El voyeur del hotel pidió algo más
Mi mujer solo iba a dejarse mirar, pero cuando vio cómo él se tocaba en la butaca, me pidió al oído que no lo dejáramos fuera.
Mi mujer solo iba a dejarse mirar, pero cuando vio cómo él se tocaba en la butaca, me pidió al oído que no lo dejáramos fuera.
La humillé en el ascensor por algo que nunca debí saber, y al día siguiente supe que mi trabajo y mi cuerpo ya no me pertenecían del todo.
Cuando bajé las escaleras del bar, supe que aquel hombre me miraba sin disimulo. Y lo peor era que yo, con cada paso, quería que mirara más.
Llevaba años cargando con aquel secreto. Esa madrugada, entre tequilas y luces de neón, Carla me pidió la única historia que jamás me atreví a contar.
Sorteamos los equipos y me tocó con ella. A los pocos minutos entendí que se había dado cuenta de todo, y que mirar le gustaba tanto como a mí ser mirada.
Cuando solo me quedaban el sujetador y el tanga, mi amiga subió al escenario y pidió que la música empezara otra vez. No quería dejarme sola allí arriba.
Abrí la puerta con los auriculares puestos, sin sospechar nada. Cuando me asomé al salón, él no estaba solo, y tuve la sangre fría de quedarme mirando.
Llevaba un rato a mi lado, espiándome mientras yo me perdía en el cuadro. Cuando por fin habló, supe que las dos deseábamos exactamente lo mismo.
Él repetía que estaba mal, que no debía tocarme. Pero su mano ya buscaba mi cintura y los dos sabíamos que nada iba a detenernos esos cinco días.
Al otro lado de la pared, los gemidos de su madre no lo dejaban dormir. Y cuando ella lo llamó a su cuarto al día siguiente, Bruno supo que nada volvería a ser como antes.
Nunca había visto desnuda a mi madre. El día que se fracturó el brazo, alguien tenía que meterla a la ducha, y ese alguien era yo.
Mi marido me pidió que tuviera una aventura por mi cumpleaños. Lo que no esperaba era empezar mirando a otros desde el agua, mordiéndome el labio para no gemir.
Han pasado diez años desde que empecé a contarlo todo. Sigo en la misma casa, en el mismo pueblo, y mis dos hijos siguen volviendo cada noche a mi cama.
Llevaba semanas desnudándome frente a su ventana a la misma hora, convencida de que el indiferente era él. No imaginaba que la verdadera mirada venía de otro lado.
Bastó una frase inocente de Lucía en la terraza para que todas las miradas cayeran sobre nosotros, y la mano de Marina encontró la mía bajo la mesa.
Creían que la cala estaba vacía. Yo seguía detrás de la roca, sin respirar, mirando cómo ella se movía sobre él mientras el cielo se volvía naranja.
La primera vez que me corrí mirándome al espejo, supe que ya no había vuelta atrás. Pero todavía no sabía hasta dónde podía llegar cuando alguien me miraba.
Los gemidos atravesaban la puerta metálica mientras el autobús avanzaba bajo la tormenta. Abrí apenas una rendija y mis piernas dejaron de obedecerme.
Cuando vi mi ropa interior sobre la mesita del cristalero, supe que llevaba semanas mirándome. Y, en lugar de delatarlo, decidí darle algo mejor que recordar.
Quería que la miraran. Que se la comieran con los ojos. Lo que no esperaba era que uno de los desconocidos del fondo se atreviera a buscarla en las duchas.