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Relatos Ardientes

La línea que mi padre se negó a cruzar

El dedo de Lucía seguía allí, un punto de presión ardiente sobre la tela mojada de su pantalón. Esteban no se movió, pero todo su cuerpo lo traicionó. Un temblor le subió por el muslo y, bajo la yema de ella, sintió cómo él latía, un golpe sordo y vivo que ella notó hasta la raíz del pelo. La respiración de su padre era un sonido áspero en la quietud del jardín.

Entonces, con un esfuerzo que pareció costarle la vida, dio un paso atrás. El contacto se rompió. El aire que se coló entre los dos llegó frío, cargado con la tensión que él acababa de cortar de un tajo.

—Lucía, no —su voz no fue un grito, sino un susurro roto, lleno de una agonía que ella no había previsto. No era el enfado de un padre; era el lamento de un hombre asomado al filo de un precipicio—. No podemos hacer esto.

Ella lo miró sin comprender al principio y, después, comprendiendo demasiado. Vio el conflicto en sus ojos, la guerra entre el deseo en bruto que había palpado bajo sus dedos y el hombre que la había criado, el que le había enseñado a andar en bicicleta y a atarse los cordones. Vio el miedo. Y por primera vez sintió una punzada de algo que no era pura lujuria. Era poder. El poder de ser el centro exacto de su tormento.

—¿No podemos qué, papá? —preguntó con la voz suave, casi compasiva. Dio un paso hacia él y cerró el espacio que él había abierto—. ¿No podemos estar juntos? ¿No podemos tocarnos? —se detuvo justo enfrente y levantó las manos sin llegar a tocarlo, a un par de centímetros de su pecho, como si pudiera sentir el calor de su piel sin rozarla—. Estás temblando.

—Claro que estoy temblando —siseó él, apartando la mirada hacia el seto, hacia cualquier lugar que no fueran esos ojos oscuros que lo acusaban—. Estás... estás empapada. Yo estoy empapado. Esto está mal. Soy tu padre.

Las palabras cayeron entre ambos como una losa de plomo. Pero en lugar de asustarla, la encendieron. Era la barrera definitiva, el límite que nadie cruzaba. Y estaba a punto de hacerlo pedazos.

—Y yo soy tu hija —respondió, y su voz fue un desafío—. Y sé lo que sientes, porque yo también lo siento. —Bajó una mano y, con una lentitud tortuosa, se la deslizó por el vientre, sobre la camiseta pegajosa—. Siento cómo me arde aquí dentro. Siento cómo me mojo entera por ti.

Él tragó saliva, y el sonido de su garganta seca resultó obscenamente alto en el silencio.

—No digas eso.

—¿Por qué no, si es la verdad? —Se acercó más, hasta que sus pechos casi le rozaron el torso. Notaba el calor que despedía su piel mojada—. ¿O es que tú no lo sientes? ¿No sientes cómo se te pone dura por mí? —Esta vez sí lo dijo sin rodeos, directo y crudo, como un golpe.

Él cerró los ojos con fuerza. Un espasmo le recorrió la mandíbula.

—Lucía, por favor...

—¿Por favor qué, papá? ¿Que te toque? ¿Que te la saque y me la meta en la boca hasta que te corras en mi garganta? —Cada palabra era una gota de ácido que iba carcomiendo lo que le quedaba de resistencia.

—¡Basta! —La palabra salió como un rugido gutural y desesperado que espantó a los pájaros de los árboles cercanos. Abrió los ojos y la miró, y por un instante ella vio en ellos un destello de pánico puro—. Esto tiene que parar. Ahora mismo. Vete a tu cuarto.

Lucía no se movió, con el corazón martilleándole en el pecho. No era el rechazo que esperaba: era una orden nacida del miedo. Miedo a ceder.

—No —dijo, con una calma que no sentía—. No pienso irme. —Hizo lo único que se le ocurrió: se abrazó a sí misma, como si tuviera frío, aunque por dentro ardía—. Tengo frío, papá. El agua me ha helado. —Era mentira, una jugada sucia, pero era la única carta que tenía.

Él la observó, confundido.

—Entra en casa y cámbiate de ropa.

—No quiero ir sola. —Le tendió una mano, una súplica fingida—. Acompáñame tú.

La lucha en su cara fue épica, una batalla visible entre la cabeza que decía no y el cuerpo que lo arrastraba. Al final, con un suspiro que sonó a rendición, asintió.

—Está bien. Vamos.

Caminaron hacia la casa en un silencio denso y pesado. Él iba delante; ella, detrás, mirando cómo la espalda tensa se le marcaba bajo la camiseta empapada. El agua goteaba de los dos y dejaba un reguero de pequeños charcos en la madera del porche.

Dentro, el aire acondicionado fue un golpe bienvenido contra su piel ardiente. Esteban se detuvo en el salón, sin saber qué hacer con las manos.

—Sube a tu cuarto, Lucía. Yo... yo me quedo aquí.

Ella negó con la cabeza.

—No quiero estar sola. —Se acercó despacio—. Ayúdame. —Se dio la vuelta, dándole la espalda, y apartó el pelo mojado de la nuca—. Desabróchamelo.

Él se quedó inmóvil. Veía su propio reflejo en el cristal oscuro del televisor: una figura alta y rígida, y ella delante, pequeña y desafiante, esperando.

—Lucía...

—Por favor, papá. Tengo los dedos congelados y no puedo sola.

Con un temblor evidente, levantó las manos. Las yemas, torpes y vacilantes, encontraron el nudo de la cinta del bañador bajo la camiseta. El roce de su piel contra la de ella, aunque solo fuera en la espalda, lo atravesó como una descarga. Peleó con el nudo, los dedos resbalando en la tela húmeda y en su piel. Cada segundo era una eternidad de tortura y de algo peligrosamente parecido al placer.

Cuando por fin lo deshizo, ella no se movió. Se quedó allí, sintiendo el calor de su mano a un milímetro de la espalda.

—Ahora el bañador —susurró—. Quítamelo.

Él retrocedió como si lo hubieran quemado.

—No. Eso no lo hago. Esto ya ha ido demasiado lejos.

—Entonces quédate —dijo ella, y se giró para mirarlo de frente. Se bajó un tirante de la camiseta mojada y dejó un pecho al aire, el pezón duro y erizado por el frío y por las ganas—. Mírame, papá. Mírame y atrévete a decir que no quieres esto.

Él la miró, y en sus ojos había un deseo tan hondo, tan doloroso, que a Lucía se le cortó la respiración. Pero había algo más. Había lágrimas.

—Claro que lo quiero —dijo, con la voz ronca de puro desprecio hacia sí mismo—. Lo quiero más que nada en mi vida. Y por eso justamente no puedo tenerlo. Porque si lo tengo, te destruyo. Y me destruyo yo.

Se dio la vuelta y salió del salón, subió las escaleras a zancadas y la dejó sola en mitad de la habitación, medio desnuda y temblando, con el corazón desbocado y el sexo palpitándole de frustración y de un deseo que ahora, por fin, era compartido. La línea no solo se había borrado: se había hecho polvo.

***

El silencio del salón era una criatura viva. Lucía se quedó inmóvil, sintiendo cómo el aire acondicionado le secaba el agua y el sudor sobre la piel y le dejaba una película fría y pegajosa. Tenía los pechos al aire, todavía erizados, dolorosamente sensibles. El deseo se había transformado en una tensión física, un nudo insoportable en el bajo vientre. El rechazo de su padre no había apagado el fuego; lo había tapado, convirtiéndolo en una caldera a punto de reventar.

Entonces lo oyó: el chirrido de unos neumáticos sobre la gravilla del camino de entrada.

El pánico, frío y afilado, la atravesó como una aguja. Su madre. Saltó hacia delante, recogió la camiseta mojada del suelo y se la pasó por la cabeza de un tirón. El algodón frío se le pegó al cuerpo como una mortaja. Se dirigió a la escalera con la intención de encerrarse en su cuarto y desaparecer.

Pero se detuvo a media subida. Desde arriba vio a su padre. Estaba de pie en el rellano, fuera del ángulo de la entrada, con la espalda apoyada en la pared. No la miraba a ella: miraba hacia abajo, hacia la puerta. Y en su cara ya no había pánico. Había una calma que daba miedo. Una calma de depredador.

Sonó el clic de la llave en la cerradura. La puerta se abrió.

—¡Cariño, ya estoy aquí! El tráfico era un infierno. —La voz de su madre, alegre y cansada, cortó el aire denso de la casa.

Lucía vio cómo su padre se erguía. Se pasó una mano por el pelo y respiró hondo. Cuando habló, su voz sonó normal, tranquila.

—Hola, amor. ¿Todo bien?

Bajó las escaleras. Lucía se quedó quieta, una estatua en la penumbra del pasillo, invisible desde el salón, y los observó. Su madre le dio un beso en la mejilla.

—Uf, qué calor hace aquí dentro. ¿Por qué no habéis puesto el ventilador?

—No me había dado cuenta —dijo su padre, y Lucía sintió una punzada helada al ver con qué facilidad mentía—. Estaba en el jardín. —Su mirada se desvió un instante fugaz hacia la escalera, hacia donde ella estaba. No la vio, pero sabía que estaba allí. Y en esa mirada Lucía lo entendió todo. Esto no había terminado. Esto estaba a punto de empezar.

—Voy a darme una ducha —dijo su madre, dejando el bolso en una silla—. Vengo muerta.

—No te preocupes por eso —dijo él, y su voz cambió. Se volvió más grave, más baja, más posesiva. Se acercó a ella por detrás y la rodeó con los brazos. Lucía vio cómo le posaba las manos en la cintura y la apretaba contra su cuerpo—. Ya te lavo yo.

Su madre se rio, un sonido suave y algo sorprendido.

—Ah, ¿sí? ¿Y a qué viene este ataque repentino de romanticismo?

Él no contestó con palabras. Inclinó la cabeza y le susurró algo al oído, algo que Lucía no alcanzó a oír. Vio cómo su madre se tensaba un segundo y después se aflojaba, dejando caer la cabeza hacia atrás para apoyarla en su hombro. Una sonrisa curiosa le asomó a los labios.

Lucía sintió una mezcla de náusea y de fascinación morbosa. Sabía, con una certeza absoluta, que no era a su madre a quien él miraba. Miraba a través de ella. Estaba usando a su madre como recipiente para todo el deseo que ella, su hija, le había despertado.

Se movió con sigilo, subió los últimos escalones y se deslizó por el pasillo hasta la puerta de su cuarto. No la cerró del todo: la dejó entornada, una rendija por la que podía ver y escuchar. Su habitación estaba al fondo, justo enfrente de la de sus padres.

***

Oyó los pasos de los dos sobre la madera del dormitorio. El roce suave de la ropa al caer. Un gemido bajo, no de dolor, de sorpresa.

—Joder, Esteban... ¿qué te pasa hoy? Estás... estás loco.

La voz de su padre fue un gruñido grave, casi animal.

—Cállate y déjame hacértelo a mi manera.

Lucía se acercó a la rendija de su puerta con el corazón a punto de salírsele del pecho. Oyó un beso húmedo y violento. Después, el ruido de un cuerpo empujado contra el colchón.

—¡Esteban! ¡La cama!

—Me da igual la cama —gruñó él—. Te voy a follar aquí mismo.

A Lucía le flaquearon las rodillas. Se apoyó en el marco de la puerta, con la mano en la boca para no hacer ruido. Oyó el desgarro de la tela: le había arrancado la ropa interior a su madre.

—¡Hijo de puta! —gritó su madre, pero el grito se le deshizo en un gemido largo y gutural.

Lo que vino después fue obsceno. Un beso brutal, mordiscos, el chasquido húmedo de una mano abierta golpeando carne desnuda. Y luego el sonido que Lucía estaba esperando sin saberlo, el que la heló y la quemó por dentro a la vez: el de su padre escupiendo una orden sucia.

—Abre las piernas. Quiero verte entera.

Un gemido ahogado de su madre.

—Dios... sí...

Lucía no podía verlos, pero no le hacía falta. Su mente pintaba la escena con una nitidez brutal. Veía a su padre con los ojos inyectados, la cara crispada en una mueca de lujuria salvaje. Veía esas manos, las mismas que habían dudado en tocarla a ella, clavándose ahora en las caderas de su madre y dejándole marcas moradas.

Oyó el ruido de dos dedos entrando de golpe en un sexo ya mojado, un sonido pegajoso y obsceno que llenó el silencio de la casa.

—Estás empapada —jadeó él—. ¿Te gusta esto, eh? ¿Te gusta que te trate así?

—Sí... joder, sí...

Entonces la puerta del dormitorio principal se abrió de par en par y dejó un pasillo de luz tendido hasta el baño. Él la había dejado abierta. A propósito.

Lucía contuvo el aliento. Desde su escondite tenía una vista parcial pero perfecta: alcanzaba el espejo del armario empotrado. Y en el espejo veía sus reflejos.

Vio a su madre arrodillada sobre la cama, con el trasero en alto, el pelo hecho un desastre y marcas rojas en la espalda. Y detrás de ella, como un dios oscuro y vengativo, estaba su padre. Estaba completamente desnudo, y Lucía vio su sexo por primera vez de verdad, no la sombra adivinada bajo la tela mojada del jardín. Era real, dura, gruesa, con las venas marcadas y la punta hinchada. Más imponente de lo que había imaginado, y un escalofrío de terror y de deseo la recorrió de arriba abajo.

Él se agachó, y Lucía vio cómo su cabeza desaparecía entre las nalgas de su madre. Oyó el sonido ávido de su lengua, húmedo y resbaladizo, que la hizo mojarse otra vez sin querer. Los gemidos de su madre subieron una octava y se volvieron gritos.

—¡Sí! ¡Ahí, no pares! ¡Qué bien lo haces, cabrón!

Él la complació un minuto largo, un minuto eterno de sonidos y reflejos que torturaban a Lucía detrás de su puerta. Luego se incorporó, se agarró el sexo con una mano y se guio hacia la entrada de su madre.

—Ahora vas a recibir justo lo que mereces —siseó.

Y la penetró de una embestida.

El grito de su madre fue de dolor y de placer a partes iguales. Él no tuvo piedad. La embistió con toda la violencia y todo el deseo que en realidad sentía por otra, descargando en el cuerpo de su mujer cada cosa que se había prohibido hacerle a la hija que lo había provocado. Y Lucía, mordiéndose la mano en la penumbra, supo que aquella tregua era solo eso: una tregua. Tarde o temprano, esa furia volvería a buscarla a ella.

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Comentarios (5)

Santi_cba

Que tension narrativa... lo lei de un tiron y me quede pegado. Muy bien logrado.

CaroMdz

El titulo me engancho de entrada y el relato no decepciono. Sigan escribiendo asi!

TamaraGdl

Ufff, sin palabras.

NandoCba

Lo que mas me gusto es como describis el conflicto interno, se siente muy real. Uno de los mejores de la categoria que lei en mucho tiempo.

lurker_felix

Hace tiempo que no comentaba pero esto lo merecia. Gracias por escribirlo.

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