El fin de semana que Silvia no debía saber
La conversación empezó como siempre, entre café y tostadas, con Silvia mirando por la ventana de la cocina y yo fingiendo leer el periódico en el móvil.
—Marcos, ¿no podríamos ir a Asturias este fin de semana? —dijo, sosteniendo la taza con las dos manos—. Llevo meses sin ver a mis padres y me siento mal por eso.
Dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa. —Ya lo sé, pero es que este fin de semana tengo un par de cosas pendientes aquí.
—Siempre tienes cosas pendientes.
No le faltaba razón, y los dos lo sabíamos. Pero yo no mentía del todo: sí tenía cosas pendientes. Solo que no eran las que ella imaginaba.
Llevábamos juntos seis años, Silvia y yo. Nos habíamos conocido en la universidad, nos habíamos instalado en Barcelona después de casarnos y habíamos construido una vida que, vista desde fuera, funcionaba perfectamente. Trabajo, piso en el Eixample, vacaciones en verano, cenas con amigos los viernes. Todo encajaba. Y sin embargo, desde el verano anterior, algo había empezado a no encajar.
Ese algo tenía nombre: Laura.
Laura era la hermana pequeña de Silvia. Cuatro años menos que ella, instalada en Zaragoza con su marido Óscar, que viajaba con frecuencia por trabajo. Nos habíamos visto pocas veces, siempre en reuniones familiares, siempre con la distancia educada que se guarda con el cuñado. Hasta aquella tarde de agosto, en la piscina de la casa de los padres de Silvia, cuando nos quedamos solos bajo el agua y su pierna rozó la mía sin que ninguno de los dos hiciera nada por evitarlo.
No pasó nada esa tarde. Nos miramos, nos sonreímos con la incomodidad de quien sabe lo que acaba de ocurrir, y cada uno volvió a su sitio. Pero esa mirada no se borró.
***
Al final, Silvia fue a Asturias sola. Le dije que tenía que resolver un tema de trabajo, que la llamaría cada noche, que lo compensaríamos el mes siguiente. Ella recogió la maleta con esa resignación tranquila que a veces me resultaba más difícil de soportar que cualquier reproche.
—Cuídate —me dijo antes de salir.
—Tú también —respondí.
Cuando escuché el ascensor bajar, cogí el teléfono.
Escribí despacio, midiendo cada palabra:
«Parece que el fin de semana está libre por aquí. Óscar fuera, según me ha dicho Silvia. No sé si te apetece tener compañía.»
Lo envié antes de que mi cabeza encontrara una razón para no hacerlo. Me quedé mirando la pantalla durante un minuto que se hizo muy largo. Luego, dos minutos más. Empecé a arrepentirme.
El mensaje de Laura llegó cuando ya había dejado el teléfono sobre la encimera y me estaba sirviendo un vaso de agua.
«Estaré aquí. Para cuando quieras.»
Cuatro palabras. Sin signos de exclamación, sin emojis, sin rodeos. Exactamente como era ella.
***
Salí de Barcelona el sábado por la mañana, con la moto y una mochila pequeña. La carretera hacia Zaragoza atraviesa tramos de una belleza seca y mineral que en octubre se vuelve más intensa: los campos de color ocre, el cielo sin nubes, la luz plana y limpia que no deja sombras.
Paré a repostar en una gasolinera a mitad de camino. El bar olía a café y a bocadillos de tortilla envueltos en papel de aluminio. Detrás de la barra, una mujer de pelo oscuro y mirada directa me preguntó qué quería tomar con una familiaridad que no se había ganado todavía, pero que no molestaba.
—Café solo, por favor.
—¿Viaje largo? —preguntó, colocando la taza bajo la máquina.
—Lo suficiente.
Ella sonrió sin insistir, dejó el café en la barra y siguió con su trabajo. Me quedé un momento observando el tráfico por el ventanal, bebiendo despacio, dejando que los nervios se asentaran un poco antes de continuar.
El último tramo lo hice más lento de lo necesario. No por miedo, exactamente. Más bien por esa sensación extraña de estar cruzando una línea que no tiene vuelta atrás, y querer al menos cruzarla despacio, con plena conciencia de lo que estás haciendo.
***
El piso de Laura estaba en un edificio del centro histórico de Zaragoza, en una calle estrecha con adoquines irregulares. Aparqué la moto en la acera, saqué el casco y me quedé un momento parado frente al portal, mirando el panel de los timbres.
Llamé al cuarto.
La puerta se abrió sin que nadie respondiera por el interfono. Subí las escaleras a pie, despacio. En el rellano del cuarto piso, la puerta del piso ya estaba entreabierta.
Laura me esperaba en el pasillo, apoyada en el marco de la puerta de la cocina, con los brazos cruzados y una expresión difícil de leer. Llevaba una camiseta gris de tirantes y unos pantalones cortos de tela fina. El pelo, castaño y ondulado, le caía suelto sobre los hombros. No había hecho ningún esfuerzo especial por arreglarse, y eso me pareció más honesto que cualquier otra cosa que pudiera haber hecho.
—Has tardado —dijo.
—Paré a tomar un café.
—¿Quieres otro?
—No.
Ninguno de los dos se movió durante unos segundos. La luz de la tarde entraba oblicua por la ventana del salón y llegaba hasta el pasillo en una franja dorada que le cruzaba los pies descalzos.
—Esto es una mala idea —dijo ella, sin apartar la mirada.
—Lo sé.
—Silvia nunca nos lo perdonaría.
—Lo sé.
Otro silencio. Laura descruzó los brazos y los dejó caer a los lados.
—Llevas todo el verano dándome vueltas en la cabeza —dijo por fin, con una calma que me desconcertó—. Desde la piscina. No he podido sacarte.
—A mí me pasa lo mismo.
Ella asintió una sola vez, como si eso cerrara la discusión. Luego dio un paso hacia mí.
***
El primer beso fue torpe. Los dos íbamos demasiado rápido, chocamos de frente, nos reímos al mismo tiempo con esa risa nerviosa que rompe la tensión y la reinicia a la vez. Luego volvimos a intentarlo, más despacio, y eso fue otra cosa.
Laura sabía lo que hacía. No con la urgencia de quien lleva demasiado tiempo esperando, sino con la concentración de quien quiere que cada cosa ocurra en su momento. Me llevó al dormitorio de la mano, sin prisa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, aunque los dos sabíamos que el fin de semana era lo que era.
La habitación olía a su perfume y a la madera de los muebles viejos. Las persianas estaban a medio bajar y la luz que entraba era tenue y cálida.
Ella se quitó la camiseta sin ningún gesto dramático, mirándome de frente. Su cuerpo era delgado y firme, con una cicatriz pequeña bajo la clavícula izquierda que yo no sabía de dónde venía. Me acerqué y la toqué con el dedo, sin preguntar.
—De una caída en bici —dijo—. Tenía ocho años.
Me reí. Ella también.
Luego no hubo más palabras durante un buen rato.
***
Lo que siguió fue lento y atento de una manera que no esperaba. Laura no era de las que se precipitan ni de las que se reservan; estaba presente en cada momento, mirándome, ajustando, respondiendo sin exagerar. Sus manos eran seguras. Su boca, más todavía.
Me tumbé sobre ella y noté cómo su respiración cambiaba de ritmo, cómo sus dedos se tensaban ligeramente sobre mis hombros cuando encontraba algo que le gustaba. No gritaba ni fingía. Simplemente estaba ahí, entera, sin esconderse detrás de nada.
Hubo un momento, cerca del final, en que me miró a los ojos con una intensidad que me hizo apartar la vista. No porque me incomodara, sino porque era demasiado real para lo que se supone que debía ser aquello.
Cuando terminamos, nos quedamos tumbados en silencio durante un rato. La luz había cambiado al otro lado de la persiana; ya era tarde.
—¿En qué piensas? —preguntó ella al final.
—En nada concreto.
Mentira, claro. Pensaba en muchas cosas. En Silvia, sentada en el comedor de sus padres, comiendo el cocido de su madre y contándoles cosas de Barcelona. En Óscar, en algún hotel de Bilbao o de donde fuera, cenando solo frente al ordenador. En lo fácil que había resultado llegar hasta aquí y en lo difícil que iba a ser no volver.
—Marcos —dijo Laura, girándose hacia mí—. Esto no puede ser una cosa habitual.
—Ya lo sé.
—No te lo digo por mí. Te lo digo porque los dos tenemos vidas que no hemos querido destruir todavía.
La miré. Tenía razón, y lo decía sin crueldad, simplemente como un hecho.
—Tienes razón —respondí.
Ella asintió y se dio la vuelta, buscando su camiseta entre las sábanas revueltas.
***
Cené con ella en la cocina: pasta y vino tinto, los dos en silencio la mayor parte del tiempo, con esa comodidad extraña que a veces aparece entre personas que acaban de compartir algo que no deberían haber compartido y sin embargo no se arrepienten del todo.
—¿A qué hora tienes que salir mañana? —preguntó.
—Antes de mediodía. Silvia llega por la tarde.
—De acuerdo.
Friegué los platos mientras ella ponía música en voz baja desde el teléfono. Algo de jazz antiguo que no reconocí. Luego nos sentamos en el sofá y estuvimos así hasta pasada la medianoche, sin hablar demasiado, sin que ninguno de los dos hiciera el gesto de levantarse.
Dormí en su cama. Profundamente, sin sueños.
***
El domingo por la mañana amaneció con niebla baja. Preparé café mientras Laura todavía dormía, y lo tomé solo frente a la ventana de la cocina, mirando los tejados mojados. Pensé en escribirle un mensaje a Silvia, en preguntarle cómo estaba. No lo hice.
Laura apareció en la cocina con el pelo revuelto y los ojos entrecerrados, cogió la taza que le había dejado preparada y se sentó en el taburete sin decir nada.
—¿Dormiste bien? —pregunté.
—Sí. ¿Y tú?
—También.
Un silencio cómodo. Afuera, la niebla empezaba a levantarse.
Recogí mis cosas despacio, sin dramatismo. Laura me acompañó hasta la puerta. En el umbral, me miró con esa misma expresión difícil de descifrar que tenía cuando llegué.
—Cuídate —dijo.
—Tú también.
No nos besamos. Ninguno de los dos hizo el gesto. Bajé las escaleras, salí a la calle con adoquines todavía húmedos y monté en la moto.
La carretera de vuelta a Barcelona era la misma que a la ida, pero se sentía diferente. Más larga, quizá. O más corta. No supe bien cuál de las dos cosas.
Silvia llamó cuando estaba a punto de entrar en la ciudad.
—Llego en dos horas —dijo—. ¿Cómo has pasado el fin de semana?
—Tranquilo —respondí—. Sin novedad.
—Qué bien. Yo he estado muy a gusto con mis padres. Te mandan recuerdos.
—Dales los míos.
Colgué y aparqué la moto en el garaje. Subí al piso, dejé la mochila en el dormitorio y me senté en el sofá un momento, mirando el techo.
Dos horas.
Me levanté, abrí la ventana para que entrara el aire, y empecé a preparar la cena.