El cumpleaños del vecino terminó diferente
Vivimos en el cuarto piso de un edificio de siete plantas, en un barrio residencial que los años han convertido en algo tranquilo y predecible. En el tercero viven don Aurelio y don Marcos: dos jubilados que rondan los sesenta y cinco, siempre bien arreglados, siempre con una palabra amable en el ascensor. Nos conocemos desde hace cuatro años. Son de esa clase de hombres que te abren la puerta sin esperar nada a cambio y preguntan por la familia porque de verdad les importa la respuesta.
Yo me llamo Valeria. Treinta y dos años. Mi marido Rodrigo dice que estoy mejor que el día que nos conocimos, y lo demuestra bastante seguido. Soy consciente de lo que tengo: caderas anchas, cintura fina, pechos firmes que se sostienen solos. Cuando bajo a buscar el correo con una camiseta ceñida y los pantalones cortos del verano, hay hombres que se quedan quietos a mitad de lo que estaban haciendo.
Don Aurelio y don Marcos nunca se han propasado. Pero miran. Los he pillado suficientes veces como para saberlo con certeza: la mirada que baja rápido cuando te giras, el silencio de un segundo más de lo necesario cuando te despides en el rellano.
***
Lo que empezó como charlas cortas junto al buzón se convirtió, con el tiempo, en desayunos improvisados. Bajaba yo alguna mañana con café recién hecho, o subían ellos con pan de la panadería del barrio, y nos quedábamos una hora hablando de cualquier cosa: noticias, vecinos del séptimo que discutían demasiado fuerte, recuerdos de cuando eran jóvenes. Rodrigo estuvo presente en algunos de esos encuentros. En otros no.
Cuando no estaba, el ambiente cambiaba de una manera difícil de nombrar pero fácil de sentir. Las miradas duraban un segundo más. Don Marcos me pasaba el azúcar y sus dedos se demoraban en los míos. Don Aurelio se inclinaba hacia adelante para escucharme mejor y su mirada descendía, sin ningún intento de disimulo, hasta el escote de mi blusa.
Yo no hacía nada para evitarlo.
Sabía exactamente lo que estaba haciendo.
***
Rodrigo tuvo que marcharse quince días por trabajo. Una crisis en una sucursal al norte del país, alguien tenía que ir a resolverla, ese alguien era él. Me despedí de él en la puerta con un beso largo, sintiéndole el pecho contra las palmas, pensando que quince días eran demasiados.
Los primeros días me basté sola. El sexto empecé a aburrirme. El noveno, me aburría de una manera que tenía poco que ver con el tiempo libre: me despertaba con el cuerpo tenso, la mente yendo hacia lugares que no debería frecuentar, una inquietud física que sabía reconocer aunque prefería no nombrarla. Me dije varias veces que era cuestión de esperar. Me lo creí durante un rato.
El undécimo día, al mediodía, llamaron al timbre.
Don Aurelio y don Marcos, con una botella de vino tinto y sonrisas que ya no intentaban ser inocentes. Don Aurelio llevaba la botella como quien lleva un ramo de flores, con esa formalidad tranquila que tienen los hombres que saben esperar.
—Hoy es el cumpleaños de Marcos —dijo, mirándome de una manera que ya no fingía ser casual—. Sería una lástima celebrarlo solos.
No tardé ni tres segundos en decidir.
—Suban —les dije—. Tengo copas.
***
Mientras ellos subían, me cambié de ropa. El vestido de andar por casa cayó al suelo y me puse uno de algodón fino, sin mangas, que se ceñía en la cadera y se movía cuando yo me movía. No me puse sujetador. Lo pensé dos segundos. Decidí que no.
Nos sentamos en el salón. Don Marcos abrió el vino. Puse música suave, algo que llenara los silencios sin dominarlos. La tarde tenía esa luz horizontal del final del día que lo hace todo más íntimo de lo que es, que borra bordes y suaviza ángulos.
Don Aurelio me miró de arriba abajo cuando me senté frente a ellos.
—Estás muy bien esta tarde, Valeria —dijo, con la misma naturalidad con que haría cualquier observación sobre el tiempo.
—Es el cumpleaños de su amigo —respondí—. Hay que estar a la altura.
Hablamos durante un buen rato. El vino ayudó. Don Aurelio contaba sin pudor sus años de joven: las mujeres de entonces, las noches largas, los errores que no cambiaría por nada. Don Marcos escuchaba y añadía detalles con una precisión que decía mucho de los dos. Yo los escuchaba y sentía que la tarde se había espesado en torno a los tres, que el aire entre nosotros era más denso que antes, cargado de algo que ninguno de los tres ponía en palabras porque no hacía falta.
—En mis tiempos —dijo don Aurelio, después de un silencio— las mujeres que se me acercaban no se arrepentían. Eso sí me lo llevo.
—Eso lo dicen todos —respondí, sonriendo.
—No todos tienen razón —dijo él, sin apartar los ojos de mí.
Don Marcos dejó su copa en la mesa. Me miró directamente, sin rodeos ni preámbulos.
—El mejor regalo de cumpleaños que me podrías hacer —dijo— sería bailar para nosotros. Solo eso.
El silencio duró exactamente lo que tardé en ponerme de pie.
***
Puse la música un poco más alta. Me coloqué en el centro del salón y empecé a moverme. Caderas primero, en círculos lentos y amplios. La espalda después, arqueándola hasta sentir el vestido tensarse contra la cadera. Me di la vuelta, apoyé las palmas en la pared y saqué el culo hacia ellos, bajé doblando las rodillas hasta casi el suelo y volví a subir despacio. Los oí contener la respiración al mismo tiempo.
—El vestido —dijo don Marcos.
Me volví hacia ellos. Los dos me miraban con una fijeza que no dejaba espacio a la ambigüedad. Me metí los pulgares bajo los tirantes, deslicé el vestido por las caderas y lo dejé caer. Me quedé frente a ellos solo en ropa interior. Los pezones se marcaban con claridad contra el encaje.
Don Aurelio apoyó los codos en las rodillas.
—Acércate.
Me acerqué a don Marcos primero. Le puse las manos en los hombros y me senté a horcajadas sobre su regazo, despacio, controlando cada centímetro del descenso. Noté su reacción de inmediato: calor y firmeza a través de la tela, la presión concentrada exactamente donde yo la sentía. Me moví adelante y atrás, lenta, dejando que la fricción fuera construyendo algo entre los dos. Él puso las manos en mis caderas sin apretar, sin guiarme, solo sosteniéndome.
—Feliz cumpleaños, don Marcos —le dije, muy cerca de su cara.
Soltó un sonido ronco y bajo que sentí en el pecho.
Fui hasta don Aurelio. Me senté igual sobre su regazo. Su reacción era diferente: más contenida en la expresión pero más intensa en el cuerpo, una tensión que le subía por los brazos aunque los mantenía quietos sobre los muslos. Me incliné hacia su oído.
—¿Cuánto tiempo llevan esperando esto? —le pregunté.
—Demasiado —respondió, con la voz muy baja.
***
Don Marcos se levantó, me tomó de la mano y me llevó hasta el sofá. Se sentó, me atrajo hacia él y me besó. Labios firmes, seguros, de alguien sin urgencia ni torpeza. Don Aurelio se colocó detrás de mí, apartó el pelo de mi cuello y lo recorrió con la boca mientras sus manos me desabrochaban el sujetador desde atrás. Quedé de pie entre los dos con el sujetador en el suelo, sus cuerpos cercándome sin tocarme del todo todavía, y algo en esa posición me cortó la respiración por completo.
Don Marcos me bajó la ropa interior por las caderas. Don Aurelio la recogió cuando cayó al suelo. En cuestión de segundos estaba completamente desnuda entre los dos, que seguían vestidos, y esa diferencia me encendió de un modo que no esperaba.
Me tumbaron en el sofá. Don Marcos se arrodilló entre mis piernas. Empezó por el interior de los muslos, subiendo despacio, sin revelar adónde iba aunque era obvio. Cuando llegó donde tenía que llegar, lo hizo con la boca y con los dedos al mismo tiempo: metódico, preciso, aprendiendo lo que me hacía cerrar los ojos y lo que me hacía abrirlos. No tardé lo que debería en llegar al primero. Grité sin querer. No me importó.
Don Aurelio se había quitado la camisa mientras yo miraba el techo sin ver nada. Me incorporé, le busqué el cinturón con las manos, lo desabroché. Lo que encontré debajo era largo, caliente y completamente duro. Lo tomé con las dos manos, lo acerqué a mi boca y empecé despacio: la lengua primero recorriendo el borde, la cabeza después, luego más profundo, oyendo cómo se le alteraba la respiración encima de mí con cada movimiento.
—Siéntate aquí —me dijo, con la voz muy ronca, señalando su regazo.
Me coloqué encima de él de cara a don Marcos, que terminaba de desvestirse al otro lado del salón. Sentí la presión de don Aurelio contra mi entrada, su mano guiándome con firmeza hacia abajo, y lo recibí poco a poco, estirándome para acomodarlo, con un quejido bajo que no pude contener cuando llegó al fondo. Era exactamente lo que llevaba días necesitando sin querer admitirlo: la sensación plena de estar ocupada por completo.
Don Aurelio empezó a moverse con un ritmo pausado y profundo. Yo apoyé las manos en sus hombros y lo seguí, arriba y abajo, encontrando el ángulo que me hacía rozar donde necesitaba en cada bajada. Don Marcos se acercó de pie frente a mí, me apartó el pelo de la cara y me guió la boca hacia él. Los tres encontramos un ritmo común sin que nadie lo propusiera, como si lleváramos haciéndolo mucho tiempo.
Don Marcos me avisó cuando fue a llegar. Lo tomé hasta el final.
***
Los cambios entre ellos ocurrieron con naturalidad, sin instrucciones. Don Aurelio salió de mí, me giró y me colocó de rodillas en el sofá. Entró de nuevo por detrás con golpes más profundos que antes, las manos abiertas en mis caderas para mantener el ángulo. Me doblé hacia adelante, los brazos apoyados en el respaldo, y me dejé llevar por el ritmo que él marcaba.
Después de varios minutos don Aurelio se detuvo. Sentí sus manos separarse y volver, esta vez un poco más arriba, acariciándome con calma. Me preguntó con el gesto, sin palabras. Tomé aire.
—Despacio —dije.
Entró centímetro a centímetro, con una paciencia que no esperaba de él. El dolor fue real pero breve, y lo que vino después era algo distinto: más intenso, más lleno, como si cada terminación nerviosa se despertara al mismo tiempo en lugares que antes no existían. Gemí contra el respaldo del sofá. Don Marcos me acariciaba la espalda con la palma abierta, mirándome.
—¿Bien? —preguntó en voz baja.
—Sí —respondí, y no mentía.
Don Aurelio empezó a moverse de nuevo. Don Marcos se colocó frente a mí, me tomó la barbilla con suavidad y volvió a guiarme. Los tres en movimiento, el sofá crujiendo bajo nosotros, el salón lleno de un sonido que era solo nuestro. Llegué al segundo orgasmo a mitad de ese movimiento, sin aviso previo, aferrada al respaldo con los nudillos blancos y la espalda arqueada.
Don Aurelio llegó después. Lo noté: un gruñido profundo, el ritmo que se vuelve errático y luego se detiene, el calor que me llenó por dentro.
Don Marcos llegó el último. Me avisó con tiempo. Lo recibí en la boca.
***
Nos quedamos quietos durante varios minutos. La música seguía. La tarde había oscurecido sin que nadie se diera cuenta.
Don Aurelio trajo las copas de vino que habían quedado en la mesa. Me pasó la mía sin decir nada. El vino estaba tibio pero no me importó. Lo bebí despacio, sintiendo el cuerpo pesar de una manera agradable, como después de un esfuerzo que valió la pena.
—No sé cómo llamar a esto —dije, después de un silencio largo.
—Cumpleaños —dijo don Marcos, y los tres nos reímos.
Era una risa limpia, sin incomodidad. La risa de quien ha hecho algo sin arrepentirse.
Me vestí despacio. El vestido seguía en el suelo donde lo había dejado caer y me lo puse con calma, sin prisa. Don Aurelio me ayudó a enganchar el sujetador por detrás sin que yo se lo pidiera. Ese gesto pequeño me pareció más íntimo que cualquier otra cosa de esa tarde.
En la puerta me volví hacia los dos.
—Rodrigo vuelve en cuatro días —dije.
Don Aurelio asintió despacio con la cabeza.
—Lo sabemos.
—Bien —dije, y salí.
Subí sola en el ascensor, con la sensación de tener el cuerpo completamente presente en sí mismo: consciente de cada músculo, de cada punto que todavía ardía. Me puse bajo la ducha y dejé correr el agua caliente durante mucho tiempo sin moverme.
Cuatro días, pensé.
No era mucho tiempo. Pero era suficiente para seguir.