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Relatos Ardientes

La novia de mi mejor amigo entró sin avisar

Llevábamos seis días caminando el Salkantay cuando todo se torció.

Marcos y Carolina eran amigos nuestros desde antes de que Sofía y yo empezáramos a salir. Cuatro años llevaban juntos ellos, seis nosotros. Habíamos hecho viajes antes, pero ninguno como este: cinco días de trek por los Andes peruanos hasta Machu Picchu, durmiendo en albergues de tablones, lavándonos en las pozas termales que aparecían cada cierto tramo del sendero.

Marcos y Carolina llevaban dos años practicando tantra yoga. Lo mencionaron la primera noche, en la cena, después del segundo pisco.

—No va de sexo —dijo Carolina, con esa calma suya—. Va de aprender a estar muy quieta con algo muy intenso sin necesitar que pare.

Sofía la miró por encima del vaso. Yo también la miré, pero por otra razón. Carolina tenía una manera de ocupar el espacio que era difícil de no notar. Los pechos grandes, la cintura ancha, el cabello negro hasta los hombros, los ojos oscuros. Y esa cosa más difícil de nombrar: estaba completamente en su cuerpo. Sin disculpas.

La frase se quedó en el aire entre los cuatro durante varios días.

***

El tercer día, en el albergue de Soraypampa, Marcos propuso una sesión de yoga antes de cenar. Llevábamos catorce kilómetros de subida y nadie estaba para protestar. Sofía y yo lo seguimos al patio interior, donde había un piso de tablones limpios y una sola lámpara de querosén en una esquina.

—Esto no es una clase —dijo Marcos—. Es una práctica. Y la última parte la hacemos por parejas.

Carolina llegó descalza, con un short negro corto y una camiseta de tirantes color crema que se le ajustaba sin pedir permiso. Sofía llevaba leggings y una camiseta blanca todavía húmeda de la ducha.

Veinte minutos de estiramientos en el suelo y luego Marcos y Carolina se sentaron frente a frente. Ella cruzó las piernas sobre los muslos de él, encajadas. Sus manos en los hombros. Las de él en la cintura de ella. Las frentes casi tocándose.

No se movieron durante varios minutos. Tampoco hablaron. Pero algo en la habitación cambió, y Sofía y yo lo notamos sin saber exactamente qué nombre darle.

—¿Lo probáis? —dijo Marcos, sin apartar los ojos de Carolina.

Sofía me miró. Yo la miré. Nos sentamos como ellos, encajamos las rodillas con torpeza. Pero no pasó nada. Algo en nosotros dos no encontraba el ángulo.

—Probad otra cosa —dijo Marcos, con una calma estratégica—. Cambiad de pareja. A veces con alguien con quien no compartís la rutina es más fácil soltar.

El silencio duró exactamente lo que tarda una idea en volverse real.

Me senté frente a Carolina. Sus rodillas suaves y cálidas contra mis muslos cuando encajamos la postura. Las manos de ella en mis hombros. Las mías en su cintura, y en el momento en que mis dedos rozaron la tela ajustada de la camiseta, algo en mi cuerpo decidió por mí.

Carolina lo notó. Lo sentí en cómo bajó los ojos un segundo, brevísimo, y los volvió a subir con una sonrisa en la comisura de la boca que era imposible de malinterpretar. Mis pantalones de chándal grises no dejaban margen a la negación.

Al otro lado del patio, Sofía estaba sentada frente a Marcos en la misma postura. No alcancé a ver su cara. Solo vi las manos grandes de él en su cintura estrecha, los pulgares apoyados en los huesos de la cadera, sin moverse, firmes a través de la tela fina.

—Concentrados —dijo Marcos, con la voz de siempre—. No va de erecciones. No va de follar.

Y debajo de toda esa filosofía estaba lo evidente: dos erecciones contra la anatomía de la novia del mejor amigo de cada uno.

Cuando la sesión terminó, nadie nombró nada. Cenamos. Bebimos pisco con moderación. Hablamos de la etapa del día siguiente, de los kilómetros, del clima.

No hizo falta nombrarlo.

***

El cuarto día llegamos a las termas de Cocalmayo al anochecer. Tres pozas escalonadas talladas en la roca al borde del río, agua a cuarenta grados subiendo del subsuelo, vapor que se mezclaba con el aire frío de los Andes.

Marcos y yo nos metimos en la poza grande. Carolina y Sofía bajaron por el sendero hacia la poza pequeña del fondo, separada del resto por un saliente de roca. Estaba reservada para mujeres a esa hora.

Lo que pasó allí abajo me lo contó Sofía dos meses después, en una conversación que duró toda una madrugada. Pero también lo supe esa misma noche, sin necesidad de palabras, por cómo subieron las dos del río.

Carolina se desnudó primero, con esa naturalidad de quien lleva años reconciliada con su cuerpo. Sofía tardó más. Cuando entraron al agua, las cubrió hasta el pecho y el silencio entre ellas tenía una textura nueva.

—Ven —dijo Carolina, después de un rato—. Date la vuelta. Apóyate en mí.

Sofía se giró. Se recostó despacio contra el pecho de Carolina, y sus nalgas encontraron el sexo de ella, y el agua las cubrió a las dos. Carolina apoyó los labios en su sien. No un beso: una presencia.

Sus manos empezaron a moverse. Por los brazos primero, subiendo desde las muñecas hasta los hombros con una lentitud que no era masaje sino atención en forma de contacto. Sofía no se movió. Respiró.

Las palmas planas sobre el pecho pequeño y firme de Sofía, sonrosado por el calor. Los pulgares rozando los pezones. Sofía cerró los dientes sobre el labio inferior y dejó caer la cabeza hacia atrás sobre el hombro de Carolina con un abandono que era la primera vez que hacía con esa exactitud.

—Carolina… —dijo Sofía. Solo eso.

—Aquí estoy —respondió ella.

Las manos de Carolina descendieron por el vientre de Sofía, despacio, siguiendo la línea hacia abajo, y Sofía abrió las piernas levemente dentro del agua como quien abre una ventana a algo que llevaba tiempo queriendo entrar. Cuando los dedos de Carolina la encontraron fue con la precisión de quien sabe lo que busca y sabe cómo encontrarlo.

Sofía se arqueó contra ella. Sus caderas empezaron a moverse solas, ese movimiento antiguo. Carolina la sujetaba por la cadera con el brazo libre y con la otra mano seguía, seguía. El sonido que Sofía hizo al final fue breve y contenido, y Carolina la sostuvo durante todo el tiempo que duró, y después también.

El agua siguió siendo la misma agua. El vapor siguió subiendo. Afuera, el río.

—¿Ves? —dijo Sofía, después de un rato.

—¿Qué?

—Que media hora da para mucho.

Y Carolina se rió, suave, con la boca todavía en su sien.

***

El quinto día tuve fiebre. Treinta y nueve. Algo en el agua del último pueblo, o en el cansancio acumulado, o en lo que llevaba seis días tragándome sin saber dónde colocarlo. Llegamos a la posada del último tramo, una casa de adobe con un mirador sobre el valle, y caí en la cama de la habitación con escalofríos antes de que Sofía terminara de descargar las mochilas.

—Quédate —dijo Sofía—. Voy a buscar paracetamol.

Marcos salió con ella. Quedaba un termal pequeño, privado, en la terraza de la posada, abierto solo para huéspedes. Carolina se quedó conmigo un rato, con la toalla fría en mi frente y los ojos puestos en el valle por la ventana, y en algún momento yo me dormí de verdad.

Lo de Sofía y Marcos lo entendí mucho después, cuando ella me lo contó sin adornos. Cuando bajaron al termal de la terraza, Sofía empezó a quitarse la ropa para entrar. Marcos la observó sin disimulo, con esa atención plena que él tenía y que nunca había aplicado a ella hasta ese momento.

Se sentaron juntos en el banco de piedra. Hablaron del camino. Las rodillas se rozaron sin que ninguno lo señalara.

—¿Te molestó lo del otro día? —preguntó Marcos.

Sofía sostuvo la mirada.

—No, en serio. Es… biológico, supongo. Los hombres son así.

—Sofía.

Ella se giró. Marcos cogió su mano bajo el agua. La llevó despacio hacia él, sin brusquedad, y cuando los dedos de Sofía encontraron la dureza de su erección, no la apartó.

—Yo controlo esas cosas —dijo Marcos—. Las entreno. Pero contigo es diferente.

Sofía no retiró la mano. Sus dedos se cerraron solos. Empezó a moverse despacio, con esa torpeza que es nueva aunque no lo sea del todo.

Se besaron sin que ninguno pudiera decir quién se había movido primero. Las manos de él la recorrieron bajo el agua, la cintura, los muslos. Cuando la colocó sobre él, Sofía separó las rodillas y descendió sobre él con una lentitud que no quiso apresurar.

Se movieron despacio. El agua era cómplice. Marcos tenía una mano en su nuca y otra en su cadera, y la miraba directamente, sin apartar los ojos, y eso era casi demasiado.

—Aquí estoy —dijo él, cuando ella jadeó su nombre.

Y la frase llegó con todo su peso, porque era la misma que Carolina había dicho a Sofía dos días antes en las pozas de Cocalmayo, y Sofía lo supo y Marcos lo supo y ninguno de los dos lo nombró.

Sofía se corrió primero. Sin previo aviso, con una intensidad que la sorprendió. Marcos la siguió segundos después, sin separarla, abrazado contra ella mientras el sol terminaba de caer sobre los Andes.

***

La cena del sexto día fue en la terraza con velas y el resto del pisco que quedaba. Yo ya estaba mejor. Mejor en el cuerpo. En todo lo demás, no.

Lo abrí yo, porque alguien tenía que abrirlo y los otros tres llevaban dos días esperando que lo hiciera el primero que se atreviera.

—¿Sois conscientes de que ha pasado algo en este viaje? —dije, mirando el valle—. ¿O seguimos con la función?

Marcos no me contestó enseguida. Esa pausa fue lo primero que registré: que no la negara.

—¿A qué te refieres exactamente? —dijo, con esa calma suya que en ese momento tenía un filo nuevo.

—A lo que me refiero. A lo que ha pasado. Con Sofía. Contigo.

—Sí —dijo Marcos.

El monosílabo cayó en la mesa y se quedó ahí.

—¿Y tú? —miré a Carolina.

—Sí —dijo ella, sosteniendo la mirada.

Me levanté sin saber muy bien adónde iba. Caminé hasta el borde de la terraza. Cuando me giré, mi voz salió más alta de lo que pretendía.

—¿De verdad? Yo aquí sintiéndome como una mierda por mirarte el culo y vosotros dos os lo montáis con todos. —Señalé a Marcos—. Mi mejor amigo. ¡De toda la vida!

—Andrés —dijo Marcos—. Puedo escucharte o puedo explicarme. No puedo hacer las dos cosas a la vez.

—¡No me expliques nada! Sois unos hipócritas. Habláis de presencia, de conexión, de estar de verdad ahí. Y os ponéis los cuernos uno al otro a los dos días.

—Andrés —la voz de Carolina, baja y directa—. Para.

—¡Tú menos! —Me reí sin humor—. Tú te has follado a mi novia, literalmente, y yo allí en la poza con tu marido sin enterarme.

Sofía cerró los ojos. Tenía una lágrima que no había caído todavía.

—Que os den —dije, y cogí la botella que quedaba—. Me voy a la habitación. Que os jodan a los tres.

Cerré la puerta sin dar portazo. Eso fue lo más definitivo.

***

La habitación estaba en penumbra. Me tumbé sobre la cama con el brazo sobre los ojos. No quería dormir. No quería pensar. No quería nada que requiriera una decisión.

La puerta se abrió.

—Sofía, te he dicho que…

Me quité el brazo de la cara.

Carolina estaba en el umbral.

Llevaba un camisón blanco de tirantes que le llegaba a la rodilla, con un encaje fino en el borde que la luz del corredor convertía en algo levemente translúcido. No llevaba nada debajo. No hacía falta que yo lo supiera: lo sabía.

Cerró la puerta tras ella.

Se acercó a la cama con los pies descalzos, sin apresurarse, y cuando llegó a mi lado se subió a horcajadas sobre mí, despacio, con el camisón abriéndose sobre sus muslos hasta dejar visible la piel interior, suave y morena. Sentí su peso. Su calor. El olor a sal de su cabello.

Mis manos fueron a sus caderas por instinto. Solo estaban ahí, las palmas abiertas sobre la tela.

Ella no dijo nada.

Se inclinó hacia mí muy despacio, y cuando nuestras bocas se encontraron fue con una suavidad que no era lo que yo esperaba. Era paciente. Era una boca que no pedía perdón por estar ahí.

La besé. Primero con la torpeza de alguien con demasiadas cosas en la cabeza. Después, cuando Carolina puso las manos a los lados de mi cara, con otra cosa.

Mis manos subieron por sus costados, siguiendo la cintura que cedía a las caderas con la curva que había observado durante seis días sin poder tocar.

Carolina se incorporó. Cogió los tirantes del camisón y se los bajó por los hombros con un solo gesto. La tela cayó hasta su cintura. Sus pechos quedaron al descubierto.

Solté el aire.

Eran reales, y eran grandes y pesados con esa perfección que no es simetría sino presencia, y estaban ahí, sobre mí. Levanté las manos y los cogí, y la carne abundante se desbordó entre mis dedos con un calor que era casi inabarcable. Un sonido salió de mi garganta sin nombre.

Sus caderas empezaron a moverse. El camisón seguía en su cintura, y debajo no había nada, y lo supe en el momento en que su movimiento se volvió preciso, en que buscó y encontró. Me colocó ella, con esa naturalidad sin drama que la caracterizaba, y descendió sobre mí despacio, mirándome, y la sentí abrirse a mi alrededor con un calor que me hizo cerrar los ojos.

Se movió sobre mí con una lentitud que era una forma de conocimiento. Ninguna prisa. Ninguna performance. Solo las caderas encontrando el ritmo que querían, y los pechos balanceándose con ese movimiento, y mis manos en su cintura subiendo a sus pechos otra vez porque no podía no tocarlos.

Me incorporé. La abracé. La tuve cerca con la cara en su cuello, y ella me rodeó con los brazos y siguió moviéndose, ahora más honda, los dos respirando en el mismo ritmo sin haberlo decidido.

No dijimos nada.

El ritmo creció. Mis manos en su espalda, en sus nalgas, apretando con una necesidad que ella recibía sin achicarse. Cuando la sentí tensarse de esa manera específica, ese instante en que el cuerpo se recoge antes de abrirse, sujeté sus caderas con más fuerza y empujé hacia arriba. Carolina hizo un sonido largo y roto contra mi hombro y se corrió con una sacudida profunda que me arrastró.

Me corrí con ella. Sin separarla. Juntos en el silencio de la habitación, con el río afuera, con todo lo demás en otro sitio que esa noche no importaba.

Carolina no se movió de inmediato. Se quedó sobre mí, la cabeza en mi hombro, el camisón arrugado en la cintura, la respiración volviendo despacio.

Después levantó la cabeza. Me miró. No sonrió. Yo aparté un mechón de su cabello con un gesto que era, de todo lo que había hecho en seis días, el más honesto.

Se incorporó. Se subió los tirantes. Caminó hacia la puerta con los pies descalzos y, en el umbral, sin girarse, se detuvo un segundo.

Después salió.

***

El avión de vuelta a Buenos Aires lo cogimos al día siguiente. Sofía se sentó a mi lado. Marcos y Carolina al otro lado del pasillo. Diez horas con todo lo que no se había dicho todavía entre los cuatro, y la vida ordinaria esperando al final con su paciencia sin límite.

Algo se había roto. Lo asumía y no lo negaba. Pero las cosas que se rompen no desaparecen: quedan, en pedazos o recompuestas o en una forma nueva.

Sofía se inclinó despacio. Apoyó la cabeza en mi hombro.

Yo no dije nada. Pero al cabo de un momento le acaricié el pelo con la torpeza de los gestos que cuestan y que por eso significan más que los que salen solos.

Al otro lado del pasillo, Carolina miraba por la ventanilla. Marcos abrió los ojos y buscó su mano en el reposabrazos.

Y los cuatro seguimos hacia el sur, sin decir nada, sin necesitar decir nada, sabiendo que lo que había pasado no se deshacía y que la única forma posible de seguir era esa: aprendiendo a llevarlo encima, como uno lleva los kilómetros caminados.

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Comentarios (7)

Fede1993

tremendo!! no podes dejarnos asi, esperando la segunda parte ya

ValentinaR

que tension en cada parrafo, se me hizo cortisimo. Quiero saber que paso despues!

NachoB

excelente, de los mejores que lei en mucho tiempo

Sergio_PBA

me tuvo pegado hasta el final. Muy bien escrito, se siente como si hubiera pasado de verdad

Carolina_Mdq

jaja esa situacion es de las mas incomodas que pueden existir... o de las mas excitantes jaja. Muy bueno!

LectorMDQ

y despues que paso?? no podes dejarnos con esa imagen!!

Mateo_Cba

los detalles estan muy bien puestos, se nota que sabes escribir. Sigue asi!

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