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Relatos Ardientes

Mi hermana me pidió un favor y mamá nos descubrió

Mi familia siempre dio la imagen perfecta. Casa amplia en un barrio residencial, jardín cuidado, autos limpios y una mesa puntual a las nueve de la noche. Pero las apariencias engañan, y en mi casa engañaban más que en ninguna otra. Soy Mateo, vivo con mis padres, Rubén y Carmen, y con mi hermana Lucía, un año menor que yo.

Mi padre es un fanático religioso, autoritario, de los que confunden la fe con el control. Mi madre es lo opuesto: cálida, suave, cariñosa. Lo respeta más por miedo que por convicción, y aunque sonríe en cada cena familiar, en sus ojos hay un cansancio que solo se nota cuando él no está mirando.

Las obliga a vestir con discreción. Vestidos largos, camisas de manga larga, faldas hasta los tobillos. Mi madre ya se acostumbró, pero Lucía pelea cada mañana frente al espejo. A los dieciocho años, cualquier chica pelea por menos.

Sin embargo, cuando mi padre se va a trabajar, la casa cambia. Mi madre y mi hermana se mueven cómodas, descalzas, con escotes que dejan ver más de lo que deberían y sin sostén bajo las blusas. Cuando se agachan a recoger algo, alcanzo a ver por instantes los pezones rosados y el inicio de unos pechos que cualquier chico de mi edad mataría por mirar dos segundos más. No sé si lo hacen a propósito. Sospecho que sí. Yo nunca digo nada y agradezco mi suerte en silencio.

Una tarde, Lucía discutió con mi padre. Quería salir a la noche con sus amigas y él le prohibió la salida porque, según él, las hijas decentes no salen después de las once. Los gritos resonaron por toda la casa. Mi madre intentó mediar, pero solo consiguió que la pelea creciera. Lucía terminó encerrándose en su habitación, llorando con la cara contra la almohada.

Fui a calmarla. La encontré tirada boca abajo sobre la cama, con el vestido largo enredado en las piernas y los hombros temblando. Aunque hubiese querido evitarlo, no pude dejar de mirarle el culo redondo bajo la tela.

—No llores, ya sabes cómo es papá —le dije sentándome al borde del colchón.

—Estoy harta —contestó sin girarse—. Mis amigas se ríen de mí.

—¿Por qué se ríen?

—Soy la única virgen de la clase. Y no me creen cuando les digo que tengo novio. Les mentí, Mateo. Les dije que tenía sexo con él casi todos los fines de semana y ahora me tratan de mentirosa.

—¿Y qué quieres, demostrarles que no lo eres?

Se incorporó despacio, con los ojos rojos y la respiración entrecortada. Lo que dijo después me cambió la noche.

—Quiero grabar un video. Contigo. Por el culo, así no pierdo la virginidad de verdad. Sería una sola vez y nunca más, y nadie tiene que enterarse. Tu cara no saldría.

—Lucía, somos hermanos. Si papá se entera nos mata.

—No se va a enterar. Es nuestro secreto.

—Aunque quisiera, te dolería. No es tan fácil como crees.

—¿Y tú cómo sabes que duele?

—Tuve novias. Ninguna quiso probarlo. Y por algo será.

—A mí no me va a doler. Me meto el dedo seguido en la ducha.

—No es lo mismo. Tus dedos son finos. Yo no.

—A ver, prueba. Mete el dedo y vemos.

Se puso de pie a un costado de la cama, me dio la espalda y se inclinó hacia adelante levantándose la falda hasta la cintura. Llevaba una bombacha de algodón rosa con dibujos pequeños. No quería darle tiempo a arrepentirse. Acerqué el dedo, hice presión sobre la tela, encontré la pequeña arruga del esfínter y empujé.

Lucía pegó un salto y cerró las nalgas de un golpe.

—Shhh, no grites, nos van a escuchar —susurré.

—Perdón, perdón —dijo con la voz aguda.

En ese instante mi madre nos llamó a cenar desde la cocina. Yo tenía una erección que apenas pude disimular bajo la mano, y Lucía se dio cuenta. Sonrió de oreja a oreja mientras se acomodaba la falda.

***

Nos sentamos a la mesa como cualquier otra noche, mi hermana y yo de un lado, mis padres del otro. Mi padre, mientras esperaba la cena, miraba el celular. Por puro reflejo me pasé el índice bajo la nariz y reconocí un olor sutil, íntimo, inconfundible. Era el de Lucía. La erección volvió de inmediato.

Giré la cabeza. Ella estaba ocupada doblando una servilleta. Sin pensarlo demasiado, le acerqué el mismo dedo y se lo pasé por la nariz. Reaccionó con un respingo, pero al darse cuenta de qué dedo era me miró con una sonrisa maliciosa, miró a mi padre —seguía perdido en la pantalla—, tomó mi mano, se llevó el dedo a la boca y lo chupó hasta el nudillo. Fue lo más erótico que había visto en mi vida.

Mi madre llegó con la cena y nos sirvió. Comimos en silencio. Casi al final, sonó el celular de mi padre y se levantó al living para atender. Lucía, sin dejar de mirar a mi madre, deslizó la mano bajo el mantel y empezó a acariciarme el bulto del pantalón. No podía creer lo que estaba haciendo. Cualquier reacción mía nos delataba, así que me quedé tieso, apretando los dientes.

No aguanté ni dos minutos. Me corrí dentro del pantalón, con mi madre a un metro hablando del pollo. El semen empapó la tela y le mojó los dedos a Lucía. Ella retiró la mano, se chupó los dedos uno por uno y siguió cenando como si nada.

—Voy un segundo a mi cuarto —dijo levantándose—. Mateo, ¿venís?

Sabía que si me paraba mi madre vería la mancha. Esperé a que empezara a juntar los platos para subir corriendo a cambiarme.

***

Cuando bajé otra vez, las dos estaban en la cocina lavando los platos juntas, algo que no pasaba casi nunca. Lucía me vio desde la pileta, esperó a que mi madre se diera vuelta y se levantó la falda lo justo para mostrarme la curva del culo desnudo. Me acerqué con la excusa de ayudar.

—Andá a descansar, vos nunca ayudás —dijo mi madre entre risas, sin sospechar nada.

Le apoyé la mano izquierda en el hombro a mi madre como un gesto cariñoso. Con la derecha recorrí la raya del culo de Lucía, de arriba abajo, hasta que mi madre se giró para acomodar una bandeja y tuve que retirar la mano a tiempo.

Esa noche nos pasamos mensajes de cuarto a cuarto hasta las tres de la mañana. Los dos terminamos masturbándonos solos, calientes y sin poder dormir.

***

Al día siguiente llegué a casa pasado el mediodía. No tenía clases por la tarde y mi hermana llegaba una hora después que yo. Mi madre todavía estaba en el negocio de mi padre, donde trabajaba como cajera, y volvía recién a media tarde. Iba a tener al menos una hora a solas con Lucía.

Me encerré en mi cuarto a jugar online, con los auriculares puestos. No la escuché entrar. De repente sentí una mano en la espalda y pegué un salto. Cuando me giré, Lucía me mostró el culo por encima del hombro, soltó una risita y salió corriendo a su habitación. Abandoné la partida en un segundo.

La encontré tirada boca abajo sobre su cama, con el vestido subido y las nalgas abiertas con las dos manos.

—Apurate, vení antes que llegue mamá —dijo mirándome por encima del hombro.

—Te dije que te va a doler. Ayer con un dedo no aguantaste.

—A ver cuánto la tenés. Quiero ver.

Me bajé el pantalón sin pensarlo. Se acercó a unos centímetros y la inspeccionó como si fuera un objeto raro.

—Es enorme. Es gruesa.

—Te dije.

—La quiero chupar.

Sin esperar respuesta se la metió en la boca. La chupó con torpeza y entusiasmo, como quien aprende sobre la marcha. Estuve a punto de correrme cuando la sacó.

—Ahora por el culo.

—Como quieras, probamos. Pero no creo que te entre.

Se desnudó del todo y se puso en cuatro patas sobre la cama. El esfínter se le veía cerrado, pequeño, latiendo. Me alcanzó una botellita de aceite y me lubriqué la verga hasta dejarla brillante. Le mojé el ano y traté de meterle un dedo. No entró ni un centímetro. Me apartó la mano de un manotazo.

—Si no te entra un dedo, no te va a entrar la verga. Tenés que dilatar primero.

—Pero quiero el video, Mateo. Hagamos algo.

—Te voy a comprar dilatadores anales. Los usás unos días y después probamos.

Se vistió a regañadientes y volví a mi cuarto. Mientras esperaba a mi madre, busqué online. Encontré un set de tres tamaños, encargué retiro en una tienda cercana para el día siguiente y volví a la realidad. Lucía estuvo todo el día caliente, se cruzaba conmigo en el pasillo y se levantaba la falda apenas mi madre miraba para otro lado.

***

Al otro día, al salir del colegio, pasé a buscar el paquete. Venía en un sobre negro, sin marca. Apenas crucé la puerta de casa, Lucía me lo arrebató de las manos. Adentro había una caja de madera con tres dilatadores cromados, parecidos a alfiles de ajedrez, y un envase con gel lubricante. El primero de dos centímetros, el segundo de cuatro, el tercero de seis.

—Ayudame a ponerme el primero antes que llegue mamá —dijo ya bajándose la ropa.

Teníamos media hora. Se inclinó sobre la cama. No resistí y le pasé la lengua por el ano unos minutos antes de empezar. Ella se reía y me apuraba. Apliqué gel, dejé el dilatador brillante y empujé. Entró casi de inmediato. Lo tendría que mantener hasta el día siguiente. Cada vez que mi madre miraba para otro lado, Lucía se daba vuelta, separaba las nalgas y me mostraba la base del dilatador como si fuera un trofeo.

Al otro día repetimos el ritual con el segundo. Costó más, pero entró. El tercer día, cuando me preparaba para colocarle el más grande, me detuvo.

—Ya está. Probá con vos. Me siento lista.

No hizo falta buscar la erección, en esos días vivía con la verga dura. Ella me la lubricó con el mismo gel, se puso en cuatro y me ofreció el ano. Estaba abierto un par de centímetros, casi un círculo perfecto. Apoyé la cabeza en el esfínter y empujé despacio. Entró la cabeza primero. Ella gimió. Empujé más. Sentí el calor del culo apretándome, casi fiebre, y empecé a moverme con un ritmo cada vez más fuerte. Los gemidos crecieron.

—Grabá, Mateo, agarrá el celular —dijo girando la cabeza.

Le hice caso. Tomé el teléfono con una mano, empecé a grabar desde mi punto de vista, y ella giró la cara hacia la cámara. Los gemidos pasaron a ser pequeños gritos ahogados.

De pronto, la puerta se abrió.

***

Era mi madre. Había vuelto antes. Yo estaba demasiado adentro de la situación como para frenar de un solo movimiento.

—¡¿Qué hacen?! ¡Están locos! ¿Y si los ve su padre?

—Perdón, mamá, perdón —balbuceó Lucía—. Ya terminamos.

—¡Paren!

Saqué la verga de un tirón y, sin querer, terminé acabando con tanta fuerza que un chorro le llegó a mi madre a la cara. Lucía se largó a reír. Yo no sabía dónde meterme.

—No te rías. Mirá cómo me dejó tu hermano.

—Perdón, mamá, perdón —dije yo, paralizado.

Mi madre se pasó la mano por la mejilla. Y entonces, casi por instinto, sin pensarlo, se llevó el dedo a la boca y lo chupó. Lucía lo notó al instante.

—¿Ves que también te gusta?

—Estás loca, Lucía. ¿Y si quedás embarazada? ¿Te imaginás lo que haría tu padre?

—¿Y por qué se tiene que enterar? Además, lo hicimos por el culo.

—Pero está mal igual.

El grito se le fue apagando. Empezó una conversación rara, casi normal, entre madre e hija, y Lucía le contó todo desde el principio. Yo me quedé desnudo, parado al pie de la cama, viendo cómo mi madre miraba mi verga sin disimulo. La dejé ahí, a la vista, mientras la convicción religiosa se le caía a pedazos con cada frase de mi hermana.

—Sé que son jóvenes y las hormonas hacen locuras —dijo al final, suavizando la voz—. Pero esto no se puede saber. Nadie.

—Ma, decime la verdad. ¿No te gusta el sexo? ¿Nunca te dieron por el culo?

—Las cosas que preguntás. No, nunca.

—Aprovechá ahora.

Mientras se lo decía, Lucía me agarró la verga y la sacudió delante de mi madre, como si fuera un postre listo para servir.

—Estás loca, dejalo tranquilo a tu hermano —se rio mi madre, sin sacar los ojos de mí.

—Dale, ma. Chupala un poquito y a papá no le contamos nada.

—¿Me estás extorsionando?

—Un poquito.

—Bueno, un poquito y se calman.

No podía creer lo que estaba pasando. Me senté al borde de la cama. Mi madre se arrodilló de un lado, mi hermana del otro, y empezaron a chupármela las dos a la vez, pasándose la verga de boca en boca. Mientras una me lamía los huevos, la otra me trabajaba el tronco. Habíamos cruzado una línea de la que ya no se vuelve.

—Ahora rompele el culo —le dijo Lucía a mi madre, ya sin disimular el tono.

Mi hermana le sacó la ropa entre besos y caricias. Mi madre tenía un cuerpo espectacular, cuidado, todavía firme, con curvas que el vestido largo había escondido durante años. Lucía agarró el lubricante, le untó el ano con los dedos y, antes de abrirla del todo, le pasó la lengua varias veces. Mi madre cerró los ojos.

—Es tuyo, Mateo —dijo mi hermana.

La ayudó a ponerse en cuatro. El esfínter de mi madre estaba más cerrado que el de Lucía, pero mi verga ya no aceptaba un no por respuesta. La metí de un solo empujón. Pegó un grito agudo, como si se hubiera roto algo, y después fueron solo gemidos. Estuvimos casi una hora, hasta que terminé adentro del culo de mi madre, con Lucía pegada a su espalda mirándolo todo.

***

Aquel fue el primero de muchos. La rutina cambió de a poco, pero cambió para siempre. A veces lo hacía con Lucía sola, a veces con mi madre, a veces con las dos a la vez. Siempre por el culo. Siempre en silencio. Siempre con mi padre del otro lado de la pared, pidiendo el desayuno o quejándose del telediario.

Sigue siendo nuestro secreto. Mi padre nunca se enteró y, si soy honesto, hasta noto que mi madre lo trata mejor desde entonces. Tal vez la calma sea eso, dejar de ser solo una sombra.

Yo, mientras tanto, tengo la suerte que ningún chico de mi edad imagina: dos mujeres en mi propia casa, dispuestas a cualquier cosa, siempre que no se entere nadie.

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Comentarios (5)

jorge_69

tremendo!! me dejo pegado a la pantalla desde la primera linea

Facundo_03

necesito la segunda parte ya, no puede quedar asi!!

Esteban_BA

El titulo me llamo la atencion y no me decepciono para nada. Muy bueno.

NocturnoCba

jajaja el titulo lo dice todo pero hay que leerlo de todas formas

MikeRosario22

quisiera saber que paso despues, como reacciono la madre al final??

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