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Relatos Ardientes

El chat que terminó con dos motos y un trío

Todo empezó un martes de febrero, con el móvil en la mano y la lluvia golpeando el cristal del balcón.

Llevaba tres años casado con Elena y la rutina se había instalado entre nosotros con esa eficiencia silenciosa de las cosas que nadie elige pero nadie detiene. No era un hombre infeliz. Era, más bien, un hombre previsible. Y a los treinta y cuatro años, mi cuerpo pedía otra cosa.

Me abrí un perfil en una aplicación de citas. Colgué tres fotos —las que me hacían parecer más directo de lo que soy— y publiqué un anuncio sin rodeos: buscaba encuentros sin compromiso, discreción absoluta, sin interferir en la vida de nadie. Me ofrecía como lo que era: un hombre casado con tanto que perder como cualquier mujer en su misma situación.

La lógica era sencilla. Las mujeres que buscan algo fuera necesitan saber dos cosas: que el otro no va a volverse una carga y que nadie se va a enterar. Ser casado no era una desventaja. Era la mejor garantía que podía ofrecer.

Los mensajes empezaron a llegar a los dos días.

***

Entre todos los contactos, uno destacó desde el primer momento. Se llamaba Valeria.

Su perfil no tenía foto del rostro —solo una imagen de su cuerpo, una cintura estrecha y unas caderas que hacían todo lo que tenían que hacer—. Sus primeras palabras no fueron de presentación ni de cortesía. Fueron directas: «Me interesa lo que dices. ¿Hablamos por correo?»

Saltamos a Gmail esa misma tarde.

Vivía a doscientos kilómetros. Suficientemente lejos para garantizar el anonimato, suficientemente cerca para que el encuentro fuera posible. Me contó que era de Zaragoza, pero había preferido no indicarlo en el anuncio: no quería cruzarse con nadie conocido. Lo entendí perfectamente.

Los primeros correos fueron cautelosos. En el tercero, ella dejó de serlo.

«No busco caricias finas», me escribió una noche. «Busco sentir el peso de una mano que no dude. Me fascina la presión en el vientre, ese hundimiento que me obliga a soltar el aire y a rendirme a lo que sea que estoy sintiendo. Quiero que me metan los dedos hasta el fondo del coño mientras esa mano me aplasta la tripa desde fuera, y que noten cómo me cierro alrededor sin poder evitarlo.»

Le pedí que me lo explicara.

Me lo explicó durante cuatro correos seguidos, con una precisión que me dejó sin palabras. Describía cómo la presión exterior sobre el abdomen provoca una reacción muscular involuntaria, cómo eso intensifica todo lo que haya dentro, cómo un consolador o una polla se sienten el doble de gruesos cuando alguien te empuja el vientre desde arriba. Me mandó fotos bajo la luz cálida de una lámpara de noche: su vientre, la línea del ombligo, un juguete de silicona aplicando exactamente la fuerza que describía, y en el último correo una foto abierta de piernas donde se veía la punta del falso metida entre sus labios brillantes de flujo. Las miraba en el garaje, con la Honda apagada a mi espalda, la polla dura contra la cremallera del vaquero y el pulso ganándole la partida al silencio del barrio.

Le mandé fotos de mis manos. Curtidas, trabajadas por los kilómetros en moto y los guantes de cuero. «Estas manos no saben de sutilezas», le escribí. «Saben domar máquinas y saben dónde apretar para que algo ruja. Imagínate una abriéndote las piernas y la otra aplastándote la tripa mientras te follo con tres dedos hasta que te corras encima de la sábana.»

Su respuesta llegó a medianoche: una imagen tumbada, el falo de silicona apoyado exactamente donde yo había descrito, la otra mano abriendo el coño con dos dedos para que se viera todo. Y una sola línea de texto: «¿Cuándo vienes a metérmela de verdad?»

Tardé dos días en contestar. No porque dudara, sino porque necesitaba pensarlo bien.

***

La solución llegó envuelta en cuero y en una mentira necesaria.

Le dije a Elena que el sábado salía de ruta con Miguel, un amigo de toda la vida que sabía exactamente a qué clase de ruta me refería. Le conté todo sin rodeos —así éramos nosotros desde hacía años— y él no dudó ni medio segundo en prestarse a acompañarme.

El plan era sencillo: Miguel me seguiría hasta Alicante en su moto, se quedaría dando vueltas por el centro mientras yo tenía la cita con Valeria, y luego regresaríamos juntos antes de que cayera la noche. Elena se lo tragó sin problemas; tenía sus propias ocupaciones ese sábado y saber que iba acompañado terminó de disipar cualquier duda.

El sábado amaneció frío y despejado. Mientras ajustaba las maletas de la Honda, sentía esa mezcla de adrenalina y vértigo de quien sabe que está a punto de cruzar una línea sin retorno. Miguel apareció puntual en su moto, saludó a Elena con la naturalidad de quien no oculta nada, y nos lanzamos a la autovía antes de que mi mujer terminara de decir «id con cuidado».

Doscientos kilómetros de asfalto, los intercomunicadores abiertos, y yo contándole a Miguel la historia completa: la aplicación, los correos, las fotos, la explicación sobre la presión, el vídeo que me mandó la noche anterior en el que se follaba a sí misma con dos dedos y me pedía por escrito que le rompiera el coño.

—Tío —decía él entre carcajadas—, esto es la ruta con más recompensa que has hecho en tu vida. Oye, si Valeria tiene alguna amiga con las mismas ideas, ya me estás tardando en presentármela.

Nos reímos, pero a mí cada kilómetro que acortaba la distancia me subía el pulso un grado más.

***

El GPS nos llevó hasta un portal de un bloque de cuatro plantas en el ensanche de la ciudad. Apagamos los motores. Llamé al número que llevaba apuntado en el bolsillo de mi chaqueta.

—Hola —dijo una voz suave, más joven de lo que había imaginado.

—Estoy abajo, con un amigo en moto.

—Bajo ahora mismo.

La puerta del portal se abrió unos segundos después. Pelo castaño, cortado a la altura de la mandíbula, una sonrisa que reconocí al instante porque era exactamente la que nunca había aparecido en ninguna de sus fotos. Valeria nunca me había mostrado su cara. Y en ese momento entendí por qué: lo que tenía no era el tipo de cara que se manda por correo. Era el tipo de cara que hay que ver en persona para que haga daño.

Me quedé inmóvil un momento. Miguel tampoco dijo nada.

—¿Rubén? —preguntó ella, clavando los ojos en los míos.

Me quité el casco.

—Sí, soy yo.

Se acercó y me dio dos besos. Luego miró a Miguel con la misma naturalidad, se presentó y, antes de que ninguno de los dos dijéramos nada, nos invitó a subir a tomar algo. Miguel iba a declinar, pero ella insistió con una hospitalidad que me desconcertó: no encajaba con la mujer de los correos, con la que describía sus deseos sin filtro. Sin embargo ahí estaba, ofreciéndonos una cerveza fría como si fuéramos vecinos de toda la vida.

Subimos los tres en el ascensor. Era pequeño y estrecho, y apenas cabíamos con los cascos y las chaquetas. Valeria se colocó justo delante de mí. Cuando las puertas se cerraron, apoyó el culo contra mi bragueta con una lentitud calculada que no dejaba ninguna duda. Un movimiento lento, apenas insinuado, restregándose de arriba abajo con Miguel a treinta centímetros mirando el panel de botones. Sentí la polla hincharse dentro del pantalón y ella lo notó también: giró un poco la cara y me sonrió de lado, mordiéndose el labio. Me dejó la sangre en otra parte durante todo el trayecto.

***

El salón era pequeño y cálido. Nos instaló en el sofá, trajo tres cervezas y se sentó entre los dos con una naturalidad que empezaba a parecerme indistinguible del descaro. Brindamos. Yo no podía dejar de mirarla.

A los cinco minutos, ella bajó la vista hacia mis pantalones y soltó una carcajada que casi le cuesta el trago.

—¿Rubén? —dijo señalando sin ningún pudor el bulto que se marcaba clarísimo bajo la tela—. ¿Eso qué es?

Miguel tardó un segundo en entender de qué hablaba. Cuando lo entendió, se puso colorado hasta las orejas.

—Tu amigo —le explicó Valeria a Miguel con los ojos brillantes— parece que no ha apagado la moto. Está «en marcha».

—Creo que me bebo la cerveza rápido y os dejo solos —murmuró mi amigo, mirando hacia otro lado.

—Tranquilo, no te vayas a atragantar —dijo ella—. Aquí cabe todo el mundo.

La miré fijamente y decidí ir directo al grano.

—Valeria, es que en persona estás mucho mejor de lo que esperaba. Las fotos son una cosa, pero verte aquí es otra completamente distinta.

Ella dejó que el rubor le subiera despacio por el cuello.

—No sabes cómo estoy yo por dentro. Me tiemblan hasta los dedos. Estar aquí con dos desconocidos, sabiendo a qué habéis venido... me tiene el coño hecho un desastre desde el ascensor.

Le eché un brazo por el hombro y la acerqué hacia mí.

—¿Quieres pasarlo bien? Sin rodeos. Dime que quieres y tú marcas dónde paramos.

Valeria sostuvo mi mirada durante tres segundos largos.

—Quiero dejarme llevar —dijo—. Quiero ser la Valeria que se deja follar sin pensar, la que no se permite ser esto fuera de estas cuatro paredes.

Me giré hacia Miguel.

—En la ruta me preguntabas si Valeria tendría alguna amiga con las mismas ideas, ¿no?

Él abrió los ojos de par en par.

—No tiene amiga —continué—, pero si quieres echarme una mano para darle una buena tarde a esta mujer, estás invitado. Tú decides.

Miguel se pasó la mano por la cara y soltó todo el aire de golpe.

—¿Los dos con ella?

—Los dos con ella. Si ella quiere, claro.

Valeria nos miraba desde el centro del sofá, con las manos quietas sobre las rodillas y la respiración algo más agitada de lo normal. Asintió despacio, sin dudar.

—Los dos. Quiero a los dos.

***

La puse en pie de un tirón. Le saqué la camiseta de un solo movimiento y le desabroché el sujetador antes de que pudiera respirar. Dos tetas pequeñas y firmes, con los pezones ya duros y oscuros. Le clavé los dedos en ellos y los pellizqué hasta sentirlos endurecerse todavía más bajo mis yemas. Ella apretó los labios, conteniendo lo que quería soltar, pero un jadeo se le escapó igual.

—Chúpaselos —le dije a Miguel, señalándole con la barbilla—. Deja de mirar y ponte a currar.

Miguel se agachó y le atrapó un pezón con la boca mientras yo seguía trabajándole el otro con los dedos. Ella respondía con ese sonido corto y seco que tienen los cuerpos cuando el dolor y el placer se encuentran exactamente en el mismo punto. Se agarró del pelo de Miguel para no soltarlo y arqueó la espalda hacia mí.

Le desabroché los vaqueros y se los bajé de un tirón junto con las bragas. La dejamos desnuda en el centro del salón, con las piernas temblando, un triángulo de vello recortado sobre el pubis y los labios del coño hinchados y brillantes. Era exactamente el mapa que ella había descrito en los correos, y yo lo estaba leyendo en persona por primera vez.

La empujé contra la pared, le abrí las piernas con la rodilla y hundí la mano entre sus muslos. Estaba empapada, tan mojada que dos dedos me entraron enteros sin encontrar la menor resistencia.

—Joder —murmuró Miguel, pegado a su cuello—. Está como una fuente.

Le metí un tercer dedo y le apliqué la presión que me había pedido en los correos: la palma libre plana sobre el vientre, empujando con firmeza hacia abajo mientras los dedos de la otra mano trabajaban por dentro, entrando y saliendo con un ritmo cada vez más rápido, más profundo, hasta que los oía chapotear. Sentí exactamente lo que ella había descrito con tanta precisión: ese cierre muscular involuntario, ese abrazo interior que lo hace todo más estrecho, ese punto rugoso en la pared frontal que empecé a acariciar con la yema mientras la aplastaba por fuera. Cerré los ojos un momento y entendí por qué llevaba meses hablando de esto.

—¿A que te gusta, guarra? —le dije al oído—. ¿A que te gusta que te folle con la mano y te aplaste la barriga a la vez?

—Sí —jadeó ella, con la cabeza hacia atrás y los ojos apretados—. No pares, por favor, no pares...

Miguel le había bajado la mano hasta el clítoris y se lo frotaba en círculos con dos dedos mientras le mordía el cuello. Valeria empezó a temblar entre los dos, con las rodillas cediendo, y de pronto se cerró alrededor de mis dedos con una fuerza brutal y soltó un grito ronco que le nació de la tripa. Se corrió de pie, contra la pared, empapándome la muñeca de un chorro tibio que me bajó hasta el codo.

—Joder, Rubén —murmuró Miguel—. Se ha corrido con la mano.

—Y esto solo es el aperitivo —le dije, sacando los dedos del coño y llevándomelos a la boca para chupármelos delante de ella—. Al dormitorio.

***

La llevamos casi en volandas hasta la cama. La tumbamos en el borde y, antes de nada, le dejé claro lo que tocaba mientras Miguel y yo nos quitábamos los pantalones.

—Nos la vas a chupar a los dos. Empieza por Miguel.

Ella obedeció sin rechistar. Se arrodilló en el borde del colchón y se puso a trabajar la polla de mi amigo con una entrega que no tenía nada de fingida. La primera lamida fue larga, desde los huevos hasta el glande, y después se la tragó hasta el fondo, ahogándose un poco al principio y recuperando el ritmo enseguida. Yo la agarraba del pelo desde atrás, marcando el ritmo, hundiéndole la cara sobre la polla de Miguel para que la sintiera hasta la garganta, mientras él apoyaba los dedos en la cabecera de la cama con los nudillos blancos y gemía cortito, incapaz de decir palabra.

—Así, tráguesela entera —le decía yo—. Que se te salten las lágrimas, que se te caiga la baba.

Los ojos se le llenaron de lágrimas y la baba le colgaba en hilos brillantes desde la barbilla hasta las tetas. La saqué a la fuerza y se la puse a Miguel en la cara para que se pudiera limpiar, y sin darle tiempo la giré hacia mí. Cuando me tocó a mí, noté cómo su boca cambiaba de velocidad, buscando el punto exacto que me hacía perder el control: envolvía el glande con la lengua, chupaba con las mejillas hundidas, subía y bajaba con una succión que me disparaba las caderas hacia adelante sin querer. Le agarré la cabeza con las dos manos y se la follé la boca a fondo, dos, tres, cuatro embestidas seguidas hasta el fondo de la garganta.

—Para —le dije, tirando hacia atrás con el pelo—. Todavía no, no quiero correrme en tu boca.

La tumbé de espaldas en el colchón y le abrí las piernas con las dos manos. Miguel se colocó a un lado y se agachó a chuparle una teta mientras yo bajaba con la boca por su vientre. Le pasé la lengua por encima del ombligo, seguí bajando, y me hundí de golpe en su coño. La chupé sin miramientos, con toda la boca abierta, atrapando el clítoris entre los labios y trabajándolo con la punta de la lengua a la vez que le metía dos dedos otra vez y le apretaba el vientre con la mano libre. Ella se retorcía, se agarraba de las sábanas, gritaba mi nombre y el de Miguel mezclados sin darse cuenta.

—Me voy a correr otra vez —gimió—. Otra vez, joder, otra vez...

Chupé más fuerte, apreté los dedos contra ese punto rugoso, empujé la barriga hacia abajo, y ella se rompió por segunda vez en el colchón, arqueada, con los talones clavados en mi espalda y un chorro caliente que me empapó la barbilla.

***

Le di la vuelta y la puse a cuatro patas. Le agarré las caderas y le clavé la polla de una embestida hasta el fondo. Ella soltó un grito ahogado contra la almohada.

—Joder, Valeria, qué apretada estás —jadeé, sujetándola por la cintura y empezando a follármela con ritmo—. Qué coño más rico tienes, joder...

Miguel se colocó delante de ella y le acercó la polla a la boca. Valeria abrió sin decir nada y se lo tragó al mismo tiempo que yo la empotraba desde atrás. Los dos entrábamos y salíamos a la vez, en ritmos que se buscaban, y ella se dejaba usar por los dos lados como si no hubiera esperado otra cosa en toda su vida. Le agarré el pelo desde atrás y tiré hacia arriba para que se arqueara más, para poder metérsela más profunda; los cachetes de su culo temblaban con cada embestida y el sonido húmedo de mis huevos contra su coño llenaba el dormitorio.

—Miradla —murmuró Miguel—. Mira cómo la aguanta.

La saqué un momento y la puse boca arriba en la cama.

—Ahora encima de mí. Quiero mirarte la cara mientras te corres otra vez.

Valeria se montó sobre mí de cara, bajando despacio hasta que mi polla la volvió a atravesar entera. Cuando nos conectamos soltó un sonido que no era un gemido sino algo más hondo, más primitivo, un gruñido animal que le salió desde el fondo del vientre. Empezó a moverse, apoyando las manos en mi pecho, subiendo y bajando con las caderas, y yo veía cómo mi polla entraba y salía de ella brillante de flujo, cómo el clítoris se le hinchaba con cada bajada.

Agarré el juguete que ella misma había traído de la mesita de noche —un cilindro pesado de silicona negra— y lo apoyé sobre su abdomen, justo debajo del ombligo, empujando hacia abajo con firmeza mientras mis caderas subían a su encuentro. Sentí exactamente lo que ella había descrito con tanto detalle en sus correos: el coño se le cerró de golpe alrededor de mi polla, un abrazo interior que la hizo el doble de estrecha, como si dentro de ella hubiera aparecido de pronto otro cuerpo empujando desde arriba. Ahora la entendía en los dos sentidos a la vez.

—Dios mío —jadeó ella con los ojos en blanco—. Dios mío, así, así, no lo sueltes...

Miguel se colocó detrás con calma. Se puso lubricante en los dedos, le abrió los cachetes del culo con las dos manos y le metió un dedo despacio hasta el nudillo. Valeria dejó de moverse un segundo, cerró los ojos y respiró hondo. Miguel esperó, metió un segundo dedo, los movió en tijera para irla abriendo. Cuando la vio lista, se echó lubricante en la polla y fue apoyándola contra el ojo del culo.

—Despacio —susurró Valeria—. Despacio, por favor.

Miguel empujó milímetro a milímetro. La cabeza de la polla desapareció dentro con un pequeño gemido de ella, y luego el resto, poco a poco, hasta que quedó enterrado hasta la base. Cuando los dos estuvimos dentro, ella se quedó completamente quieta unos segundos, procesando todo lo que le estábamos dando al mismo tiempo. La sentí temblar, respirar en jadeos cortos, adaptándose al doble volumen. Luego empezó a moverse, y los tres encontramos un ritmo que convirtió el dormitorio en algo completamente diferente a lo que era cualquier otra noche.

Ella apretaba, se contraía, gemía en ese tono bajo que tienen los orgasmos que no se pueden fingir. Los músculos de su espalda se tensaban con cada embestida de Miguel; yo sentía el empuje de mi amigo a través de la pared interna que nos separaba, una fricción que hacía que mi polla se la sintiera todavía más gruesa, y ella la sentía a él también más gruesa por la presión de la mía. Cada embestida de uno era una embestida de los dos. Agarré su cadera con una mano y con la otra seguí apretando el juguete sobre su vientre, sin soltarlo un segundo, mirándola a los ojos.

—Estás llena hasta arriba, Valeria —le dije—. Dos pollas y encima esto. Como te gusta.

—Como me gusta —repitió ella con la voz rota—. Follarme los dos, follarme entera, no paréis, no paréis...

Miguel aguantó hasta que no pudo más y descargó con un gruñido largo, apretándole las caderas con los dedos hasta dejarle marcas, vaciándose dentro del culo con espasmos que Valeria contaba en gemidos cortos. Yo aguanté un poco más, follándola desde abajo con embestidas cada vez más profundas mientras le apretaba el vientre, hasta que Valeria se cerró sobre mí en convulsiones cortas y rítmicas, gritando sin freno, corriéndose por tercera vez con las dos pollas dentro; entonces también me rendí y me vacié en su coño, chorro tras chorro, sintiendo cómo el semen se acumulaba dentro con cada empujón.

Miguel salió despacio y se dejó caer al lado. Valeria se desplomó sobre mi pecho, y cuando mi polla resbaló hacia afuera noté el reguero caliente de semen y flujo bajarle por el muslo hasta empaparme la cadera. Era un peso caliente y húmedo. La abracé sin pensarlo, sintiendo su respiración irregular en mi cuello y los pequeños espasmos que todavía le recorrían los muslos y el coño.

—Ha sido increíble —logró decir, con la voz rota—. Nunca me habían llenado así a la vez. Nunca me había corrido tres veces seguidas con nadie.

Miguel miraba el techo con los brazos en cruz.

—Qué tarde de sábado, tío —murmuró—. Qué tarde de sábado.

***

Pedimos pizza.

Mientras esperábamos, Valeria se envolvió en una bata, se sentó entre los dos en el sofá y, con las mejillas todavía rosadas y las piernas cruzadas apretadas, nos miró con una honestidad que me descolocó.

—¿Puedo preguntaros algo?

—Claro —dije.

—¿Cómo os habéis sentido vosotros con todo esto? Con que haya cedido tan rápido, con que haya sido tan... directa desde el principio.

—No has cedido —la corté—. Has elegido. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas.

Ella asintió, pero seguía dando vueltas al mismo pensamiento.

—En mi día a día no soy así. Nadie que me conoce esperaría esto de mí.

—Exactamente por eso has podido serlo esta tarde —le dije—. Aquí no te conoce nadie. No hay juicio, no hay reputación que proteger. Solo lo que tú has decidido ser.

Miguel intervino con su voz tranquila de siempre.

—Una cosa que no entiendo del todo, Valeria. Sabiendo que Rubén es casado, ¿cómo has accedido a todo esto?

Ella cruzó las piernas y nos miró a los dos sin dudar.

—Precisamente porque es casado. Me garantiza que no va a aparecer en mi puerta pidiendo explicaciones ni queriendo más de lo que esto es. Él tiene tanto que perder como yo: eso me da una seguridad que no me daría jamás un soltero obsesionado. —Hizo una pausa—. Y además vive a doscientos kilómetros. No nos vamos a cruzar por la calle.

Miguel asintió despacio.

—Tiene toda la lógica del mundo.

Llegó el repartidor. Valeria fue a abrir bien tapadita con la bata, volvió con dos cajas grandes y las dejó en la mesa del salón. Comimos los tres en el sofá, hablando de cualquier cosa —de rutas en moto, de música, de sitios donde comer bien en la ciudad— con esa extraña normalidad que tienen los momentos irrepetibles cuando ya han ocurrido.

***

Antes de marcharnos, le pedí permiso para ducharme. Me dejó una toalla limpia y esperó en el pasillo.

Cuando salí, estaba ahí, con la bata puesta y el pelo algo húmedo, mirando al suelo. Me acerqué sin decir nada.

—Ha sido lo más intenso que he hecho en mucho tiempo —le dije—. Gracias.

Se lanzó a mis brazos de golpe, apretando con una fuerza que me sorprendió. Me susurró al oído con una voz que mezclaba el alivio con algo parecido al miedo.

—Rubén, yo no soy así. No quiero que te lleves esa imagen de mí.

La separé con cuidado, sujetándola por los brazos para que no pudiera desviar la vista.

—Sí eres así —le dije con total convicción—. Y eso es exactamente lo que hace que todo esto tenga sentido. No te pido que seas diferente. Te pido que seas exactamente lo que eres, porque eres fantástica.

Hice una pequeña pausa, dejando que mis palabras aterrizaran.

—No sé a dónde nos llevará esto, ni si volveremos a vernos alguna vez —continué—, pero te aseguro que me llevo el recuerdo más grande de toda mi vida.

Ella me miró un momento. Luego asintió en silencio, con los ojos brillantes.

Miguel salió del baño ya vestido y fresco, rompió el momento con una palmada en mi hombro y le dijo a Valeria que había sido una anfitriona de diez. Nos acompañó hasta la puerta. El aire de la noche era frío y limpio después del calor del piso. Le dimos un beso en la mejilla, uno cada uno, y bajamos las escaleras sin decir nada.

Al llegar a las motos, mientras nos ajustábamos los cascos, Miguel me miró.

—Esto queda entre nosotros —le dije antes de que abriera la boca.

—Ni lo dudes —respondió—. Para eso están los colegas.

Arranqué la Honda. El rugido del motor vibró entre mis piernas, un eco lejano de todo lo que había ocurrido pocas horas antes. Las farolas de la ciudad quedaron atrás en el retrovisor mientras tomábamos la autovía de vuelta.

Doscientos kilómetros de regreso, el viento en la chaqueta, y en mi cabeza ya no había pantallas ni píxeles ni correos. Solo el tacto de su piel, el peso de su cuerpo sobre el mío, y esa mirada suya en el pasillo que me decía, sin palabras, que ella tampoco iba a volver a ser exactamente la misma.

Si leés desde Buenos Aires, en Chicas Elite Caballito vas a encontrar perfiles con fotos reales.

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Comentarios(12)

NicoFromBsAs

Tremendo relato!! de los mejores que lei en mucho tiempo, se siente autentico

Daniloop87

El titulo me engancho desde el principio y el relato no defraudo. Ese tipo de preparacion previa es lo que hace que todo sea mas intenso

PabloK77

jajaja dos motos, ahora entiendo el titulo. Buenisimo

Federico_arg

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo

SilvaR_88

Se lee de un tiron, muy bien narrado. Espero el proximo con ansias

Marcos_Cba

Me recordo a algo que me paso hace un par de años, esas situaciones que arrancan de forma inesperada son las mejores jaja

MiguelBA23

Como terminó despues? me quedé con la duda de si hubo continuación

RiojaFranco

excelente!!!

LauraRdz

Muy bien contado, se nota que saben escribir. Ojalá suban mas seguido

Karen0910

La anticipacion antes del encuentro es lo mejor del relato. Muy buen trabajo

JoseS21

sigue asi!! me encanto

Ignacio

Tremendo final no me lo esperaba tan bien armado. Lo guarde en favoritos

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