Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Cité a mis dos hijos en mi habitación esa tarde

Marzo recién había empezado y yo seguía dándole vueltas a lo del trío. No había sido algo planeado, pero lo había vivido y lo había gozado, y ahora quería repetirlo. La idea de con quién no me dejaba dormir.

Mis dos hijos llevaban meses entrando y saliendo de mi cama por separado, cada uno convencido de ser el único. Tarde o temprano se iban a enterar, así que decidí adelantarme.

El sábado por la tarde se alinearon los planetas: mi marido había salido a jugar al pádel y mi hija dormía en casa de una amiga. Iván y Tomás estaban tirados en el sofá viendo una película que ninguno seguía con verdadera atención.

Subí a mi habitación con el pretexto de buscar un libro. Cerré la puerta. Me miré en el espejo del armario y, sin pensarlo más, me quité la blusa, el sujetador, los pantalones y la ropa interior. Me quedé desnuda frente a mi propio reflejo unos segundos.

No hay vuelta atrás, pensé.

Bajé las escaleras descalza, con el pulso golpeándome en las sienes. Cuando llegué al salón, Iván tardó dos segundos en darse cuenta. Le dio un codazo a su hermano. Tomás giró la cabeza y la mandíbula se le aflojó.

—¿Qué os sorprende? —dije, deteniéndome a un par de pasos del sofá—. Los dos me habéis visto desnuda más veces de las que recordáis.

Ninguno respondió. La televisión seguía hablando sola.

—Voy a deciros una cosa que tendría que haber dicho hace meses. Llevo follando con los dos por separado desde que terminó el verano. Cada uno sabía lo suyo y se creía discreto. Yo me he cansado del teatro.

Iván abrió la boca para decir algo, pero levanté una mano.

—No hace falta que os disculpéis, ni que os enfadéis con vuestro hermano. Lo único que voy a decir es esto: o subís ahora mismo conmigo y hacemos las cosas juntos los tres, o se acabó. Decidid vosotros.

Di media vuelta y subí. No miré atrás. A mitad de escalera oí el sofá crujir y dos pares de pies detrás de mí.

***

Al llegar a la habitación me senté en el borde de la cama y los esperé. Entraron uno detrás del otro, sin hablar. Tomás cerró la puerta con una delicadeza casi cómica.

—Encima de la cama, los dos —dije—. De rodillas. Y bajaos los pantalones.

Obedecieron sin mirarse. Me arrodillé delante de ellos en el suelo y, cuando los tuve a mis dos hijos a la altura de la cara, no pude evitar sonreír.

—Qué pollas más bonitas tenéis los dos.

Empecé por Iván. Con la mano izquierda agarré la suya y me la metí en la boca, despacio, mientras con la derecha acariciaba la de Tomás. Iván resopló y dijo, sin apartar los ojos del techo:

—No me esperaba que el enano de dieciocho ya tuviera con qué hacerte feliz.

—La tengo más grande que la tuya —contestó Tomás, sin pensarlo.

Solté la polla de Iván de la boca y los miré a los dos.

—Las tenéis casi iguales y las tenéis preciosas. Y a partir de ahora, o aprendéis a colaborar entre vosotros, o aquí no folla nadie. ¿Queda claro?

Asintieron. Y a partir de ahí cambió todo.

Mientras seguía con la boca alrededor de Iván, Tomás se desnudó del todo, bajó de la cama y vino por detrás. Sentí sus manos en mis caderas y, sin decir palabra, me empujó hacia adelante hasta que me apoyé sobre los codos en el colchón. Su polla encontró el camino enseguida. Iván no se la sacaba a su hermano de los ojos.

—Caramba —dijo Iván—. Mira al pequeño metiéndosela a mamá como si llevara años haciéndolo.

—Es que llevo meses, hermano.

Me reí con la boca llena. La tensión entre ellos se había disuelto en la primera embestida.

***

Quería más. Quería los dos agujeros ocupados a la vez.

—Iván, túmbate boca arriba. Tomás, espera.

Iván se acomodó en el centro de la cama. Me agaché, le puse un preservativo y, cuando lo tuve duro debajo de mí, me senté encima despacio, mirándolo a la cara. Cuando lo tuve dentro entero, me incliné hacia adelante, dejando el culo en pompa, y giré la cabeza.

—Tomás. Ahora tú, por detrás.

Mi hijo pequeño no se hizo de rogar. Subió a la cama, escupió en su mano, se untó y entró en mi culo con más cuidado del que esperaba. Cuando estuvo dentro empezó a moverse de verdad, con una rabia que me hizo morder el hombro de su hermano.

—Hermano —jadeó Iván—, eres todo un hombre.

—Los dos lo sois —murmuré, casi sin voz—. Y los dos sois míos.

Ese pensamiento, que se me escapó sin querer, me partió por dentro. Estaba en la cama con mis dos hijos a la vez, con sus pollas dentro, y me sentía más madre que nunca, no menos. No sabría explicarlo a quien no lo haya vivido.

***

Cambiamos de postura varias veces sin pararnos a respirar. Me tumbé en medio de los dos. Me puse a cuatro patas. Me senté otra vez encima de Tomás mientras Iván me ofrecía la suya en la boca. Cada vez que uno proponía algo, el otro cedía sin discutir, como si llevaran toda la vida coordinándose para esto.

En un momento, apoyada de espaldas contra el cabecero, con Iván tumbado de lado follándome y Tomás de rodillas a mi lado dejándome que se la chupara, los miré y pensé que llevaba años imaginando algo así sin atreverme a confesármelo.

—Mami —dijo Tomás con la voz quebrada—, me voy a correr.

—Aguanta un poco, mi amor.

Me incorporé, salí de Iván y me bajé de la cama.

—Los dos. De pie. Os quiero juntos.

Se levantaron y se pusieron uno al lado del otro. Yo me arrodillé en la alfombra, abrí la boca y los miré desde abajo. Empezaron a masturbarse a la vez, mirándose de reojo, sin saber muy bien si lo que sentían era competencia o complicidad. Tardaron menos de un minuto en correrse, casi a la vez, sobre mi lengua y mis labios. Tragué lo que pude y dejé que el resto me cayera por la barbilla.

***

Nos tumbamos los tres en la cama, yo en medio. Pasaron diez minutos sin que ninguno hablara. Iván me besó en el hombro. Tomás me agarró la mano.

—¿Ahora qué? —preguntó Tomás.

—Ahora nada. Ahora descansamos un rato. Y luego, si os quedan ganas, repetimos.

Me reí porque, sinceramente, no creía que fuesen a recuperarse pronto. Subestimé a mis hijos. A los veinte minutos ya estábamos otra vez de rodillas en el suelo, yo en medio, una polla en cada mano, dándoles besitos mientras volvían a ponerse duros bajo mis dedos.

—Otra vez —pidió Tomás.

Esta vez me tumbé yo de lado y Tomás se acopló a mi espalda. Iván se sentó contra el cabecero con la suya cerca de mi cara. Se la metí en la boca sin dejar de mover las caderas hacia atrás contra su hermano. La luz del atardecer entraba por la persiana entornada y cortaba la habitación en franjas naranjas.

Después me senté encima de Iván, dándole la espalda, y dejé que Tomás se acercara a mi boca por delante. Después fue al revés. Después me pusieron a cuatro patas en el suelo, después de pie con una pierna apoyada en la cama, después tumbada otra vez. Perdí la cuenta de cuántas veces les chupé y de cuántas posturas pasamos.

***

Iván fue el primero en correrse esa segunda tanda. Lo hizo en mi boca. Tragué con calma, sin separarme de él hasta que la última gota cayó sobre mi lengua. Tomás aprovechó el momento para acariciarme el culo y meterme dos dedos. Iván levantó las cejas.

—Mira al enano. Quién iba a decir que estaba tan espabilado.

—He tenido buena maestra —dijo Tomás, señalándome con la barbilla.

Sacó los dedos, se colocó detrás y me la metió por el culo de un golpe limpio. Que mi hijo me lo hiciera mientras su hermano miraba desde un palmo, todavía con la polla húmeda de mi saliva, me cortó la respiración.

***

Hubo una tercera vez. Yo no me lo creía y ellos tampoco, pero pasó. Los acaricié y se los chupé y, contra todo pronóstico, las dos pollas reaccionaron como si fuera su primera tarde de vida.

—¿Y si te la metemos uno por delante y otro por detrás otra vez? —propuso Iván.

—A ver si os queda con qué.

Iván se sentó en el sofá del rincón. Yo me coloqué encima, mirándolo a la cara, y dejé que su polla entrara despacio en mi coño. Tomás se subió detrás de mí en el reposabrazos, esperó un segundo y entró en mi culo. Sentí las dos pollas tan cerca la una de la otra que casi podía notar cómo se rozaban a través de mí. Los dos se quedaron quietos un instante, asimilando la sensación, y después empezaron a moverse coordinados, sin que nadie se lo pidiera.

A los pocos minutos cambiaron sin que yo dijera nada. Iván salió, Tomás ocupó su lugar debajo y mi hijo mayor pasó a ocupar mi culo con embestidas largas y profundas.

—Sois unos pervertidos —les dije, sin aire.

—Tú nos enseñaste —contestó Iván.

***

Los dos llegaron casi al mismo tiempo. Cuando los sentí cerca les pedí que me lo terminaran en la cara. Salieron, se levantaron, yo me arrodillé entre los dos como al principio, abrí la boca y dejé que se corrieran sobre mí, uno y otro, casi a la vez. Cerré los ojos. Sentí el calor en los párpados, en las mejillas, en la lengua.

Cuando volví a abrirlos los tenía a los dos delante, jadeando, sonrientes, ridículos y hermosos a la vez. Iván me pasó una toalla. Tomás me ayudó a levantarme.

Bajamos juntos a la cocina. Mi marido todavía no había vuelto. Mi hija tampoco. Puse agua a hervir para un té y los miré desde el otro lado de la encimera.

—Esto va a pasar otra vez —les dije—. Cuando yo lo decida y como yo lo decida. ¿Estamos?

Asintieron a la vez, sin dudar.

Y por primera vez en muchos meses subí a la ducha sintiéndome dueña de algo de mi vida.

Valora este relato

Comentarios (5)

SilvanaMar

increible!!! me dejó sin palabras

Lorena_77

Esperando ansiosa la segunda parte, por favor no lo dejes ahi!

RosaGT

Se me hizo corto con ese arranque, quería mucho mas jaja. Muy bueno.

Felix_BA

Desde el primer parrafo me enganché y no pude parar. Que manera de escribirlo, se siente todo muy real. Muchas gracias por compartirlo.

Chepe92

tremendo!! sigue asi!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.