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Relatos Ardientes

Lo que pasó la primera mañana con mi hijo en casa

Me llamo Carolina y mi hijo Tomás volvió a casa después de catorce meses fuera. Tenía veinte años recién cumplidos cuando agarró sus cosas y se mudó con la novia de turno. Yo le advertí que la convivencia iba a ser más dura de lo que él imaginaba, pero a esa edad nadie escucha a una madre.

Por suerte —y casi de milagro— no me hizo abuela. Yo sé bien lo que es eso: tuve a Tomás cuando todavía no había cumplido los diecinueve, y su padre, otro chico de la misma edad, se borró del mapa antes de que yo terminara el segundo trimestre. Un cobarde.

Con los años me había acostumbrado a vivir sola. Dejaba la puerta del baño abierta, andaba por la casa con lo puesto o sin nada, y los fines de semana de verano me la pasaba desnuda entre el patio y la cocina. Tenía mis juguetes guardados en el cajón de la mesa de noche y los usaba cuando se me daba la gana, sin tener que esconder nada ni bajar el volumen de mis gemidos.

Cuando me llamó para decirme que se volvía, lo primero que sentí no fue alegría. Fue un fastidio raro, como si me estuvieran retirando un permiso. Después me dio culpa pensar así. Era mi hijo. No podía dejarlo en la calle.

El primer día se acomodó en la que había sido siempre su habitación. Tiró las maletas en una esquina, conectó la consola y el ordenador junto a la cama y se encerró ahí hasta la cena. Hablamos poco. Él miraba el teléfono entre bocado y bocado, y apenas terminó el plato volvió a meterse en el cuarto. Pensé que tal vez la convivencia iba a ser más fácil de lo que creía.

***

A la mañana siguiente me levanté temprano, todavía con el pelo revuelto y la camiseta larga de algodón con la que duermo. Caminé por el pasillo arrastrando los pies y abrí la puerta del baño sin pensar. Tomás estaba ahí, parado frente al espejo, afeitándose. Y completamente desnudo.

—Uy, perdón, no sabía que… —empecé a decir.

—Hola, mami —contestó él sin sobresaltarse, como si el desnudo no fuera la cuestión.

No me hubiera imaginado lo que cargaba entre las piernas. Le colgaba sobre los testículos un cilindro lampiño de carne, calmo, considerable. Y eso que la tenía dormida. Aparté la mirada al instante. No quería que se incomodara, pero, sobre todo, no quería seguir viendo eso, porque sentí algo raro, una pulsación tonta en el estómago que no debía estar ahí.

—Vuelvo más tarde —dije, ya retrocediendo—. Mira que ya no estás solo. No puedes andar desnudo por la casa.

—Como si nunca me hubieras visto desnudo —dijo, riéndose.

—Sí, pero eras un crío. Ahora…

—¿Ahora qué? —se rio más fuerte—. ¿Te da miedo?

Y entonces hizo algo que me terminó de descolocar. Dejó la maquinita en el lavabo, se agarró el pene con la mano derecha y empezó a sacudirlo en el aire como si blandiera una espada. Salió del baño persiguiéndome por el pasillo, riéndose como un niño, simulando atacarme con eso entre las piernas. Yo escapaba a los gritos, mitad escandalizada, mitad muerta de risa.

—¡Dale, sal de aquí! —le dije ya en la cocina—. Termina de afeitarte que tengo que entrar yo.

Volvió al baño y yo me quedé apoyada en la encimera, intentando recuperar la respiración. Puse a calentar agua para un té y me senté a esperar. Sentía la cara caliente. No es nada, Caro, no es nada.

***

Al rato apareció él en la cocina, todavía sin ropa. Pero ahora caminaba más tranquilo, con la mano apoyada en el pene como si fuera lo más natural del mundo.

—¿Te gusta? —me dijo.

—¿Qué cosa? —respondí, haciéndome la tonta.

—Cómo me quedó. Bien pelado. Por eso tardé tanto.

Solté una risa que me salió más nerviosa de lo que pretendía.

—¿Y para qué te depilas? —pregunté, tratando de sonar maternal.

—¿Cómo que para qué? Para que cuando me la chupen no se les queden pelos en la boca.

—Tomás, no seas grosero.

—Es la verdad. Tú seguro que te depilas todo.

—No te voy a decir nada. Y tápate eso.

—Dale, quiero ver. ¿Tienes vergüenza?

Se acercó, todavía riéndose, y me agarró el borde de la camiseta para levantármela. Forcejeamos. Yo me reía, le pegaba en las manos, le decía que parara. En dos o tres ocasiones, su pene rozó mi brazo, y juro que se me puso la piel de gallina hasta el cuello.

Ahí me empecé a dar cuenta de que el juego me estaba gustando demasiado.

—Bueno, un poquito —dije por fin, y subí la camiseta apenas hasta dejar a la vista la ropa interior. Una braga blanca de algodón, sin pretensiones.

Con el pulgar deslicé el elástico tres dedos hacia abajo y le mostré los pocos rulitos púbicos que tenía. Él miró sin decir nada. Me miró largo. Y entonces, sin esperar permiso, agarró la braga por los costados y me la bajó del todo.

—Justo para depilar —dijo—. Anda, te lo afeito yo.

—Estás loco.

—Vamos al baño, mami. Te dejo perfecta.

Me tomó de la mano y yo lo seguí sin oponer resistencia. Mi cabeza ya no procesaba que era mi hijo. Solo sentía el calor en la pelvis, el pulso golpeando en cada parte de mi cuerpo donde había sangre.

***

Entramos al baño. Él agarró su crema de afeitar y una maquinita nueva. Yo me senté en el inodoro porque no aguantaba más, sin importarme ya que él estuviera ahí. Lo escuché reírse bajito mientras preparaba todo.

—Ven —me dijo después—. A la cama es mejor.

Me tomó del brazo y me llevó a mi habitación. Me tiré de espaldas en la cama, abrí las piernas y dejé que él pusiera una toalla debajo. Pasó la brocha con espuma tibia sobre el pubis y el corazón me empezó a latir tan fuerte que pensé que iba a escucharlo.

—Quédate quieta —murmuró.

Pasaba la maquinita con paciencia, despacio, como si estuviera concentrado en una pieza de relojería. Cada milímetro lo repasaba dos veces. Después me levantó las piernas y me enjabonó alrededor del ano. No me dejó un solo pelo. Lo hacía con la calma de alguien que ya lo había hecho antes muchas veces.

Cuando levanté la cabeza, vi que su pene ya estaba completamente duro. Apuntaba al techo, hinchado, con las venas marcadas. Era enorme. No exagero.

—Listo —dijo, pasándome la toalla por encima—. Quedaste hermosa.

***

No alcancé a contestar. Se arrodilló entre mis piernas, apoyó la boca contra mi vulva y empezó a chuparme con una intensidad que no me esperaba. La lengua iba en círculos, después subía, después se metía adentro. Me agarré de las sábanas con las dos manos. Mi cuerpo no respondía a ninguna orden. Empecé a temblar y un orgasmo me cruzó como un latigazo, tan fuerte que me dejó sin aire.

Pero él no paró. Se incorporó, se agarró el pene con una mano y me lo metió de un solo empujón. Sentí como si me hubieran metido un brazo caliente adentro. Me tapé la boca para no gritar. Él empujaba con un ritmo que no parecía improvisado. Yo seguía teniendo orgasmos, uno detrás del otro, sin tiempo para volver del anterior.

—Para —le dije al fin, agarrándolo del antebrazo—. Para. No quiero que acabes adentro.

Sacó el pene con un movimiento brusco. Antes de que yo pudiera reaccionar, me dio vuelta y me dejó boca abajo. Me agarró de las caderas y, sin pedir permiso, me penetró por el otro lado.

El dolor fue una corriente eléctrica de la cintura hasta la nuca. Mordí la almohada. Pensé que me estaba partiendo en dos. Pero no le dije que parara. Le clavé las uñas en el muslo y empujé yo también hacia atrás, porque algo dentro de mí ya no quería detenerse.

Esta vez sí se vino dentro. Sentí los espasmos finales, el calor, el peso de su cuerpo sobre mi espalda. Quedé jadeando contra la sábana, sin entender bien qué había pasado.

***

Pensé que ahí terminaba. Que él iba a salir corriendo, avergonzado, y que yo iba a pasar el resto del día llorando en la ducha. No pasó. A los pocos minutos lo tenía duro otra vez y me la volvía a meter como si nada, como si fuéramos dos extraños en un hotel y no madre e hijo en la cama de mi cuarto.

Esa no fue la única vez. Fue la primera. Esa misma tarde la pasamos los dos desnudos por toda la casa, comiendo restos de la cena de la noche anterior con las manos, riéndonos, volviéndola a empezar en el sillón, en la cocina, en su cuarto. No paramos hasta que se hizo de noche otra vez.

Sabíamos que estaba mal. Lo sabíamos los dos. Pero ya no podíamos volver atrás.

De ahí en adelante, dentro de casa andamos como queremos. Sin ropa la mayor parte del día, y cada vez que nos cruzamos en el pasillo o en la cocina, terminamos en el suelo o contra la pared. Si yo tengo la cabeza ocupada con cualquier cosa, él se me arrodilla y me la come hasta que me olvido de lo que estaba haciendo. Si él está en su consola, yo me siento en sus piernas y le bajo el pantalón hasta que suelta el mando.

Para el resto del mundo somos una madre soltera y su hijo, una familia normal de las que va al supermercado los sábados y celebra cumpleaños como cualquiera. Adentro, entre estas paredes, vivimos otra cosa. Algo prohibido, algo que no le contamos a nadie, algo que nos quema todos los días. Y ya no quiero que se apague.

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Comentarios (5)

Alfonso24

buenisimo relato!!! de los mejores que leí en esta sección, me enganchó desde el principio

Valentina_CR

Por favor escribi una segunda parte, quedé con demasiadas ganas de saber qué pasó después

lector_nocturno

Me gusto como va construyendo la tensión sin apresurarse. Muy bien llevado.

MiguelA_Bcn

jajaja esa situacion inicial es demasiado, me mató imaginarla. Buen relato!

SandraLee_BA

La situacion de partida es muy creíble y eso le da mucho morbo. Sigue publicando

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