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Relatos Ardientes

El entrenamiento que cambió todo entre padre e hija

La piscina de la casa estaba en silencio salvo por el batir rítmico del agua. Eran las cinco de la tarde y el sol caía oblicuo sobre el patio, encendiendo la superficie en franjas doradas. Mariana cortaba esas franjas con cada brazada, larga, precisa, con el cuerpo de quien lleva media vida nadando y ya no piensa en lo que hace.

A sus veinticuatro años se movía en el agua como si hubiera nacido en ella. Los músculos largos de su espalda se tensaban y se soltaban en una coreografía que solo el entrenamiento constante podía dar. El pelo castaño, recogido bajo el gorro, se le había escapado en un mechón que flotaba detrás como una estela.

Esteban la observaba desde el borde, sentado en una de las tumbonas con una toalla doblada sobre las rodillas. Era un hombre todavía fuerte, de hombros anchos y manos grandes, y desde hacía meses había empezado a mirar a su hija de una manera que no sabía cómo nombrar.

Al principio se había dicho que era orgullo. Ella nadaba bien, ella se esforzaba, y un padre tiene derecho a mirar con admiración aquello que ayudó a construir. Pero la admiración había ido derivando hacia otro sitio, un lugar oscuro al que él no se atrevía a poner palabras.

Mariana tocó la pared y se detuvo, jadeando. Se quitó las gafas y lo buscó con la mirada.

—¿Cuánto marqué? —preguntó, todavía con la respiración agitada.

—No estaba con el cronómetro —mintió él—. Te estaba mirando a ti.

Ella sonrió, ajena a todo, y se impulsó para salir del agua. El bañador se le pegaba al cuerpo, y las gotas le resbalaban por los hombros, por la línea de la espalda, por las piernas. Esteban se levantó con la toalla abierta y se la tendió.

—Toma. Te vas a enfriar.

Cuando ella alargó la mano, los dedos de ambos se rozaron. Fue un segundo, apenas un contacto de piel mojada contra piel seca, pero Esteban sintió que algo le recorría el brazo como una corriente. Mariana no pareció notarlo. Se envolvió en la toalla y se sentó en el borde de la tumbona, escurriéndose el agua del pelo.

—Lo hiciste muy bien hoy —dijo él, y la voz le salió más ronca de lo que esperaba—. Tu técnica es impecable.

—Trabajo todos los días, papá. —Ella levantó la vista—. ¿Estás bien? Tienes una cara rara.

—Estoy bien —respondió, demasiado rápido—. Solo estoy orgulloso de ti.

No era orgullo. Hacía mucho que no era solo orgullo.

***

Esa noche, después de la cena, Esteban se quedó despierto mucho rato. Oía el agua de la ducha en el cuarto de Mariana, el chirrido de las tuberías viejas, y se odiaba por la dirección que tomaban sus pensamientos. Se decía que era una locura, que pasaría, que era el cansancio o la soledad de los años desde que la madre de ella se había ido. Pero el deseo no atendía a razones, y por la mañana seguía ahí, intacto, esperándolo al pie de la cama.

Durante los días siguientes, los entrenamientos se volvieron un ritual cargado de algo que ninguno de los dos nombraba. Mariana había empezado a notar la intensidad de las miradas de su padre. No era tonta. Sentía esos ojos clavados en ella mientras nadaba, recorriéndola, y en lugar de incomodarla, una parte de su cuerpo respondía con un calor que la confundía y la avergonzaba a partes iguales.

Se preguntaba qué pasaría si cediera. Y se asustaba de la pregunta misma.

***

Fue una tarde de jueves, con el patio vacío y la casa entera para los dos. Mariana terminó su serie y tocó la pared, y al levantar la cabeza encontró a su padre de pie, justo en el borde, esperándola. Esta vez no traía la toalla.

—Sal —dijo él, en voz baja.

Ella se impulsó hacia fuera y quedó frente a él, chorreando, con el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo. Durante un instante ninguno dijo nada. El único sonido era el del agua escurriéndose de su cuerpo sobre las baldosas calientes.

—Papá —empezó ella, y no supo cómo seguir.

Esteban levantó una mano y le apartó de la cara el mechón de pelo mojado. El gesto fue lento, deliberado, y se demoró más de lo que cualquier gesto paternal debía demorarse.

—No puedo dejar de pensar en ti —confesó—. Sé que está mal. Sé todo lo que está mal en esto.

Mariana debería haber retrocedido. En cambio, se quedó quieta, sintiendo cómo el pulso le golpeaba en la garganta.

—Yo también siento algo —murmuró, casi sin voz—. No sé qué es. Pero no puedo seguir fingiendo que no lo siento.

Él bajó la cabeza y la besó. No fue un beso de padre. Fue un beso largo, profundo, que la dejó sin aire, con las manos de ella aferradas de pronto a la camisa de él como si el suelo se hubiera movido. Mariana respondió con una mezcla de torpeza y hambre, descubriendo en un solo gesto todo lo que se había prohibido durante meses.

Las manos de Esteban le recorrieron la espalda mojada, bajaron por la cintura, y ella se estremeció contra su cuerpo. El agua de la piscina los empapaba a los dos, pero ninguno la sentía. El mundo se había reducido a ese borde de baldosas, a ese calor, a la certeza de estar cruzando una línea de la que no habría retorno.

—Adentro —dijo él contra su boca—. No aquí.

***

La llevó a la casa con la respiración entrecortada y los pasos apresurados, una mano en su cintura como si temiera que ella fuera a arrepentirse en el trayecto. Pero Mariana no se arrepentía. Caminaba pegada a él, con el bañador todavía húmedo y la piel erizada, sorprendida de su propio atrevimiento.

El dormitorio estaba en penumbra, con las persianas a medio bajar y el aire quieto de la tarde. Él la tumbó en la cama y se quedó un momento mirándola, recorriéndola con los ojos antes de tocarla, como si quisiera memorizar cada centímetro.

—Eres preciosa —susurró, trazando con un dedo la línea de su mandíbula, su cuello, la clavícula donde una gota se había quedado prendida.

Ella tragó saliva. La timidez y el deseo le peleaban en el pecho.

—No sé muy bien qué tengo que hacer —admitió.

—No tienes que hacer nada —respondió él—. Déjame a mí.

Esteban se inclinó y volvió a besarla, esta vez más despacio, bajando luego por su cuello, por sus hombros, deteniéndose en cada punto donde sentía que ella temblaba. Le bajó los tirantes del bañador con una lentitud calculada, descubriéndole los pechos, y cuando su boca se cerró sobre uno de ellos, Mariana arqueó la espalda y dejó escapar un sonido que no reconoció como suyo.

Las manos de él siguieron bajando, despojándola por completo de la tela mojada, recorriendo el interior de sus muslos con una paciencia que la volvía loca. Ella se aferró a las sábanas, las caderas moviéndose solas, buscando algo que todavía no sabía nombrar.

—Papá —jadeó, y la palabra se le quebró en la garganta—. Por favor.

Él la miró desde abajo, con una media sonrisa que prometía y advertía a la vez, y continuó hasta que el cuerpo de ella empezó a tensarse, hasta que la primera ola la recorrió de pies a cabeza y la dejó temblando contra el colchón.

***

Esteban se incorporó y se quitó la ropa con una urgencia que ya no intentaba disimular. Cuando se colocó sobre ella, Mariana le rodeó el cuerpo con las piernas, atrayéndolo, sintiendo el peso de él como una presencia a la vez reconfortante y prohibida.

—Mírame —pidió él—. Quiero que me mires.

Ella obedeció. Y mientras él entraba en ella, despacio, dándole tiempo a acostumbrarse, no apartó los ojos de los suyos en ningún momento. Hubo un instante de molestia, una punzada que la hizo contener el aliento, y luego el cuerpo cedió y todo se volvió calor y movimiento.

Esteban se movía con un ritmo contenido al principio, atento a cada reacción de ella, a cada jadeo, a la forma en que sus uñas se clavaban en su espalda. Mariana respondía con una intensidad que la sorprendía, las caderas saliendo al encuentro de las de él, el pudor disuelto por completo en algo mucho más fuerte.

—No pares —le pidió ella al oído—. No pares.

Él gruñó y dejó atrás la última pizca de control. Sus movimientos se volvieron más rápidos, más hondos, y la cama crujía bajo los dos en un ritmo que llenaba la habitación. Mariana sentía el placer crecer otra vez, acumularse en algún punto del vientre, una marea que subía sin pausa.

Cuando llegó, lo hizo con un grito ahogado contra el hombro de él, el cuerpo entero sacudiéndose. Esteban la siguió apenas unos segundos después, con un gemido ronco que le salió desde lo más profundo, y se derrumbó sobre ella con el corazón desbocado.

***

Se quedaron así un largo rato, entrelazados, las pieles húmedas de sudor y de agua de piscina, las respiraciones buscando poco a poco la calma. Esteban le besó la frente, la sien, la comisura de los labios.

—Esto no debería haber pasado —dijo, pero no había arrepentimiento en su voz, solo el peso de lo irreversible.

—Lo sé —contestó ella, apoyada en su pecho, escuchando el latido bajo su oído—. Y aun así no me arrepiento.

Él la apretó contra sí. Afuera, el sol seguía bajando, y la piscina, ahora quieta, devolvía el último resplandor anaranjado de la tarde. Ambos sabían que habían cruzado una línea que ya no podrían borrar, una que cambiaría para siempre la forma de mirarse en la mesa, en el pasillo, en cada entrenamiento que vendría.

Pero por esa tarde, al menos, ninguno de los dos quiso pensar en el después. Solo en el calor del otro cuerpo, en el silencio cómplice de la casa, y en el secreto que desde entonces compartirían sin decirlo nunca en voz alta.

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Comentarios (5)

NicolasMdq

excelente!!! me enganche desde la primera linea y no pude parar

lector_ansioso

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas!!

Sergio_Cba

La tension que se va generando de a poco es lo mejor del relato. Morboso pero bien llevado, sin ser burdo. Me encanto.

MonicaLec

muy buen relato, lo disfrute de principio a fin. Gracias por compartirlo!!!

PatricioMR

Hace tiempo que no leia algo asi en esta categoria. Se siente real, eso es lo que mas me gusto.

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