Las dos anfitrionas de aquella noche en la finca
La cena anual de don Rodrigo era uno de esos eventos que mi marido Andrés no podía rechazar. Su empresa dependía en buena medida de aquel hombre, y cuando ofreció habitaciones en su finca para que nos quedáramos a dormir después de la fiesta, no hubo mucho que pensar. Éramos cinco en total: Andrés y yo, Miriam —su secretaria, con quien yo mantenía una relación que iba bastante más allá de lo profesional—, y mi cuñado Sebastián con su mujer Claudia.
La finca era impresionante. Una nave separada de la vivienda principal servía de salón de celebraciones, y fue allí donde pasamos la mayor parte de la noche. La esposa de don Rodrigo, Isabel, circulaba entre los invitados con esa soltura que dan los años y el dinero. Debía de rondar los sesenta, aunque su cuerpo contaba una historia diferente: medias negras, un vestido con escote generoso y una manera de moverse que dejaba claro que era muy consciente del efecto que producía.
También conocí a Natalia, la hija del anfitrión. Todos la llamaban «la Heredera», no solo por el lugar que ocupaba en el negocio familiar, sino por algo en su actitud —esa mezcla de seguridad y misterio que tienen las personas que saben exactamente lo que quieren. Treinta años, tal vez menos, con un cuerpo que hacía que la ropa pareciera un accesorio secundario.
En algún momento de la noche los zapatos empezaron a molestarme. Eran bonitos pero no estaban pensados para horas de pie, así que decidí ir a la habitación a cambiarlos. Atravesé el jardín y entré en la vivienda principal. El salón estaba en penumbra, pero en el sofá se perfilaban dos siluetas. Me detuve.
Era Claudia, la mujer de mi cuñado, enredada con Natalia. No había lugar a malinterpretaciones: la Heredera tenía la cabeza entre los muslos de mi cuñada, y Claudia la sujetaba por los hombros con ambas manos, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Me quedé paralizada unos segundos. Después seguí mi camino sin hacer ruido, subí las escaleras, me cambié los zapatos y volví a la fiesta como si nada.
Cuando la celebración terminó y cada uno se retiró a su habitación, yo necesitaba contarle a Miriam lo que había visto. Fui a su puerta y estuve a punto de llamar, pero algo me detuvo: un gemido, amortiguado pero inconfundible. Pegué el ojo a la rendija lo suficiente para confirmar lo que sospechaba. Miriam y Sebastián. Los dos en la cama, sin rastro de Claudia, que al parecer había vuelto a la ciudad con alguna excusa.
Me retiré en silencio.
De camino a mi habitación pasé junto al salón de la planta baja. Había luz dentro y voces. Me detuve instintivamente, y algo —curiosidad, aburrimiento, o simplemente el vino— me hizo quedarme en el umbral, donde podía ver sin ser vista.
Don Rodrigo estaba de pie. Isabel, sentada en el mismo sofá donde horas antes había visto a su hija con mi cuñada, con las piernas cruzadas y esa falda que le llegaba a mitad del muslo. Las medias negras brillaban bajo la luz de una lámpara de pie.
—Ha sido una buena noche —dijo él.
—Siempre lo son —respondió ella—. Aunque tú habrías preferido que yo no estuviera para poder entretenerte con alguna de las secretarias.
Él se rio. Ella no esperó su respuesta: se puso de pie, fue hacia él y le bajó el pantalón con una calma que sugería que lo había hecho miles de veces. Le tomó entre las manos, lo llevó a la boca y empezó a trabajar con la lengua con una precisión que me hizo agarrarme al marco de la puerta.
—Así —dijo él, con la voz ronca.
Ella continuó durante un buen rato, hasta que él la pidió que se pusiera de pie. Le subió el vestido, le pasó una mano por la espalda y le sacó los pechos del sujetador. La besó en el cuello mientras ella permanecía delante de él, con las manos apoyadas en sus hombros y los ojos cerrados.
—Eres la misma zorra de siempre —murmuró él, y no lo decía como un insulto.
—Y tú el mismo cabrón —respondió ella, y tampoco era un insulto.
Lo que siguió no tenía nada de torpe ni de rutinario. Él la tumbó en el sofá, le quitó la ropa interior y la penetró con una urgencia que no parecía la de alguien que lleva décadas con la misma persona. Ella lo recibió con los talones apoyados en su espalda y los ojos abiertos, mirando al techo, con la expresión de quien está exactamente donde quiere estar.
Cambiaron de postura. Ella encima, dándole la espalda, moviéndose con una cadencia que desmontaba cualquier idea que yo pudiera tener sobre lo que hacen los matrimonios a esa edad en la cama. Cuando él anunció que se corría, ella se bajó, se arrodilló y lo terminó con la boca. Sin drama. Con una naturalidad que resultaba casi más erótica que todo lo anterior.
Me alejé de allí con cuidado, subí a mi habitación, me desnudé en la oscuridad para no despertar a Andrés y me masturbé en silencio hasta que me dormí.
***
A la mañana siguiente me desperté antes que todos. Me puse una bata y bajé. La casa olía a café recién hecho y a leña, y en la cocina encontré a Natalia apoyada en la encimera con una taza en la mano. Vaqueros cortos, camiseta sin forma, el pelo recogido con descuido. Y aun así.
—Eres la primera —dijo con una sonrisa.
—Soy madrugadora.
Me sirvió café y me explicó que pensaba encender el asador en la edificación que había al fondo del jardín. Me ofrecí a ayudar. Ella aceptó, fue a buscarme ropa para que no manchara la mía y me esperó afuera mientras yo subía a cambiarme.
Llegué al asador y la encontré encendiendo la parrilla. Era un espacio pequeño, techado, con olor a madera quemada y hierbas. La luz de la mañana le llegaba de lado y hacía que todo en ella pareciera parte de una fotografía muy bien compuesta.
—¿Disfrutaste la fiesta? —preguntó sin mirarme.
El tono no era inocente. Supe inmediatamente a qué se refería.
—Vi cosas interesantes —respondí.
Ella levantó la vista y me miró fijamente un momento.
—Mi madre también es interesante —dijo.
—Sí que lo es.
Nos quedamos en silencio. Ella volvió a ocuparse de la carne. Yo me acerqué por detrás, aparté su pelo con una mano y le rocé el cuello con los labios. Ella no se movió. Siguió sujetando las pinzas de la parrilla como si lo que yo estuviera haciendo fuera lo más natural del mundo.
—¿Esta carne también te parece interesante? —preguntó.
Me subí la camiseta y le mostré los pechos.
—¿Y esta? —dije.
Ella dejó las pinzas sobre el plato, giró la cabeza y sonrió. Con los dos pulgares bajó los tirantes de su camiseta y los dejó caer. Sus pechos quedaron al aire, y yo me puse detrás de ella: mi pecho contra su espalda, mis manos en sus caderas, mi boca en su cuello.
—Deliciosa —murmuré contra su piel.
Ella se giró lo suficiente para rozar mi boca con la suya. Fue un contacto breve, casi una pregunta, y la respuesta fue que nos besamos durante un buen rato mientras la carne empezaba a oler a asado.
—Voy a tener que ocuparme de esto —dijo al fin, señalando la parrilla—. Pero no te preocupes. Cuando podamos tener tiempo de verdad, te lo compenso.
Nos vestimos antes de que llegara nadie. Llevamos la comida a la casa entre las dos, como si nada hubiera pasado.
***
Durante el almuerzo fui incapaz de dejar de mirar a Isabel. Se había cambiado: falda corta, medias negras de nuevo, una chaqueta roja que dejaba muy poco a la imaginación. Cuando sirvieron el postre anunció que los demás tendrían una reunión de trabajo y que solo ella y yo nos quedaríamos libres.
—Podríamos dar un paseo por la finca —propuso.
Acepté. Subí a cambiarme: escogí una blusa con escote pronunciado y una falda que me llegaba a medio muslo. Cuando bajé, Isabel me esperaba en el salón con esa sonrisa que ya empezaba a reconocerle.
Dimos una vuelta por los jardines y al fondo, separado del edificio principal por un camino de grava, había un granero reconvertido. Grandes puertas de madera, dentro un pequeño escenario de tarima oscura y, en el centro, una barra metálica que llegaba hasta el techo.
—Para el karaoke de verano —explicó Isabel—. Aunque la barra tiene otros usos posibles.
—Parece de las que usan las bailarinas de striptease —dije.
Ella me miró con una ceja levantada.
—¿Crees que te quedaría bien?
Subí al escenario casi sin pensarlo. Me agarré a la barra y empecé a moverme, despacio al principio, siguiendo una música que solo existía en mi cabeza. Isabel se sentó en uno de los sofás bajos que rodeaban el escenario, cruzó las piernas y me observó sin disimulo.
Cuando bajé, ella extendió una mano hacia mí.
—Ven aquí.
Me arrodillé delante de ella, que seguía sentada. Me desabrochó la blusa despacio, botón a botón, mientras yo le acariciaba los muslos por encima de las medias. Cuando terminó, me la quitó y desabrochó el sujetador sin titubear.
—Preciosos —dijo, y era una observación, no un cumplido.
Se puso de pie y yo también. La ayudé a quitarse la chaqueta. Por debajo no llevaba más que el sujetador, uno de encaje negro que sujetaba un par de pechos que hacían olvidar cualquier especulación. Me lo quité yo misma con un gesto.
Le bajé el diminuto tanga que llevaba bajo la falda y la hice apoyarse en el respaldo del sofá, inclinada hacia delante. Me arrodillé detrás de ella y le pasé la lengua por el cóccix, despacio, hasta la parte baja de su espalda. Ella apretó los dedos contra el cuero del sofá y dobló las rodillas ligeramente para darme mejor acceso.
Me puse de pie, la giré y la hice sentarse. Le quité la falda y me arrodillé entre sus piernas. Le abrí los muslos con ambas manos y empecé a lamerla sin rodeos, siguiendo el ritmo que sus caderas marcaban.
—Dios —dijo en voz baja.
Seguí. Ella fue tensándose poco a poco, con los muslos apretados contra mis hombros, hasta que se corrió con un gemido largo y contenido, las manos en mi pelo, sin dejarme mover.
Cuando la solté, me miró desde arriba con los ojos todavía entrecerrados.
—Ahora tú —dijo.
Me tumbó en el sofá, me quitó la falda y la ropa interior y se colocó entre mis piernas. Empezó despacio, con la punta de la lengua, explorando. Cuando encontró lo que buscaba no se detuvo. Yo me agarré al borde del sofá y me dejé ir, sin pensar en Andrés, en los negocios, en la reunión que estaban teniendo a doscientos metros de allí.
Me corrí con fuerza.
Después nos tumbamos las dos juntas, nuestros cuerpos en contacto desde los hombros hasta las rodillas. Ella acercó sus pechos a los míos hasta que se rozaron, y ese contacto —tan simple, tan suave— me hizo gemir de nuevo. Nos movimos así, enredadas, hasta que las dos nos corrimos una segunda vez casi al mismo tiempo.
Nos vestimos en silencio, ayudándonos la una a la otra como si llevar la ropa interior de alguien más fuera algo que se hace siempre. Isabel me abrochó la blusa y me besó en la mejilla.
—Espero que tu marido siga haciendo negocios con el mío muchos años —dijo.
—Yo también —respondí.
Y lo decía en serio.