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Relatos Ardientes

La primera vez que dije sí por dinero

Me casé a los veintidós años. Era joven, lo sé, pero cuando lo conocí no tuve ninguna duda. Hay personas que llegan a tu vida y en minutos sabes que algo cambia. Rodrigo era así. Yo trabajaba como mesera en un restaurante de Palermo, en Buenos Aires, de esos que frecuentan turistas y ejecutivos que pueden pagar la cuenta sin mirar el precio. Él venía casi todos los jueves a almorzar, casi siempre solo, y se sentaba en la misma mesa de mi zona. Nunca me dijo nada fuera de lugar. Dejaba buenas propinas y una sonrisa discreta cuando se iba.

El día de mi cumpleaños número veintiuno tuve que trabajar. No conseguí que nadie me cubriera el turno. Rodrigo llegó a almorzar y antes de que yo pudiera acercarme a la mesa, me puso en la palma de la mano un paquetito envuelto en papel marrón. Me pidió que lo abriera cuando terminara el día. No resistí: lo abrí en la cocina. Era un perfume que yo conocía solo de nombre, de esos que se anuncian en las revistas pero que nunca había sostenido en mis manos.

Le agradecí cuando le llevé el café. Me dijo que era una impaciente, con esa media sonrisa suya. Me señaló el pizarrón junto a la barra donde el restaurante ponía cada mes los cumpleaños del personal. Si no hubiese estado ese día, habría vuelto al siguiente con el regalo.

Poco a poco empezamos a conversar más cada vez que venía. Me invitó al cine. Acepté.

Era parco, poco hablador, pero lleno de detalles. Me enamoré rápido. Llevábamos meses saliendo y ni un beso, ningún avance físico. Yo tenía historia: varios novios, una vida sexual activa desde los dieciocho. Pero con él todo era diferente, más lento, y eso me ponía nerviosa de una manera que no sabía bien cómo manejar.

Una tarde sentados en una plaza de Palermo me dijo que tenía algo importante que decirme. Pensé que me iba a pedir que fuéramos novios. Me saltó todo: el noviazgo, la primera vez juntos, el hablar de convivencia. Me pidió que me casara con él. Dije que sí antes de que terminara la frase.

Lo llevé a conocer a mis padres. Quedaron encantados. Él me llevó a Mendoza, de donde era, a conocer a los suyos. Sus padres me recibieron como si me conocieran de toda la vida. La ciudad me pareció hermosa, distinta, tranquila. Dije que sí a todo.

Nos casamos en primavera. Al mes estábamos instalados en Mendoza, en un departamento amplio a pocas cuadras de sus padres. Conseguí trabajo enseguida en un restaurante turístico cerca de la plaza principal. Era lo que sabía hacer y me gustaba. Nuestra vida sexual no era apasionada, pero era suficiente. Al menos eso me decía entonces.

A los veinticuatro quedé embarazada. A los cuatro meses de gestación, la jornada de mesera se me hizo pesada y renuncié. Rodrigo ganaba bien, siempre había sido así. Nunca fue una necesidad económica; trabajaba porque quería. Nació nuestra hija en octubre.

Antes de que cumpliera el año, Rodrigo perdió el empleo.

***

Al principio lo tomó como un descanso. Decía que algo iba a aparecer, que Mendoza tenía oportunidades. A los dos meses empecé a verle la preocupación en la cara. A los cuatro me preguntó si podíamos ir a vivir con sus padres para ahorrar el alquiler. Acepté sin dudar. La casa era grande, mi suegra adoraba a la nena y yo ya pasaba mucho tiempo allí de todas formas.

Cuando llegó el quinto mes sin trabajo, le dije que iba a buscar algo. Me sonrió y me dijo que le parecía buena idea. Fui al restaurante donde había trabajado antes, pero no tenían vacantes. Me recomendaron un Irish pub cerca del centro. Había un puesto para el turno de mañana, de ocho a dos. Pocas propinas, pocos clientes. Nadie lo quería por eso. A mí me resolvía el problema: mi suegra podía cuidar a la nena por las mañanas y yo volvía para el almuerzo.

El pub era tranquilo. Turistas que desayunaban tarde, algún viajero que pedía una cerveza antes del mediodía. Las propinas eran escasas. El trabajo no me exigía demasiado y tenía la cabeza libre para pensar. Algunos clientes que se pasaban de copas me decían cosas, algún piropo, alguna propuesta. Yo les respondía con una sonrisa y seguía con lo mío. Tengo un cuerpo que llama la atención, especialmente en Mendoza. Lo que me decían no me molestaba. Me subía el ánimo en una etapa que lo necesitaba.

A los tres meses de estar en el pub empezó a aparecer un cliente americano. Tendría unos sesenta años, corpulento, siempre callado. Llegaba, pedía dos o tres gin tonics y se iba. Estaba de paso largo por la ciudad, creo que negociaba con alguna bodega de la zona. Cayó en mi zona del salón y se quedó ahí. Era atractivo para su edad. No molestaba.

Un día, después del tercer trago, me dijo que le gustaría invitarme a salir. Le dije que no, con amabilidad. Una semana más tarde volvió a preguntarme, esta vez poniendo cien dólares sobre la barra. Le dije que no de nuevo, aunque la vista se me fue un segundo al billete antes de apartar la mano.

***

Esa semana, en el almacén del barrio donde fiaba pañales para la nena, don Héctor me dijo que la cuenta había crecido demasiado. No usó palabras directas, pero tampoco las necesitaba. Me miró de una forma que no dejaba dudas sobre qué tipo de pago tenía en mente. Me revolvió el estómago. Es un hombre que no me genera ninguna atracción, que no me generaría ninguna aunque fuera el último sobre la tierra. Me fui sin decirle nada.

Esa noche no dormí. La nena dormía en su cuna, Rodrigo roncaba a mi lado, y yo miraba el techo con una mezcla de asco y de angustia. Sin el fiado, no tenía cómo comprar pañales al día siguiente. No quería pedirles más dinero a mis suegros. Llevaban meses bancándonos sin decir una sola palabra y yo sentía el peso de eso todos los días.

A la mañana siguiente, Rodrigo se levantó animado. Tenía una entrevista en un pueblo a tres horas de Mendoza. Podría volver por la noche. Se fue con cara de esperanza. Yo le deseé suerte en serio. Que al fin le saliera algo. Que pudiéramos volver a respirar.

En el pub la mañana fue tranquila. Hacia las once llegó el americano. Pidió su primer gin tonic. Después el segundo. Cuando llegó al tercero, me llamó con un gesto discreto y puso los cien dólares sobre la barra. Me dio el número de su habitación y me dijo que lo esperara si salía a las dos.

Escuché todo sin moverme. Después dije que sí.

***

Pasé la hora más larga de mi vida esperando que llegaran las dos.

Salí del pub con las piernas sin firmeza. Me detuve en la vereda y lo pensé una vez más. Cien dólares de un hombre que me parecía atractivo, o saldar la deuda con don Héctor de la manera que él insinuaba. La segunda opción no era opción. Era otra cosa sin nombre decente.

Caminé al hotel.

En recepción pregunté por la habitación. Me dejaron pasar sin hacerme preguntas. Subí en el ascensor. Golpeé la puerta.

Él abrió desnudo. No dijo nada de entrada.

Dudé un segundo en el umbral. Me dijo que entrara, que no me quedara en el pasillo. Crucé. Me señaló el billete sobre la mesa de noche y me dijo que me desnudara.

Tomé el dinero. Lo guardé en la cartera. Pensé en irme igual. Pero él sabía dónde trabajaba, y yo sabía que si salía corriendo así no podría volver al pub. Empecé a desabotonarme la camisa.

Mientras lo hacía, lo vi tumbado en la cama, tocándose. Lo que tenía era grande incluso flácido. A medida que se endurecía entendí la diferencia real. Rodrigo tiene un tamaño normal. Mis ex novios también. Este hombre era otra categoría.

Me dijo en un español apenas entendible, con el acento americano pesado encima de cada sílaba:

—Venir. Sentar. Chupar.

Debería haberme parecido ridículo. No me pareció ridículo. Me senté a su lado en la cama y empecé. Tener ese tamaño en la boca hizo algo que no esperaba: me excité. No estaba actuando. Mi cuerpo decidió solo, sin pedirme permiso.

Me pidió que buscara un preservativo en el cajón y se lo pusiera. Nunca lo había hecho con otro hombre que no fuera Rodrigo. Abrí el envoltorio con cuidado y lo coloqué lo mejor que pude. Después me señaló encima de él.

Me acomodé despacio. Sentir el largo y el grosor entrar fue un impacto físico real, no metafórico. Llegué antes de que él terminara de acomodarse del todo. Un orgasmo que no esperaba, que me sacó un sonido que no pude controlar.

Pareció gustarle. Me agarró de la cadera, me cambió de posición, y empezamos de nuevo. El morbo de estar ahí, en ese cuarto de hotel, haciendo eso a cambio de dinero, traicionando a Rodrigo por primera vez en cinco años de relación, hizo que llegara de nuevo antes de que yo misma me diera cuenta.

***

Cuando parecía que todo iba a terminar, habló otra vez.

—Doscientos dólares más. Tu culo.

Debería haber dicho que no. Dije que sí. Quería el dinero y, aunque no lo admití en ese momento, quería saber.

Primero usó los dedos. Después, sin pausas largas, empezó. La diferencia de tamaño que ya había sentido antes se multiplicó de otra manera completamente distinta. Fue intenso al principio, demasiado. Él notó que me costaba y eso, lejos de frenarlo, pareció encenderlo más. No tuvo ninguna consideración.

Durante unos minutos solo sentí la tensión y el esfuerzo de mi cuerpo por adaptarse. Después algo cambió. El dolor fue cediendo y en su lugar apareció algo que no supe nombrar bien en ese instante. Un calor diferente, más profundo. Empecé a moverme yo también, sin que nadie me lo pidiera.

Llegué. Después otra vez. Me cambió de posición, boca arriba, con mis piernas sobre sus hombros, y seguimos. En algún momento me escupió en la cara. Nunca ningún hombre había hecho eso. No supe qué sentir. Mi cuerpo tampoco supo y llegué de nuevo.

Cuando terminó, lo hizo fuera. Me señaló el baño con un gesto y dijo:

—Vestirte e irte.

Me limpié con papel del baño. Me vestí. Me entregó los doscientos dólares adicionales sin ceremonia, como quien salda una cuenta cualquiera. Cambié solo cien en la casa de cambio de la esquina. Los otros cien los guardé doblados en el fondo de la cartera.

Tomé un taxi al almacén. Don Héctor me cobró con cara de quien espera otra cosa. Puse los billetes sobre el mostrador. Vi la frustración cruzarle la cara y me fui sin decir nada más de lo estrictamente necesario.

En casa me duché con agua caliente durante mucho tiempo. Después me senté en la cocina a tomar mate, sola, mientras la nena dormía la siesta en brazos de mi suegra en la otra habitación.

Rodrigo llegó esa noche. No había conseguido el puesto. Se acostó a mi lado sin hablar mucho. Apagó la luz.

Esa noche, además de desempleado, se convirtió en lo que nunca supo que era.

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Comentarios (5)

SilvinaR

Que historia... me dejo pensando un buen rato. Muy bien escrito, se siente autentico.

Rolando_Cba

Tremendo relato, de los mejores que lei en este sitio. Espero que haya segunda parte!

MirnaRosario

Gracias por animarte a contar algo tan personal. Se nota que fue real.

Marcos_C

buenisimo!!!

Valentina_N

Me recordo a una epoca dificil que pase yo tambien. La necesidad te lleva a lugares que nunca imaginaste. Muy valiente de tu parte compartirlo.

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