Mariana mandó su lista BDSM al chat equivocado
La habitación de Mariana olía a su perfume de siempre, ese floral que llevaba desde la adolescencia. Ramón y su hijo Damián estaban de pie frente a la puerta cerrada, contando los segundos como si fueran sentencias. Tres minutos era el plazo que le habían dado para bajar desnuda y entregarse.
Hablaban en voz baja. Era la primera vez en sus vidas que se confesaban algo así. Ramón llevaba treinta años practicándolo, primero con la madre de Mariana —que había muerto sin que sus hijos jamás lo sospecharan— y después con un par de amantes discretas. Damián, en cambio, lo había descubierto a los dieciocho, en una fiesta universitaria donde una compañera mayor le pidió que le pusiera un collar.
—No me lo puedo creer —murmuró Damián, mirando el reloj—. ¿Tú también?
—Y tu hermana también —contestó Ramón sin emoción—. Lo escribió todo en ese mensaje.
Hablaron de castigos. De cuerdas. De velas. De métodos que cada uno conocía y que el otro escuchaba con sorpresa cómplice. Hablaron como dos hombres que acaban de descubrir que comparten un secreto largo, y que ese secreto los une mucho más que los años de cumpleaños y comidas familiares juntas.
Pasaron los tres minutos. Ningún ruido en el pasillo. Mariana no había bajado.
Subieron sin avisar. Ramón giró el pomo y abrió la puerta de un empujón seco.
Mariana estaba frente al espejo del tocador, terminando de pintarse la raya del ojo. Llevaba un top negro sin sujetador y unos vaqueros ajustados. Ni siquiera se había molestado en cancelarle la cita a su novio.
—¿Qué hacéis? —dijo, intentando sonar molesta—. Todo ha sido una confusión, papá. Yo no…
Ramón no la dejó terminar. Cruzó la habitación en dos zancadas, le agarró el pelo desde la nuca y la levantó del taburete como quien arranca una mala hierba. Con la otra mano le rasgó el top de un tirón. Los pechos grandes y redondos de Mariana —que había heredado de su madre, igual que el carácter— quedaron al aire, balanceándose con la brusquedad del movimiento.
—¿Pero qué haces, papá? ¿Te has vuelto loco?
—Ni papá ni nada —dijo él, y le cruzó la cara con una bofetada que la dejó mirando hacia la ventana.
El golpe sonó seco. Mariana no lloró. No por orgullo, sino porque algo en el pecho se le había aflojado de pronto, como si llevara años esperando que alguien se atreviera a tratarla así.
—Este fin de semana —siguió Ramón con voz tranquila— Damián y yo somos tus amos. Le mandas un mensaje a tu novio ahora mismo diciendo que no vas a verlo. Y ya tienes tres castigos acumulados: por no bajar desnuda, por no cancelar la cita y por intentar discutir con tu padre.
Mariana entendió que no había salida. O, mejor dicho, entendió que llevaba diez años queriendo no tener salida. Tomó el móvil con manos que apenas le respondían y escribió un mensaje neutro y largo, lleno de excusas familiares. Cuando le dio a enviar, lo dejó sobre el tocador como si pesara mucho más que un teléfono.
—Desnúdate, puta —dijo Damián, y su propia voz le sonó extraña al pronunciar esa palabra delante de su padre—. Rápido.
Ella obedeció. Se quitó los vaqueros con torpeza, deslizando las caderas, y luego la tanga negra de encaje, doblándola como si fuera a guardarla en un cajón. Cuando se irguió, los dos hombres la miraron de arriba abajo sin ninguna prisa.
Era una mujer hermosa de veintisiete años, un metro setenta, dos o tres kilos por encima de su peso ideal, lo que le daba a las caderas y al pecho una redondez que la ropa nunca conseguía esconder del todo. Las piernas largas, el culo alto y firme, el sexo depilado al ras. Tenía un piercing pequeño en el ombligo y una mariposa tatuada en el pubis, hecha hacía años en un viaje a Lisboa.
—Bonito tatuaje —dijo Ramón, pasando un dedo por el contorno de la mariposa sin tocarla del todo—. Mañana te haremos algunos más. Y otro piercing. ¿Verdad, hijo?
—Verdad —contestó Damián.
—Quítate las joyas. Y la pintura de uñas también, antes de la cena. No quiero esmaltes en mi esclava este fin de semana.
Mariana asintió. Se quitó los pendientes pequeños, el anillo del dedo medio, la cadenita fina del cuello. Los dejó sobre el tocador, junto al móvil, como si fuera depositando piezas de una vida que ya no le pertenecía.
—La lista que le mandaste a tu novio era muy larga —dijo Ramón, y sacó del bolsillo del pantalón una hoja arrugada donde había impreso las capturas de pantalla del chat equivocado—. Así que vamos a ponernos manos a la obra y a hacerte varias cosas a la vez. Damián, te paso una lista de lo que necesitamos. Tendrás que ir al sex shop, a la farmacia, al estanco, a la ferretería, a la verdulería, a la tienda de animales… y al parque, antes de que cierre. Yo añado mis castigos a su lista. Y supongo que tú también querrás añadir lo tuyo.
—Tengo varias ideas —contestó Damián.
Salió de la habitación con una rapidez que la erección apenas le permitía disimular. Damián tenía veinticuatro años, un metro setenta y ocho, complexión media, ojos y pelo negros como los de su padre. De adolescente se había masturbado más veces de las que podía recordar pensando en su hermana mayor. En sus pechos cuando se ponía las camisetas blancas del instituto. En la curva de la espalda cuando se inclinaba a recoger algo. En la voz de mando con la que ella le decía qué hacer cuando se quedaban solos en casa. Ahora, por fin, podía darle la vuelta a esa voz.
***
—Bueno, bueno —dijo Damián cuando volvió a entrar, con una silla de respaldo recto del comedor—. Tú y yo vamos a empezar mientras papá organiza lo demás. Siéntate. Bien abierta de piernas.
Mariana se sentó. Ramón entró detrás con una bolsa de tela, sacó cuatro cuerdas de algodón y, con la pericia de quien ha hecho ese mismo nudo cien veces, le ató los tobillos a las patas traseras de la silla y las muñecas al respaldo. Las piernas separadas. Los pechos ofrecidos al aire de la habitación. El sexo abierto, sin nada que lo cubriera.
—Caramba, qué tetas —murmuró Damián, agachándose para verla a la altura de la cara—. Has salido a mamá. Así quedas perfecta. Ahora vamos a comprobar cómo estás de dispuesta.
Le metió dos dedos profundos. Mariana cerró los ojos. Estaba húmeda. Damián movió los dedos despacio, palpando cada milímetro de las paredes internas, calibrando, midiendo. Luego añadió un tercer dedo. Después un cuarto. El sexo de su hermana era acogedor y experto, no el coño tímido que él había imaginado a los quince años. Era el sexo de una mujer que sabía lo que era ser usada y lo había deseado en silencio durante mucho tiempo.
—Te excita ser la puta de tu padre y de tu hermano —dijo él, sin pregunta—. Vamos a pasarlo bien.
Le tomó el pezón izquierdo entre dos dedos y lo retorció con saña, como quien estruja una uva pequeña. Mariana soltó un gemido seco.
—Ay…
Repitió con el derecho. Otra mueca. Otro gemido contenido. Después tomó los dos a la vez, uno en cada mano, entre el pulgar y el índice.
—Vamos a calibrar tu resistencia al dolor —dijo Damián con la voz tranquila de un médico—. Y tu obediencia. Y tu capacidad para seguir una orden con precisión. Sin titubeos. Sin medias tintas. Te voy a retorcer los dos pezones a la vez como si quisiera arrancártelos. No quiero quejas, ni gritos, ni movimientos extra. Cuando no puedas más, lo dirás con voz calmada y con la sonrisa de una influencer anunciando crema hidratante: «Eso está bien, mi Amo. Gracias». Si no aguantas al menos un minuto, o si no me gusta tu voz o tu sonrisa, repetimos con el mínimo subido a dos minutos. ¿Has entendido?
—Sí, mi Amo.
Damián puso el cronómetro del móvil en marcha y empezó.
Giró los pezones con saña. Los apretó como quien aprieta dos granos pequeños y duros. Tiró de ellos hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados, con sacudidas extremas y precisas, sin dejar caer nunca el ritmo. Era una crueldad cultivada, aprendida en años de práctica. Mariana apretaba los labios, se retorcía dentro de las cuerdas, sudaba. Tenía los ojos brillantes, como a punto de salirse. Pero resistía. Resistía por orgullo de esclava recién estrenada, por miedo a que el mínimo subiera a dos minutos, y por algo más oscuro que ella misma todavía no sabía nombrar.
Sus flujos brotaron sin permiso. El sexo le brillaba entre las piernas abiertas, mostrando sin disimulo a su padre —que miraba desde la puerta, con los brazos cruzados y los pantalones tensos— la naturaleza masoquista que llevaba años escondiendo bajo blusas de oficina y comentarios sobre política internacional.
Pasados cuarenta y cinco segundos sin que ella se rompiera, Damián endureció todavía más la presión. Tiró, giró, apretó, como si en vez de su hermana tuviera entre las manos a alguien que le hubiera secuestrado una hija y se negara a confesar dónde la tenía. Su erección, dura como una porra de policía contra la tela del pantalón, era el único termómetro que necesitaba.
Diez. Nueve. Ocho.
Mariana tenía los músculos de la cara contraídos, el sudor cayéndole por entre los pechos, el pelo pegado a la frente. El dolor le subía por los pezones hasta la mandíbula, y de la mandíbula a las muelas, y de las muelas a la nuca.
Siete. Seis. Cinco.
Los jugos del sexo le caían sobre el asiento de madera, formando un charco pequeño y oscuro entre sus muslos.
Cuatro. Tres. Dos.
Le dolía todo. Los pezones. La cabeza. La mandíbula. Los labios mordidos por dentro.
Uno. Cero.
Damián soltó.
Mariana inspiró hondo, levantó la cabeza, miró a su hermano a los ojos y sonrió como una mujer que vende cremas hidratantes en un anuncio de las once de la mañana.
—Eso estuvo bien, mi Amo. Gracias.
Damián tuvo que aceptar que su hermana había superado la prueba. Asintió, despacio, sin sonreír todavía.
Detrás de él, su padre se acercó a la silla y pasó la mano por el muslo de su hija, allí donde el charco ya empezaba a secarse en la madera.
—Esto va a ser un fin de semana largo —dijo Ramón en voz baja—. Y todavía no hemos empezado.
Continuará…