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Relatos Ardientes

Lo que la doctora me hizo hacer en el metro

Patricia bajó las escaleras hacia la consulta con el estómago apretado. Desde que había empezado el tratamiento, algo había cambiado en ella. Algo que no lograba controlar del todo.

Las pastillas. Tenía que ser las pastillas.

Se había prometido contarle solo una parte de lo que había ocurrido esa semana. Los nervios, la inquietud permanente, el insomnio. Nada más. No pensaba mencionar que se había masturbado cuatro veces en tres días, ni que buscaba excusas para cruzarse con el vecino en el rellano, ni mucho menos lo otro.

Lo de Marco.

Había visto el vídeo por accidente. O eso se decía a sí misma. Lo cierto era que llevaba días volviendo a él, tarde por la noche, cuando su marido ya dormía. Y cada vez que lo hacía, se quedaba paralizada frente a la pantalla con una mezcla de vergüenza y algo mucho más difícil de nombrar.

Llamó al timbre y esperó.

—¡Patricia! —exclamó la doctora Soledad abriendo la puerta con los brazos abiertos, como si fueran amigas de toda la vida—. Pasa, pasa.

La consulta olía a madera e incienso. Siempre igual. Patricia se acomodó en el sofá y cruzó las manos sobre el regazo.

—Habíamos quedado mañana —dijo la doctora, revisando la agenda.

—Lo sé. Pero necesitaba verte hoy.

Hubo un silencio. La doctora Soledad la estudió con esa mirada suya, tranquila y penetrante al mismo tiempo, que siempre hacía sentir a Patricia como si le leyera el pensamiento.

—Cuéntame —dijo.

Y Patricia lo contó todo. Sin saber bien cómo, sin poder evitarlo, las palabras salieron solas: la excitación constante, la dificultad para concentrarse, los pensamientos que llegaban sin permiso. Y al final, casi en un susurro, lo que más vergüenza le daba: que había visto el vídeo de Marco, que desde entonces no podía sacarse esa imagen de la cabeza.

La doctora Soledad no parpadeó.

—Es completamente normal —dijo.

Patricia la miró sin entender.

—¿Normal?

—Completamente. —La doctora se inclinó hacia delante y entrelazó los dedos—. Tu psique está respondiendo a una necesidad real. No tiene nada de patológico.

—Pero es mi hijo.

—Es una figura de deseo proyectada. Tu mente lo usa como catalizador porque es el hombre más cercano que tienes en este momento. No significa nada literal. —Hizo una pausa—. Lo que sí significa es que tienes necesidades que llevan demasiado tiempo ignoradas.

Patricia escuchó eso y algo en ella quiso creerlo con demasiada rapidez.

—¿Y tiene solución?

—Claro que sí. —La doctora se levantó y fue al armario—. ¿Te tomaste la de las tres?

—Sí.

—Bien. Vamos a añadir una dosis más. Y después vamos a hacer algo diferente. Algo que te ayudará a soltar el control de una vez por todas.

Tomó la pastilla con un sorbo de agua y esperó las instrucciones.

***

Media hora después, Patricia estaba en su habitación revolviendo el fondo del armario.

La doctora había sido muy específica: tenía que vestirse como antes. Como cuando era joven y no pensaba en nadie más que en ella misma. Una falda corta, algo de seda, sin sujetador. «Una prueba psicosocial», había dicho. «Tienes que colaborar para que funcione.»

Encontró una minifalda negra que no se había puesto desde la universidad. La tela se tensó en las caderas cuando se la subió. Una blusa de tirantes muy finos completó el conjunto.

Se miró en el espejo del baño.

Era otra persona. O quizá era la misma de siempre, solo que sin capas encima.

El calor llegó antes de que terminara de mirarse. Esa tensión en el vientre que llevaba días acompañándola, esa humedad que aparecía sin pedir permiso. Metió la mano bajo la falda casi sin darse cuenta, como para comprobar algo que ya sabía de sobra. La tela de la ropa interior estaba empapada.

Otra vez, no. No puedo salir así.

Bajó al primer piso.

—Estoy excitada otra vez —murmuró nada más ver a la doctora—. ¿Eso es malo?

—Qué va. —Soledad sonrió y echó a andar—. Es exactamente lo que necesitamos. Ven.

***

Caminaron sin rumbo fijo mientras la doctora hablaba. Le explicó cosas sobre la represión, sobre los deseos que se acumulan cuando uno vive toda su vida para los demás, sobre la importancia de soltarse. Patricia escuchaba y asentía, aunque solo entendía la mitad.

—Ahora vamos a entrar aquí —dijo la doctora señalando la boca de metro—. Quiero que hagas algo por mí. Que te dejes llevar. Sin juzgarte, sin analizarlo. Solo sentir.

Era hora punta. El andén estaba lleno de gente. Cuando llegó el tren, la multitud los empujó hacia dentro como una corriente y Patricia se encontró de pronto rodeada de cuerpos, sin espacio para moverse, con el calor de otras personas pegado a la piel.

Notó que alguien se colocaba detrás de ella.

Intentó apartarse y la doctora Soledad negó despacio con la cabeza.

—Déjate llevar —repitió.

Patricia se quedó quieta.

Los primeros dedos fueron casi una duda: rozaron la tela de la falda por detrás, lentos, como si tantearan el terreno. Ella contuvo la respiración. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza. Quiso darse la vuelta, quiso decir que no, pero la mirada fija de la doctora desde el lado le decía que aguantara.

Echó el trasero hacia atrás, despacio. Un centímetro. Solo uno.

El hombre lo interpretó como lo que era y apretó la palma contra su cadera.

—Umm —escapó de su boca antes de que pudiera impedirlo.

La respiración de Patricia se aceleró. Miraba al frente, a la ventanilla negra del túnel, y sentía cómo ese desconocido la exploraba sin pedir permiso. Notó su erección apretada contra las nalgas. Notó que su ropa interior estaba completamente empapada y que los muslos se le mojaban.

Los dedos se deslizaron bajo el borde de la falda. Lentos al principio, luego más directos. Ella separó los pies un poco sin pensar, como si su cuerpo tomara decisiones por su cuenta. La tela de la ropa interior a un lado, y esos dedos extraños encontraron exactamente lo que buscaban.

—Ahhh —gimió, apretando los labios demasiado tarde.

La vergüenza llegó después, como siempre, cuando el placer ya era demasiado grande para importarle. Él la penetraba con los dedos en medio de un vagón lleno de gente y ella tenía la mano en la barra metálica con los nudillos blancos de apretarla. Cada empuje de esa mano le arrancaba un jadeo que sofocaba mordiéndose el labio.

—Estás muy húmeda —susurró él en su oído—. Eres una guarra.

Patricia se tensó. Esperaba sentir indignación. Pero lo que sintió fue otra oleada de calor, más intensa que la anterior, que le bajó hasta las rodillas.

—Más —rogó en voz baja—. Dime más cosas.

Él sonrió. Lo notó en su voz cuando volvió a hablar.

—¿Quieres que te folle aquí mismo?

Ella no contestó. Pero empujó las caderas hacia atrás y la mano del hombre se hundió un poco más.

Patricia cerró los ojos. Y entonces hizo lo que llevaba días intentando no hacer: pensó en Marco, en el vídeo, en esa imagen concreta que se había grabado a fuego en su cabeza. El orgasmo llegó sin avisar, una sacudida que le dobló las rodillas y que ahogó contra su propio brazo.

—Ahhh... ya... ya está —musitó temblando.

La doctora Soledad la sostuvo del brazo.

El hombre se retiró despacio.

***

Bajaron en la siguiente estación. Patricia necesitó apoyarse en la pared un momento. Tenía las piernas flojas y la cabeza llena de ruido.

—¿Qué te ha parecido? —preguntó la doctora.

—No lo sé —respondió Patricia. Y era verdad: no sabía si sentía vergüenza o alivio o ganas de que volviera a pasar.

—Ha sido perfecto. Tu cuerpo ha respondido exactamente como necesitaba. —Soledad la cogió del brazo y echaron a caminar—. Ahora escúchame bien, porque lo que te voy a decir es importante.

Patricia la miró.

—Marco necesita que tú des el primer paso. Esta noche. No como madre. Como mujer.

—No puedo hacer eso.

—Claro que puedes. Lo que sientes por él no es perversión: es instinto. Es tu cuerpo reconociendo algo que lleva mucho tiempo sin canal. —La doctora habló despacio, midiendo cada palabra—. Si lo rechazas, él se cerrará para siempre. Ya está muy al borde.

—Es mi hijo —repitió Patricia, aunque esta vez la frase le sonó menos firme en su propia boca.

—Es un hombre joven que te necesita. Y tú lo necesitas a él. Eso no es malo: es humano. Lo prohibido existe solo para quien decide quedarse atrapado en ello.

Patricia intentó formular un argumento. Pero la doctora Soledad tenía esa forma de hablar que hacía que todo lo imposible pareciera razonable, que convertía las dudas en humo antes de que terminaran de formularse.

—Si esta noche intenta acercarse, déjale. Que te toque. Que vea que no hay nada de malo en lo que siente.

—¿Y si no lo intenta?

—Entonces hazlo tú.

***

Patricia subió las escaleras de su casa muy despacio.

Por la mente le pasaban las palabras de la doctora mezcladas con los sonidos del metro, con el calor de esa mano extraña que todavía le parecía notar en la piel. Se detuvo frente a la puerta y respiró hondo.

Marco estaría dentro. Probablemente en su cuarto, con los auriculares puestos, ajeno a todo.

Hacía semanas que apenas se hablaban. Hacía meses que ella lo miraba como si fuera un extraño que vivía en su casa, sin saber cómo cruzar esa distancia que se había abierto entre los dos poco a poco, sin que nadie lo decidiera.

Abrió la puerta.

La casa estaba en silencio. Fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua y se quedó apoyada en la encimera con los ojos cerrados. El calor de antes no había desaparecido del todo: seguía ahí, más suave, como las brasas después del fuego.

Pensó en lo que había ocurrido en el vagón. En cómo su cuerpo había respondido sin pedir permiso. En cómo había rogado a un desconocido que la tocara sin que nada más le importara en ese momento.

Si soy capaz de hacer eso con alguien que no conozco de nada, ¿por qué no puedo simplemente estar cerca de mi propio hijo?

La doctora Soledad tenía razón. Llevaba demasiado tiempo poniéndole distancia a todo.

Escuchó pasos en el pasillo.

Marco apareció en el umbral de la cocina con el pelo revuelto y cara de haber dormido la tarde. La miró un segundo, extrañado por la ropa que llevaba puesta.

—¿Vas a salir? —preguntó.

—No —dijo ella—. Solo estaba probándome algo.

Él asintió sin preguntar más y fue a abrir la nevera. Patricia lo observó en silencio desde la encimera: los hombros anchos bajo la camiseta vieja, la forma en que movía las manos, esa curva en la nuca que era idéntica a la de cuando era niño.

Sintió el calor otra vez. Y esta vez no intentó apagarlo.

—Marco —dijo.

Él se giró.

—¿Qué?

Patricia abrió la boca. La cerró. Volvió a pensar en la doctora, en las pastillas, en ese desconocido del metro, en el vídeo que había visto demasiadas veces. Todo mezclado, todo empujando en la misma dirección.

—Nada —dijo al final—. Que esta noche ceno en casa si quieres que comamos juntos.

Marco la miró un segundo más de lo normal antes de responder.

—Vale.

Volvió a su cuarto. Patricia se quedó sola en la cocina con el vaso de agua en la mano y el cuerpo todavía encendido, preguntándose cuántas pastillas más hacía falta tomar antes de que cruzara la línea que la doctora Soledad llevaba semanas empujándola a cruzar.

Y lo peor, lo que más le costaba admitir incluso a solas, era que ya no estaba segura de querer resistirse.

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Comentarios (8)

Fabiola88

Que relato tan intenso... me dejo sin palabras. La premisa es perturbadora pero no podes dejar de leer

Tuki_87

ufff tremendo!!! sigue asi

LectorCurioso

¿Esto es autobiografico o pura fantasia? Porque se siente muy real, muy bien escrito

curiosaBA

Me enganchó desde la primera linea. Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termina todo esto

PabloCba87

Lo de las pastillas y el metro le da un toque muy original, no es el tipico relato de esta categoria. Felicitaciones

NocheLectora22

Me encanto como lo contaste, se siente real sin ser burdo. Uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo

Garfield1997

Se me hizo corto jajaja quiero mas!!!

RobertoGDL

La doctora como personaje esta muy bien lograda, le da una vuelta de tuerca interesante a la historia. Esperando el proximo

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