Reconocí a mi hermana en aquella fiesta de disfraces
Hace algunos años me divorcié y volví a mi ciudad natal con dos maletas y un montón de planes a medio hacer. Renté un apartamento sencillo mientras armaba de nuevo mi vida y, casi sin proponérmelo, terminé viviendo a tres calles de la casa de mi hermana. Siempre nos llevamos bien, así que muchos sábados acababa en su sala viendo el partido con mi cuñado y comiéndome lo que ella había sobrado de la cena.
Mi hermana es higienista dental, delgadita, mide apenas un metro y medio y tiene cara de niña a pesar de haber pasado los treinta. Piel muy blanca, pelo corto color caoba, gestos suaves. Su marido es bombero, un tipo grandote y simpático que siempre tenía la nevera llena de cerveza. Lo que más llama la atención de ella es un tatuaje enorme en el brazo derecho: un fénix con las alas abiertas cuyas plumas suben por el hombro y bajan en una cola de fuego hasta el codo. Imposible confundirlo.
Yo, después del divorcio, andaba buscando sexo casual y, si la suerte ayudaba, algo más estable. Empecé a vagar por foros y grupos privados de Facebook hasta que aterricé en una página de un club de ambiente que organizaba reuniones discretas en una casa enorme a las afueras. Me hice miembro pagando una cuota mensual y, al principio, solo entraba a leer testimonios, mirar fotos pixeladas y fantasear con ir.
El empujón vino con la fiesta de Halloween. Tema de disfraces, barra libre, cabinas privadas y un concurso con premios. Para los singles había que pagar el doble de la entrada, pero esa noche decidí que ya estaba bien de mirar pantallas. Armé un disfraz sencillo: traje rojo, antifaz con dos cuernos pequeños, dos bastones de plástico cruzados a la espalda. Daredevil de bajo presupuesto. Suficiente para entrar y mezclarme.
El lugar era un caserón con piscina cubierta, dos pisos y pasillos que se bifurcaban en habitaciones temáticas. La música no era estridente, más bien grave, pensada para que la gente pudiera hablar. Pedí un whisky en la barra y di una vuelta. Parejas elegantes, mujeres en vestidos cortos, hombres con mascaritas baratas. Saludé a un par de tipos con los que había chateado por el grupo y me fui acomodando.
Pasada la medianoche, el ambiente ya estaba cargado. El presentador, un cuarentón disfrazado de zorro con orejas y cola peluda, subió a la pequeña tarima del salón principal y anunció el concurso. Los disfraces fueron pasando en orden: una enfermera con la bata abierta hasta el ombligo, un par de gatitas idénticas, un soldado romano que se sacó la coraza al primer aplauso. La gente reía, gritaba, votaba con vasos en alto.
El primer lugar lo ganó una colegiala. Uniforme de secundaria, falda plisada gris, calcetines blancos hasta la rodilla, tacones altos y un suéter de cuello alto color azul marino. Llevaba la cara medio oculta por unas gafas falsas y dos coletas perfectas, casi caricaturescas. Lo que volvió loca a la sala fue lo último que se le vio: cuando se dio la vuelta y movió la falda, todos descubrimos que llevaba un cachetero blanco de encaje y, encajada en el ano, una cola de zorrita peluda y rosa.
Yo me quedé embelesado. Tenía un cuerpo diminuto y un culo de proporciones imposibles para una chica tan flaca. Cada vez que se reía, se mordía el labio inferior y se retiraba las coletas hacia atrás con un gesto coqueto.
—Vuelta, vuelta —pidió el presentador.
Ella obedeció, riendo, y los del público le pidieron a gritos que se quitara el suéter. Levantó los brazos como una niña traviesa, tiró del cuello azul hacia arriba y, en cuanto el suéter le pasó por la cabeza, mi cuerpo entero se congeló.
El brazo derecho. El fénix. Las alas abiertas, la cola de fuego bajando hasta el codo.
Era ella. Era mi hermana.
Tragué saliva como si tuviera la garganta llena de arena. Mi verga, que había estado dura por la colegiala anónima, no se ablandó: al contrario, se puso más dura, dolorosamente dura, mientras mi cabeza intentaba procesar qué demonios hacía mi hermana ahí, vestida de colegiala, con un plug en el culo, dejándose mirar por cien desconocidos.
—¿Qué quieres de premio, preciosa? —le preguntó el presentador.
—Lo quiero a él —dijo ella con una voz tranquila, señalando a un tipo enorme disfrazado de luchador, mascarón plateado y todo.
El público estalló. El presentador buscó al luchador entre la gente y, con una sonrisa de showman, llamó también al segundo finalista, un pirata barbudo con el pecho descubierto. Pidió permiso a las parejas que los acompañaban — las dos mujeres asintieron riendo — y abrió las puertas de una cabina de cristal templado que estaba al fondo del salón. La cabina tenía las paredes opacas y unas luces interiores que se iban a encender cuando se apagaran las del salón.
Mi cuñado, mientras tanto, no estaba conmigo. Lo busqué con la mirada y lo encontré en un sofá de la pared opuesta, tocándole el muslo a una mujer disfrazada de gata mientras conversaba con la pareja de ella. Estaba clarísimo: aquello no era un descuido, era un acuerdo.
Las luces del salón se apagaron. La cabina se iluminó con una tonalidad ámbar.
***
Yo estaba clavado al suelo, incapaz de moverme, a unos diez metros de aquel cubo de cristal. Vi a mi hermana arrodillarse delante del luchador y bajarle el pantalón. Vi cómo le tomaba la verga con las dos manos, se la acomodaba en la boca y se la tragaba sin titubear. Le entraba más de la mitad, después se la sacaba, le pasaba la lengua por el frenillo y volvía a tragársela hasta el fondo. Lo hacía con una destreza que me dolió en alguna parte muy profunda del pecho.
El pirata, mientras tanto, le había levantado la falda por detrás y tiraba con cuidado del plug. Ella se arqueaba al sentirlo. Los movimientos eran precisos, sin nervios, como si los tres hubieran ensayado la coreografía cien veces. A mi alrededor, la gente miraba en silencio, con ese silencio espeso de la excitación contenida. Algunas parejas ya se besaban en la penumbra; algunas manos ya estaban metidas dentro de pantalones ajenos.
Mi hermana se levantó, se sentó en una silla baja que había en la cabina y abrió las piernas. El luchador se hincó y le clavó la cara entre los muslos. Vi su mandíbula moverse, vi cómo a ella se le caía la cabeza hacia atrás, cómo se aferraba a las coletas para mantener el control de algo. Cuando él se apartó, ella se inclinó sobre la silla, levantó el culo, y el luchador la penetró de un empujón continuo, sin pausa.
La cogió duro, sin elegancia, sin teatro. En algún momento la cargó por la cintura y siguió cogiéndosela en el aire, los pies de ella colgando, la falda plisada todavía puesta. Cinco minutos, no más. Cuando sintió que iba a terminar, la dejó en el suelo de rodillas y le acabó en la cara, en los labios, en el pecho. El pirata aplaudió. Ella sonrió.
Las luces de la cabina se apagaron. Cuando el salón volvió a iluminarse, mi hermana estaba sola dentro, vestida apenas con el cachetero blanco y un sostén que no había visto antes, con el pelo deshecho y una sonrisa de orgullo cansado.
—¡Otro aplauso para la ganadora! —gritó el presentador, y le dio una nalgada sonora antes de invitarla a su mesa.
***
Hice lo que no debía. Me acerqué.
Avancé entre la gente con la cabeza baja, el antifaz todavía puesto, rezando para que ella no me reconociera con ese disfraz de Daredevil ridículo. Cuando pasó por mi lado, una mano le agarró el culo, otra le palpó un pecho sin pedir permiso. Ella, en lugar de incomodarse, caminaba más lento, se detenía un segundo, dejaba que ese desconocido le tocara y seguía.
No sé qué me poseyó. Estiré la mano y le metí dos dedos entre los muslos, alcanzándole la vagina por debajo del cachetero. Estaba empapada, ardiendo. Le hundí el dedo medio una sola vez, hasta el nudillo, y lo saqué. Me lo llevé a la boca antes de pensar qué estaba haciendo.
Su sabor me rompió por dentro.
Ella ni siquiera me miró. Siguió andando, riendo con alguien que la llamaba desde otra mesa, y se sentó en las piernas del pirata, que ya estaba esperándola con un trago. Mi cuñado, en su sofá, le besaba ahora el cuello a la chica gata. Los cuatro se levantaron al rato y se fueron juntos hacia las habitaciones del piso de arriba.
Yo me quedé en la barra con un whisky doble en la mano y la verga durísima escondida bajo el filo de la madera, intentando entender qué había visto y qué iba a hacer con eso.
***
Al día siguiente fui a casa de mi hermana con el pretexto de un partido de fútbol y un six pack bajo el brazo. Ella me abrió la puerta en pijama, despeinada, con esa cara de niña recién levantada que tantas veces le había visto de pequeña. Sonreí y le di un beso en la mejilla como cualquier hermano.
—Tienes ojeras —me dijo, riendo—. ¿Mala noche?
—Larga —respondí—. Larguísima.
Mi cuñado salió de la cocina con una cerveza en la mano, me dio una palmada en la espalda, me preguntó por el alquiler. Nada en su cara delataba lo que había hecho la noche anterior. Nada en la cara de ella tampoco. Eran dos perfectos profesionales del secreto.
Yo había probado su sabor en la punta de mi dedo. Yo sabía cómo gemía cuando la cogían bien. Yo había visto su tatuaje moverse al ritmo de las embestidas de un desconocido. Y ellos no tenían ni idea.
Me fui obsesionando. Empecé a buscar excusas para visitarla más seguido. Llegaba con vino, con tacos comprados en la esquina, con la noticia más tonta que se me ocurriera. Me hice más cercano a ella y, sobre todo, más cercano a él. Bebíamos hasta tarde, contábamos historias antiguas, nos reíamos de los vecinos. A veces yo dejaba caer comentarios sobre clubes de ambiente, sobre páginas que «un amigo» frecuentaba, y observaba con disimulo cómo a ella se le movía una ceja.
Tardó meses en pasar lo que tenía que pasar. No fue una emboscada de borrachera ni un descuido. Fue algo planeado por mí, paso a paso, mirada a mirada, hasta que un domingo lluvioso, con mi cuñado de guardia en la estación de bomberos, me senté con ella en el sofá de la sala con dos copas de vino y una sonrisa que ella ya conocía porque la había visto en otros hombres.
—Tenemos que hablar —le dije.
—¿De qué? —preguntó, divertida.
—De Halloween. De la colegiala. Del fénix.
El vino se le quedó a medio camino entre la copa y los labios. Me miró fijo, como si recién en ese segundo entendiera quién era yo y desde dónde la había mirado todo ese tiempo. Le vi temblar la mandíbula una sola vez y, después, sonreír de costado, despacio.
—Cuéntame qué viste —dijo.
Y yo se lo conté todo.