Seduje a mi padre en el jardín una tarde de julio
El aire de la casa estaba denso, espeso por el calor de julio y por el silencio. Un silencio que no estaba vacío, sino lleno: lleno del zumbido grave de la nevera, del tictac terco del reloj del pasillo y, sobre todo, de la ausencia. Su madre se había marchado hacía una hora. «Vuelvo sobre las nueve», había dicho lanzando un beso al aire, y la puerta al cerrarse no hizo un golpe seco, sino un susurro. El susurro de una posibilidad.
Daniela estaba tumbada boca arriba en su cama, con las piernas un poco separadas y los brazos abiertos en cruz. La camiseta vieja y suave se le pegaba a la piel del vientre. Llevaba media hora así, inmóvil, solo sintiendo. Sintiendo cómo la sangre le latía en las sienes, un ritmo lento y pesado como un tambor lejano. Tenía los párpados cerrados, pero no dormía. Estaba despierta de una forma nueva, una forma que le ardía entre las piernas y le apretaba el pecho.
A sus veintitrés años, recién vuelta de la universidad para pasar el verano, debería haber estado pensando en cualquier otra cosa. Pero la obsesión por su padre no había aparecido de golpe. Había sido una germinación lenta, una raíz abriéndose paso en la oscuridad hasta romper la superficie. Al principio eran detalles pequeños: la manera en que sus manos grandes y ásperas sostenían la taza de café por la mañana; el olor a jabón y a loción que dejaba en el baño; el sonido grave de su risa, que parecía hacer vibrar los cristales. Poco a poco, esas percepciones se habían transformado en otra cosa. Se habían vuelto hambre.
Ahora, con la casa entera para ellos dos, el hambre era una bestia inquieta en su estómago. Se imaginaba esas manos, no en una taza, sino sobre su piel. Se imaginaba el peso de aquel cuerpo sobre el suyo. El pensamiento era tan vívido que un escalofrío le recorrió la espalda a pesar del calor. Apoyó la palma sobre el ombligo y notó el ardor de su propia piel a través de la tela. Respiró hondo. El aire olía a polvo y a ella misma, a deseo. La idea la excitó y la asustó al mismo tiempo.
Se levantó de un salto, como si la cama quemara. Necesitaba moverse. Necesitaba verlo. Se asomó a la ventana con la cautela de una exploradora. El jardín era una explosión de verde caótico bajo el sol de la tarde. Y allí estaba él. De espaldas, arrodillado junto al seto de rosales, con una pala pequeña en la mano. Llevaba una camiseta gris de tirantes que se le adhería a la espalda, marcando los omóplatos y el surco de la columna. El sudor había oscurecido la tela en una uve ancha que se ensanchaba hacia la cintura.
Daniela se quedó quieta, observando. Cada movimiento era preciso, económico. Veía cómo los tendones de los brazos se le tensaban al clavar la pala en la tierra, cómo los músculos de la espalda se contraían y se soltaban en una danza rítmica. No era solo la fuerza lo que la hipnotizaba, era la contención. Una violencia retenida, una energía animal domada por el propósito. Y ella quería que esa fuerza se desatara.
Tenía la boca seca. Tragó saliva y el sonido le pareció obscenamente alto en el silencio del cuarto. Abrió la ventana despacio, sin un ruido, y una ola de aire cálido entró en la habitación. Con ella llegó un olor: tierra húmeda, clorofila aplastada y, debajo de todo, algo más primitivo. El olor de su sudor. No era un olor a suciedad, era un olor a trabajo, a piel masculina cocinándose al sol. Se le metió por la nariz como un golpe directo en el sistema nervioso. Un calor profundo se le extendió entre los muslos, un pulso sordo e insistente. Apoyó la frente en el marco frío y cerró los ojos un segundo para saborear la sensación.
Tenía que bajar. No podía quedarse ahí arriba, como una mirona detrás del cristal. Necesitaba estar más cerca. Necesitaba que él la viera.
Bajó las escaleras de puntillas, aunque no hubiera nadie de quien esconderse. La madera crujió bajo sus pies descalzos y cada crujido le sonó como una alarma. Se detuvo en el salón, escuchando. Desde el jardín seguía llegando el golpe rítmico de la pala. Se acercó a la puerta corredera del porche. La manija estaba fresca bajo sus dedos. Respiró hondo una última vez y la deslizó.
El calor del exterior la golpeó en la cara como un paño húmedo. El sol ya no estaba tan alto, y las sombras de los árboles se alargaban retorcidas sobre el césped. Él no se había girado. Seguía trabajando, ajeno a su presencia. Daniela dio un paso sobre la hierba seca, y luego otro. Se detuvo a un par de metros de su espalda.
—Papá.
La voz le salió más ronca de lo que esperaba. Casi un graznido.
Él se detuvo en seco. La pala quedó a medio camino en el aire. Después la hundió en la tierra con un movimiento fluido y se giró despacio, apoyándose en una rodilla. Se pasó el dorso de la mano por la frente y se dejó una franja de tierra sobre la piel sudorosa. La miró. Y por un instante el mundo se detuvo.
Sus ojos eran del mismo castaño oscuro que los de ella, pero la mirada era distinta. Era una mirada de hombre. Una mirada que la evaluaba, que la desnudaba sin tocarla. Daniela sintió que se le erizaba la piel de los brazos. El pulso entre sus piernas se volvió más fuerte, más rápido.
—Daniela. No te había oído bajar. —Su voz era baja, un poco ahogada por el esfuerzo.
—Solo… quería ver qué hacías.
Él sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Lo que ves. Intentando que estas malditas rosas no se coman el jardín.
Se puso de pie. Era mucho más alto que ella. La camiseta empapada se le pegaba al pecho, y Daniela distinguió el contorno de los pectorales bajo el algodón. Tragó saliva otra vez.
—¿Necesitas algo? —preguntó él.
Ella negó con la cabeza y dio un paso más. Ahora solo los separaba un metro escaso. Veía las gotas de sudor que le bajaban por el cuello y se perdían en el vello del pecho. Lo olía con más fuerza, una fragancia que le nublaba el pensamiento.
—No. Estoy aburrida.
La mentira le pesó en la lengua. No estaba aburrida. Estaba viva, más viva que nunca. Cada célula de su cuerpo vibraba en alerta.
—Deberías estar dentro, con el ventilador. Hace un calor de mil demonios.
—Me gusta el calor —respondió, y dio otro paso. Ahora, si estiraba el brazo, podía tocarlo. La sola idea la hizo temblar.
Él la miró fijamente. Su expresión era indescifrable. Había una tensión en la mandíbula, un pliegue ligero entre las cejas. Como si luchara contra algo. Contra ella. O contra sí mismo.
—Daniela… —empezó a decir, pero ella lo interrumpió.
—¿Puedo ayudarte?
La pregunta quedó suspendida en el aire, un aire que se había espesado, cargado no solo de calor sino de una electricidad estática, de una promesa todavía sin nombre. Él no respondió de inmediato. Se limitó a mirarla, con los ojos entornados, como si intentara descifrar un código que no sabía que estaba a punto de romperse.
—No. Esto está sucio. Te vas a manchar la ropa. —Su voz era un intento fallido de autoridad, un muro de cartón que ella ya planeaba derribar.
—No me importa la tierra —susurró, y la frase tenía el doble filo que pretendía. No le importaba la tierra del jardín, ni la tierra oscura y húmeda de sus propios pensamientos.
Se arrodilló a su lado. No en el hueco vacío, sino pegada a él, tan cerca que su hombro rozó el costado de aquel muslo. El contacto fue mínimo, una chispa, pero en su cuerpo fue una explosión. Lo olía con más intensidad ahora, sudor salado y tierra y algo profundamente masculino que le hacía contraerse por dentro. Cada movimiento que hacía era un recordatorio de su propia excitación.
—Coge esa azadilla —ordenó él, señalando una herramienta con el mentón—. Ve quitando las malas hierbas de la base de ese rosal.
Daniela se inclinó para cogerla. Sabía exactamente lo que hacía. En vez de doblar las rodillas, se plegó por la cintura, dejando las piernas estiradas. El pantalón corto se le tensó sobre las nalgas, marcando su forma y subiendo lo justo para descubrir la curva inferior. Sintió su mirada encima, una presión física tan real como una mano. Se tomó su tiempo ajustando los dedos en el mango de madera, lisa y caliente bajo la palma.
Se puso a trabajar, pero su labor era una farsa. Cada vez que se inclinaba hacia delante, lo hacía de forma exagerada, arqueando la espalda. Sabía que la tela se le metía y dejaba ver el contorno de su cuerpo. El pensamiento la excitó tanto que tuvo que apretar los muslos para no gemir. Se imaginaba los ojos de él clavados en ella.
—¿Así? —preguntó, volviendo la cabeza para mirarlo por encima del hombro. Su voz era miel y veneno a partes iguales.
Él carraspeó y desvió la vista hacia la planta.
—Sí. Así está bien.
Pero Daniela no se conformaba con un «así está bien». Quería una reacción. Quería ver cómo se le resquebrajaba el control. Se levantó estirando la espalda con un gemido exagerado que sonó casi como otra cosa.
—Me duelen las piernas —se quejó, y se acercó a él, que seguía arrodillado—. ¿Me ayudas a estirar?
Antes de que pudiera responder, se agachó de nuevo, esta vez hacia él. Apoyó una mano en su hombro para «equilibrarse» y pasó la otra por su espalda, rozando la piel sudorosa que asomaba por el escote de la camiseta. Estaba ardiendo, y el vello le erizó los dedos. Notó el temblor que recorrió aquel cuerpo, una vibración involuntaria que le confirmó que estaba surtiendo efecto.
—La tensión la tienes aquí —dijo, dejando los dedos posados en un nudo de la parte baja de la espalda—. Estás hecho un nudo.
Empezó a masajearlo con movimientos lentos y circulares. No era un masaje terapéutico; era una toma de posesión. Cada presión era una pregunta, cada círculo una insinuación. Podía sentir cómo la respiración de él se alteraba, cómo el aire le entraba y salía a tropezones.
—Daniela, no… —protestó él, pero la voz no tenía fuerza. Era casi un quejido.
—¿No qué, papá? ¿No te gusta? —Se inclinó más, presionando los pechos contra su espalda. Los pezones, duros, le ardían a través de la tela. Bajó la mano del masaje y la dejó posada en la curva de la cadera, justo por encima del cinturón. No apretó. Solo dejó allí el peso de la mano, una promesa.
Él no se movió. Se había quedado completamente inmóvil, una estatua de carne y sudor y deseo contenido. Daniela sonrió para sí. Tenía su atención. Ahora tocaba subir la apuesta.
Se enderezó y dio un paso atrás.
—Tengo sed —anunció. Fue hacia la manguera enrollada en el carrete de la pared. La desenrolló con movimientos lentos, casi sensuales. Abrió el grifo y un chorro de agua fría salió con fuerza por la boca.
—¡Cuidado! —gritó él, girándose.
—No te preocupes, papá. Es para refrescarme. —Apuntó el chorro hacia arriba y se mojó la cara y el cuello. El agua le resbaló por el pecho, empapando la camiseta hasta volverla transparente sobre su piel. El frío sobre el calor de la tarde fue una descarga eléctrica que le erizó el cuerpo entero.
—Venga, tú también —dijo, y antes de que él pudiera protestar, giró la manguera en su dirección. El chorro le golpeó en el pecho, empapándole la camiseta de un solo barrido. Él se levantó de un salto, soltando un grito de sorpresa. La tela gris se le adhirió al torso como una segunda piel, revelando cada músculo. Y entonces Daniela vio algo que le robó el aliento. Bajo la tela mojada del pantalón, marcada con claridad por el agua, se adivinaba la forma de su erección. Gruesa, tensa, inconfundible.
El corazón le dio un vuelco. Era real. No era una fantasía. Él estaba excitado. Por ella.
Cerró el grifo y dejó caer la manguera con un golpe sordo. El agua formaba un charco alrededor de sus pies descalzos. Se acercó despacio, como una depredadora. El silencio era total, solo roto por el goteo que caía de sus cuerpos.
Se paró frente a él. Estaban empapados, sudorosos, cubiertos de tierra y agua. Olía a sexo crudo, a promesa rota, a algo que ya no se podría deshacer.
Levantó una mano y, con la punta del dedo, trazó la línea de su sexo a través de la tela húmeda. Él exhaló de golpe, un sonido ronco y doloroso.
—Esto… —susurró ella, con la voz rota por el deseo—, esto es lo que quiero, papá.