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Relatos Ardientes

La inmobiliaria madura que no podía olvidar

Nunca había pensado en Clara de ese modo. Era la amiga de mi madre desde hacía veinte años, la mujer que aparecía en todas las cenas familiares con una botella de vino tinto y ese perfume denso que llenaba cualquier habitación. Tenía cincuenta y dos años, llevaba un anillo de casada en la mano izquierda y dirigía la inmobiliaria más activa del barrio. No era el tipo de mujer que uno se imaginaba en ese contexto. Pero hay miradas que no dejan lugar a la interpretación.

La primera vez que la vi diferente fue un sábado de octubre. Mis padres la habían invitado a casa para hablar de un apartamento que querían alquilar. Yo estaba en el salón, con los apuntes de derecho esparcidos por la mesa, fingiendo que prestaba atención a los textos cuando en realidad llevaba media hora mirando por la ventana.

Sonó el timbre.

—Ya abro yo —dije, y me levanté antes de que mi madre pudiera reaccionar.

Abrí la puerta y Clara estaba ahí, con unos pantalones negros ajustados que brillaban como si fueran de cuero, tacones bajos de punta fina y una blusa crema que dejaba intuir el encaje oscuro del sujetador. Se había cortado el pelo desde la última vez que la había visto, y el flequillo le caía sobre un ojo con esa estudiada indiferencia de las mujeres que saben exactamente cómo se ven.

—Hola, Marcos —dijo, y me dio dos besos. Sus labios rozaron mi mejilla más cerca de la comisura de lo estrictamente necesario—. Dios mío, cada vez que te veo pareces más adulto.

—Clara… —respondí, porque no se me ocurrió nada más inteligente.

Se rio. Tenía una risa baja, un poco ronca, de las que no piden permiso.

—¿Qué pasa? ¿Te ha comido la lengua el gato?

—No, es que… estás muy bien —dije, y en cuanto lo dije quise morderme la lengua.

Ella ladeó la cabeza y sonrió de una manera que no era exactamente la sonrisa que le ponía a mi madre.

—Gracias, cielo. Tú tampoco estás nada mal.

Pasó al interior contoneando ese cuerpo que los pantalones brillantes no intentaban disimular. Yo me quedé un segundo parado en el umbral, mirando cómo se alejaba hacia el salón. Mi padre estaba viendo el fútbol. Mi madre, en la cocina.

Perfecto.

Durante las dos horas siguientes jugamos a ese juego en el que los dos fingen que no está pasando nada. Cada vez que podía me acercaba con alguna excusa: llevarle el café, preguntarle si quería agua, señalarle algún documento que no me había pedido que buscara. Ella lo recibía todo con esa sonrisa tranquila de quien lleva la ventaja sin necesidad de demostrarlo.

En un momento, mientras mi madre estaba en el baño, Clara se recostó en el sofá y cruzó las piernas. Los pantalones se le tensaron sobre los muslos.

—¿Mucho trabajo con la carrera? —me preguntó en voz baja, poniendo la mano sobre mi rodilla con la naturalidad de quien lleva años haciendo eso.

—Bastante —dije, sintiendo el calor de su palma a través de la tela del pantalón.

—Ya. La universidad es agotadora. —Hizo una pausa. Su mano no se movió—. Si alguna vez necesitas desconectar, avísame. Tengo pisos vacíos, silenciosos. A veces uno necesita eso.

Retiró la mano justo cuando escuchamos los pasos de mi madre en el pasillo. Pero el mensaje ya estaba entregado.

***

Dos semanas después, mi madre me pidió que llevara a la oficina de Clara unas carpetas con documentación del apartamento. Tenía cita médica y no podía ir ella.

—¿Puedes hacerme ese favor? —me preguntó.

—Sin problema —respondí, y sentí algo que no era exactamente altruismo.

La inmobiliaria estaba en la planta baja de un edificio de oficinas, a diez minutos en coche. Llegué a las seis de la tarde. La secretaria ya se había marchado. Clara estaba sola, sentada detrás de su escritorio con gafas de lectura que se quitó en cuanto me vio entrar.

—Cierra la puerta, por favor —dijo.

La cerré. Escuché el clic del pestillo.

Me acerqué y dejé las carpetas encima del escritorio. Cuando levanté la vista, Clara ya estaba de pie, a menos de un metro. Llevaba unos pantalones burdeos, del mismo tejido brillante y tenso que los del sábado. Una blusa gris de seda. El mismo perfume que llenaba el ambiente y dificultaba pensar con claridad.

—Gracias por venir —dijo, y el beso que me dio en la mejilla esta vez rozó la comisura de mis labios sin ninguna ambigüedad.

—Para eso estoy —respondí, con la voz más controlada que pude.

Clara caminó despacio hasta la puerta y le echó la llave. Después se volvió hacia mí y se apoyó en el marco, con los brazos cruzados y esa expresión de mujer que ya tomó la decisión hace tiempo y solo está esperando que el otro se ponga al día.

—Desde que te vi el otro sábado no he dejado de pensar en esto —dijo, sin rodeos—. Y me parece una pérdida de tiempo seguir fingiendo que no.

Se acercó. Yo no me moví. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, posó las manos en mi pecho y me miró de abajo arriba con esa calma que no es indiferencia sino control.

—¿Tienes miedo? —me preguntó.

—No —dije, y era verdad.

La agarré por la cintura y la besé. No fue un beso tentativo. Fue directo, completo, con su lengua encontrando la mía de inmediato. Tenía una boca cálida, experta, que sabía exactamente cuánta presión ejercer y cuándo aflojar. Mis manos recorrieron su espalda hasta llegar a los pantalones brillantes. El tejido era liso y firme, y a través de él podía sentir la forma de su cuerpo.

—Llevas días pensando en esto, ¿verdad? —susurró contra mis labios.

—Más de los que me gustaría admitir —respondí.

Ella sonrió y bajó una mano hasta mi cintura, explorando con calma.

—Qué bien —dijo en voz baja—. Así me gusta más.

La giré suavemente y la llevé hasta el escritorio. Ella se dejó guiar sin resistencia, con esa seguridad de alguien que sabe que tiene el control aunque deje que otro marque el ritmo. Se apoyó en el borde del escritorio y me miró mientras yo desabrochaba su blusa, botón por botón. Debajo llevaba un sujetador negro de encaje que contenía unas tetas grandes y redondas, con la piel blanca y suave.

—Llevas años escondiéndote debajo de esa ropa tan seria —le dije.

—Alguien tenía que guardarlo para la ocasión correcta.

Le bajé los tirantes del sujetador y la piel de sus hombros quedó al descubierto. Recorrí su cuello con los labios, despacio, sintiendo cómo su respiración se alteraba aunque intentara mantener la compostura. Sus manos encontraron el cinturón de mi pantalón.

—Tú también —dijo.

Me desabroché la camisa mientras ella bajaba la cremallera de sus pantalones y se los sacaba con esa gracia práctica que tienen las mujeres acostumbradas a desvestirse sin ceremonias. Se quedó solo con la ropa interior, sentada en el borde del escritorio, mirándome con una media sonrisa que era casi una pregunta.

Me arrodillé.

Su respiración cambió de inmediato. Le aparté la ropa interior y la exploré con la lengua, despacio, sintiendo cómo tensaba los muslos a mi alrededor. Puso una mano en mi cabeza sin presionar, solo apoyada, como si necesitara algo a lo que agarrarse.

—Dios —murmuró, y fue la primera vez que la escuché perder ese tono tranquilo.

Seguí hasta que la sentí cerca. Entonces me detuve y me puse de pie.

—¿Por qué paras? —preguntó, con la voz levemente alterada.

—Porque quiero que te corras así —dije.

La giré, la hice apoyarse en el escritorio y me coloqué detrás. Empujé despacio, completamente, y escuché cómo exhalaba el aire de golpe. Me quedé quieto un momento, dejando que se acostumbrara al peso y al fondo.

—Muévete —me dijo, sin gritos, con firmeza.

Empecé a moverme. El sonido apagado del despacho nos envolvía. Clara tenía ambas manos apoyadas en el escritorio y la cabeza ligeramente inclinada hacia delante, el pelo cayéndole sobre la cara. Cada vez que empujaba, ella absorbía el golpe con ese cuerpo que seguía siendo sólido y cálido y perfectamente capaz de manejar todo lo que le daba.

—Más fuerte —dijo.

Lo hice.

—Así —respondió, con un tono que era casi de satisfacción profesional, como si confirmara que algo estaba saliendo según lo previsto.

Subí el ritmo. Mis manos encontraron su cintura y la sujeté mientras ella se aferraba al borde del escritorio. En algún momento sus papeles cayeron al suelo y ninguno de los dos lo mencionó. El espejo enmarcado de la pared contraria nos devolvía la imagen: ella doblada sobre la mesa, yo detrás, los dos completamente concentrados en lo mismo.

Sentí que el ritmo de su respiración cambiaba. Sus caderas empezaron a moverse para recibirme.

—No pares —dijo.

No paré.

Cuando se corrió lo hizo en silencio, apretando los dientes y cerrando los ojos, con una tensión que le recorrió todo el cuerpo y que tardó varios segundos en soltarse. Fue mucho más íntimo que cualquier cosa que hubiera esperado. Cuando por fin exhaló, apoyó la frente en el escritorio un momento.

Después se incorporó, se giró y me miró.

—Tu turno —dijo.

Me sentó en la silla de su escritorio y se arrodilló frente a mí. Lo que hizo a continuación fue metódico y absolutamente deliberado, con esa concentración que le ponía a todo. Cuando me corrí, no se apartó.

***

Desde esa tarde, nos vimos muchas veces. Siempre en sus términos, siempre en lugares que ella elegía: pisos vacíos que tenía en cartera, su coche aparcado en el polígono industrial al norte de la ciudad, una vez en el cuarto de baño de casa de mis padres durante una cena familiar en la que los dos mantuvimos la conversación durante dos horas como si nada hubiera pasado veinte minutos antes.

Clara nunca perdía el control del todo. Era parte de lo que hacía que todo fuera tan adictivo. Mientras yo terminaba de colocarme la ropa, ella ya tenía el móvil en la mano revisando correos, con el pelo perfectamente ordenado y esa expresión neutra de directora de inmobiliaria que sabe que el siguiente cliente llega en diez minutos.

Pero me mandaba fotos. A las once de la noche, cuando su marido ya dormía. Fotos con esos pantalones brillantes subidos hasta el ombligo, o mensajes cortos y directos que llegaban sin previo aviso y que lo decían todo con cuatro palabras.

Yo los leía y pensaba en la mujer que mi madre me había presentado como «la amiga Clara, ya sabes, la de la inmobiliaria».

Y seguía sin poder olvidarla.

Hay algo en una mujer que sabe exactamente lo que quiere y no pide disculpas por ello. Clara tenía cincuenta y dos años, un marido que no le prestaba atención, una agenda llena y una paciencia infinita para esperar el momento exacto. No necesitaba que yo le dijera que era increíble. Lo sabía. Solo necesitaba que estuviera cuando ella lo decidiera.

Y yo, cada vez que veía ese número en la pantalla del móvil, respondía que sí sin pensarlo dos veces.

Porque hay trenes que uno simplemente no puede dejar que salgan sin subirse.

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Comentarios (8)

Diegozon

Tremendo relato, me engancho desde el primer parrafo. Mas de estos por favor!!

Piloto_33

La tension del principio es increible, se siente que algo va a explotar pero no sabes exactamente cuando. Muy bien escrito.

Carmencita78

jajaja lo de las cajas de documentos como excusa me parecio genial, demasiado clasico eso!!

NachoCba

Se hizo cortisimo... quiero la segunda parte ya!!

SantiagoK_77

Las maduras tienen algo especial que no encuentras en otros relatos. Se nota que le pusiste ganas, muy bueno.

MarcelaRosario

Me lo lei de un tiron sin parar, enganchas desde el principio. Esperando el proximo :)

fer_lector99

Buenisimo aunque me quede con ganas de mas detalle hacia el final. Igual muy buen trabajo!

PatoMagallanes

Excelente!! Ojalá le des continuacion, quede pensando en como sigue la historia

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