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Relatos Ardientes

Pensé en mi hijo mientras un desconocido me tocaba

Lorena bajó las escaleras con el corazón disparado. Llevaba tres días tomando las pastillas que le había recetado Renata y, en lugar de calmarla, su cuerpo estaba más despierto que nunca. Cualquier roce contra la falda la dejaba húmeda. Cualquier silencio en la casa la empujaba a meterse al baño con el móvil entre las manos.

Sabía que tenía que confesar parte de lo que le pasaba. Pero no todo. No iba a contarle a una desconocida que se masturbaba pensando en su hijo Tomás, ni que había encontrado por casualidad ese vídeo donde se veía claramente la entrepierna de él, ni que desde entonces la imagen se le aparecía cada vez que cerraba los ojos.

Tocó el timbre del primer piso y esperó.

—¡Hola, mi vida! —saludó Renata, abriéndole los brazos como si fueran amigas de toda la vida.

Lorena entró en la consulta y se sentó en la butaca. Las manos le temblaban un poco. La psicóloga tenía esa manera tan particular de mirarla, sin juzgar nada, con una sonrisa que parecía decir «cuéntame, dime lo peor de ti, yo lo entiendo todo».

—Habíamos quedado mañana, ¿no? —dijo Renata, frunciendo apenas el entrecejo.

Se puso roja. Asintió.

—Pues dime, mi vida. ¿Qué te pasa?

Lorena se derrumbó. Le contó lo del vídeo, el deseo por la entrepierna de su hijo, las pajas a oscuras, la culpa que después la dejaba sin dormir.

—Bueno, eso es normal —respondió Renata, muy seria.

—¿Cómo? —preguntó Lorena, sin entender.

—Normal, mi vida. Tú eres una mujer hermosa, encerrada en una casa, con un solo hombre en toda tu historia. Tu cuerpo está pidiendo otra cosa. Lo que pasa es que tu cabeza traduce esa necesidad en lo primero que tiene cerca. Tu hijo, en este caso. No significa que lo desees a él. Significa que estás pidiendo algo nuevo.

Lorena suspiró. Quería creerle. Quería que esa explicación fuera verdad y le borrara meses de vergüenza.

—¿Y tiene solución?

—Claro que sí. Y empezamos hoy mismo.

Renata se levantó y abrió un armarito. Sacó un blíster y le ofreció otra pastilla, además de la que ya se había tomado a las tres.

—Ahora subes a tu casa —dijo—. Te pones algo provocador. Una blusita sin sujetador, una falda corta. La ropa que usabas antes de casarte. Y bajas otra vez.

—¿Y eso por qué?

—Es una técnica nueva. Confía en mí.

Lorena subió las escaleras de su edificio. Entró al cuarto, abrió el armario y revolvió en el fondo. Encontró una falda de cuando estudiaba en la universidad, una de esas que le marcaban las caderas y dejaban a los hombres mirándola en la calle. La había guardado por algún motivo que ya no recordaba.

Se la puso. Le quedaba ajustada. Demasiado ajustada. El espejo le devolvió la imagen de una mujer que no era la madre de Tomás, ni la esposa de Federico, ni la vecina amable del segundo. Era otra. Una más joven. Una que sabía cómo se la miraba.

Sintió un latido entre las piernas y metió la mano bajo la falda. La braga estaba empapada. Apretó los dientes para no quejarse en voz alta.

Esto es enfermedad, pensó. Pero la idea de bajar así, vestida como una desconocida, ya la había decidido por dentro.

***

Renata la esperaba en el portal.

—Ven, vamos al metro.

—¿Al metro?

—Tú confía.

Caminaron tres cuadras. El día era luminoso. Cada paso le levantaba un poco la falda y notaba el roce del aire en los muslos desnudos. Algunos hombres giraban la cabeza al pasar. Otros se quedaban mirándole el trasero sin disimulo. Lorena nunca había vivido eso. Cuando era estudiante salía con su grupo de amigas, siempre acompañada, y los piropos se quedaban en la distancia. Ahora caminaba sola, con una mujer que parecía orquestar cada paso.

—Es una pena que tu marido nunca te haya pedido vestirte así —dijo Renata, casi al pasar—. Mira la cara que te están poniendo. ¿Lo notas?

Lo notaba. Lo notaba demasiado.

Bajaron al metro. La estación estaba abarrotada. Hora pico. Pies y maletines apretados contra puertas. Renata la guio hasta la mitad del andén.

—Sube atrás de aquel grupo. Yo voy detrás de ti. No mires atrás. Solo siente.

El vagón llegó. La empujaron desde todos lados. La masa la metió en el coche sin que tuviera que dar un paso voluntario. Acabó pegada contra la barra del centro, con la espalda hacia el resto del vagón.

Sintió el primer roce a los pocos segundos.

Una mano. Un dedo, mejor dicho. Un dedo que recorrió la curva del muslo por debajo de la falda y se detuvo ahí, esperando una reacción.

Lorena giró el cuello para ver. Renata, dos pasos detrás, le hizo un gesto pequeño con la cabeza. «Quieta».

—Mmm —se le escapó un sonido del fondo de la garganta.

El dedo subió. Llegó al borde de la braga. Se quedó ahí, fingiendo casualidad, como si el movimiento del vagón fuera el responsable.

Sintió cómo otro cuerpo se acomodaba detrás de ella. Un pecho ancho, una respiración pegada al cuello, el calor de un hombre que sabía exactamente lo que estaba haciendo. La mano la apretó por la cintura. No era pregunta. Era afirmación.

—¿Te dejas? —susurró aquella voz pegada a su oreja.

Lorena cerró los ojos. Buscó a Renata con la mirada y la psicóloga asintió desde donde estaba.

—Sí —murmuró.

El extraño la sujetó por las caderas y la apretó contra él. Lorena sintió de inmediato la dureza del bulto debajo del pantalón. Era ancho. Largo. Insistente. Más grande que cualquier cosa que hubiera tocado en quince años.

¿Así será la de Tomás?, pensó.

Y se odió por pensarlo.

Pero también se humedeció más.

Cerró los ojos con fuerza y se permitió, por un segundo, fingir que el cuerpo de atrás era el de su hijo. Que era él quien la apretaba sin saber nada. Que era él quien le levantaba el ruedo de la falda con el dorso de la mano.

—Mueve el culo —dijo el desconocido, en un susurro tan bajo que solo ella lo podía oír.

Lorena obedeció. Empujó la cadera hacia atrás, despacio, lo justo. El hombre encajó la verga entre sus nalgas y empezó a frotarse con suavidad. El movimiento era pequeño, disimulado entre los empujones del vagón. Nadie a su alrededor parecía notar nada.

—Vaya cuerpo —su aliento le rozó el lóbulo—. Vaya hembra.

La palabra la atravesó. «Hembra». No «señora». No «mujer». No «madre». Hembra, como si fuera un animal, como si su única función esa tarde fuera ofrecerse. En quince años de matrimonio, Federico jamás le había dicho una palabra así. Ni siquiera en broma. Ni siquiera al oído. Y ahora un desconocido al que no había mirado a la cara la convertía en eso con un solo susurro.

—Ah —jadeó.

Notó la mano del extraño deslizarse otra vez bajo la falda. Esta vez no se detuvo en el muslo. Subió hasta la entrepierna y le palpó la braga por encima.

—Estás empapada.

No era una pregunta. Era un informe.

Lorena apretó los muslos por reflejo. Pero solo le sirvió para atrapar la mano contra su sexo. El hombre presionó el bulto del clítoris con el pulpejo de los dedos y ella sintió una corriente que le subió por la columna.

—Mmm. Por favor —rogó, sin saber qué pedía.

—Pídelo bien.

—Por favor… más.

Renata, desde su sitio, sonreía apenas. Aprendía rápido aquella mujer.

El desconocido movió la braga a un costado y dejó los dedos directos contra la piel. Lorena tuvo que morderse el dorso de la mano para no gritar. El placer la sacudió de adentro hacia afuera. Hacía años que su cuerpo no respondía así. Federico era cariñoso, paciente, conocido. Esto era otra cosa: era prohibido, era vergonzoso, era un riesgo público que la mareaba.

—Eres una guarra —susurró el extraño.

«Guarra». La palabra le pegó en el bajo vientre. Lejos de ofenderla, la encendió más. Quería oírla otra vez. Quería que ese hombre que no la conocía, que no sabría su nombre nunca, le dijera todas las cosas que su esposo jamás le diría.

—Sí —admitió en voz muy baja—. Soy una guarra.

El reconocimiento en voz propia le hizo cerrar los ojos del placer. Una parte de ella se desprendió en ese instante. La esposa fiel. La madre intachable. La mujer que solo conoció una verga en toda su vida. Esa mujer se quedó atrás. La que estaba ahí, frotándose el culo contra un desconocido en hora pico, era otra.

Y le gustaba.

Le gustaba más que cualquier otra cosa que hubiera hecho en años. Y eso, también, era parte del problema.

Los dedos del hombre se movieron con habilidad. Dos dentro. Uno afuera, presionando el clítoris en círculos. Cada vez que el tren frenaba, el cuerpo del extraño chocaba contra el suyo y los dedos se le clavaban más adentro.

—Voy a correrme —avisó Lorena, casi inaudible.

—Aguanta —ordenó él—. Yo digo cuándo.

«Yo digo cuándo». Esa frase le tocó algo profundo. Federico nunca le había hablado así. Nadie le había hablado así. Y de pronto sintió que quería que alguien le hablara así siempre.

Pensó otra vez en Tomás. En la imagen del vídeo, en la verga inocente de un chico que no sabía que su madre la usaba como combustible cada noche. ¿Qué pasaría si era él quien le decía «yo digo cuándo»? La sola idea le hizo subir un escalón más en el placer.

—Mmm. Por favor.

—Pídelo más fuerte.

—Por favor… déjame correrme.

—Bien.

El extraño aceleró el ritmo de los dedos. Apretó la otra mano contra la cadera de Lorena, sujetándola para que no escapara. El vagón frenó en una estación. La gente bajó. La gente subió. Nadie miró. Nadie quiso mirar.

Lorena se corrió en pleno vaivén, con la cara escondida contra el codo, mordiéndose la manga del abrigo. Las piernas le temblaron tanto que el extraño tuvo que sostenerla por la cintura para que no se cayera.

—Eres mía cuando quieras —le susurró al oído, antes de retirar los dedos lentamente.

Lorena no respondió. No tenía aire.

Renata se abrió paso a través de los cuerpos y la tomó del brazo.

—Bajamos en la próxima.

***

En la calle, el aire le pegó en la cara como un golpe. Le quemaban las mejillas. Las piernas todavía le temblaban. La falda, a contraluz, dejaba ver una mancha que no quiso identificar.

—¿Cómo te sientes? —preguntó la psicóloga.

—No sé qué decir.

—Dime una palabra.

Lorena cerró los ojos. La palabra que le subió a la garganta fue:

—Viva.

Renata sonrió.

—Lo que tienes que hacer ahora —dijo, mientras caminaban hacia el edificio— es algo más difícil. Pero el camino es ese, mi vida.

—¿Qué?

—Acercarte a tu hijo.

Lorena se detuvo en seco. La frase la había golpeado peor que cualquier roce del metro.

—No, eso no.

—Sí, eso. No te estoy diciendo que folles con él. Te estoy diciendo que rompas la distancia. Un beso largo de buenas noches. Una caricia en la mejilla que se quede más tiempo del normal. Que sienta que su madre es una mujer también. Que el sexo no es algo malo. Si tu hijo está encerrado, es porque no te tiene como referencia de carne. Solo te tiene como mamá. Y eso es lo que lo aplasta.

Lorena escuchaba sin saber dónde dejar las manos.

—Yo no podría…

—Tú acabas de correrte con un desconocido en el metro pensando en él. ¿De verdad me vas a decir que no podrías?

La frase fue un cuchillo. Y, como un cuchillo, fue limpia. No dolió. Cortó.

Lorena bajó la mirada al suelo. La verdad estaba ahí, entre los adoquines.

—Está bien —dijo en voz muy baja—. Lo intentaré.

Renata asintió.

—Cuando llegues, dale un abrazo. Largo. Que él sienta tu cuerpo, no tu ropa. Y dame parte mañana.

Subieron juntas las escaleras del edificio. Antes de despedirse, Renata le apretó la mano.

—Estás haciéndolo muy bien, mi vida. Estás muy cerca de salvarlo.

Lorena entró a su casa con la sensación de que esa frase tendría consecuencias por las que no estaba lista. Pero la otra Lorena, la del vagón, la que aún sentía los dedos del desconocido entre las piernas, no parecía dispuesta a dar marcha atrás.

Cerró la puerta con seguro. Escuchó la música baja de la habitación de Tomás, al fondo del pasillo.

Respiró hondo.

Avanzó.

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Comentarios (8)

RicardoB_79

increible... me dejo pensando un buen rato. Gracias por compartirlo.

ValentinaGBA

Que relato tan intenso, lo lei de una sentada. Espero que haya segunda parte!!

Pili23

Muy bien escrito, se nota que lo viviste o lo imaginaste de verdad. Me gusto mucho como lo contaste.

LectorNocturno22

Tremendo final... no me lo esperaba asi. Sigue escribiendo porfa

MarisolK

jajaja me quede con la boca abierta. muy bueno!

Fernanda_Cba

Una de las mejores que lei aca en mucho tiempo. Muchas gracias, espero que hagas mas relatos asi.

AnonimaZeta

Me recordo a ciertos pensamientos que yo tambien tuve alguna vez... sin comentarios jeje. Muy bueno

Caro88

buenisimo!!! seguí así

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