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Relatos Ardientes

La madura del café que nunca olvidé

El viernes por la noche había cenado con Carolina y Andrés, una pareja a la que conozco desde hace años. La velada fue con otros amigos comunes, en un restaurante que frecuentamos, y cuando me despedí en la puerta decidí dar la vuelta pasado un rato, que era lo que Andrés me había pedido. Le gustaba verla disfrutar. A Carolina también, aunque nunca lo decía con esas palabras.

Dormí muy poco. A las siete de la mañana ya estaba en marcha, y a las nueve salí del apartamento con la cabeza llena de informes que debía revisar antes de mediodía. Mi socia Laura había preparado todo para esa semana, y yo llevaba cuatro días sin tocar el material. El despacho era el destino, pero el cuerpo me pedía un café tranquilo antes de enfrentarme a las pantallas.

Los sitios que frecuento los sábados por la mañana abrían tarde. Recordé que había una confitería a dos calles de la ruta habitual, de esas que mantienen el horario de toda la vida. Aparqué sin dificultad y entré.

No había mucha gente. Pedí un café americano en la barra y busqué un sitio con perspectiva: desde donde me senté podía ver la entrada, la barra y la mayor parte del local. Tomé un periódico del soporte y empecé a hojear, más por rutina que por interés real.

Había leído un par de páginas cuando la puerta se abrió y entró un hombre joven, alto. No le di importancia. Pero unos segundos después entró ella, y ahí sí me detuve.

Tendría unos cuarenta años, o cerca. Botas de tacón negro hasta la rodilla, medias con dibujo bordado, un vestido verde oscuro ceñido y un chal cruzado sobre los hombros. El pelo recogido en un moño alto, un aro fino en la aleta derecha de la nariz. Caminaba como quien sabe que la miran y decide no molestarse en disimularlo.

El chico la esperaba. Ella señaló una mesa a su lado, la más cercana a donde yo estaba. Solo había un pasillo entre las dos. Se sentaron, pidieron café, hablaron en voz baja.

Desde esa posición tuve una panorámica espléndida: las piernas cruzadas, el escote cuando se inclinaba hacia delante, la forma en que sostenía la taza con las dos manos. Intenté volver al periódico. No pude durante mucho tiempo.

Pedí otro café. Al levantar la vista, ella me estaba mirando. No apartó los ojos de inmediato. Los sostuvo un segundo, quizás dos, y luego volvió a su conversación. Eso era suficiente información para mí.

En un momento dado, el chico se levantó y fue al baño. Ella tomó el móvil, se recostó un poco en la silla, estiró las piernas. Era evidente que no eran pareja, aunque tampoco lo hubiera dado por seguro solo por el lenguaje corporal. La gente se equivoca con eso.

Cuando él volvió, recibió una llamada y salió hacia la puerta de la calle. Ella se levantó, buscó algo en el bolso, se inclinó lo justo. Luego se dirigió hacia el fondo del local, donde estaban los baños. Al pasar junto a mi mesa me miró, y esa vez la sonrisa era pequeña pero inequívoca.

Era el momento o no era.

Esperé treinta segundos, calculé que el chico seguía en la puerta, me levanté sin prisa y tomé el pasillo hacia el fondo. Hay tres escalones antes de llegar a la zona de los baños, un recodo que deja un espacio pequeño entre las dos puertas. Giré la esquina justo cuando se abría la puerta de señoras.

Nos miramos de frente. Ella no se sorprendió demasiado.

—Perdona que invada tu espacio —dije—. Me gustaría darte mi tarjeta. Me encantaría conocerte, si no tienes a nadie.

Sonrió despacio. Una sonrisa que venía de atrás.

—Eres bastante atrevido —dijo—. Me gusta. No tengo a nadie.

—Me llamo Rodrigo. Llámame cuando estés libre.

—Valeria —dijo tomando la tarjeta—. Ya veré.

Y salió andando con la misma calma con la que había entrado.

No volví a la mesa. Pagué, recogí el periódico y salí. Afuera, ellos ya se dirigían a su coche. Cuando pasaron por mi lado camino al suyo, ella miró desde el asiento del acompañante y sonrió una vez más. Hice un gesto con la cabeza. Arrancaron.

***

Trabajé hasta las dos de la tarde. Después fui a comer a casa de unos conocidos, Ernesto y Sofía, a los que veo de vez en cuando. Sofía tiene ese tipo de energía que se enciende con muy poco: un par de copas de licor de café y la tarde cambia completamente de dirección. Ernesto lo sabe y le encanta verlo. Llevan años con ese acuerdo que nadie nombra pero todos entienden.

Esa tarde estuvo bien. Sofía se corrió varias veces, Ernesto grabó con su teléfono como hace siempre, y yo me quedé hasta que la situación llegó a su cierre natural. Salí de allí a las diez de la noche, cansado pero satisfecho.

Cuando salí de la ducha en casa, el móvil tenía un mensaje. Un número que no reconocí:

«Tu audacia me gustó. Si quieres hablamos. Soy Valeria.»

Marqué. Hablamos casi dos horas.

Me contó que el chico del café era el responsable de la mudanza: había ido a recoger sus cosas de otra ciudad y el lunes las descargaría en su nuevo piso. Se incorporaba a la delegación de su empresa con un cargo nuevo, trabajaría cerca de allí. Había llegado al hotel la tarde anterior y aún no conocía bien la zona.

Antes de despedirnos quedamos en que la recogería al mediodía para un vermut.

***

A las doce estaba en la puerta de su hotel. Valeria salió del lobby con un abrigo largo sobre el mismo tipo de vestido del día anterior, esta vez en burdeos. Era alta. Lo había notado en el café, pero en la calle se confirmaba.

El coche lo había aparcado a una manzana.

—¿Y el coche? —preguntó mientras caminábamos.

—Aquí detrás, no había sitio más cerca.

Cuando llegamos y abrí el deportivo, se quedó parada un momento.

—Vaya máquina —dijo—. No me lo esperaba.

—¿Te apetece conducirlo tú un rato después de comer?

Me miró con una expresión divertida mientras se acomodaba en el asiento.

—La pregunta sería si tú confías en mí para eso.

—Completamente.

Fuimos a un restaurante que conozco a las afueras, de esos donde la comida es seria y no hay prisa. Hablamos mucho: de su trabajo, de la ciudad, de los años que había vivido fuera estudiando. Había pasado casi tres años en Irlanda, trabajando en un pub mientras hacía un máster. Se le notaba en cómo manejaba el inglés cuando citaba algo, con naturalidad, sin exhibirlo.

Después de los postres le pasé las llaves del coche.

—Con tacones y todo —dijo.

—Con tacones y todo.

Condujo despacio al principio, luego con más confianza. El coche hace su trabajo cuando una persona con buen instinto lo maneja, y Valeria tenía buen instinto. Llegamos a la casa sin ningún problema, aunque aparqué yo al final porque el espacio era justo.

—Es preciosa —dijo mirando la fachada.

La recorrimos despacio: la cocina, el salón con la cristalera que da al jardín, los dormitorios. Ella preguntaba, miraba, tocaba los marcos de las puertas como hacen algunas personas cuando están cómodas en un espacio.

Cuando llegamos al salón grande y se asomó a la galería trasera para ver el jardín y la piscina, me acerqué por detrás sin decir nada.

—Lo más bonito de la casa eres tú —dije en voz baja—. Me encantas, Valeria.

Se quedó quieta un momento. Luego se giró, tomó mi mano y nuestras caras estuvieron muy cerca. Nos besamos.

No fue un beso de tanteo. Fue un beso que ya sabía hacia dónde iba.

***

La llevé al sofá. Nos sentamos, seguimos besándonos, mis manos recorrieron su espalda, sus caderas. Ella respiraba más rápido, se movía hacia mí sin darse cuenta del todo.

En un momento dado separó la boca y dijo:

—Esto no estaba en mis planes para hoy.

—¿Y ahora?

Sonrió sin responder y volvió a besarme.

La tumbé despacio en el sofá. El vestido se fue subiendo. Tenía las piernas largas y la piel muy blanca, de esa blancura que no es artificial sino de persona que cuida lo que tiene. Fui bajando los labios por su cuello, por la línea del escote. Ella abrió los ojos, me miró un segundo, los cerró de nuevo.

La desnudé poco a poco. No había prisa. Ese es el error que comete la mayoría: la prisa. Una mujer que está nerviosa y excitada al mismo tiempo necesita que alguien le demuestre que no hay urgencia, que el momento es suyo. Cuando eso pasa, se entrega de otra manera.

Valeria se entregó.

Bajé con la boca hasta sus muslos, bordeé lo que ella esperaba, volví a subir. Lo hice dos veces. Para cuando abrí sus piernas del todo y empecé a trabajar con la lengua, ya llevaba varios minutos esperándolo.

—Dios —susurró—. No pares.

No paré. Mis dedos entraron despacio mientras la boca seguía en el clítoris. Ella apretó mi cabeza con las manos, levantó la cadera, el ritmo se aceleró solo. Cuando se corrió fue largo y ruidoso, con palabras sueltas que no formaban frases, con la espalda arqueada y los muslos apretando a los lados de mi cara.

Me incorporé. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa que ocupaba toda la cara.

—Dos años sin esto —dijo al cabo de un momento.

—¿Dos años?

—Desde que dejé a mi pareja. No había encontrado el momento.

La besé. Me miró con curiosidad cuando sintió lo que había debajo del pantalón.

—Es muy grande —dijo, y no era un cumplido adulador. Era información que estaba procesando.

—Despacio —dije—. No hay ninguna prisa.

Tardé en entrar. El cuerpo de Valeria era estrecho, de los que necesitan tiempo y constancia, y lo tomé con cuidado. Besarla mientras avanzaba centímetro a centímetro ayudó. Cuando protestó lo hizo en mi oído, en voz baja, y no dejó de rodearme el cuello con los brazos.

Cuando tuvo la mitad dentro y empezó a moverse con ritmo propio, supe que lo peor había pasado.

—Así —dijo—. Así exactamente.

La moví despacio, luego un poco más fuerte, buscando el ángulo. Ella abrió más las piernas, cambió la posición de la cadera. La segunda vez que se corrió fue diferente a la primera: más intensa, más larga, con la voz completamente rota.

Después me preguntó si yo había terminado.

—Todavía no.

—¿Qué necesitas?

—Que me hagas tú algo.

Entendió sin que yo lo dijera con más palabras. Se incorporó, me empujó hacia atrás contra el respaldo del sofá y se arrodilló entre mis piernas. Lo hizo despacio al principio, tanteando, y luego con más confianza. Tenía buena boca y sabía usarla.

Cuando terminé, no retiré las manos de su cabeza. Ella aguantó hasta el final sin quejarse, y cuando levantó la vista tenía una expresión entre orgullosa y traviesa.

—¿Qué tal? —preguntó.

—Muy bien —dije, y lo decía en serio.

***

Subimos al dormitorio. Follamos un par de horas más, con descansos, con conversación entre medias. Valeria era de las que hablan mientras lo hacen: no calla cuando está bien, pregunta lo que quiere, dice lo que le gusta y lo que no. Eso facilita mucho las cosas.

Se quedó a dormir. Por la mañana la llevé al trabajo, ella con la ropa del día anterior y sin aparentar ninguna vergüenza por ello.

Esa tarde, cuando terminó su jornada, pasó por el hotel a recoger ropa para el día siguiente y vino al despacho.

Desde entonces la veo tres veces por semana. Valeria es cariñosa de una manera que no esperas al principio: directa, sin rodeos, generosa. Le gusta el sexo sin límites artificiales, sabe lo que quiere y lo pide, y eso es exactamente lo que más valoro en una mujer.

Todo empezó porque decidí desviarme de la ruta para tomar un café en un sitio que no era el habitual. A veces la rutina es el único obstáculo entre tú y algo que no esperabas encontrar.

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Comentarios (7)

Manu_Lector

Increible, de las mejores maduras que lei en mucho tiempo!!!

Rolando_BsAs

Por favor continuala, quede con ganas de saber como termino todo

NochesBA

Me recordo a una experiencia que tuve en una confiteria hace años... meses despues seguia pensando en esa mujer. Muy bien narrado, se siente real

lectoRapido77

Hay segunda parte? Esa sonrisa que lo sabe todo no puede quedar ahi jaja

PedroCalido

Que arranque mas potente, me engancho desde el primer parrafo. Se nota que es de alguien que sabe escribir

Maxi_2077

Las maduras siempre saben exactamente lo que hacen, eso es lo mejor

Andres_V

jaja me mato la descripcion del principio. tremendo

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