La noche que su hermanastra dejó la puerta abierta
Mateo llegó a Mendoza un viernes de marzo con dos valijas y la sensación de que volvía a una casa que ya no era del todo la suya. Su padre lo esperaba en la puerta con los brazos abiertos y, detrás, una mujer que él solo había visto en alguna foto de WhatsApp. Patricia, su madrastra desde hacía dos años. Sonreía con cortesía, pero los ojos le brillaban con esa mezcla de nervios y ganas de caer bien.
—Pasá, pasá —dijo el padre, dándole una palmada en la espalda—. Tu cuarto está al fondo. Y vas a conocer a Camila. Anda dando vueltas por ahí.
Mateo había vuelto por trabajo. El estudio de arquitectura donde había hecho su pasantía cuatro años antes le había ofrecido un puesto fijo, y los alquileres en Buenos Aires se le habían vuelto impagables. Aceptar la propuesta del padre de quedarse en la casa familiar unos meses, hasta acomodarse, había parecido una decisión razonable. Le iba a durar exactamente lo que tardó en cruzar el palier.
Dejó las valijas en el living y entró a la cocina buscando un vaso de agua. El vuelo había sido corto, pero el calor del valle a esa hora le había secado la garganta. Abrió la heladera y se inclinó hacia adentro.
Cuando se incorporó, ella estaba ahí.
Camila tenía veintidós años y un short de jean que no debería ser legal entre familiares. La camiseta blanca le quedaba grande, se le caía por un hombro y dejaba a la vista la tira fina de un corpiño negro. El pelo oscuro lo llevaba atado en un rodete flojo. Lo miraba con esa media sonrisa que tienen las personas que saben perfectamente el efecto que causan.
—Vos sos Mateo —dijo, sin moverse del marco de la puerta.
—Y vos Camila.
—La famosa hermanastra —se acercó a la heladera y le rozó el brazo al estirarse por una botella de agua—. ¿Te molesta el calor o siempre estás así de transpirado?
Él se rió más por reflejo que por gracia. Le tomó tres segundos entender que esa chica iba a ser un problema. Tenía veinticinco años, había salido con suficientes mujeres como para reconocer una mirada cuando la veía, y la de Camila no era inocente.
***
Las primeras semanas fueron una coreografía de roces casuales que ninguno de los dos comentaba. Camila pasaba por el pasillo en toalla justo cuando él salía del cuarto a buscar el cargador. Mateo dejaba la puerta del baño entornada por descuido, y ella cruzaba con cualquier excusa. Ninguno se disculpaba con vehemencia. Ambos sostenían la mirada un segundo más de lo necesario.
El padre y Patricia tenían sus rituales. Los miércoles iban al cine. Los sábados se juntaban con amigos del club, comían afuera y volvían pasada la medianoche. Mateo y Camila se quedaban en casa con la excusa del cansancio o del trabajo del lunes. Las primeras dos veces vieron películas en silencio, sentados con un almohadón de distancia entre los dos. La tercera, ella se acomodó más cerca. La cuarta, apoyó los pies sobre los muslos de él como quien pide un masaje sin pedirlo.
—¿Te incomoda? —preguntó.
—No —mintió Mateo.
Camila lo miró un instante más. Después volvió a la pantalla como si no hubiera pasado nada.
Esto se está yendo de las manos, pensó él esa noche, mirando el ventilador de techo girar despacio sobre su cabeza. Le costó dormirse. Cada vez que cerraba los ojos veía la curva del pie de Camila apoyado en su pierna, las uñas pintadas de un rojo descascarado, el tobillo fino, esa parte donde la piel se vuelve casi traslúcida.
***
El sábado siguiente, los padres se fueron a un cumpleaños en Chacras de Coria y avisaron por mensaje que probablemente se quedaban a dormir en la casa de los amigos. Mateo escuchó el portón eléctrico cerrarse a las nueve y media. La casa quedó en silencio. Diez minutos después, Camila salió de su cuarto con el pelo todavía mojado, una remera larga que le tapaba apenas medio muslo y una botella de vino blanco fría en la mano.
—No me vas a dejar tomar sola, ¿no? —preguntó.
Se sentaron en el sillón del living, las dos copas servidas hasta arriba. Pusieron una serie cualquiera. Hablaron poco. Cada vez que ella se reía, se acercaba un poco más. Cada vez que él levantaba la copa, le rozaba el hombro con el codo. A los cuarenta minutos ella había olvidado la trama y él había olvidado el vino.
—Mateo —dijo Camila, dejando la copa sobre la mesa ratona—. ¿Vos pensás en mí?
Él se quedó callado. La pregunta era una trampa y los dos lo sabían.
—Pienso en vos cuando no debería —contestó al final.
—¿Cuándo no deberías?
—Casi siempre.
Camila se mordió el labio inferior, ese gesto que él había aprendido a temer. Se acomodó en el sillón hasta quedar arrodillada al costado de él, las manos apoyadas en los hombros, la cara muy cerca. Olía a champú de coco y a vino blanco.
—¿Y qué pensás?
—Cosas que no se le piensan a una hermanastra.
—Bueno —susurró ella, y le besó el cuello despacio, justo debajo de la oreja—. Yo tampoco.
El primer beso fue en la boca y duró más de lo prudente. Camila tenía gusto a vino blanco y a dulce de membrillo. Sus manos le buscaban la nuca, lo apretaban contra ella como si tuviera miedo de que se arrepintiera. Mateo le sostuvo la cintura y la atrajo hasta sentarla a horcajadas sobre sus piernas. La remera se le subió. No llevaba nada debajo.
—Camila —dijo él, separándose un segundo—. Si seguimos no hay vuelta atrás.
—Ya no había vuelta atrás cuando me viste en la cocina.
***
La levantó en brazos sin dejar de besarla. Camila se rió contra su boca, una risa entrecortada y nerviosa, y le mordió el labio cuando él la apoyó contra la pared del pasillo. Mateo le sacó la remera de un tirón. Tenía la piel tibia, todavía húmeda del baño, y un lunar pequeño justo debajo del pecho izquierdo que él le marcó con la lengua.
El cuarto de él estaba más cerca. Cayeron sobre el colchón sin orden. Camila le desabrochó el cinturón con esa concentración que tiene la gente que sabe perfectamente lo que hace. Lo miró desde abajo, con el pelo mojado pegado a la frente, y le pasó la lengua por el abdomen sin dejar de mirarlo a los ojos.
—Quería hacerte esto desde el primer día —dijo ella.
—Yo también quería que lo hicieras.
Camila se tomó su tiempo. La boca caliente, la mano firme, los ojos siempre buscándolo a él para confirmar que estaba haciendo lo correcto. Mateo le acariciaba el pelo, le dejaba ir el ritmo, intentaba durar. Cuando sintió que no iba a aguantar mucho más, la levantó de los hombros y la subió a la cama.
—Esperá —susurró—. Vos primero.
La acostó boca arriba y le abrió las piernas con calma. Camila se tapó la cara con un brazo y soltó una risa nerviosa que se cortó en cuanto él bajó la cabeza. La lamió despacio al principio, dibujando círculos, después con la punta de la lengua justo donde ella respiraba más fuerte. Camila empezó a apretar las sábanas con los puños.
—Mateo… —su nombre, dicho así, en esa casa, sonaba a herejía.
Él siguió hasta que la sintió temblar contra su boca. Camila se arqueó, se llevó una mano a la propia boca para no gritar, y se quedó así, los muslos apretándole la cabeza, hasta que pudo respirar otra vez.
—Vení —le pidió ella, tirando de él por los hombros—. Quiero sentirte ya.
***
Mateo se acomodó sobre ella con cuidado, las dos manos a los costados de su cara. Camila le sostuvo la mirada cuando él entró, y los dos se quedaron quietos un instante, como si estuvieran cruzando algo que después no se iba a poder deshacer. Él empezó despacio. Ella le clavó las uñas en los hombros y le pidió, en voz baja, que fuera más fuerte.
La cama crujía con cada movimiento. Camila lo apretaba con las piernas, le mordía el cuello, le susurraba al oído cosas que él iba a recordar durante semanas. Cambiaron de posición sin decirse nada: ella encima, él detrás, ella otra vez de espaldas en el colchón. Cada cambio era más urgente que el anterior, más impaciente, como si estuvieran tratando de recuperar todas las semanas en que se habían mirado sin tocarse.
Cuando él sintió que estaba por terminar, ella le agarró la cara con las dos manos.
—Mirame —pidió.
Mateo la miró. Camila tenía los ojos brillantes, el pelo desordenado, el labio inferior un poco hinchado del beso. Acabó así, mirándola, con la sensación rara de que ya no había vuelta atrás de verdad. Se dejó caer al costado de ella. Los dos jadeaban. Los dos se reían bajito de algo que ninguno se atrevía a nombrar en voz alta.
—Si suena el portón —dijo él al rato—, salís corriendo a tu cuarto.
—Si suena el portón —contestó Camila, acomodándose contra su pecho—, hacemos como que estamos viendo una serie y listo.
Se quedaron así un rato largo, mirando el techo. Afuera, en algún lado, ladraba un perro. Mateo le acariciaba la espalda con la punta de los dedos y trataba de no pensar en el lunes, ni en el desayuno del día siguiente, ni en la cara que iba a poner su padre si alguna vez se enteraba.
—¿Pensás que esto se va a poder repetir? —preguntó ella en un susurro.
—Pienso que ya no se va a poder no repetir.
Camila se rió contra su hombro, con esa risa baja que le salía cuando estaba contenta y un poco asustada al mismo tiempo. Después se levantó, recogió la remera del piso del pasillo y caminó descalza hasta su cuarto. Antes de cerrar la puerta lo miró por encima del hombro, con la misma sonrisa de la primera tarde en la cocina, y Mateo entendió que ese verano en Mendoza recién empezaba.