Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El club al que mi novia me pidió ir esa noche

Barcelona sudaba bajo un calor pegajoso de finales de marzo cuando salimos del piso. Lorena llevaba todo el día callada, pintándose y despintándose los labios frente al espejo del baño, hasta que se decidió por un rojo oscuro que no le había visto nunca. Yo la miraba desde el marco de la puerta y fingía estar tranquilo.

—¿Estás segura, Lor? —pregunté por enésima vez mientras ella terminaba de ajustarse el vestido negro.

—Mateo, llevamos tres meses hablando de esto —respondió sin girarse—. Si vuelves a preguntar lo mismo, te juro que me bajo del coche y me vuelvo a casa.

Cállate y conduce, me dije. Esto fue idea de los dos.

El coche olía a su perfume nuevo. Ella se retocaba el pelo en el espejo del parasol, y de vez en cuando bajaba la mano a su muslo, casi sin darse cuenta, para colocarse el bajo del vestido. Tenía veintidós años, las caderas anchas y unos pechos firmes que aquella tela ajustada apenas disimulaba. Debajo llevaba un conjunto de encaje que yo todavía no había visto. Eso me lo dijo cuando salimos.

—Estás guapísima —comenté para llenar el silencio.

—Tú también —contestó, y deslizó la mano por mi pierna, hasta dejarla sobre mi muslo—. Tranquilo, ¿vale? Si nos sentimos mal, nos vamos. Pero quiero intentarlo. De verdad.

Asentí mientras enfilaba la avenida hacia la zona alta. El Velvet Lounge estaba escondido en una calle estrecha, sin cartel, con una puerta de madera oscura y un guardia silencioso. Aparqué a media manzana, apagué el motor y respiré hondo.

—Las normas —dije, mirándola a los ojos—. Solo miramos. Nada de tocar a nadie. Lo que pase, pasa entre nosotros.

—Ya, Mateo. Lo tengo clarísimo —respondió ella, aunque su sonrisa decía algo distinto.

***

El vestíbulo era frío, de mármol negro y luces ámbar. Una mujer joven, vestida con una blusa transparente, nos recibió desde detrás del mostrador.

—Bienvenidos al Velvet Lounge. ¿Tienen reserva?

—Mateo y Lorena —contesté, intentando que no me temblara la voz.

Ella nos explicó el lugar con la calma de quien lo ha repetido mil veces: salón principal con barra y sofás, donde se podía hablar, beber o dejarse llevar; habitaciones públicas para grupos, privadas para parejas; spa, jacuzzi y juguetes en cada cuarto.

—La mayoría de la gente entra en lencería —añadió—. Pueden cambiarse en los vestuarios privados.

Lorena escuchaba con los ojos brillantes. Por encima del hombro de la chica, vi pasar a una pareja desnuda, riéndose en voz baja, agarrados de la cintura. Ella sintió mi tensión y me apretó la mano.

—Tranquilo, amor —susurró—. Está bien. Es un sitio precioso.

En el vestuario se desnudó delante de mí con una lentitud nueva. Bajó la cremallera del vestido, dejó caer la tela hasta el suelo y se giró hacia el espejo. El sujetador era de encaje negro, casi transparente; los pezones se marcaban con descaro. El tanga, una tira fina que se hundía entre sus nalgas. Me miró por encima del hombro, satisfecha de la cara que se me había quedado.

—¿Te gusta?

—Lor… ¿de cuándo es eso? Nunca te lo había visto.

—Lo guardaba. Pensé que esta noche era el momento.

Yo me quedé en bóxer, intentando esconder lo que ya estaba imposible de esconder. Ella se rio bajito al verme.

—Vamos, Mateo. Antes de que te arrepientas.

***

El salón principal era un mundo aparte. Luces rojizas y doradas se mezclaban sobre los sofás de terciopelo. La música, un bajo lento y profundo, vibraba debajo de las conversaciones. Olía a perfume caro, a piel caliente y a algo más, un aroma denso que no supe nombrar al principio.

Había decenas de cuerpos repartidos por la sala. Algunos en lencería, otros directamente desnudos. En un sofá lateral, una mujer con los ojos cerrados gemía bajo las manos de dos hombres. Al fondo, una pareja follaba sin disimulo, ella encima, las tetas botando con cada movimiento.

Me quedé clavado en la puerta. Lorena, en cambio, dio un paso adelante con una sonrisa que no le conocía.

—Mateo, esto es increíble —dijo, casi sin aliento—. Vamos a la barra.

Pedimos dos copas. Yo intenté hablar de cosas neutras, de la decoración, de la música, pero los ojos de ella se desviaban una y otra vez al fondo del salón. Seguí su mirada.

Allí, sentado solo en un sofá amplio de cuero negro, estaba él.

Marcus.

Era imposible no fijarse. Alto, fácilmente uno noventa, piel oscura que brillaba bajo la luz tenue, hombros anchos, brazos surcados de venas. Llevaba solo un bóxer negro ajustado, y debajo se marcaba un bulto pesado que parecía a punto de escaparse por el lateral. No estaba duro, y aun así imponía. Tenía esa quietud tranquila de quien sabe que no necesita moverse para que lo miren.

Levantó la cabeza justo cuando Lorena lo observaba. La recorrió despacio, sin disimular: los pechos, la cintura, los muslos. Ella apartó la mirada un segundo, sonrojada, y volvió a buscarlo. Él sonrió. Una sonrisa lenta, paciente, como si ya supiera que iba a acercarse.

Y se acercó.

—Hola —dijo, con una voz grave que me retumbó en el pecho hasta a mí—. Soy Marcus. Te he visto mirándome varias veces.

Lorena tragó saliva. Yo me quedé de piedra al lado de la barra, con la copa todavía en la mano.

—Hola… soy Lorena —contestó ella—. Es nuestra primera vez aquí.

—Primera vez —repitió él, saboreando las palabras—. Y has venido con tu novio.

Señaló hacia mí con la barbilla. Yo intenté sonreír. Me salió algo torcido.

—Sí. Mateo —dijo Lorena—. Queremos… probar cosas.

—Entiendo —Marcus dio un paso más cerca—. Muchos vienen por lo mismo. Rutina, celos, lo de siempre. Pero tú no tienes pinta de las que se conforman con mirar.

Ella se mordió el labio. Yo la conocía: cuando se mordía así, ya estaba decidida a algo.

—Voy a hablar un rato con él, ¿vale, amor? —me dijo, tocándome el brazo—. Va a explicarme cómo funciona todo esto.

—Lor… —tragué saliva—. ¿En serio? ¿Ese?

—Mateo, por favor —bajó la voz—. Ya empezamos. Si me pongo celosa cada vez que tú miras a alguien, no salimos del piso. Es solo una conversación.

Marcus me observaba con una calma que no era amenaza, era seguridad. La de un hombre que ya había visto esta escena demasiadas veces.

—Solo un rato —cedí, con un nudo en el estómago—. Y nada de tocar.

—Claro, amor. Confía en mí.

Me dio un beso rápido en la mejilla y se fue con él al sofá del fondo.

***

Yo me quedé en la barra, fingiendo conversación con una pareja mayor que me hablaba de su primera vez en el club. No oía ni la mitad de lo que decían. Mis ojos se iban solos al sofá donde Marcus había sentado a Lorena justo a su lado, demasiado cerca, su muslo contra el de ella.

Pidieron otra ronda. Hablaban en voz baja. Él se inclinaba hacia su oído, le decía algo, y ella se reía nerviosa, se mordía el labio, jugaba con el pelo. En un momento cruzó las piernas y dejó la rodilla apoyada contra el muslo de él. Ninguno de los dos se apartó.

Sentí el primer pinchazo de verdad. Un dolor seco entre las costillas. Y, debajo, algo que no me atrevía a mirar de frente: una excitación oscura, sucia, que me apretaba el bóxer cada vez que la veía morderse el labio.

Marcus le puso la mano en el muslo. Sin apretar, solo apoyada. Lorena no se movió. Ella miró hacia mí un segundo, los ojos brillantes, la respiración corta, y volvió a centrarse en él como si yo fuera un mueble más del salón.

El beso llegó después. No de golpe. Él se inclinó despacio, dándole tiempo a apartarse. Ella no se apartó. Cuando sus bocas se tocaron, fue suave al principio, hasta que él tomó el control. Le metió la mano en el pelo, le inclinó la cabeza, profundizó. Lorena se dejó. Más que eso: se subió encima de él, con las rodillas a cada lado de sus caderas, y empezó a mecerse despacio sobre ese bulto pesado que separaba el bóxer.

Mi novia. Restregándose contra otro hombre delante de medio club. Delante de mí.

***

No sé cuánto tiempo estuve allí mirando. Diez minutos. Veinte. Mi copa estaba vacía y no recuerdo habérmela bebido. La pareja que me hablaba se había ido a una habitación. Yo seguía clavado en la barra, con la polla durísima dentro del bóxer, cruzando las manos por delante para que no se notara.

Entonces ella se levantó.

Bajó del regazo de Marcus con las piernas temblorosas y caminó hacia mí. Sus pechos botaban suaves con cada paso. El tanga se le había hundido todavía más entre las nalgas. Tenía los labios hinchados y brillantes, las mejillas encendidas, los ojos vidriosos. Una mancha oscura asomaba en la tela del tanga, justo entre los muslos. Olía a perfume y a otra cosa, a algo nuevo, a deseo crudo.

—Hola, amor —me dijo, con la voz agitada—. ¿Qué tal? ¿Has tomado algo?

—Lor… —apenas me salía la voz—. ¿Qué estás haciendo?

Ella sonrió. Una sonrisa tierna, casi cariñosa, y al mismo tiempo absolutamente cruel.

—Hablar, Mateo. Lo que dijimos. Marcus es muy majo.

Se acercó un poco más. Bajó la voz, como quien pide algo doméstico, un café, un vaso de agua.

—Oye, ¿no tendrás un condón? Sé que sueles llevar. Aquí es importante tener uno cerca, ¿no?

El suelo se me movió debajo de los pies. La miré a los ojos buscando una broma, una explicación, cualquier cosa. No la encontré.

—¿Un condón? —repetí, con la voz quebrada—. Lor, ¿para qué?

—Por si acaso —contestó, con una naturalidad que dolía—. No vamos a hacer locuras. Pero mejor estar preparados.

Se me retorció el estómago. Y, al mismo tiempo, sentí cómo la polla daba un latido tan fuerte dentro del bóxer que casi me hizo gemir. Saqué los condones del pantalón doblado en el respaldo del taburete. Tenía tres. Se los tendí en la mano abierta. Ella miró los paquetes y, sin dudar, eligió el más grande, el de talla XL que no era para mí.

—Este estará bien —dijo, casi para sí.

—Lor… —tragué saliva—. Espera. ¿No es para nosotros? ¿No vamos a…?

—Luego, amor. —Ya estaba haciendo un gesto con la mano, distraída—. Nos quedamos un ratito más y nos vamos. ¿Vale? Hasta luego.

Se dio la vuelta antes de que pudiera contestar. Caminó de vuelta al sofá con el condón cerrado en el puño. Sus caderas se balanceaban con cada paso. Marcus la esperaba con una sonrisa lenta, los brazos abiertos sobre el respaldo, como un rey en su trono.

***

Yo tendría que haberme ido. Tendría que haber cogido la ropa, las llaves, el coche y haberme vuelto a casa.

No me fui.

Me senté en un taburete desde el que se veía perfectamente el sofá. Pedí otra copa que no me bebí. Y me quedé mirando.

Lorena le mostró el condón a Marcus como un trofeo pequeño. Lo dejó sobre el cojín. Luego se llevó las manos a la espalda y se desabrochó el sujetador. La prenda cayó hacia delante. Sus pechos quedaron al aire, los pezones rosados completamente duros bajo la luz roja. Se levantó un segundo de su regazo y se bajó el tanga muy despacio, deslizándolo por las caderas, por los muslos, hasta dejarlo caer al suelo.

Mi novia, desnuda, delante de un hombre que no era yo.

Ella se arrodilló entre las piernas abiertas de Marcus. Le tiró del bóxer hacia abajo con dedos torpes. Yo no pude apartar la vista. La cara que puso cuando vio lo que llevaba debajo me quedó grabada para siempre: la boca entreabierta, los ojos muy abiertos, una mezcla de miedo, vergüenza y un hambre que jamás había visto en ella.

La oí, incluso desde la distancia, susurrar algo. Marcus se rio bajo. Le acarició la mejilla con el pulgar, le habló al oído. Ella miró un momento hacia mí. Solo un momento. Y volvió a centrarse en él como si yo ya no estuviera.

Se inclinó hacia delante. Abrió la boca. Y en ese instante supe que la chica con la que llevaba dos años saliendo, la que dormía en mi cama, la que reía conmigo viendo películas los domingos, ya no existía. En su lugar había alguien nuevo, que había estado escondido todo ese tiempo, esperando una excusa para salir.

Me quedé en aquel taburete, con la polla dura debajo del bóxer, con el corazón a punto de reventarme contra las costillas, sin saber si lo que sentía era rabia, dolor, derrota o una excitación enferma que nunca podré confesarle a nadie.

Y, mientras la veía perderse en el cuerpo de otro, entendí que la idea había sido suya desde el principio. Que el club, las normas, las reservas… todo había sido la coartada perfecta. Que Lorena no había venido a salvar lo nuestro. Había venido a cerrarlo.

Y yo, sin saber muy bien por qué, todavía no me había levantado para irme.

Valora este relato

Comentarios (7)

Soledad_BA

Me atrapó desde la primera línea. Esa sensacion de ya saber lo que va a pasar antes de que pase... tremendo relato

Gordo_Rosario

jajaja dios mio que situacion, el tipo viendo todo sin poder decir ni pío. Demasiado real esto

Ramiro1987

Buenisimo, me tuvo enganchado de principio a fin. Esperando la segunda parte!!

fer_noche

Bien escrito, se nota talento. La tension del comienzo esta muy bien lograda

ClaudioMP

Ese momento en que ya sabes pero igual te quedas... lo describe perfecto. Me paso algo parecido hace unos años y todavia no lo tengo del todo claro. Excelente relato

NocheEnPaz

Excelente!! Una de mis categorias favoritas cuando esta bien narrada. Gracias por compartirlo

tania_m

quiero saber que pasa despues!!! por favor que haya segunda parte

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.