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Relatos Ardientes

La noche que descubrí quién manda realmente en casa

Me llamo Rodrigo y, hasta hace poco más de un año, era el tipo de hombre que otros respetaban. Buen trabajo, buena presencia, gimnasio tres veces por semana. Mi esposa Valeria era la mujer que todos miraban cuando entraba a un lugar, esa clase de mujer que hace que los hombres se queden con la vista clavada en su espalda y luego la aparten cuando uno los mira.

Todo se rompió en una cena de empresa.

Éramos un grupo grande, quince o veinte personas de la oficina, en un restaurante que habían reservado para el cierre del trimestre. Yo estaba hablando con el jefe de contabilidad cuando me di cuenta de que Valeria había desaparecido. No llevaba ni diez minutos sin verla. La busqué por el salón, pregunté a los que tenía cerca. Nadie la había visto salir.

La encontré en el pasillo trasero que daba a los baños.

Bruno, el encargado de mantenimiento del edificio donde trabajábamos, la tenía apoyada contra la pared. Era un tipo sin nada llamativo: cara ordinaria, cuerpo delgado, varios años mayor que yo. Tenía la mano metida por debajo de la falda de Valeria, con dos dedos hundidos hasta el fondo del coño de mi mujer, moviéndolos con una lentitud brutal que se escuchaba en el ruido húmedo que hacía cada vez que los sacaba y los volvía a meter. Valeria tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, la boca entreabierta, y de la garganta se le escapaba un gemido finito, ahogado, que reconocí al instante como el gemido que ella solo hacía cuando estaba a punto de correrse. Las bragas se las había apartado a un lado, no bajado. Un detalle práctico, de quien lo ha hecho muchas veces.

Me quedé paralizado dos o tres segundos. Luego di un paso hacia ellos.

Bruno fue más rápido. Sacó los dedos del coño de Valeria con un tirón húmedo que quedó colgando en el aire, se los llevó a la boca sin apartar la vista de mí, y los chupó despacio, con un gesto tranquilo, como quien prueba una salsa. Se apartó de Valeria, se puso entre ella y yo, y antes de que yo pudiera decir una sola palabra me dio un empujón con el pecho que me lanzó contra la pared de enfrente. No fue un golpe elegante. Fue la clase de empujón que viene de alguien que no le tiene miedo a nada.

—Tranquilo —me dijo, en voz baja, casi aburrido—. No montes una escena aquí.

—Apártate —le respondí, temblando.

—Rodrigo, por favor —intervino Valeria desde atrás, con una voz que no reconocí. No era vergüenza lo que escuché. Era algo parecido al miedo, pero no miedo a que yo los hubiera descubierto. Miedo a que yo arruinara algo que ella no quería que se rompiera.

Bruno me miró con una calma que me resultó más humillante que cualquier insulto. Luego se acomodó el bulto que le tensaba el pantalón sin ningún disimulo, se pasó una mano por el pelo y volvió al salón sin prisa, como si nada hubiera pasado.

***

El camino a casa fue en silencio. Yo conducía mirando la carretera y Valeria iba con la vista en la ventana, con las piernas cruzadas de una manera que dejaba claro que todavía estaba mojada, apretándolas. Llegamos, entramos, y entonces sí le pregunté. Le pregunté cuánto tiempo llevaba, cuántas veces había sido, qué tenía ese hombre que no tuviera yo.

Tardó un momento en responder.

—No es lo que tú tienes o no tienes —dijo al final—. Es diferente. Contigo todo es cariño, todo es romántico, todo es suave. Con él es otra cosa.

—¿Qué cosa?

—Manda —dijo, como si eso lo explicara todo—. Y yo necesito eso. Necesito a alguien que me agarre del pelo, que me abra las piernas sin pedir permiso, que me folle como si fuera suya. Contigo hago el amor, Rodrigo. Con él me follan. Y hay una diferencia, y la diferencia importa.

Se le quebró un poco la voz al decirlo, pero no lo dijo para hacerme daño. Lo dijo como quien reconoce en voz alta un hecho fisiológico que ya no puede seguir callándose.

Le dije que nunca más lo viera. Ella asintió con la cabeza baja. Yo le creí.

***

Tres semanas después le revisé el teléfono mientras dormía.

Los mensajes eran explícitos. Fotos que ella le había enviado, posando en ropa interior con ese teléfono que yo le había regalado por su cumpleaños, mirando a la cámara con una expresión que yo nunca le había visto conmigo. En una estaba de rodillas frente al espejo del baño de casa, con las tetas fuera del sujetador y dos dedos separándose los labios del coño. Debajo había escrito: «Todo esto esperándote». En otra se veía la polla de Bruno hundida hasta la base en su boca, con el reflejo de la cara de ella en el mismo espejo, los ojos llorosos y el pintalabios corrido. El pie de foto era de él: «Mi mujercita». Audios de voz de dos minutos donde ella le describía en susurros lo que quería que le hiciera la próxima vez, palabra por palabra, en un lenguaje que yo nunca le había escuchado. Planes concretos. No era una aventura de una noche. Era algo que llevaba meses construyéndose.

La desperté. Hubo más llanto que la primera vez, más explicaciones que no me ayudaron a entender nada. Y al final, cuando ya no quedaban más palabras, me dijo algo que se me quedó grabado para siempre:

—No sé si puedo dejarlo. Mi cuerpo ya no me obedece como antes cuando estoy con él. Se me corre solo con que me mire.

No dormí esa noche. Ni la siguiente. Pero en algún lugar entre el dolor y el insomnio empecé a notar algo que no quería admitir: que pensar en ellos me encendía de una manera que me daba asco reconocer. Me la cascaba en el baño imaginándome la polla de Bruno metiéndose en el coño de mi mujer, y me corría más rápido y más fuerte que en años.

***

Las conversaciones siguientes fueron largas. Valeria era honesta, más honesta de lo que yo hubiera querido. Me contó detalles que no le había pedido, y yo los escuché todos porque no podía dejar de escucharlos. Me contó cómo la había follado la primera vez, contra la fotocopiadora de la oficina, con la falda subida hasta la cintura y una mano tapándole la boca para que no gritara. Me contó cuántas veces la hacía correrse en una tarde. Me contó que había aprendido a tragar por él. Al final de todo, después de días que parecían semanas, llegamos a un acuerdo que no tenía nombre.

Yo aceptaría. Ella seguiría. Y todo pasaría en casa, con mis ojos abiertos, sin mentiras ni escondites.

No sé si llamar a eso dignidad o a su contrario. Solo sé que lo acepté, y que algo en mí se asentó cuando lo hice.

***

Bruno empezó a venir los viernes por la tarde.

La primera vez llamó al timbre. Las siguientes, Valeria le dejó la llave bajo el felpudo. Llegaba directo del trabajo, con la ropa de faena y ese olor a metal y sudor que a Valeria le gustaba más que cualquier perfume caro. Entraba por la puerta de mi casa como si fuera la suya, se quitaba los zapatos en el recibidor y buscaba a Valeria con la mirada, con esa calma de quien sabe que lo están esperando.

Yo casi siempre estaba en el estudio intentando concentrarme en algo. Y sin embargo escuchaba. Escuchaba el crujido del sofá, la respiración pesada de Bruno, los gritos que Valeria soltaba sin ningún pudor cuando él la penetraba de golpe. Escuchaba las órdenes cortas: «gírate», «abre más», «cállate y traga». Y escuchaba también el chapoteo húmedo, largo, metódico, de una polla muy grande entrando y saliendo del coño de mi mujer durante horas.

Un viernes de octubre cambió todo. Entró, me vio en el sofá del salón con unos informes encima de la mesa, y en vez de ignorarme como de costumbre, se paró en medio de la habitación y me miró directamente.

—Trae una cinta métrica —me dijo.

Valeria bajó las escaleras en ese momento, descalza, con un vestido de tirantes que dejaba adivinar que no llevaba nada debajo. Los pezones se le marcaban duros contra la tela fina. Se fue directa a él, lo abrazó por la cintura, y me miró a mí con una sonrisa tranquila mientras le besaba el cuello y le apretaba con la mano el bulto por encima del pantalón.

—Trae la cinta de la caja de herramientas —repitió Bruno, sin alzar la voz, sin apresurarse.

Fui a buscarla. No sé bien por qué lo hice sin protestar. O sí lo sé, pero no me resulta fácil escribirlo.

Cuando volví al salón, Bruno estaba sentado en mi sillón, el que yo había elegido hace cuatro años y que nadie más usaba porque a todos les parecía demasiado grande para el espacio. Valeria estaba de rodillas entre sus piernas, con el vestido subido hasta las caderas y el culo al aire, y ya le tenía la bragueta abierta y la polla fuera. Se la estaba lamiendo despacio desde la base hasta la punta, con la lengua plana, mientras me miraba llegar con una expresión que mezclaba burla y una ternura extraña y desconcertante.

—Ven aquí —dijo Bruno.

Me acerqué.

Valeria se apartó un poco y le sujetó la polla en la mano, sosteniéndola en alto para que yo la viera de frente. Lo que vi me dejó sin aire. No era la primera vez que lo veía, pero la segunda vez no fue más fácil. Era obsceno. Oscuro, grueso, con las venas marcadas y el glande hinchado, brillando por la saliva de mi mujer. Una polla que no cabía entera en la mano pequeña de Valeria. Un cojón lleno y pesado colgándole debajo.

—Mide —ordenó.

Valeria me extendió la cinta y me miró con esa expresión que ya había aprendido a leer: mezcla de burla genuina y curiosidad por ver hasta dónde iba a llegar yo. Ella misma se encargó de sujetarle la polla firme mientras yo apoyaba el cero de la cinta contra el hueso de la pelvis de Bruno. La mano me temblaba. La verga me pasó por al lado de los dedos, caliente, pesada, con un latido propio.

—Dilo en voz alta —dijo Bruno.

Lo dije. Veintidós centímetros de largo. Diecisiete de circunferencia.

—Ahora ya sabes con qué compites —me dijo Bruno, y soltó una risa breve, sin crueldad innecesaria, como si estuviera dando un dato objetivo sobre el tiempo que iba a hacer ese fin de semana.

Valeria me quitó la cinta de las manos y la enrolló despacio.

—No es una competencia, cariño —me dijo a mí—. Eso es exactamente lo que tienes que entender.

Y sin apartar la vista de la mía, abrió la boca y se metió la polla de Bruno hasta el fondo de un solo movimiento, hasta que la nariz le chocó contra el vientre de él y la garganta le hizo un ruido ahogado. Se la sacó despacio, cubierta de saliva espesa, y volvió a metérsela. Otra vez. Otra vez. Sin dejar de mirarme.

***

Lo que pasó después duró más de dos horas.

No me dijeron que me fuera. Simplemente nadie me dijo que podía quedarme, y yo tampoco me fui. Me senté en el otro extremo del sofá y me quedé mirando.

Bruno la levantó del suelo por los brazos, le arrancó el vestido por la cabeza y la dejó desnuda en medio del salón. Le pellizcó los pezones hasta que ella soltó un quejido. Le metió tres dedos en el coño de golpe y los sacó chorreando, brillantes, y me los enseñó desde el otro lado del salón, levantándolos para que yo viera cómo goteaba mi mujer sin necesidad de más preámbulos. Después la puso a cuatro patas encima del sofá, con la cara apoyada en el brazo, y la penetró de una sola estocada larga, sin miramientos. Valeria gritó. No fue un grito de dolor, o no solo. Fue un grito de esos que salen del fondo del vientre, largo y grave, cuando algo entra donde tiene que entrar.

Bruno la folló así un buen rato, con las manos apretándole las caderas, embistiéndola con un ritmo constante que hacía chocar las nalgas de ella contra el vientre de él con un sonido húmedo y seco al mismo tiempo. La polla entraba entera cada vez, hasta la base. Se la sacaba solo un segundo, brillante hasta los cojones, y volvía a metérsela. El coño de Valeria se abría alrededor de él, obediente, empapado, tragándoselo entero.

—Míralo —le decía Bruno a ella de vez en cuando, señalándome con un gesto de la barbilla—. Que vea. Que vea cómo te la meto.

Valeria me miraba. Con la boca abierta, con los ojos entornados, con hilos de saliva colgándole de los labios. Esa mirada no era crueldad pura. Era algo más complicado, donde había ternura mezclada con todo lo demás, una ternura que casi dolía más que el resto.

—Rodrigo… —jadeaba—. Rodrigo, mira… mira cómo me llena… mira cómo me abre…

La cambió de posición. La puso boca arriba, con las piernas abiertas y las rodillas contra el pecho, y volvió a entrar. Desde ese ángulo yo veía todo. Veía la polla desaparecer entera dentro del coño de mi mujer, veía cómo el clítoris se le hinchaba cada vez más, veía cómo el pecho le subía y le bajaba, cómo los pezones se le ponían duros como piedras. Valeria se corrió dos veces en esa postura, y las dos veces gritó mi nombre. No el de Bruno. El mío. Como si me estuviera pidiendo perdón y presumiendo al mismo tiempo.

Yo miraba. No podía dejar de mirar. Y sin ni siquiera tocarme, empapado de sudor, con la polla apretada contra la tela del pantalón, sentí que se me escapaba a mí también un temblor largo y silencioso que ninguno de los dos vio.

***

Al final Bruno se recostó en el sofá con los brazos abiertos, la polla erguida y roja, brillante por completo con los jugos del coño de mi mujer, y le dijo a Valeria algo en voz muy baja. Ella asintió, se puso de pie con las piernas todavía temblorosas, y entonces me miró a mí.

—Ven —me dijo.

Me acerqué sin saber todavía qué me iban a pedir.

—Bruno necesita que lo limpies —me dijo Valeria, con una voz completamente neutra, como si me estuviera pidiendo que recogiera los vasos de la mesa.

Me quedé quieto.

—Con la boca —aclaró.

Hubo un momento largo en el que no supe qué iba a hacer. Bruno me observaba desde el sofá con los brazos cruzados detrás de la nuca, sin prisa, con la polla apuntando al techo. Valeria esperaba de pie junto a mí, desnuda, con los muslos manchados y un hilo blanco de semen empezando a asomarle entre los labios del coño.

Me arrodillé.

El olor me llegó primero. Un olor denso, mezcla del sexo de mi mujer y del sudor de otro hombre, un olor animal que me revolvió el estómago. Estiré la lengua y toqué la base de la polla. Estaba caliente, resbaladiza, empapada de los jugos de Valeria. El sabor me golpeó de lleno: fuerte, salado, con un amargor metálico que me subió hasta el paladar. Cerré los ojos y seguí. Lamí desde la base hasta la punta, despacio, siguiendo una vena gruesa que le recorría el lateral. Recogí con la lengua el semen espeso que se le había quedado colgando en la punta y me lo tragué. Abrí la boca y me metí el glande dentro. No cabía cómodamente. Me lo metí igual. Apreté los labios y empecé a chuparle, subiendo y bajando, limpiándole todo lo que mi mujer le había dejado encima.

Y algo que no quería admitir fue abriéndose paso mientras lo hacía: una calidez que me subía por el cuerpo, una sensación de rendición que no era humillación sino algo más parecido al alivio. Se me puso la polla dura dentro del pantalón. Dura como no la había tenido en meses.

—Míralo —le dijo Bruno a Valeria en algún momento—. Lo está disfrutando. Se le nota en la cara. Mira cómo se le empapa la boca al pobre.

Valeria me puso una mano en la cabeza, muy suave, como se le pone la mano a alguien que está pasando por algo difícil. Me apretó un poco los dedos en el pelo y me guio, marcándome el ritmo, hundiéndome un poco más cada vez.

—Así —dijo en voz baja—. Muy bien. Trágatelo todo, cariño. Que no quede nada.

Bruno soltó un gruñido corto, se corrió otra vez en mi boca sin avisarme, y yo tragué sin pensar, porque a esas alturas ya era la única salida decente que me quedaba. Valeria se agachó, me limpió con el pulgar una gota que se me había escapado por la comisura y se la llevó ella misma a los labios.

—Buen chico —susurró, y me besó en la frente.

***

Han pasado varios meses desde ese viernes de octubre.

Bruno sigue viniendo. Ya no solo los viernes. A veces aparece entre semana, y Valeria no siempre me avisa con antelación. Yo ya no me sobresalto cuando escucho la puerta. He aprendido a saber, por el sonido de los pasos en el recibidor, si soy yo quien puede quedarse en el salón o si me toca subir al estudio sin que nadie me lo diga.

Bruno es menos tenso conmigo que al principio. No es amabilidad, exactamente. Es la indiferencia de alguien que ya no tiene nada que demostrar ni a nadie que impresionar.

Valeria está bien. Más que bien. Tiene una ligereza en el gesto que antes no tenía, una forma de moverse por la casa que parece más suya, más entera. A veces, después de que Bruno se va, viene a buscarme al estudio con el coño todavía empapado, se sienta encima de mí en la silla de escritorio y me deja lamerla despacio, limpiándola, hasta que se corre otra vez en mi boca, apretándome la cabeza contra ella.

Y yo sigo aquí, encontrando en todo esto algo que aún no sé del todo cómo explicar, pero que ya no intento rechazar ni esconder. Soy el cornudo que acepta y que espera, y resulta que dentro de ese papel hay una forma extraña de paz que no encontré en ningún otro sitio.

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Comentarios(8)

RodriMDQ

tremendo relato, de los mejores que leí acá en mucho tiempo!!

Melina_sur

Por favor necesito una segunda parte, quedé con el corazón en la garganta

Pibe_del_sur

impresionante como captaste esa tension. Se siente real, eso es lo que diferencia los buenos relatos de los del monton

Caro_NQN

¿Esto pasó de verdad? Porque tiene demasiados detalles para ser inventado jaja

NicoDeviante

excelente!!! sigue subiendo

MarianaK22

Me gustó mucho el giro, no me lo esperaba para nada. Muy bien narrado.

Fabio_Tucuman

Hace rato que no me enganchaba tanto con un relato. Lo leí de un tirón y cuando terminé me quedé pensando en ese final. Hay que tener mucho talento para lograr eso con pocas palabras.

Luciana_Sur

Muy bueno, me dejaste con ganas de mas

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