Mi cuñada me trajo el café y se quedó en mi cama
Llegué a Medellín en febrero, con dos maletas y un cupo en la facultad de Ingeniería. No conocía a nadie en la ciudad, así que mi hermano Andrés me ofreció su casa hasta que pudiera pagarme una pieza propia. Vivía en un apartamento del Poblado con su esposa, Camila, una mujer ocho años mayor que yo, abogada, paisa cerrada y dueña de una sonrisa que ponía nervioso a cualquiera.
Camila no era de las mujeres que pasan desapercibidas. Tenía el pelo castaño hasta los hombros, ojos verdes que cambiaban de tono según la luz, una cintura estrecha y unas curvas que el uniforme de oficina apenas disimulaba. Lo que más me costaba ignorar eran los pantalones ajustados que se ponía los sábados, cuando se quedaba en casa y se subía a la encimera de la cocina con una taza de café entre las manos. Yo intentaba mirarla a la cara. No siempre lo lograba.
Vivíamos los tres en una rutina cómoda. Andrés viajaba mucho por trabajo, así que la mayoría de las noches éramos Camila y yo cenando frente al televisor. Hablábamos de todo y de nada, y a veces ella se reía con esa risa baja, ronca, que me obligaba a buscar una excusa para levantarme del sillón.
La noche que cambió todo fue un jueves, casi al final del semestre. Me había dormido temprano, con la cabeza llena de fórmulas, y me despertó un golpe seco contra la pared del cuarto contiguo. Tardé un momento en ubicar el sonido. Luego escuché un gemido apagado, un suspiro largo, y entendí.
Me levanté sin saber muy bien qué buscaba. Quizá un vaso de agua. Quizá una excusa. La puerta del cuarto de mi hermano estaba entreabierta, y por la rendija se filtraba la luz tibia de la lamparita de noche. Me detuve en el pasillo más tiempo del que admitiría jamás. Sabía que era una línea que no debía cruzar, pero los pies no me respondían.
Los vi.
Camila estaba en cuatro sobre la cama, con la cabeza hundida en la almohada y la espalda arqueada. Andrés la sujetaba por las caderas y se movía con un ritmo lento, casi cruel. Cada embestida le arrancaba a ella un sonido que parecía venir de muy adentro. Me apoyé contra la pared del pasillo, sin respirar, y no pude apartar la mirada.
No deberías estar mirando esto.
Pero miraba. Y la mano se me fue sola al pantalón del pijama. Me toqué por encima de la tela, despacio, mientras Andrés le daba la vuelta y ella se inclinaba sobre él. Le tomó el sexo con las dos manos y se lo metió en la boca, y en ese momento ella levantó la vista. Por una décima de segundo creí que me había visto. Me eché atrás de un salto, me metí en mi cuarto y cerré la puerta con el corazón retumbando contra las costillas.
No dormí casi nada esa noche.
***
A las siete en punto, como cada mañana entre semana, Camila tocó la puerta y entró con el primer tinto. Era un ritual que había heredado de la casa de mi mamá, allá en Pereira: ella decía que un tinto temprano antes del estudio era lo único que le faltaba al país. Lo dejó en la mesa de noche, sonrió y salió sin decir nada. No me miró a los ojos.
Yo no tenía clase hasta las dos. Volví a quedarme dormido un rato, hasta que la oí abrir otra vez la puerta. Eran las ocho y media. Camila traía un segundo tinto, esta vez para los dos. Llevaba puesta una bata corta de algodón, blanca, con un dibujo de hojas verdes. La luz que entraba por la ventana le marcaba el cuerpo desnudo debajo de la tela.
—Córrete —dijo, y se metió en mi cama.
Me tensé entero. Ella se acomodó de espaldas, dejando un palmo entre los dos, y bebió un sorbo del tinto antes de pasarme la otra taza. La tomé sin hablar.
—¿Te gustó? —preguntó al fin, sin girarse.
—¿De qué hablas?
—No te hagas el bobo. Anoche.
Sentí la sangre subiéndome a la cara. Pensé en negarlo, pero ella ya había soltado una risa baja que me cortó la mentira en la garganta.
—Te vi cuando me arrodillé a mamarle la verga a tu hermano —siguió—. Estabas en el pasillo. Pensé que te ibas a esconder antes, pero te quedaste.
—No sabía qué hacer.
—Sí lo sabías.
Dejó el tinto en la mesa de noche y se quedó quieta. Yo apoyé el mío al lado del suyo. Las dos tazas humeaban juntas y el silencio se hizo espeso.
Entonces hice lo único que llevaba meses queriendo hacer y nunca había hecho. La rodeé con el brazo desde atrás, la atraje contra mí, y le besé la nuca. Ella no se apartó. Echó las caderas hacia atrás, despacio, y sentí cómo se apretaba contra mí a través de la tela del pijama.
—Andrés se fue a las seis a Cartagena —murmuró—. Vuelve el domingo.
Le besé el cuello, las orejas, la línea del hombro. Le pasé la lengua por detrás del lóbulo y ella suspiró largo. Le abrí la bata sin terminar de quitársela y deslicé la mano por su vientre. Tenía la piel caliente y un olor a crema de coco que se me quedaría grabado durante semanas.
—Espera —dijo, y se giró.
Quedamos cara a cara en la almohada. Tenía los ojos brillantes, la boca entreabierta. La besé por primera vez. Fue un beso lento, hondo, sin prisa. Le mordí el labio inferior y ella me mordió el de arriba.
***
La desnudé del todo. Le quité la bata por los hombros y la dejé caer sobre las sábanas. Tenía el cuerpo más bonito que yo le había imaginado durante meses: senos firmes, redondos, de pezones oscuros; el vientre liso; las caderas amplias; los muslos largos. Se rió cuando me vio mirarla, una risa nerviosa, casi de niña.
—No te quedes ahí.
Bajé por su cuerpo besando despacio. Me detuve en cada pecho, le pasé la lengua alrededor del pezón hasta que se le endurecía, y luego seguí. Le besé el ombligo, el interior del muslo, la cara interna de la rodilla. Cuando llegué al centro, la sentí tensarse y abrir las piernas a la vez.
La probé sin avisar. Ella ahogó un grito en la almohada. Trabajé con la lengua despacio, dibujando círculos, encontrando el ritmo que la hacía moverse. Le metí dos dedos y curvé la punta hacia arriba. Le subí y le bajé los dedos al compás de la lengua.
—Más —dijo entre dientes—. Por Dios, más.
Le aceleré el ritmo. Le chupé el clítoris con los labios, le metí los dedos hasta el fondo, y cuando empezó a apretarse alrededor de mí supe que estaba cerca. Le hundí la lengua un segundo más y ella reventó. Mordió la almohada para no gritar, las piernas le temblaron y el cuerpo se le arqueó completo.
Subí. Le aparté un mechón húmedo de la frente y la besé en la boca para que se probara. Ella gimió contra mis labios y me apretó la cintura con las piernas.
—Métemela —pidió—. Ya.
Me bajé el pijama de un tirón y me acomodé entre sus muslos. Entré despacio, en un solo movimiento, hasta el fondo. Ella echó la cabeza hacia atrás y se quedó así un segundo, con los ojos cerrados, la boca abierta y un gesto de incredulidad en la cara.
—Así —susurró—. Justo así.
Empecé a moverme. Lento al principio, midiendo cada embestida; luego más fuerte, marcándole el ritmo con las caderas. Ella me clavó los dedos en la espalda y movió la pelvis hacia mí. La cama crujía bajo nosotros, y yo intentaba no pensar en mi hermano, en la familia, en nada que no fuera el cuerpo de Camila apretado contra el mío.
Le di la vuelta. La puse boca abajo, le levanté las caderas y volví a entrar desde atrás. Desde ese ángulo se le veía la espalda entera, la línea de la columna, los hoyuelos sobre las nalgas. Cogí ritmo. Ella se mordía el dorso de la mano y suspiraba palabras que no terminaban.
Le pasé el pulgar humedecido por el otro orificio, despacio, y la sentí contraerse y relajarse. Empujé un poco. Ella gimió largo y echó las caderas hacia atrás.
—Despacio —pidió—. Que nunca…
—Tranquila.
Trabajé con paciencia. Le mojé el dedo en el flujo que le bajaba por los muslos y volví a empujar, milímetro a milímetro, hasta que cedió. Cuando estuvo lista, me coloqué detrás y entré por ahí, lento, sosteniéndola por las caderas, escuchándole cada respiración. Ella sollozó y gimió a la vez, y me dijo que siguiera, que no me detuviera.
Cuando sentí que me iba, le avisé.
—Adentro —dijo—. Quédate adentro.
La acabé con un último empujón profundo. Ella tembló debajo de mí y se vino al mismo tiempo, o casi. Me dejé caer sobre su espalda, jadeando, y le besé la nuca empapada de sudor.
***
Nos quedamos un rato en silencio. Ella estiró el brazo y agarró la taza de tinto que se había enfriado en la mesa de noche. Le dio un sorbo, hizo una mueca y me la pasó.
—Frío —dijo—. Pero buenísimo.
Me reí. Era la primera vez que me reía desde hacía horas.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
Camila se giró sobre el codo y me miró con esa expresión que yo le había visto cien veces durante el semestre y nunca había sabido leer. Ahora la entendía perfectamente.
—Ahora me bajo a hacer el almuerzo —dijo—. Y a las cuatro vuelves de la U y subes derecho a mi cuarto. Andrés vuelve el domingo. Tenemos tres días.
Tres días se convirtieron en dos años. Dos años de mañanas con tinto, de tardes robadas mientras Andrés viajaba, de mentiras pequeñas que aprendí a sostener con una calma que todavía me sorprende. Nadie nos descubrió nunca. Cuando me mudé a mi propio apartamento, Camila me ayudó a empacar y me dejó una nota dentro de un libro que no encontré hasta semanas después.
«Lo nuestro fue un error perfecto», decía. «No lo repitas. Pero tampoco lo olvides.»
Nunca lo repetí. Y nunca lo olvidé.