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Relatos Ardientes

Mi amante de Facebook: la noche que no esperaba

Todo empezó con una solicitud de amistad en Facebook. El nombre era Rodrigo, y cuando entré a su perfil vi que teníamos varios amigos en común. Estaba guapo en las fotos —cabello oscuro, sonrisa amplia, ese tipo de hombre que uno mira dos veces sin querer— así que acepté sin pensarlo demasiado. Al principio solo le daba «me encanta» a mis publicaciones, reaccionaba a mis fotos, nada que llamara la atención.

Hasta que un martes por la noche me llegó un mensaje. Solo decía «hola». Le contesté, y de ese intercambio tan simple nació algo que no esperaba.

Rodrigo es arquitecto, vive en la misma ciudad que yo y trabaja en la capital entre semana. Los dos teníamos vidas parecidas: rutinas largas, matrimonios estables y esa sensación de que algo faltaba sin saber exactamente qué. Hablábamos de trabajo, de música, de las cosas que uno solo cuenta a quien no conoce del todo. Me hacía reír. Era respetuoso en cada mensaje, nunca se propasó. Y eso, paradójicamente, fue lo que me fue ganando.

Meses después me propuso que nos viéramos. Dijo que nunca había tenido un encuentro así, fuera del matrimonio. Yo le creí tanto como cualquiera se cree esas cosas. Le dije que no, que los dos éramos casados, que apenas nos conocíamos en persona. Insistió con paciencia, sin presionar demasiado, hasta que un día le dije que sí.

***

La oportunidad llegó con las fiestas del pueblo en octubre. Ese año vino a cantar Yuridia a la arena principal, y yo llevaba meses queriendo verla en vivo. Armé el plan con mis amigas de siempre: concierto, copas, noche fuera. El pretexto perfecto. A mi marido le dije que iría con ellas y no puso ninguna objeción. Me dio para bebidas, me dio un beso en la frente y volvió a su partido de fútbol.

Antes de salir de casa pasé más de una hora frente al espejo. Me puse un vestido negro con un escote que no dejaba duda de mis intenciones: sin brasier, solo unas pezoneras, una tanga y nada más. En el bolso metí lo de siempre: preservativos, un juego de lencería de repuesto y mi lubricante. Lo había planeado con más detalle que cualquier reunión de trabajo.

El concierto fue increíble. Canté a todo pulmón, bailé con mis amigas, tomé más de lo que debía. Mientras lo hacía, Rodrigo y yo nos mandábamos mensajes para coordinar cómo encontrarnos sin que nadie sospechara. Cada vez que vibraba el teléfono sentía ese nudo en el estómago que no era miedo ni arrepentimiento. Era otra cosa.

Salimos cerca de la una y media. En el estacionamiento mis amigas se despidieron; sus parejas habían ido a recogerlas. Yo les dije que tenía la camioneta, que llegaría sola. Cuando el último auto se alejó, le marqué a Rodrigo.

***

Estaba esperándome junto a la salida lateral de la feria. Cuando lo vi en persona por primera vez pensé que las fotos le hacían poca justicia. Era más alto de lo que imaginaba, más fornido. Olía bien, un perfume que reconocería en cualquier parte.

Nos dimos un beso en el cachete, como si fuéramos viejos conocidos que se reencuentran por casualidad. Luego me miró y algo cambió en su cara. Me tomó de la mano, me acercó y me besó de verdad. Uno de esos besos que se sienten en todo el cuerpo, que te quitan el aire y te hacen olvidar que estás en un estacionamiento iluminado con letreros de cerveza.

Dejamos su coche estacionado y nos fuimos en mi camioneta. Paramos en el Oxxo de camino: tequila, refresco, hielo. Él bajó primero, me abrió la puerta, me abrazó mientras esperábamos en la fila. Compró también unos cigarros que yo le pedí y no me dejó pagar.

El motel Las Magnolias quedaba a diez minutos. Una de esas construcciones con entrada discreta, cortinas en los estacionamientos y habitaciones que tienen de todo. Cuando nos preguntaron por cuánto tiempo, lo miré.

—Hasta el amanecer —dije yo.

Rodrigo pagó sin parpadear.

***

Antes de entrar al cuarto, bajó la cortina del estacionamiento y me abrió la puerta de la camioneta ofreciéndome la mano. Tomó las bolsas con una mano y con la otra me rodeó la cintura. Cuando llegamos a las escaleras, dejó todo en el suelo, me levantó en brazos sin decir nada y me subió así, con mis brazos alrededor de su cuello y mi cara enterrada en su cuello.

Me depositó despacio sobre la cama y me miró desde arriba. Yo lo devolví la mirada sin moverme. Luego se levantó, sirvió dos tequilas y me alcanzó el vaso.

Estuvimos un rato hablando, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Del concierto, de nuestras semanas, de lo raro que es estar con alguien que solo conoces por pantalla. Yo seguía abriendo mi escote sin darme cuenta, o quizás sí me daba cuenta. Cuando me terminé el tercer tequila, me levanté, me senté en sus piernas y lo besé.

Sus manos tardaron un momento en moverse. Primero me rodearon la cintura, luego subieron despacio por mi espalda. Yo tomé una de ellas y la metí dentro de mi escote. No hizo falta decirle más.

***

Me puso de pie frente a él y me bajó el vestido por los hombros hasta que cayó al suelo. Me quedé en tanga y tacones. Me miró durante unos segundos que me parecieron eternos. Luego se agachó y comenzó a besarme los pezones. Tenía una boca que sabía lo que hacía: presión justa, calor, sin apuro.

Le quité la camisa, le besé el pecho. Nos fuimos moviendo hacia el potro del cuarto. Cuando le bajé el pantalón y lo vi en boxers, entendí que la noche iba a tener su propio ritmo. Era enorme, más de lo que me había imaginado en los meses previos. Por un momento dudé de mis propias capacidades.

Me acomodó sobre el potro, se arrodilló detrás de mí y corrió la tanga a un lado. Primero los dedos, lentos y precisos. Después la lengua. Sabía exactamente dónde ir y cómo hacerlo, alternando entre mi clítoris y el interior con una paciencia que me sacaba de quicio. Le pedía más sin avergonzarme. Me lo daba. Cuando llegué al orgasmo, él no paró: siguió moviéndose mientras yo apretaba contra su boca y temblaba de arriba abajo.

Cuando me calmé, lo hice sentar en el potro y me arrodillé frente a él. Empecé por la cabeza, luego los lados, después sus testículos. Era tan grande que mis dos manos juntas apenas lo abarcaban y aun así sobraba tramo. Él me tomó del cabello con suavidad y me fue guiando. Cuando llegó hasta mi garganta, mis ojos lagrimearon solos, no de dolor sino de esfuerzo. Lo apretó entre mis pechos un momento y me dijo que se veían más grandes en persona que en las fotos.

Saqué un preservativo del bolso, me lo puse entre los labios y se lo coloqué así. Solo la mitad; el resto lo terminó él.

Me senté sobre él despacio, centímetro a centímetro, dejando que mi cuerpo se acomodara. Cuando lo tuve adentro del todo, me quedé quieta un instante, respirando. Luego empecé a moverme.

Él apretaba mis pechos, me besaba el cuello, me decía cosas al oído que preferí no grabar en la memoria para no pensarlas después en casa. Cambié de posición varias veces. Me recosté contra su pecho con las piernas apoyadas en sus rodillas y me cogió desde abajo, sin prisa, con esa profundidad que hace que todo lo demás deje de importar. El segundo orgasmo llegó aferrada a sus antebrazos.

***

Nos recostamos un rato. Él sirvió más tequila, yo encendí un cigarro. Hablamos poco. Cuando me levanté para ir al baño llevé mi bolso conmigo.

Tardé diez minutos. Salí con un bralette negro de encaje, una tanga a juego, un liguero, medias y las plataformas puestas. Me paré junto a la puerta y lo miré.

Rodrigo dejó el vaso en la mesita despacio y se levantó. Se arrodilló frente a mí, me ofreció la mano y cuando estuvo de pie me besó de una manera distinta a las anteriores. Más despacio. Más intencional.

Lo llevé al potro, lo hice sentar y me puse a caminar alrededor de la cama sin apuro, como si tuviera el tiempo que no tenía. Cuando vi que ya no podía esperar más, me apoyé sobre el potro con las palmas de las manos, le di la espalda y le dije que abriera un condón nuevo.

Antes de usarlo me hizo uno de esos sexos orales que borran el pensamiento. Luego me preguntó si creía que podría aguantar todo eso por detrás. Le dije que había que averiguarlo.

Empezó con los dedos, con paciencia, usando el lubricante que yo había traído. Pasó tiempo así, alternando entre mi vagina y mi ano hasta que me acomodé del todo. Después me preguntó si quería los dos a la vez. Le dije que sí.

Lo que siguió fue la experiencia más intensa de esa noche. Introdujo mi dildo despacio mientras yo apretaba las sábanas, luego se colocó en mi vagina con el preservativo puesto y empezó a moverse. La sensación de estar llena de esa manera, de sentir cada movimiento duplicado, me borró cualquier pensamiento coherente. Solo existían mis dedos clavados en la tela, su mano en mi cadera y el sonido de nuestros cuerpos que no me dejaba fingir que era una persona sensata.

Le pedí que no parara. Mi tercer orgasmo llegó como una ola larga que empujaba hacia afuera sin que pudiera controlarlo. Él siguió moviéndose hasta que me dijo que ya no aguantaba. Le pedí que se saliera, le quité el preservativo y me arrodillé frente a él. Se vino sobre mi cara y mi pecho con la intensidad de alguien que lleva demasiado tiempo aguantando.

***

Nos metimos juntos a la ducha. Me talló la espalda, me secó con palmadas suaves, me cargó hasta la cama y me ayudó a recoger todo lo que había sacado del bolso. Cuando nos estábamos vistiendo, eran casi las cinco de la mañana.

Caminamos hasta su coche hablando de nada importante. En la despedida me dio un beso en la frente.

—Valió la pena esperar —dijo.

No le respondí porque no tenía nada que agregar. Tenía razón.

Tres años después de esa noche, Rodrigo sigue siendo parte de mi vida. Nos vemos cuando podemos, con la discreción de siempre. Sabe más de mí que muchas personas que me conocen desde la infancia, y sin embargo seguimos sin saber dónde vive el otro. Es un acuerdo tácito que los dos respetamos. Hay cosas que funcionan precisamente porque tienen límites claros.

Si alguien me pregunta si me arrepiento, la respuesta honesta es que no. No de esa noche, ni de las que vinieron después.

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Comentarios (6)

Rebe2024

increible!!! quede con la boca abierta al final

Carlos_BA

me recordo a una historia que viví hace años... los comienzos en redes tienen algo que no se puede explicar

PabloMdQ

Por favor una segunda parte! necesito saber que paso despues

VeroBA

Muy bien escrito, se siente real sin pasarse. De esas historias que uno no puede dejar de leer hasta el final.

marioR77

jajaj dos de la mañana en un motel... eso ya dice todo sobre como termino la noche

Lula_87

excelente!! sigue subiendo mas relatos asi

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