Mi padre me pidió que nunca dejara el faro
Me llamo Marina y tengo veintiún años. No mido el tiempo en semanas ni en meses, sino en temporales. Mi único calendario es el vaivén de las mareas del Cantábrico y mi único reloj es la rotación del haz de luz que atraviesa la oscuridad cada cuarenta segundos. Vivo en un faro en la costa asturiana, encaramado a un acantilado de piedra gris donde solo sobreviven los musgos y el viento. Aquí el mundo exterior no existe. Solo las olas, que golpean las rocas como puñetazos furiosos. Y mi padre, Andrés.
Andrés tiene cincuenta y cuatro años, pero la sal y la tristeza le han esculpido arrugas de viejo en la cara. Es el farero. Y yo soy su hija. Y también soy su mujer.
Mi madre se llamaba Carmen. El mar se la llevó hace once años, una noche de galerna mientras intentaba atar los cabos de nuestra barca al muelle de piedra. Yo lo vi todo desde la ventana del segundo piso. Vi cómo una ola enorme, negra y brutal, la arrancó del espigón como si fuera una muñeca de trapo. Mi padre se lanzó al agua gritando su nombre, pero el Cantábrico no devuelve nada. Esa noche, el faro se convirtió en nuestro presidio y nuestro único refugio.
Él se agarró a mí como un ahogado a un madero. Yo tenía diez años y no entendía nada, pero algo dentro de mí supo que debía llenar ese hueco. Empecé a preparar las mismas comidas que hacía mi madre, a ponerme sus jerséis de lana que me quedaban enormes, a cantar bajito las canciones que ella tarareaba mientras limpiaba las lentes del faro. Y él empezó a mirarme de una manera que no tenía nombre. Una manera que me daba escalofríos y, al mismo tiempo, me calentaba algo oscuro en el fondo del estómago.
La línea se borró la noche que cumplí dieciocho años.
Esa tarde había llegado una carta del pueblo. Alguien en la oficina de correos la había retenido semanas hasta que el barco de suministros la trajo con las conservas y el gasóleo. Era una beca. Una plaza en la Escuela de Artes de Oviedo, con alojamiento incluido. Mi profesora del instituto, la única persona que supo que yo existía después de que dejara de ir a clase a los catorce, había mandado mis dibujos sin decirme nada.
Le enseñé la carta durante la cena. Arroz con pescado, como casi todas las noches. Él la leyó despacio, con la mandíbula apretada. Después se levantó sin decir palabra, caminó hasta la chimenea y la metió entre las llamas.
—Tú no vas a ningún sitio —dijo sin mirarme. Su voz sonaba como las rocas cuando las golpea el oleaje.
—¡No tienes derecho! —grité. Me temblaba todo el cuerpo—. ¡Es mi vida, papá! ¡Mi oportunidad de salir de aquí!
—Tu vida está en este faro. Conmigo —se giró y caminó hacia mí. Yo retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la pared de piedra húmeda—. ¿Crees que voy a dejarte ir? ¿A la ciudad? Te comerían viva, Marina. Eres como ella. Frágil. Imprudente.
Me sujetó la cara con las dos manos. Tenía las palmas ásperas de tirar de cuerdas y rascar percebes. Su aliento olía a vino peleón y a soledad acumulada durante años.
—Hueles igual que Carmen —susurró, y su voz se quebró un segundo—. Tienes su piel. Sus ojos. El mar me la quitó, pero a ti no te va a tener nadie. Eres lo único que me mantiene vivo, niña. Mi ancla.
Entonces me besó. Fue un beso duro, salado, desesperado. El beso de un hombre que lleva once años hundiéndose y acaba de encontrar una tabla. Yo le golpeé el pecho con los puños, intenté apartarle la cara, pero era como empujar un muro. Me agarró las muñecas con una sola mano y siguió besándome hasta que mis fuerzas se agotaron. Y entonces, para mi propia vergüenza, le devolví el beso. Porque en el fondo de mi corazón torcido, yo también tenía miedo de irme. Miedo del mundo que no conocía. Él era mi cárcel, pero también lo único que tenía.
***
Esa noche me llevó a su cama. La cama donde había dormido con mi madre durante quince años. Las sábanas todavía olían a salitre y a humedad, como todo en el faro. Me quitó la ropa despacio, pieza por pieza, mirándome con una intensidad que dolía.
—Si me dices que pare, paro —dijo. Pero los dos sabíamos que era mentira.
No le dije que parara. Me quedé quieta mientras sus manos recorrían mi cuerpo, mientras su boca bajaba por mi cuello y su barba de tres días me arañaba la piel. Cuando entró en mí, cerré los ojos y apreté los dientes. Dolía, pero no tanto como la soledad. No tanto como once años encerrada en un peñasco con un hombre roto.
—Mírame —ordenó, sujetándome la barbilla—. Abre los ojos, Marina.
Los abrí. Tenía la cara a centímetros de la mía. Me embistió con fuerza y yo gemí contra mi voluntad.
—Di a quién perteneces —su voz era un gruñido ronco.
—A ti —susurré, y las lágrimas me corrían por las sienes—. Soy tuya, papá.
Algo se rompió dentro de mí esa noche. O tal vez se rompió algo que ya estaba agrietado desde hacía años. Cuando terminó, se quedó dentro de mí un rato largo, con la frente apoyada en mi hombro y la respiración entrecortada. No dijo nada. Yo tampoco. Solo escuchábamos el mar y el giro del faro, que barría la habitación con su pulso de luz blanca cada cuarenta segundos.
***
Han pasado tres años desde aquella noche. Tres años de rutina, silencio y secreto. Los días son siempre iguales: levantarse al amanecer, preparar el desayuno, limpiar las lentes de la linterna, reparar lo que el salitre va corroyendo, pescar si el mar lo permite, leer los mismos libros una y otra vez. A veces pinto con los materiales que consigo cuando baja el barco de suministros. Carboncillo sobre papel de estraza, acuarelas baratas que se diluyen con la humedad. Pinto el mar, siempre el mar. Y a veces pinto a mi padre dormido, con la boca entreabierta y las arrugas relajadas, pareciendo por fin el hombre que podría haber sido si el mar no le hubiera robado todo.
La gente de la aldea más cercana, a nueve kilómetros por un sendero de cabras, piensa que soy una hija abnegada que cuida a su padre viudo. La mujer del pescadero me mira con lástima cuando bajo una vez al mes a por jabón y harina. «Pobriña», le dice a su marido cuando cree que no la oigo. Si supiera lo que pasa cuando se apagan las luces del faro y solo queda la oscuridad y el sonido del mar.
Las noches son nuestro territorio. Andrés es un amante hambriento y posesivo. Me busca en cada rincón del faro como si quisiera marcar cada piedra con nuestro pecado. En la cocina, donde mi madre amasaba el pan de maíz los domingos, con mi espalda contra la encimera fría y sus manos levantándome la falda. En la escalera de caracol que sube a la linterna, con ciento doce escalones de hierro que crujen bajo nuestro peso mientras el haz de luz barre nuestros cuerpos desnudos a intervalos regulares. En las rocas del espigón, cuando el mar está en calma y el agua helada nos lame los tobillos.
Me conoce mejor que yo misma. Sabe cuándo estoy ovulando por la temperatura de mi piel, por cómo me muevo, por el brillo de mis ojos. Esos días se vuelve más urgente, más animal. Me agarra del pelo, me tumba donde sea y se hunde en mí con una necesidad que no tiene nada de ternura.
—Vamos a hacer un hijo, Marina —me dice al oído mientras se vacía dentro de mí. Su voz es ronca, casi un rezo—. Un hijo que sea de la roca y del mar. Que te ate a este faro para siempre. Que nadie pueda llevarte lejos de mí.
Y yo no digo que no. No protesto. No lloro. Porque una parte de mí, la parte retorcida que nació la noche de mis dieciocho años, también lo desea. Deseo llevar en mi vientre la prueba de lo que somos. La semilla de mi padre metida dentro de mí como un ancla de carne que me hunda definitivamente en este abismo.
***
Hace unos días encontré un test de embarazo en el fondo de una caja de medicinas que dejó el médico la última vez que visitó la aldea, hace más de un año. Me encerré en el baño diminuto del faro, ese cubículo con azulejos amarillentos donde apenas cabe una persona, y me hice la prueba con las manos temblando.
Positivo.
Me senté en el suelo frío y me quedé mirando las dos líneas rosas durante no sé cuánto tiempo. Fuera, el viento aullaba y las olas rompían contra las rocas con ese ritmo eterno que es lo único constante en mi vida. Pensé en mi madre. En si ella habría entendido esto. En si me habría odiado o compadecido. Pensé en la beca que ardió en la chimenea, en los dibujos que nunca enseñaré en ninguna galería, en la vida que podría haber tenido si aquella carta no hubiera llegado demasiado tarde o demasiado pronto.
Todavía no se lo he dicho a Andrés.
Estoy esperando la próxima tormenta grande. Aquí, en la costa, las tormentas de verdad llegan en noviembre, cuando el cielo se pone del color del plomo y el mar se levanta como una bestia furiosa. Cuando el viento golpee las ventanas y las olas sacudan los cimientos del faro, se lo diré. Le cogeré la mano y la pondré sobre mi vientre todavía plano.
Y él me abrazará. Lo sé porque lo conozco mejor que nadie en el mundo. Me abrazará con esa fuerza suya que me aplasta y me protege al mismo tiempo. Y nos quedaremos así los tres: él, yo y lo que crece dentro de mí. La familia imposible al final del mundo, en un faro que nadie visita, rodeados de agua por todas partes.
A veces pienso que debería sentir asco. O culpa. O miedo. Y los siento, los tres, pero debajo de todo eso hay algo más grande y más fuerte que no sé nombrar. Algo que se parece al mar: inmenso, oscuro, peligroso y absolutamente indiferente a lo que el mundo piense de nosotros.
El faro sigue girando. Cada cuarenta segundos, su luz barre la oscuridad y vuelve a dejarnos a oscuras. Como si nos recordara que existimos solo en destellos. Que lo que somos no se puede mirar fijo, solo de reojo, un instante cada vez.
Y eso me basta.