Lo que pasó esa Nochebuena en la cabaña
El 24 de diciembre nos encontró enterrados hasta las rodillas en nieve. La cabaña parecía una ilustración de cuento alpino, con los aleros cargados de hielo y el humo saliendo recto hacia un cielo blanco y cerrado. Yo llevaba tres días paleando la entrada y ya no sentía los hombros.
—No te va a venir mal trabajar un poco, Matías —dijo Sofía desde la puerta, con una taza humeante y esa sonrisa de quien da órdenes sin haberlas pedido—. Así aprendés qué se siente ser útil.
Lo dijo justo delante de Karen y sus hijas. Las tres —madre e hijas rubias, todas con esa compostura serena de las mujeres del norte— soltaron una risita casi al unísono. Natalia levantó una ceja. Diana me miró un segundo con su expresión habitual de estar evaluando todo y a todos. Karen sonrió con esa mezcla de diversión y algo más difícil de nombrar que dolía más que cualquier insulto directo.
Llevábamos días encerrados por la tormenta, y la dinámica del grupo se había reorganizado sola. Claudia, mi madre, se había encariñado con Karen de una manera que yo no terminaba de entender pero que producía efectos concretos: ya no dormía en el cuarto que compartíamos, sino con ella. Cada mañana bajaban con una calma que hablaba por sí sola. Sofía y Lucía se habían integrado con las chicas como si se conocieran de años. Yo era el único que sobraba.
Lo más sexual que me había pasado en esos días había ocurrido de madrugada en el living. Estaba en el sofá con el teléfono cuando Karen bajó a buscar agua. Llevaba solo una remera larga que se le pegaba al cuerpo con el frío. Se quedó paralizada al verme. Yo también. Los dos tardamos un segundo de más en reaccionar, y en ese segundo alcancé a ver lo suficiente.
—Deberías evitar hacer eso aquí —dijo después, con una voz que pretendía ser maternal pero no lo era del todo—. Hay mujeres en esta casa.
Se fue hacia la cocina. Cuando volvió y subió la escalera, no hizo nada por bajar la remera. En el descanso se giró, tomó un sorbo de agua y me miró directamente antes de seguir subiendo.
Ese momento se me quedó grabado.
***
A la mañana siguiente del episodio, después de desayunar solo —el chocolate especiado que hacía Diana era lo mejor de estar atrapado en esa montaña—, fui al cuarto de mi madre a buscar un rato de tranquilidad.
La puerta estaba entornada. La empujé sin llamar.
Karen estaba recostada sobre las almohadas, completamente desnuda, con las piernas abiertas y dos dedos moviéndose dentro de ella con una concentración que no esperaba interrumpir. Levantó los ojos hacia mí. Por un segundo ninguno de los dos dijo nada.
—Qué curioso —dije, sin moverme del umbral—. Anoche me dijiste que había que tener más respeto.
—Lo hice para que entendieras lo incómodo que es que te sorprendan —respondió. Su voz sonó menos firme de lo que pretendía.
—Mentira. No sabías que venía.
Cerré la puerta detrás de mí. Ella juntó un poco las piernas, pero no se cubrió del todo.
—Claro que sabía. Siempre venís a esta hora.
—No mientas, Karen.
Me senté despacio a los pies de la cama. Ella sostuvo mi mirada con los ojos chispeantes, ese brillo de alguien que no suele perder y que todavía no acepta que la situación cambió de manos.
—Tengo el doble de tu edad —dijo, abriendo las piernas otra vez con una lentitud calculada, volviendo a mover los dedos—. Estoy acostumbrada a lidiar con chicos que se asustan con esto.
—No me asusto —respondí—. Podés seguir tranquila.
Su mano se detuvo. Me estudiaba, buscando el límite.
—¿Cuántos años tenés?
—Suficientes.
Me acerqué por la cama con calma. Ella esperó, con esa sonrisa desafiante que ya conocía de los días anteriores, convencida de que iba a frenarme antes de llegar. No lo hice. La tomé de las caderas y la atraje hacia mí.
—Esperá… ¿qué hacés? No te di permiso para…
No terminó la frase. La penetré de un solo movimiento, directo y sin rodeos. Su expresión cambió por completo: no esperaba eso. Creía que tenía el control, y de golpe se lo había sacado.
—Para… despacito… ay…
—¿Querés que pare?
—No dije eso… solo… despacito.
—Bien.
Empecé a moverme dentro de ella con un ritmo constante. Karen mordió el labio inferior con fuerza, mirándome fijo, sin querer ceder. Le hundí los dedos en las caderas y le di más profundo. Ella abrió más las piernas.
En un momento se dio vuelta con agilidad, quedando boca abajo, arqueando la espalda. Era una invitación clara. Apunté a otro lugar.
—No, no… eso no —dijo enseguida.
—¿Nunca?
—Nunca. No soy de esas.
—Entonces con una condición.
—¿Cuál?
—Quiero verte la cara cuando acabe.
Hubo una pausa larga. Froté la cabeza de mi sexo contra ella sin entrar, esperando. Karen soltó un suspiro resignado.
—Está bien.
Volví a penetrarla, inclinado sobre su espalda. Empujé con fuerza y profundidad hasta que tuvo que hundir la cara en la almohada para ahogar el ruido. Le tomé la cintura con las dos manos.
—Creí que me los comías crudos, a los chicos de mi edad.
—Es que la cama… se mueve mucho… se va a escuchar.
—¿Tenés miedo de que tus hijas escuchen?
Se giró y me miró con una seriedad repentina.
—Delante de mis hijas me tratás con respeto. Acá hacé lo que quieras.
—Perfecto.
Se dio vuelta y se montó sobre mí con movimientos precisos y seguros, hundiéndome hasta el fondo de un solo golpe. Empezó a moverse con las caderas con una sensualidad que no se aprende rápido. Su cuerpo sudaba levemente bajo la luz opaca de la habitación, y cada vez que arqueaba la espalda hacia atrás yo alcanzaba a ver su cara con los ojos entrecerrados.
Le apreté los pezones con los pulgares. Ella cerró los ojos y soltó un "sí" apenas audible. Repetí el gesto con más fuerza. Su ritmo se aceleró.
Entonces se abrió la puerta.
Karen se quedó pálida. En el umbral estaba Claudia, con los brazos cruzados y una sonrisa que no era de sorpresa.
—Sabía que esto iba a pasar —dijo mi madre, cerrando la puerta detrás de ella con calma—. Desde que lo viste aquella noche no dejás de preguntarme cosas sobre él.
—Claudia, perdona… no quise faltarte el respeto —murmuró Karen, sin moverse de encima de mí, con la voz temblorosa—. No soy una degenerada, es que…
—No me importa, Karen —la cortó mi madre con suavidad, quitándose la ropa en cuestión de segundos hasta quedar desnuda—. Lo que me molesta es que a él le das todo y a mí me tenés esperando.
—Casi todo —aclaré yo—. El culo no lo entrega.
—Qué lástima —dijo Claudia, con una naturalidad que hizo abrir los ojos a Karen como platos—. Con lo que disfruto yo eso.
Mi madre se subió a la cama detrás de Karen y le pasó las manos por la cintura. Le lamió el cuello despacio. Karen se estremeció de arriba abajo, y sus caderas empezaron a moverse con otro ritmo, más profundo y urgente.
Claudia le tomó los pechos desde atrás y le giró la cara hacia ella. El beso que se dieron fue largo, húmedo, sin prisa. Yo sentí la presión de Karen apretarse alrededor de mí.
—¿Te gusta? —preguntó mi madre contra su boca.
—Sí… —jadeó Karen.
—¿Por qué te calientan tanto los chicos jóvenes?
Karen tardó en responder. Claudia deslizó una mano entre los dos cuerpos y le rozó el punto exacto con la yema de los dedos. Karen se mordió el labio.
—Es algo que vi hace tiempo en este pueblo —dijo al fin, con la voz ronca—. Una vecina mía… tiene un hijo de la edad de Matías. Siempre sospeché que entre ellos había algo raro. Una noche espié por la ventana y los vi.
—¿Qué hacían? —preguntó Claudia, sin dejar de moverse.
—Cogían. Él estaba detrás de ella. Yo nunca había visto algo así. No entendí por qué me afectó tanto. Supongo que el aislamiento, la falta de sexo… pero esa imagen no se me fue más de la cabeza.
—¿Por eso me preguntabas tanto por Matías?
—Algo así. Quería replicar esa escena. Aunque el culo no lo entrego, que quede claro.
—Yo sí —dijo Claudia con calma—. Matías ya lo sabe.
Karen me miró con una mezcla de fascinación y desconcierto.
—¿En serio?
—Una noche que yo creía que dormía —confirmé—. Aunque lo hice de a poco.
—Mostrame —dijo Karen—. Te chupo la concha todo lo que quieras si me mostrás.
Claudia la consideró un segundo.
—Solo un poco. No voy a ir más lejos que eso.
Se bajó de la cama y se posicionó sobre mí orientada hacia atrás, apoyando las manos en mis piernas. Fue bajando despacio, con cuidado, hasta que el primer centímetro entró. Karen miraba con los ojos fijos, respirando con la boca abierta.
—Es lo más morboso que vi en mi vida —susurró.
—Qué degenerada —se burló Claudia, suave—. ¿Eso fue suficiente?
—Un poco más, por favor.
Claudia subió y bajó dos veces, dilatando despacio, y en el tercer movimiento entró casi hasta la mitad. Karen soltó un sonido inarticulado.
—Sí, Matías, eso fue todo. No voy a ir más lejos por cumplirle una fantasía a nadie.
—Entiendo —dijo Karen—. Pero… ¿podríamos…?
—No. Volvé a donde estabas. Quiero que le llenes la concha a ella.
Karen se acomodó encima de mí sin protestar. Claudia la masturbó con los dedos mientras le besaba el cuello y la boca. La rubia empujó las caderas hacia abajo con un ritmo desesperado, las mejillas encendidas, los ojos cerrados. Tardé menos de lo habitual en llegar al límite.
Cuando acabé dentro de ella, Karen se quedó quieta encima de mí, apretando los músculos internos, dejando que el calor la llenara por completo. Luego se recostó boca arriba en la cama, todavía jadeando.
Claudia se inclinó sin decir nada más y empezó a chuparla despacio, recogiendo con la lengua todo lo que quedaba. Karen abrió los ojos de golpe.
—Estás… tomándote…
—Sí —confirmó mi madre, entre dos movimientos de lengua.
—Dios. Qué morbo.
Quedé con algo todavía por dar. Se lo ofrecí a Karen. Ella lo tomó en la boca sin pensarlo dos veces, chupando con hambre mientras empujaba la cabeza de Claudia hacia abajo con una mano. Lo que salió no fue mucho, pero fue suficiente.
Cuando ya no quedó nada, las dos formaron un 69 con la naturalidad de quien lleva tiempo haciéndolo. Me vestí en silencio y me fui a dar una ducha larga.
***
La tarde fue aburrida. Claudia y Karen se quedaron encerradas en el cuarto hasta las seis. Yo maté el tiempo en el living con videos en el teléfono mientras Sofía, Lucía, Natalia y Diana charlaban en la cocina como si yo no existiera.
Cuando las dos por fin salieron, empezaron los preparativos de la cena de Nochebuena. El pavo llevaba horas en el horno y el olor ya había tomado toda la cabaña. Nunca había comido pavo en mi vida, pero con ese aroma bastaba para perdonar tres días de paleo.
Puse el mantel y los platos sin que nadie me lo pidiera. No quería que me siguieran llamando inútil.
Todas se fueron a bañar por turnos. Cuando Natalia y Diana bajaron por la escalera con los vestidos que habían tomado prestados, tuve que sentarme con las piernas cruzadas.
Vestidos blancos sin tiras, ajustados al cuerpo como una segunda piel. Sin ropa interior debajo, eso quedaba claro con solo verlas bajar los escalones. Los pezones se marcaban perfectos bajo la tela fina. Sofía y Lucía les habían prestado lo mejor que tenían, y en esos cuerpos quedaba diferente.
—¿Qué tal me queda? —preguntó Diana, girando frente a mí con una soltura de quien sabe perfectamente el efecto que causa.
—Espectacular. Parece hecho para vos.
—¿No es demasiado corto?
—Tal vez —respondí, imaginando lo que pasaría con un movimiento descuidado—. Pero eso lo hace más interesante.
Las dos se rieron. Lucía puso los ojos en blanco y anunció que iba a bañarse. Era una pena que le hubiera prestado su vestido a Diana; me hubiera gustado verla con él esa noche.
Afuera seguía nevando. Adentro, el olor a pavo llenaba cada rincón de la cabaña, y la mesa ya estaba puesta con velas y todo. Era Nochebuena.
Pensé que, para haber quedado atrapado por una tormenta en medio de los Alpes, las cosas podían haber salido bastante peor.