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Relatos Ardientes

El mecánico sabía demasiado sobre mí

Desde aquella tarde con los operarios de la mudanza, mi marido había dejado de ser suficiente. No era culpa de él, en realidad. Era culpa de lo que había descubierto sobre mí misma: que necesitaba sentirme usada, que algo en mí se encendía cuando alguien me trataba como si no mereciera otra cosa. Esa conciencia me daba vergüenza. Y al mismo tiempo no podía dejar de pensar en ella cada vez que Rodrigo me besaba con su ternura de siempre.

—¿Estás bien? —me preguntó una noche, después.

—Estoy perfecta —respondí, mirando el techo.

No estaba nada bien.

Pasaron las semanas. Aprendí a vivir con esa tensión instalada en el cuerpo, ese hormigueo constante que no encontraba salida. Me vestía diferente al salir. Más ajustado. No era consciente de hacerlo, o eso me repetía mientras me ponía el pantalón de cuero negro que marcaba cada curva sin esfuerzo.

Ese martes fui al supermercado del centro. Hacía días que el cielo amenazaba lluvia y yo había ignorado las nubes. Tomé la camioneta, no el auto chico, porque quería el espacio. Cuando entré al supermercado, noté las miradas de inmediato: el de los congelados, el que repone las estanterías, dos hombres junto a los carros. Me daba igual. O casi.

Hice la compra despacio. Me gustaba caminar por esos pasillos con la certeza de que alguien me seguía con los ojos. Pagué, cargué las bolsas al auto y cuando arranqué, el cielo abrió de golpe. Lluvia fina primero, luego un aguacero en serio.

Faltaban pocas cuadras para casa cuando escuché el golpe seco debajo de la carrocería, ese sonido inconfundible que te hunde el estómago. Me orillé. Bajé con el agua golpeándome los hombros y vi la llanta trasera completamente desinflada, acostada sobre el asfalto mojado.

Intenté avanzar despacio. La camioneta se tambaleaba y hacía un ruido que me asustó. Rodrigo era muy cuidadoso con los vehículos y yo no quería imaginar su cara si le entregaba algo peor de lo que encontré.

A media cuadra, a través de la lluvia, distinguí el letrero rojo de un taller. Corrí.

***

El local olía a grasa quemada y a lluvia entrando por el portón entreabierto. Había llantas apiladas hasta el techo, un banco de trabajo lleno de herramientas y, al fondo, un sillón de piel color café que había visto mejores épocas. El hombre que atendía levantó la vista cuando entré.

Unos cuarenta y cinco años. Moreno, de complexión fuerte. Las manos llenas de grasa, los antebrazos marcados por años de trabajo físico. No era el tipo de hombre al que Rodrigo saludaría en la calle. Me miró sin disimulo, de los pies hacia arriba, deteniéndose donde no debía.

—¿En qué le ayudo, señorita? —dijo, y la palabra «señorita» sonó como un chiste privado.

—Ponché una llanta. La camioneta está ahí afuera —respondí, señalando hacia la calle—. No la quise mover más porque el volante se mueve raro.

Él asintió, me pidió las llaves con la palma extendida. Se las di. Cuando las tomó, sus dedos rozaron los míos un segundo más de lo necesario.

Salió al aguacero, yo me quedé mirando desde el portón. Maniobró la camioneta hasta adentro del local con una precisión que me sorprendió. Luego volvió sacudiéndose el agua de los hombros y se quitó la camiseta empapada sin preguntar, como si yo no estuviera.

—Con esta lluvia no puedo trabajar afuera —dijo—. Va a tener que esperar un rato. Siéntese.

Señaló el sillón.

Me senté en el borde, con las bolsas del súper a los pies y la blusa pegada al cuerpo por el agua. Él se acomodó en el otro extremo, piernas abiertas, los codos sobre las rodillas, mirándome con esa calma de quien sabe que tiene tiempo.

—Vive por aquí cerca, ¿verdad? —preguntó.

—A unas cuadras.

—La he visto pasar.

Claro que me había visto pasar.

La lluvia golpeaba el techo de lámina con fuerza. Afuera, los faros de los autos que pasaban apenas se distinguían entre la cortina de agua. Dentro, éramos solo él y yo y ese silencio incómodo que yo no sabía cómo llenar.

Entonces sacó el teléfono.

Lo desbloqueó despacio, como alguien que no tiene prisa, y giró la pantalla hacia mí con una sonrisa que no era de cortesía.

Me quedé helada.

Era una fotografía. Yo. En una situación que reconocí de inmediato aunque hubiera querido no reconocerla: el día de los operarios, en aquel almacén, con la ropa a medio quitar y la cara de alguien que ha dejado de resistirse. No estaba borrosa ni era una imagen de mala calidad. Era perfectamente nítida.

—No... eso no soy yo —alcancé a decir. La voz me salió rota.

—No se haga —respondió él, todavía sonriendo—. Tiene muy buena memoria su carita.

Giró el teléfono otra vez hacia él. Escuché el sonido de un video. Mi propia voz, mezclada con el ruido de la lluvia, diciendo cosas que me ardieron en los oídos.

No me moví. Sentí que el corazón me latía en el cuello.

Él se pasó la mano libre por el muslo, despacio, sin apartar los ojos de mí.

—Ven —dijo—. Quiero ver si esa boquita funciona igual en persona.

Esa palabra. El tono. La manera en que lo dijo, como si ya supiera la respuesta.

Me levanté.

***

Caminé hacia él sin que me temblaran las piernas, aunque me temblaba todo lo demás. Me arrodillé en el suelo de cemento frío. Él no se movió, solo se acomodó un poco hacia adelante y esperó.

Le desabroché el cinturón. Luego el botón. Bajé el cierre.

Lo que encontré no me esperaba. Era grande de una manera concreta, sin exageración narrativa: simplemente grande, oscuro, completamente duro. Me quedé mirándolo un segundo antes de poder reaccionar.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó desde arriba.

—Sí —respondí, y era verdad.

Empecé despacio. Con la lengua primero, recorriendo desde la base hasta la punta, memorizando el peso, el calor, el olor a sudor y jabón barato. Él no me tocó al principio. Solo miraba, con los brazos estirados sobre el respaldo del sillón, completamente dueño de la situación.

Cuando lo metí entero en la boca, hizo un sonido grave que me llegó directo al vientre.

—Eso es —murmuró—. Así.

Me tomó la cabeza con las dos manos. Empujó. Yo traté de mantener el ritmo pero él marcó el suyo, más profundo, más insistente, sin importarle si podía o no. La saliva se acumulaba en las comisuras de mis labios. Cerré los ojos.

—Abre los ojos —ordenó—. Quiero verte.

Los abrí. Lo miré desde abajo. Algo en esa postura, en esa mirada desde el suelo hacia él, me hizo apretar los muslos.

—La mamas como una profesional —dijo, y en su voz no había insulto, solo una observación fría que me dolió de la manera correcta.

Me jalé hacia arriba de un tirón. Me puse de pie y él me sostuvo por la cintura, tirando de mí hacia él. Sus manos recorrieron la blusa empapada, presionando los costados, las costillas, el pecho. Cuando apretó los senos por encima de la tela se me escapó un sonido que no pensé controlar.

—Qué sensibles —dijo, casi para sí mismo.

Sin previo aviso me giró y me empujó hacia la pila de llantas apiladas contra la pared del fondo. Me sostuvo con una mano en la espalda baja mientras con la otra me bajaba el pantalón de cuero por las caderas. No fue delicado. Tampoco lo quería delicado.

—Qué buenas caderas —murmuró desde atrás.

—Pues úsalas —respondí sin girarme.

***

Sentí sus dedos apartar la tela de la ropa interior. Un segundo de silencio. Luego la presión. Me abrió con dos dedos primero, humedeciéndome, preparándome a su manera, sin preguntar nada, y el contacto me hizo soltar una respiración larga y temblorosa. El taller estaba frío, pero entre mis piernas ya había fuego.

—Estás empapada —dijo, pasando el dedo por mi hendidura, lento, como si quisiera escucharme—. Y te gusta que te traten así.

—Sí —dije, con la cara apoyada en el caucho de una llanta—. Así. No me hables bonito.

Él soltó una risa baja y me levantó un poco más las caderas. Escuché el sonido de su cinturón contra su propio cuerpo, el roce de la ropa bajando, el movimiento firme de alguien que ya no piensa en otra cosa que no sea coger. Después vino el empuje.

El primer empuje fue lento y me costó. Entró duro, abriéndome de golpe, y mordí el caucho de la llanta frente a mí para no hacer ruido.

—Estás muy apretada —dijo.

—Tú aflójame.

El segundo fue más fácil. El tercero entró del todo y solté el aire de golpe, con los brazos extendidos sobre las llantas para sostenerme. Él se quedó quieto un momento, como evaluando. Luego empezó a moverse.

No había nada romántico en aquello. Era un hombre que me cogía apoyada contra el material de su trabajo, en un taller lleno de grasa, mientras afuera llovía y mis bolsas del súper seguían en el suelo junto al sillón. Era exactamente lo que mi cuerpo llevaba semanas pidiendo a gritos.

—¿Tu marido te coge así? —preguntó entre empujes.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no sabe que necesito esto.

Se rio por lo bajo y aceleró el ritmo. Yo apoyé la frente en la llanta y cerré los ojos. El sonido de los dos, mezclado con la lluvia en el techo, llenaba el local de una manera que me daba vértigo.

Me tomó de las caderas con las dos manos y empujó más fuerte, con ese ritmo constante que no pregunta sino que impone. Las piernas empezaron a temblarme. Sentí que algo se tensaba en el centro del cuerpo, acumulándose.

—Más —pedí.

—¿Más?

—Más fuerte.

Lo escuché exhalar. Las embestidas cambiaron de cadencia, más cortas, más profundas, con un peso que me aplastaba contra las llantas a cada una. El cuero de mi pantalón ya estaba en el suelo, y la tela húmeda de la ropa interior había cedido lo suficiente como para dejarme completamente a su merced. Él metía y sacaba la polla con una precisión brutal, golpeando ese lugar adentro mío que me hacía arquear la espalda y abrir más las piernas sin pensar.

—Eso es —dijo, pegándose a mi nuca—. Así me gusta: quieta y abierta.

Yo gemí, sin poder evitarlo, y él me agarró del pelo para obligarme a levantar la cara.

—Mírame cuando te estoy cogiendo.

Lo miré de reojo, con la respiración rota. Tenía la frente sudada, el cuello tenso, la mandíbula apretada de tanto empujar. Me gustó verlo así, concentrado, usando el cuerpo entero para hacerme pedazos por dentro.

—¿Te gusta ser un agujero para mí? —me preguntó.

La pregunta me atravesó más que la estocada.

—Sí —dije, casi sin voz—. Cógeme bien. Cogeme como si me fueras a dejar marcada.

Él respondió con un golpe seco de cadera que me arrancó un grito ahogado. Entonces me sostuvo todavía más firme y empezó a follarme de verdad, sin pausa, haciendo chirriar las llantas contra la pared con cada embestida. Yo me sujetaba de las gomas, temblando, sintiendo cómo el placer me iba llenando desde el vientre hasta los muslos, hasta el pecho, hasta la garganta.

Cuando llegué al límite lo hice en silencio, con la mandíbula apretada y los nudillos blancos sobre el caucho, porque afuera había autos pasando y el portón estaba apenas cerrado. El orgasmo me subió en oleadas tensas, pequeñas y repetidas, y él no aflojó. Siguió metiendo la polla hasta hacerme llorar del esfuerzo, hasta que me vacié alrededor de él y quedé jadeando, blanda, a punto de caer.

—Eso —murmuró—. Así te quería.

***

Me giró sin sacarla. Me recostó sobre el sillón con mis propios hombros hundidos en el cuero viejo y él encima, mirándome por primera vez de frente durante todo el acto.

—Bonita —dijo, y fue la única cosa amable que dijo en toda la tarde.

Ahora sí me besó. Un beso sucio, con lengua, con la boca llena de mi sabor y el suyo, mientras seguía moviéndose adentro. Me sostuvo por la cintura y cambió el ángulo, entrando más hondo desde arriba, obligándome a abrir las piernas sobre el sillón, con los muslos temblando y el cuerpo todavía sensible por lo anterior. Me tocó los pechos, me pellizcó un pezón por encima de la tela mojada y yo me arqueé con un gemido.

—¿Así te gusta? —preguntó, lamiéndome el cuello.

—Sí. No pares.

Entonces me cogió más duro. El sillón crujía debajo de nosotros. La lluvia seguía golpeando el techo. Sus caderas chocaban contra las mías con un sonido húmedo y repetido que me hacía apretar los dedos en sus hombros. Me abrí más, sin vergüenza ya, dejándolo entrar hasta el fondo. Podía sentir cada latido de su polla dentro de mí, cada embestida como un golpe que me recolocaba algo por dentro.

—Mira cómo te pones —dijo, bajando la vista a donde nos uníamos—. Te falta poco para volver a correrte, ¿verdad?

No pude contestar. Solo asentí, ahogada, porque ya lo sentía otra vez: esa presión hermosa en el vientre, ese nudo que volvía a formarse con cada empuje. Él se inclinó más, me chupó un pecho, luego el otro, y me dejó el sostén empapado torcido en un hombro. El aire del taller olía a goma caliente, a metal, a sexo crudo y sin adornos.

—Dímelo —insistió.

—Quiero que me llenes —solté, sin pensar—. Quiero que te corras dentro de mí.

Lo vio venir y sonrió como un animal satisfecho.

Terminó con tres empujes largos y un gruñido que reprimió a medias. Lo sentí dentro de mí, caliente, sin aviso, llenándome con una oleada espesa que me hizo cerrar los ojos de golpe. Se quedó quieto un segundo, todavía enterrado, respirando fuerte sobre mi boca abierta, y luego salió despacio mientras yo seguía temblando en el sillón.

Se levantó. Se abrochó el pantalón. Fue a buscar algo entre sus cosas y me lanzó una chamarra de tela para que me limpiara. Luego salió al local, revisó la llanta y se puso a trabajar como si nada hubiera pasado.

Yo me puse el pantalón. La blusa estaba arruinada. Me la acomodé como pude.

Diez minutos después, la camioneta estaba lista.

—¿Cuánto te debo? —pregunté.

Él me miró un segundo antes de responder.

—Nada. Ya me pagaste.

Y después, mientras recogía sus herramientas:

—Pasa mañana si quieres. Puedo revisar la presión de las otras llantas.

No respondí. Tomé mis bolsas del súper, subí a la camioneta y arranqué. Afuera la lluvia había bajado a llovizna.

***

Rodrigo llegó una hora después de que yo. Me preguntó por qué olía diferente. Le dije que había corrido bajo la lluvia cuando se ponchó la llanta y que el mecánico de la vuelta me la cambió.

—¿Qué mecánico? —preguntó.

—Uno de por aquí cerca. Carero, dicen. A mí no me cobró nada.

Me miró un momento. Luego asintió y fue a cambiarse.

A la que se poncharon fue a su mujer. Eso pensé mientras ponía el agua a hervir para la cena, con las manos todavía un poco temblorosas y algo húmedo todavía resbalando por el interior de mi muslo.

No fui al día siguiente.

Fui el jueves.

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Comentarios(8)

RominaGV

increible!!! me quede pegada leyendo esto

AlejoCosta

Por favor que haya segunda parte, no puede quedar asi. Saludos

noche_rota

El titulo me atrapo desde el principio y el relato no decepciona. Muy bueno

Mastil77

Que situacion mas morbosa jaja, se nota que saben como generar tension. Muy bien logrado

lectora_mistica

Me encantan los relatos donde el poder cambia de manos sin que uno se de cuenta. Este tiene eso y mas. Quede con ganas de saber como termina todo, espero que haya continuacion

Sole77

buenisimo!! sigue asi

Marta_Cba

Me recordo a algo que casi me pasa jeje, el mecanico de mi barrio tambien miraba demasiado. Muy entretenido

SergioCdx

Buen ritmo, no se hace largo en ningun momento. Felicitaciones

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