La noche que mi suegra nos esperó con la tele encendida
Habían pasado unas semanas desde aquel encuentro accidental con la madre de Camila y esa noche me quedaba a dormir en su departamento. Volvíamos de bailar con un grupo de amigos y, dentro del taxi, las manos no nos respondían. Su madre estaba en la casa, pero los hermanos se habían ido a pasar el fin de semana con el padre y nosotros teníamos hambre acumulada.
Camila venía caliente, no detonada, lo justo para perder un poco la vergüenza. Yo apenas había probado un par de tragos; quería estar lúcido para todo lo que pensaba hacerle.
—Te voy a dejar los huevos secos —me susurró al oído, mordiéndome el lóbulo.
—Y yo te voy a hacer la cola que hace meses me negás.
—No, no, no. Llevame a la puertita, dejame las nalgas llenas, pero adentro no. Eso es de muy puta y yo no soy taaan puta.
El taxista nos miraba por el espejo retrovisor con una sonrisa cómplice. Para darle un poco de espectáculo, le levanté la pollera a Camila y le dejé las medias y la tanga blanca al descubierto. El hombre tragó saliva y aceleró el último tramo como si llegara tarde a la suya.
***
Pagué, bajamos y ni siquiera esperamos el ascensor. La metí en el cuartito de los contadores del edificio. Había olor a polvo y a humedad, una luz amarilla parpadeaba sobre nosotros. Apoyé su espalda contra la pared y dejé que se arrodillara para chupármela con una mezcla de hambre y prisa.
Después la levanté en brazos, le corrí la tela a un costado y se la metí hasta el fondo de un solo empujón. Camila cerraba los ojos, echaba la cabeza hacia atrás y soltaba gemidos roncos que rebotaban en las paredes de aquel cuartito.
Quería tenerla así, hirviendo, hasta el punto en que aceptara entregarme lo que durante un año había defendido como si fuera un trofeo de familia.
La saqué a regañadientes, me guardé la pija como pude dentro del pantalón y la arrastré al ascensor. Apreté el nueve. En cuanto se cerraron las puertas, le levanté la pollera otra vez y la penetré desde atrás, mientras me miraba en el espejo del fondo de la cabina.
—Hoy me tenés loca —jadeó ella—. Entre el alcohol y el porro que me fumé con Romina, y vos cogiéndome así, no respondo de mí.
—Te voy a coger toda. Toda.
—La cola no te la voy a entregar.
—¿Vas a obligarme a salir a buscar cola por otro lado?
—Si estás insatisfecho, avisame.
—Esa cola va a ser mía, Camila. Tarde o temprano.
Detuve el ascensor entre dos pisos y se la enterré despacio, agarrándola de las caderas. Quería que llegara temblando al rellano.
***
Llegamos al noveno y abrió la puerta del departamento intentando contener la risa. Yo seguía pegado a su espalda, la mano metida bajo la pollera, los dedos donde no deberían haber estado al cruzar un umbral familiar. Atravesamos el pasillo y, cuando entramos al living, casi se me cae el alma a los pies.
Liliana, la madre, estaba sentada en el sillón principal. Tenía el camisón abierto, las piernas separadas y la mano metida entre los muslos. La televisión iluminaba la sala y, en la pantalla, aparecíamos ella y yo. El video de aquella vez. Se nos veía la cara con un nivel de detalle que ni yo recordaba haber permitido. La voz de ella, pegada al micrófono del teléfono, repetía: «ay siii yernito, hágale la cola a esta vieja, que la nena no te la da».
Mi pija murió en el momento exacto.
El grito de Camila no fue grito, fue una ráfaga.
—¡Mamá! ¿Cómo podés ser tan traidora? ¡Y vos, hijo de puta, con mi madre, con mi madre me engañaste!
Esquivé un cachetazo por milímetros. Camila cayó de rodillas, tapándose la cara, sollozando con esa rabia seca que nunca había escuchado en ella. Liliana se levantó del sillón, se ajustó el camisón con una calma irritante y me hizo una seña con la mirada para que me quedara en la entrada. Cerré la puerta con todo el cuidado del mundo, como si un ruido fuera a empeorarlo.
Madre e hija desaparecieron en la cocina. Yo me quedé clavado en el recibidor, mirando un cuadro genérico de un atardecer marino que de pronto me pareció lo más estúpido del mundo.
Desde donde estaba escuchaba reproches, llantos, la voz baja y calmada de Liliana. «Te voy a hacer un tecito y charlamos mejor», decía. «Hija de puta, nunca te lo voy a perdonar», respondía Camila.
Un tecito, pensé. Esta mujer es terrible.
Pasaron quince, veinte, no sé cuántos minutos. Liliana cruzó el pasillo hacia su cuarto y, al pasar por mi lado, se abrió un instante el camisón para enseñarme las tetas y me tiró un beso. Volvió a la cocina con algo en la mano que no alcancé a ver.
***
Cuando Liliana me invitó a entrar, había dos tazas vacías sobre la mesa. Camila ya no estaba enojada. Seguía con los ojos hinchados, pero la mirada le navegaba como si estuviera observando algo a tres metros de distancia. La madre, en cambio, sonreía con una alegría artificial, demasiado abierta para una madrugada como aquella.
Iba a abrir la boca, a explicar algo, lo que fuera, pero Liliana me hizo un gesto para que no hablara. Se acercó, me puso la mano en el pecho y me susurró al oído:
—Esta noche vamos a disfrutar los tres. A más no poder.
Le advertí que Camila se había fumado un porro con una amiga antes del bar.
—Uy, esto se va a desmadrar —dijo Liliana sin dejar de sonreír.
Y se arrodilló frente a mí en mitad del living para empezar a chupármela. Camila nos miró desde la silla, sin emitir palabra, como si estuviera analizando una escena ajena. Dos segundos después, se acercó, se agachó al lado de su madre y, sin pedir permiso, le sacó las tetas del camisón. Se las amasó. Se las chupó.
—Uy sí, mamita, dale el pechito. Mame, mame, chiquita —murmuró Liliana.
—¿Quién me va a entregar la colita hoy? —pregunté, y noté que la voz me salía ronca.
—Yo, yernito. Yo.
—Yo también quiero que me hagan la colita —dijo Camila, casi en un puchero.
—Hay verga para las dos. Sigan, sigan.
Camila se sumó al oral. Se turnaban: una se llevaba la cabeza a la boca, la otra los huevos. Las lenguas se cruzaban a mitad de camino y, en algún momento, se besaron alrededor de la pija como si estuvieran compartiendo un helado.
***
Las llevé al cuarto de Liliana. Había un olor cálido a perfume viejo y a sábanas planchadas. Camila se desvistió pero se dejó las medias blancas, esas que me derretían desde el primer día. Liliana se sacó el camisón sin ceremonia. Las acosté a las dos en la cama.
Cada uno tomó una teta. Liliana me masturbaba mientras le hacía un dedo a su hija. Yo le metía un dedo en el culo a la madre y Camila le metía dos dedos en la concha. Aquello era un monumento improvisado a la anatomía de a tres.
—Me voy a coger a tu madre y vos lo vas a ver —le dije a Camila.
—A mí primero.
—A vos ya te cogí en el cuartito y en el ascensor. La gula es un pecado, hay que compartir.
—Cogeme de costadito —pidió Liliana—, como le gusta a la nena.
La acosté de lado. Camila se le abrazó por delante, le sostenía la pierna en alto para que la penetración fuera más profunda y, mientras tanto, le tocaba el clítoris con dos dedos. Yo entraba milímetro a milímetro, jugando con la cabecita en la entrada, escuchándola jadear.
—Ay, hija, no sé cómo soportás esto. Me mata de deseo.
—Pero lo que viene después vale la pena, mami.
Se la enterré hasta el fondo y Liliana chilló como si la estuvieran descongelando. Empezó a temblarle el muslo, después la cadera, después todo el cuerpo. Se vino con dos espasmos largos, mordiéndome el antebrazo.
***
Apenas terminó, Camila me empujó de espaldas a la cama, se subió encima y se clavó la verga hasta el fondo. Empezó a rebotar con un ritmo enojado.
—¿Así que te cogés a mi vieja? —jadeaba—. ¡A mí no me vas a dejar nunca sin leche y sin pija, hijo de puta!
Le di un chirlo bien sonoro en el culo. Camila pegó un chillido y siguió rebotando, esta vez con una sonrisa que le partía la cara.
—Liliana —dije sin sacarle la mano del culo a Camila—, prepárele la cola. De hoy no pasa.
La madre abrió el cajón de la mesa de luz, sacó un frasquito de lubricante y se mojó dos dedos. Se acercó por detrás de su hija, le separó las nalgas y empezó a presionar con suavidad.
—Ay, mamá, me lastimás con la uña.
—Aflojate que vas a gozar como una perra.
—¿Como la perra que sos vos?
—Sí, porque sos mi hija y tenés que ser bien puta como tu madre.
Tomé el control antes de que el intercambio se convirtiera en otra cosa. Le pedí a Camila que se pusiera en cuatro, al borde de la cama. Le escupí el agujero, sumé un poco más de lubricante y enfilé despacio. Despacísimo. Centímetro a centímetro, disfrutando de cada estación de la línea, hasta que toqué fondo.
El culo de Camila no era enorme, pero era firme, redondo y absolutamente inaugurado. Llevaba un año esperando aquella entrada y ahora la atravesaba como un explorador con linterna.
Camila se quejó al principio. Liliana le acariciaba el clítoris con una paciencia que parecía rutina materna. Mientras yo me movía, ella le susurraba cosas al oído, palabras que apenas alcancé a captar. La hija fue cediendo. El cuerpo se aflojó, la espalda se arqueó y la queja se transformó en gemido.
Liliana se acomodó en posición de 69 sobre la cara de Camila. Las dos empezaron a comerse, mientras yo seguía martillando aquel culo virgen. Camila se vino primera, gritando dentro de la concha de su madre. Liliana se vino después, mordiéndome el muslo.
***
—Ahora vos, suegra. Cuatro patas.
Liliana obedeció con una sonrisa que parecía agradecerme un favor. Le metí la verga hasta el fondo de la concha y empecé un ritmo lento, muy lento, mientras Camila, tirada al costado, me mordía el cuello y me hablaba al oído.
—Solo te falta cogerte a mi hermana. Pero vas a tener que esperar tres semanas a que cumpla los dieciocho. ¿No te dan ganitas? Mirá que ella quiere que la cojas como a mamá y a mí.
El morbo me explotó por dentro. Acababa de inaugurar el culo de mi novia, estaba dentro de su madre y la propia novia me estaba ofreciendo a la hermana en bandeja.
—¿Dónde querés la lechita? —le pregunté a Camila, sin sacársela a Liliana.
—En la cola. Que me chorree por las nalgas.
—Pará, pará —cortó Liliana—, primero hacéme un frente fondo.
Cinco embestidas en el culo, cinco en la concha. Cinco y cinco. Cinco y cinco.
—¡Yo también quiero eso! —chilló Camila—. ¡Yo también quiero el conchiculo!
—No estás acostumbrada —avisó la madre.
—Aprovechen hoy, que estoy muy puta.
Salí de Liliana, le di la espalda y volví a Camila. Le hice un frente fondo furioso, alternando agujeros con la disciplina de quien cuenta repeticiones en un gimnasio. Camila gritaba: «¡Qué puta que estoy, qué puta que estoy!».
—Me duele pero me gusta —jadeó—. ¿Por qué no te dejé hacerme la cola antes, mi amor?
—Porque la frígida de tu abuela te metió en la cabeza que eso era de puta —contestó Liliana, riéndose desde el costado.
Yo seguía bombeando. Camila se acabó largando un chorro fuerte de flujo que le manchó las sábanas como si se hubiera meado. Se la saqué del culo justo a tiempo y dejé que la leche saltara como un volcán, chorreando por el surco entre las nalgas. Liliana se acercó a frotarle la leche por la piel, le metía los dedos en la concha y en el culo a la vez, todavía desayunando lo nuestro.
—¿Sentís los deditos de mami con la leche de tu novio? —le susurraba—. Vas a ver qué lindo es que te llenen el culo de leche, hijita. Ya vas a ver.
***
Las dos se fueron a ducharse juntas. Yo crucé al cuarto de Camila, me dejé caer sobre las sábanas y me dormí antes de poder pensar nada coherente.
Había sido una noche espectacular. Había hecho un trío con mi novia y su madre, había estrenado el culo que llevaba un año negándome y, encima, tenía una invitación abierta para la hermana menor en cuanto cumpliera los dieciocho. Me dormí calculando los días que faltaban y, en sueños, ya escuchaba a Liliana volviendo a abrir el cajón de la mesa de luz.