y se fue.
Llegó la hora de la cena. Oí entrar a alguien y supe enseguida que no era la mujer de la mañana. Esta no dijo nada, ni un saludo, pero su silencio era de otra clase. Me acercó la bandeja, me ayudó a comer en pequeños bocados y, cuando terminé, empezó con las curas. Fue entonces, al inclinarse sobre mí, cuando reconocí el perfume.
Era ella. La de la otra noche. La que se había dejado tocar en la oscuridad y me había devuelto el favor con una habilidad que todavía me quitaba el sueño.
Esta noche no te me escapas, pensé.
Cuando se colocó a mi lado, junto al borde de la cama, llevé la mano hasta su cadera. Se giró para zafarse, pero apreté los dedos con suavidad y la retuve. No con fuerza. Solo lo suficiente para que entendiera que sabía quién era.
Recorrí la curva de su cadera, bajé hasta el muslo y volví a subir empujando la tela del uniforme con la palma abierta. La oí resoplar y ponerse de puntillas, como si no supiera todavía si aquello le gustaba o debía marcharse de inmediato.
—Vamos —murmuré—. Déjame, aunque sea un poco. Como el otro día.
No le puse nombre. No lo necesitaba. Me daba igual cómo se llamara mientras volviera a hacer lo de la noche anterior. La cosa era que se quedara, que no encendiera la luz, que siguiera siendo aquella voz tibia en la sombra.
Se echó hacia atrás para apartar mi mano. Pero en cuanto volvió a inclinarse para terminar la cura, deslicé los dedos bajo el borde del uniforme y los subí por la cara interna de su muslo. Estaba caliente. Más caliente de lo que me esperaba, y más húmeda, como si llevara toda la cena pensando en esto.
Dejé los dedos quietos un instante, solo apoyados, sintiendo cómo el calor crecía bajo la tela fina de la ropa interior. Ella respiraba por la boca, en pequeñas bocanadas. La muy condenada intentaba apartarse y al mismo tiempo se quedaba.
Recorrí el contorno de arriba abajo, una y otra vez, despacio, hasta que la tela se le metió hacia dentro y noté que cedía. Mi propia excitación crecía sin freno; debajo de la sábana, el pijama ya no disimulaba nada.
Aparté la prenda como pude y la toqué directamente. Estaba empapada.
—Mmm... —se le escapó un gemido bajo, apretando las piernas.
Las cerraba todo lo que podía, pero yo seguía moviendo los dedos entre ellas, lento, hundiéndolos un poco más con cada pasada. Cuanto más apretaba ella las piernas, más se delataba.
—Mmm... —volvió a gemir, esta vez más largo, intentando cruzar los muslos sobre mi mano.
Busqué con la otra mano el escote del uniforme y lo abrí lo justo para alcanzar uno de sus pechos. No llevaba sujetador. Pasé la palma de uno a otro, sopesándolos, acariciándolos a mi antojo, y ella dejó de fingir que quería irse.
—Quédate —pedí en voz baja, con la garganta seca de pura calentura—. No te voy a hacer nada que no quieras.
No dijo ni sí ni no. Pero separó las piernas y empujó la cadera hacia mi mano, ofreciéndose.
—¿Te gusta? —susurré al notar cómo se abría—. Dime que te gusta.
Respiraba descontrolada, meciendo el cuerpo adelante y atrás mientras yo no paraba de acariciarla con los dedos. Cada balanceo la acercaba más, cada bocanada de aire la delataba un poco más.
—Déjame probarte —pedí, salivando solo de imaginarlo.
Era una mujer hecha y derecha, eso lo notaba en el cuerpo, en la firmeza de la piel, en la forma en que sabía exactamente lo que quería. Pero había algo en su silencio tan obstinado, en esa manera de resistirse y rendirse a la vez, que me tenía completamente fuera de mí.
Oí sus pasos ir hasta la puerta. El chasquido del pestillo cerrándose por dentro. Luego volvió a la cama, tomó mi mano con la suya y se la llevó otra vez entre las piernas, como si ya no soportara el tiempo que perdíamos.
—Vaya... —murmuré, loco de contento—. Si al final te gustaba.
Se desabrochó del todo el uniforme y se inclinó sobre mi cara. Sentí la piel cálida de su pecho rozarme la barbilla, los labios, la mejilla. Puso un pezón sobre mi boca y lo arrastró despacio por mis labios.
Abrí la boca de inmediato. Lo atrapé, lo lamí, lo mordí con ganas.
—Uff... —suspiró ella al notar la presión de mis dientes.
Lo mordisqueé hasta que se le tensó todo el cuerpo y bajó las caderas buscando otra vez mis dedos. La misma mujer que minutos antes apretaba las piernas era ahora la que se empalaba sola contra mi mano.
Yo empujaba hacia arriba y ella se dejaba caer hacia abajo, hasta que los dedos entraban enteros. Y qué bien encajaban.
—Mmm... —gemía cada vez más fuerte, cada vez más seguido.
Apoyaba los codos a ambos lados de mi cabeza y se movía adelante y atrás, arriba y abajo, marcando ella el ritmo como si fuera ella la que me follaba a mí.
—Súbete —rogué, con la voz rota—. Súbete encima.
Apartó la sábana de un tirón, bajó el elástico de mi pijama y me agarró con la mano. La tenía suave como la seda y caliente como el resto de ella. Me acarició despacio, de arriba abajo, mientras con la otra mano me sujetaba con una firmeza que me hizo cerrar los puños sobre las sábanas.
—Súbete y déjame solo un poco —insistí, los dedos todavía moviéndose dentro de ella.
Resopló un par de veces. Pareció pensarlo. Y de repente noté cómo el colchón se hundía a ambos lados de mi cuerpo: se había subido, a horcajadas, una rodilla a cada lado de mis caderas.
Va a hacerlo, pensé, con el corazón golpeándome en la garganta.
Se incorporó un poco, apartó la ropa interior y apoyó el calor de su entrepierna justo encima de mí, sin dejarme entrar todavía.
—Hazlo —pedí, fuera de mí—. Por favor.
Pero en lugar de eso empezó a deslizarse a lo largo, frotándose contra mí sin permitir el paso, arriba y abajo, mojándome entero con su propia humedad. Cada pasada me arrancaba un gemido.
—Mmm... —se me escapó, estremeciéndome.
Balanceaba la cadera con una sensualidad que no parecía improvisada. Se frotaba contra mí, lenta, controlando cada movimiento, deteniéndose justo cuando yo creía que por fin cedería.
Estaba tan al límite que ya me dolía. Necesitaba terminar, lo necesitaba con una urgencia casi dolorosa.
—Hazlo de una vez —supliqué, dándole una palmada en la cadera.
No me hizo caso. Siguió deslizándose despacio, dueña absoluta de la situación.
—Mmm... —gimió ella, inclinándose hacia delante.
Apoyó los codos sobre mis hombros y me ofreció otra vez los pechos. Los devoré como pude. Le hundí una mano en el pelo, buscando atraerla, y ahí fue cuando el cerebro me hizo una mala jugada.
Aquel pelo. La forma de la nuca. El tacto exacto de aquellos rizos entre mis dedos. Algo dentro de mí se encendió como una alarma y no supe identificar por qué.
—Quiero más —dije, intentando tapar la inquietud con deseo.
Ella negó con la cabeza y siguió meciéndose, deslizándose por toda mi longitud sin dejarme entrar. Estaba tan excitado que no aguantaba más. Estiré los brazos, la sujeté por las caderas y tiré de ella hacia arriba para por fin penetrarla.
—No —dijo, asustada, echándose hacia delante—. Eso no.
Y al oírla, se me heló la sangre.
Esa voz. La conocía. La conocía demasiado bien y no de la otra noche, no del pasillo de la residencia, no de ninguna de las enfermeras. Era una voz que llevaba escuchando toda mi vida.
El estómago se me cerró. Intenté quitármela de encima, balbucear algo, pero antes de que pudiera, ella volvió a apoyarse contra mí y reanudó el movimiento, frotándose despacio, como si nada hubiera pasado.
—Shhh... —susurró—. No digas nada.
—Mmm... sí... —la oí gemir más bajito.
Balanceaba el cuerpo sin parar, usándome para su propio placer. Moví la cabeza para deslizar la venda hacia un lado y forcé la vista por aquella rendija que mi hija había dejado floja por la tarde. Apenas distinguí una silueta en la penumbra: una mujer mordiéndose el labio, los ojos cerrados, meciéndose despacio sobre mí.
No quise ver más. No quise confirmar lo que la voz ya me había dicho.
***
Bajó la mano, me tomó entre los dedos y me guió contra ella sin dejarme entrar, frotándome justo donde más lo necesitaba. Aceleró el ritmo, su respiración se volvió entrecortada, y la noté tensarse entera, sacudida por una serie de espasmos que la dejaron temblando encima de mí.
—Mmm... mmm... mmm... —suspiraba sin parar mientras todo su cuerpo se estremecía.
Cuando terminó, no se detuvo. Volvió a rodearme con los dedos y empezó a moverlos muy despacio, casi con cariño. No aguanté ni un minuto. Me dejé ir con una intensidad que me dobló por la mitad, y la oí soltar un suspiro de satisfacción al notarlo.
—Sí... —dijo en voz muy baja, mirando lo que había provocado.
Siguió acariciándome unos segundos más, alargando el momento, y luego se quedó muy quieta, recuperando el aliento sobre mi pecho.
Yo no me atrevía ni a respirar. La cabeza me daba vueltas. Una parte de mí quería arrancarme la venda de un tirón y mirarla a la cara, exigir explicaciones, gritar. La otra parte, la cobarde, la que llevaba días a oscuras y aterrada de quedarse solo, prefería seguir sin ver. Prefería la penumbra y la duda a la certeza.
De repente se movió otra vez, lenta, deteniéndose apenas un instante contra mí antes de apartarse del todo. Su actitud me tenía completamente descolocado: ni una palabra, ni una explicación, ni un reproche.
Se bajó de la cama. La oí recolocarse el uniforme, abrocharse los botones uno a uno. Acomodó la sábana sobre mí con un cuidado que me dolió más que cualquier cosa. Luego se inclinó, me dio un beso largo en la frente —el mismo beso de la tarde, exactamente el mismo— y se dirigió a la puerta.
Descorrió el pestillo sin hacer ruido y salió de la habitación sin decir esta boca es mía.
Me quedé solo en la oscuridad, con el corazón desbocado y el perfume todavía flotando en el aire. Aquel perfume que ahora, demasiado tarde, sabía reconocer perfectamente. El mismo que olía cada vez que ella venía a aflojarme la venda y a darme un beso en la frente.
Tardé mucho en dormirme. Y cuando lo hice, ya sabía que al día siguiente no le pediría a nadie que me la quitara. Algunas cosas es mejor seguir sin verlas.