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Relatos Ardientes

Lo que descubrí en la fiesta de fin de año

La finca de don Edmundo quedaba a cuarenta minutos de la ciudad, perdida entre viñedos y pinos que olían a resina mojada. Organizaba una cena de fin de año cada diciembre, y ese año nos había invitado a nosotros: mi marido, su hermano Rodrigo y la mujer de Rodrigo, Beatriz. Mi marido fue antes con ellos para ayudar con los preparativos. A mí me tocaba recoger a Carmen.

Carmen trabajaba como asistente en la empresa de mi marido y de su hermano. Era inteligente, divertida y tenía una manera de mirarte que hacía que se te olvidara dónde estabas. La idea de ir con ella a solas en el coche me resultaba más que agradable: llevábamos algunos meses con un juego entre las dos que ninguna nombraba, pero que ambas entendíamos perfectamente.

Cuando llegué a su edificio la llamé desde el portal. Me dijo que subiera, que todavía no estaba lista. La forma en que lo dijo hizo que subiera las escaleras más rápido de lo necesario.

Carmen abrió la puerta con un vestido negro de tirantes que apenas le llegaba a mitad del muslo. Se veía que debajo no llevaba sujetador. Me invitó a pasar y mientras hablábamos sentadas en el sofá yo no podía dejar de mirar la línea de su escote. No tuve fuerzas para fingir que no lo hacía.

Me acerqué, puse una mano sobre su pierna y la besé. Ella no se sorprendió. Respondió con la boca abierta y los dedos en mi nuca.

Tiré de uno de los tirantes y le liberé un pecho. Lo tomé con la mano mientras la seguía besando, luego bajé la boca hasta su pezón y lo mordí despacio. Ella soltó un suspiro largo que llenó el silencio del apartamento.

Deslicé una mano por debajo del vestido. Confirmé lo que ya sospechaba: no llevaba ropa interior. La toqué despacio, sintiendo cómo respondía, y le pregunté al oído:

—¿Te has vestido así para alguien en especial?

—Para nadie en concreto —respondió entre jadeos—. Pero la noche es larga y seguro aparecen oportunidades. Si andas atenta, tú también las tendrás.

Me arrodillé frente a ella, le subí el vestido hasta la cintura y abrí sus piernas con las manos. Ella no opuso resistencia. Metí la lengua y comencé a lamerla con calma, aprendiendo su ritmo, notando cómo se tensaba con cada movimiento preciso. Apoyó la mano en mi cabeza, sin apretar, solo para tenerme cerca.

—Así —murmuró—. No pares, Laura.

La seguí hasta que se corrió. Tenía los muslos temblando y los ojos cerrados. Nos quedamos quietas un momento, recuperando el aliento.

—Ahora me toca a mí —dijo.

Se arrodilló, abrí las piernas y ella introdujo la lengua. Sus movimientos eran precisos y conocidos: sabía exactamente dónde y cómo. Me corrí en minutos, con la espalda arqueada y los dientes apretados para no hacer ruido.

Nos miramos y nos reímos. Después recogimos lo que había que recoger, nos arreglamos el pelo y el maquillaje, y salimos hacia la finca.

***

Cuando llegamos, los demás invitados ya llenaban el salón principal. Había una marquesina de cristal con mesas largas, flores blancas y una banda tocando jazz. Mi marido se reunió conmigo en la entrada y me presentó a la anfitriona, una mujer de unos sesenta y tantos con aspecto impecable y porte de quien lleva décadas acostumbrada a que la gente le preste atención. A su lado estaba su hija Diana: alta, morena, con el pelo recogido y una seguridad en la mirada que te hacía preguntarte quién era en realidad. En la familia la llamaban la Heredera.

La fiesta avanzó bien hasta que mis zapatos comenzaron a hacerme daño. Había guardado unos más cómodos en la bolsa que teníamos en la habitación reservada, un edificio pequeño separado del salón principal. Aproveché una pausa en la música y fui a buscarlos.

La habitación estaba al final de un pasillo largo. Cuando abrí la puerta del apartamento, oí voces femeninas en el salón contiguo. Me detuve. La puerta estaba entreabierta y la curiosidad pudo conmigo.

Beatriz, la mujer de Rodrigo, estaba de pie frente a Diana. Las dos en ropa interior, muy juntas. Beatriz llevaba algo negro con encaje. Diana, blanco. Mientras las miraba, cada una le desabrochó el sujetador a la otra.

—¿No es muy arriesgado? —preguntó Beatriz en voz baja.

—Nadie va a venir —respondió Diana—. Están todos con el champán.

Se besaron en la boca, lento. Beatriz bajó los labios al cuello de Diana, luego a sus pechos. Diana apoyó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados. Mi cuñada chupó sus pezones con cuidado, tomándose tiempo, y luego se puso de rodillas en el suelo.

Diana se sentó en el sofá y abrió las piernas. Beatriz llevó la boca hasta ella y comenzó. Diana agarró el borde del cojín con una mano y contuvo el aliento.

—Jefa —murmuró Beatriz—, quiero rendirte pleitesía.

—Entonces no pares —respondió Diana.

Debía de ser una especie de código entre ellas. Diana echó los hombros hacia atrás y se relajó por completo, dejándose llevar. Beatriz trabajó con la boca hasta que Diana se corrió, con un gemido que amortiguó apretando el puño contra los labios.

Después Diana se levantó y fue hacia su bolso. Sacó un juguete de silicona y un arnés de cuero. Lo observé sin entender del todo al principio, pero era fácil deducir para qué servía. Se lo cedió a Beatriz, que se lo puso sin dudar, ajustándose las correas con la tranquilidad de alguien que no lo hace por primera vez.

Diana le pasó la lengua por el juguete con deliberada lentitud, mirándola a los ojos. Luego se puso a cuatro patas sobre el sofá, apoyada en el respaldo, con la espalda arqueada hacia Beatriz.

—Ahora sé mi marido —dijo.

Beatriz se colocó detrás de ella y entró despacio. Diana absorbió el golpe con un jadeo profundo y cerró los dedos sobre el tejido del sofá. Beatriz comenzó a moverse, con un ritmo firme que hacía que Diana se inclinara hacia delante con cada empuje.

—Cariño —susurró Diana—, así. Exactamente así.

Me alejé de la puerta antes de que terminaran. Busqué mis zapatos a tientas, me los cambié y regresé al salón por el mismo camino que había venido, sin hacer ruido.

***

Poco después, Beatriz y Diana aparecieron en el salón de nuevo, cada una por un lado distinto. Charlaron con otras personas. Nadie hubiera dicho nada.

La velada terminó tarde. Los invitados que habían venido en autobús desde la ciudad se marcharon. Beatriz se fue con ellos, alegando que tenía cosas que hacer al día siguiente. Rodrigo se quedó en la finca, igual que nosotros: al día siguiente había una reunión de trabajo con don Edmundo y Diana.

Mi marido se quedó dormido en cuanto apoyó la cabeza en la almohada. Respiración lenta, regular, sin sospechas.

Yo no podía. Lo que había visto daba vueltas en mi cabeza. Quería contárselo a alguien, y la única persona que entendería era Carmen. Me puse una bata, salí del cuarto con cuidado y caminé hacia su habitación, al otro extremo del pasillo.

Antes de llamar oí algo. Me detuve. Agudizé el oído. La llave no estaba puesta en la cerradura.

Me agaché y miré por el hueco.

Carmen estaba sentada en la cama, completamente desnuda. A su lado, de pie, con la camisa desabotonada y nada más, estaba Rodrigo. Tenía la polla dura y Carmen no le quitaba los ojos de encima.

—¿Quieres que te la ponga entre las tetas? —le preguntó ella.

Él no respondió. Solo acercó las caderas. Ella juntó los pechos alrededor de él y comenzó a moverse. Rodrigo cerró los ojos y dejó escapar un sonido grave.

—Estás increíble, Carmen —dijo entre dientes.

—Tu mujer también lo está —respondió ella con una sonrisa.

—Qué va. Llevamos meses sin tocarnos.

Tuve ganas de reírme allí en el pasillo oscuro. Lo que Rodrigo no sabía sobre su mujer en ese momento hubiera llenado varias páginas.

Carmen soltó su polla de entre los pechos y lo empujó suavemente hacia la cama. Él se tumbó. Ella se arrodilló a un lado, bajó la cabeza y se la metió en la boca. Comenzó a moverse arriba y abajo con cadencia lenta. Rodrigo puso una mano sobre el cabecero y la otra en la sábana, apretando el tejido.

—Acertamos cuando te contratamos —dijo entre jadeos—. Lo haces todo bien.

Me pareció un comentario torpe que ignoraba lo más evidente de ella, pero Carmen no pareció ofenderse. Siguió con lo suyo hasta que él le pidió que parara.

Ella se subió encima, lo colocó en la entrada y se fue bajando despacio, muy despacio, hasta sentarse por completo. Comenzó a moverse. Rodrigo agarró sus caderas y cerró los ojos.

—Así —murmuró—. No te muevas tan rápido. Quiero que dure.

Ella obedeció. Marcó el ritmo ella, controlando cada movimiento, y Rodrigo parecía incapaz de decir nada coherente. Después de un rato cambiaron de postura: él se colocó detrás, de lado, con el cuerpo pegado a su espalda. Le levantó una pierna y entró de nuevo. Con una mano le acariciaba el vientre mientras se movía.

—¿Cómo es posible que todavía no tuvieras pareja? —le preguntó.

—Porque no me hacía falta —respondió ella.

Sus gemidos crecían. Me aparté de la cerradura y emprendí el camino de vuelta a mi habitación antes de que llegaran al final.

***

Caminé por el pasillo sin encender las luces. Mi marido seguía durmiendo, con la respiración lenta y regular, sin haber movido ni un dedo desde que me fui.

Me metí en la cama y me quedé mirando el techo.

En una sola noche, en esa finca perdida entre pinos, había visto a Beatriz hacer lo que jamás imaginé que haría, había visto a Carmen con mi cuñado, y yo misma había empezado la noche de rodillas frente a una mujer que no era mi marido.

Pensé en todo eso durante un buen rato. Después cerré los ojos y me permití sonreír en la oscuridad.

Don Edmundo organizaba unas fiestas excelentes.

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Comentarios (6)

Gochita2022

que bueno!!! me encanto

NocheExtraña

El titulo me atrapo desde el principio y no me decepciono para nada. Muy bien narrado, se siente autentico.

MarcelaF_Cba

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues en la finca con esas personas jajaja

Lorena_Mdq

Me recordo a una fiesta que fui hace unos años donde tambien hubo sorpresas... digamos que la noche termino muy diferente a como empezo jeje. Muy bueno el relato!

nocturno_44

La forma en que construis la tension al principio es lo que mas me gusto. No arranca de golpe sino que va de a poco. Eso se agradece.

Pulpo_lector

"nadie era quien aparentaba ser" jajaja eso describe a la mitad de las fiestas de fin de año que conozco

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