Tres semanas a solas con mi padre y mi primo
El viaje hasta la cabaña eran seis horas y a mí siempre se me hacían eternas. No por el camino —la ruta que trepaba entre los cerros era hermosa— sino por lo que venía después: tres semanas junto al dique con la familia entera, como cada verano desde que tenía memoria. La tradición de siempre.
Pero ese enero era distinto.
—Tu madre se lo pierde —dijo mi padre desde el asiento de adelante, sin apartar los ojos del asfalto.
Asentí, aunque él no podía verme. Mi vieja había conseguido una consultoría importante justo ahora, algo que no podía posponer. «No es para tanto, en febrero nos tomamos vacaciones las dos juntas», había dicho con esa voz que usaba para cerrar discusiones antes de que empezaran.
Mi padre se había encogido de hombros. «Yo igual me voy. La cabaña hay que mantenerla, y además…» No terminó la frase.
Además, Lucas iba a venir.
Lucas era mi primo, hijo de la hermana de mi padre. No lo veía desde los quince, cuando dejamos de ir a los encuentros familiares después del divorcio de mis tíos. Recordaba a un chico flaco, callado, que se pasaba las tardes tirando piedras al agua mientras los demás charlaban. Seis años después, con mis veintidós encima, apenas podía imaginar en qué se habría convertido.
—¿Y Lucas llega hoy también? —pregunté, estirando las piernas en el asiento de atrás.
—Mañana. Dijo que tenía que cerrar unas cosas de la facultad —respondió, y noté un tono raro en su voz, como si estuviera eligiendo las palabras con cuidado.
El silencio volvió a llenar el auto. Miré por la ventana los árboles pasar veloces, el cielo lavado de enero, y sentí algo que no supe nombrar. Expectativa, quizás. O simple cansancio de viaje.
***
La cabaña apareció como siempre: grande, de madera envejecida, con un porche que daba directo al agua del dique. La superficie estaba quieta, brillante bajo el sol de la tarde. Bajé del auto y respiré hondo el olor a pino, a humedad, a verano.
—Ayudame con las valijas —dijo mi padre, abriendo el baúl.
Obedecí. Mientras caminaba hacia la puerta con dos bolsos al hombro, sentí su mirada en la espalda. Cuando me di vuelta, ya estaba sacando el resto del equipaje.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada. Que creciste —respondió, y entró a la casa.
Las primeras dos noches fueron extrañas, pero no incómodas. Él cocinaba como siempre y yo me encargaba de la mesa y los platos. Hablábamos de cosas triviales: mi trabajo en la veterinaria del centro, los vecinos del dique que seguían siendo los mismos, el abuelo que este año no había podido venir por la rodilla.
Pero había pausas que antes no estaban. Silencios que se estiraban un segundo de más. Miradas que yo atrapaba al descuido y que él desviaba rápido hacia el agua o hacia el fuego de la cocina.
***
El tercer día llegó Lucas.
Lo vi bajar de un remís destartalado y por un momento no lo reconocí. El chico flaco de los quince se había convertido en un hombre: hombros anchos, mandíbula marcada, el pelo más largo, casi rozándole los hombros. Cargaba una mochila enorme, y cuando me vio, sonrió de una manera que me removió algo en el estómago.
—Prima —dijo, y me abrazó fuerte. Olía a cigarrillo y a ruta.
—Primo —respondí, y sentí sus manos en mi espalda, justo donde terminaba la remera, rozando la piel.
Mi padre salió al porche y lo saludó con un gesto. Los tres entramos a la cabaña. El aire había cambiado, y yo lo sabía.
Las rutinas se instalaron rápido. De mañana, desayuno en el porche mirando el dique. Después, cada uno hacía lo suyo: mi padre pescaba o arreglaba cosas, Lucas se iba a caminar por el monte, yo leía o tomaba sol en el muelle. A la noche, cena larga con vino y conversaciones que se estiraban hasta tarde.
***
El quinto día noté algo.
Estaba en el muelle, en bikini: un conjunto negro que me había comprado para estas vacaciones y que me favorecía las caderas y los pechos. Tenía la piel tostada, de un dorado parejo, y el pelo suelto, casi negro, cayéndome sobre los hombros.
Oí pasos en la madera. Era Lucas, en short de baño y el torso desnudo. No pude evitar mirarlo: el pecho firme, el vello que bajaba desde el ombligo, los brazos marcados. Se tiró al agua sin decir nada, y cuando salió sacudiéndose el pelo, yo todavía lo miraba.
—¿Qué? —preguntó, riendo.
—Nada. Que no sabía que te habías puesto así —respondí, y me di cuenta tarde de lo que había dicho.
Se sentó a mi lado, muy cerca. El sol le secaba las gotas en la piel.
—Vos tampoco estabas así a los quince —dijo, y me miró de una manera que me hizo bien y mal al mismo tiempo.
***
Esa tarde el cielo se puso gris de golpe. El viento llegó desde los cerros, sacudió los árboles, y antes de que pudiéramos guardar nada empezó a llover: primero gruesa, después torrencial. Se cortó la luz, como siempre que había tormenta, y tuvimos que buscar velas y linternas.
Me cambié la remera mojada por una musculosa seca, finita, gris. Cuando volví al living, los dos hombres estaban cambiados también. El viento golpeaba las ventanas y el dique, allá afuera, era una masa oscura y furiosa.
—Bueno —dijo mi padre, acomodando las velas en el centro de la mesa—, toca velada a la antigua.
Trajo una botella de whisky que guardaba para emergencias, y Lucas encontró una baraja en un cajón. Me enseñaron a jugar al póker, o al menos lo suficiente para perder, reírme y beber de más. Entre risas y naipes las manos se rozaban, los cuerpos se acercaban sin querer, el calor de las velas y el alcohol hacían lo suyo.
—Me rindo —dije después de un rato, estirándome en la silla. La musculosa se me montó un poco, dejando ver la piel del estómago, el ombligo, el comienzo de la ropa interior de encaje que me había puesto esa mañana sin pensar.
Mi padre me miró. Un segundo. Dos. Después desvió la vista hacia la ventana.
—Va para largo —dijo, mirando la tormenta.
—Mejor —respondió Lucas, y sentí que me miraba a mí, no a la lluvia.
Esa noche, ya acostada boca arriba, no podía dejar de pensar en las manos de Lucas sobre las cartas, en la mirada de mi padre sobre mi vientre. Me toqué el estómago, donde había visto que él miraba. La piel estaba caliente. Me dormí tarde, con el ruido de la lluvia y algo más que no supe nombrar.
***
La tormenta pasó. Después de almorzar, mi padre propuso una caminata hasta la cascada. Empacamos agua, fruta, una manta por las dudas. Me puse un short claro y una remera roja, escotada, que me marcaba los pechos sin apretarlos. Lucas, cuando me vio, se quedó un segundo mirándome antes de decir «vamos».
Caminamos en fila por el sendero: mi padre adelante, después yo, después Lucas. Sentía su mirada en la espalda, en las piernas, en el movimiento de las caderas. Llegamos a la cascada, que caía sobre una pileta natural de un verde profundo, y no dudé: me saqué la remera y el short y quedé en bikini.
Oí un silbido detrás.
—Así me gustás más —dijo Lucas, y sentí la cara arder, pero sonreí.
Mi padre se había quedado en la orilla, sentado en una roca. No dijo nada, pero sentí también su mirada, distinta a la de Lucas, más pesada, más antigua.
En el regreso me dormí en el asiento de atrás, vencida por la caminata y el sol. Sentí una mano en la pierna. Cálida, suave, que subía despacio por el muslo. No abrí los ojos. No sabía de quién era, no quería saber. Solo sentí los dedos, el calor, y después nada. Cuando desperté, estábamos llegando y la mano ya no estaba. O nada que yo pudiera probar.
***
Esa noche, después de cenar, mi padre dijo que hacía años que no hacían un fuego en la playa del dique. La idea me pareció hermosa. Me cambié: un vestido blanco, corto, bien escotado por la espalda. El pelo suelto, con ondas del calor del día.
Cuando salí al porche, los dos se quedaron mudos.
—Estás muy linda —dijo mi padre, y había algo en su tono que me llegó muy adentro.
Bajamos a la orilla. El fuego crepitaba, las llamas se reflejaban en el agua negra. Pusimos la manta en la arena y mi padre abrió un Malbec que había guardado «para una ocasión especial». El vino era suave, profundo. Lo sentí bajarme por la garganta e instalarse en el vientre. Lucas se sentó a mi derecha, mi padre enfrente, y yo quedé entre los dos.
En algún momento, sin saber cómo, Lucas había puesto un brazo detrás de mí sobre la manta. Mi padre se había corrido más cerca. Sentí una mano en la cintura, justo donde el vestido terminaba. No supe de quién. No me moví. No quería.
—¿Tenés frío? —preguntó Lucas, y era una pregunta tonta porque hacía calor, pero entendí.
—Un poco —mentí.
Su brazo me rodeó y me atrajo hacia su cuerpo. Apoyé la cabeza en su hombro y sentí la otra mano, la de mi padre, subir despacio por mi pierna desde la rodilla, un viaje lento, interminable. Cerré los ojos. El fuego crepitaba, el dique callaba, y yo estaba en el medio, suspendida, esperando. El silencio se alargó. Sentí que debía decir algo, romper el hechizo o confirmarlo. Elegí lo segundo.
—Papá… ¿me hacés un masaje en el pie?
Se arrodilló enseguida, sin dejar de recorrerme las piernas con las manos. Me acarició el pie mientras Lucas me servía otra copa y se acercaba para acercármela a la boca. Sonreí y le di un beso en la mejilla; él me lo devolvió, y los besos en la mejilla se volvieron besos en la boca, lenguas que se exploraban despacio. Mi padre fue subiendo, besando la pierna, el muslo.
Sin ponerse de acuerdo, entre los dos empezaron a desnudarme. Yo me levantaba y me acomodaba para facilitarles la tarea, sin dejar de besarlos, de sentir sus manos.
—Por favor… no… esto está mal… —dije, y ni yo me lo creía.
—Lo deseás. Lo necesitás. Y acá estamos para vos —murmuró mi padre.
—Los dos hombres que te aman —agregó Lucas.
Sin soltarme, ellos también se desnudaron. Por instinto les acaricié las vergas erectas, una en cada mano.
—Solo… despacio… háganme el amor —pedí.
Me besaban la boca, el cuello, los pechos. Me recorrían entera con las manos. Poco a poco me recosté sobre la manta, sin soltar la verga de Lucas, y abrí las piernas frente a mi padre. Él bajó y me llenó la entrepierna de besos, penetrándome con la lengua mientras yo gemía y masturbaba a mi primo.
—Papi… metémela…
Se acomodó sobre mí y apuntó a la entrada húmeda. Empujó suave pero firme. Yo gemía parejo, sin soltar la verga de Lucas. Mi padre me besaba y me chupaba los pechos mientras me penetraba con firmeza, como si fuera suyo.
—¿Lo estoy haciendo bien, papi?
—Lo hacés increíble.
El primer orgasmo me llegó como un grito. Con la voz cortada, jadeando, dije:
—Ahora vos.
Cambiaron de lugar. Lucas me levantó las piernas y me penetró, mientras mi padre me pasaba la verga todavía dura por la cara, por el pelo, y me amasaba los pechos. Después de otro grito largo, pedí otra copa, y los dos me atendieron como si fuera lo único que importara.
—Me encanta cómo me hacen el amor… —dije, recuperando el aliento.
Me puse de rodillas frente a los dos, tomé sus vergas y las llevé a mi cara para besarlas, lamerlas, apretarlas entre los pechos. Después aceleré el ritmo, alternando entre uno y otro, metiéndomelas enteras en la boca.
Mi padre me levantó de la cintura y me hizo montarlo. Me acomodé y bajé despacio hasta clavarme entera. Suspiré cuando entró del todo, pero no me dejó descansar: me agarró de las caderas para obligarme a cabalgar y sentirlo hasta el fondo. Mis gemidos volvían loco a Lucas, que me tomó del pelo para que recibiera su verga en la boca.
En un descanso me zafé y me puse en cuatro patas sobre la manta. Lucas me agarró de la cintura, pasó la verga por las nalgas, por la entrada, hasta que casi grité:
—¡Metémela ya!
Me dio un par de nalgadas, me jaló con fuerza y entró de golpe. Mi padre, que había estado mirando la escena, ya no aguantaba: vino a empujarme la verga en la boca y yo se la mamé lo más complaciente que pude entre las embestidas de Lucas. Me penetraban, me apretaban los pechos, las nalgas. Era demasiado, y ninguno de los dos podía durar mucho más.
—Lucas… quiero tu leche en mi boca… —supliqué casi sin aliento.
Me reacomodaron. Las embestidas se volvieron más salvajes. Cuando sentí a mi padre al límite, le dije:
—Papá… lléname…
Me amasó las nalgas, empujó hasta el fondo y se descargó dentro de mí. Casi enseguida, Lucas me lanzó la suya en la garganta, y parte se me escapó por las comisuras. Los dos limpiaron los restos sobre mi piel, todavía con la respiración entrecortada.
—Hoy no puedo más —dije, sonriendo—, pero faltó que me dieran por atrás… que acabaran en mi cara… que me pusiera algo lindo para ustedes…
—Habrá más oportunidades —respondió mi padre—. Yo me encargo.
Me llevaron a dormir entre los dos, sin dejar de tocarme, de besarme, dejándome sentir todavía las vergas que acababan de complacerme. Afuera el dique había vuelto a quedar quieto, como si nada de lo nuestro lo sorprendiera.