La luz que volvió en el peor momento
La primera señal debería haberla visto antes. No en esa noche, sino semanas atrás, cuando Marcos empezó a mencionar a Rodrigo en conversaciones donde antes no tenía cabida. Pequeños detalles que en ese momento descarté como casualidades y que ahora, tumbada en la oscuridad con la espalda pegada al reposabrazos del sofá, empezaban a tomar otra forma.
Pero eso lo entendí después.
Esa noche, en aquella casa rural perdida entre pinos y lluvia, solo sentí que algo no encajaba. La mano que se deslizaba por mi muslo era tibia y tentativa, demasiado cautelosa para ser la de un hombre que llevaba cinco años conociéndome. Marcos sabe exactamente qué hacer y cómo hacerlo. Sabe dónde presiona, dónde araña, cuánto tarda mi coño en empaparse cuando me mete dos dedos hasta el fondo. Esa mano no sabía nada de mí.
La vela se había consumido diez minutos antes. El apagón había llegado justo después de la última copa, cuando ya ninguno de los cuatro estábamos en condiciones de recordar por qué nos parecía buena idea quedarnos sentados en la oscuridad, escuchando la lluvia arañar las contraventanas.
Éramos cuatro: Marcos y yo, Valeria y Rodrigo. Nos habíamos conocido todos a través de Marcos, que trabajaba con Rodrigo en la misma empresa de arquitectura. Valeria, mi amiga desde la carrera, llevaba cuatro meses con él. Era su primera escapada de verdad juntos, la primera noche fuera de la ciudad.
Yo llevaba cinco años casada con Marcos. Él, cirujano. Yo, directora de proyectos en una constructora. Sin hijos por elección propia. Una pareja funcional, que es lo más honesto que se puede decir de cualquier matrimonio que sobrevive a los treinta y cinco.
La noche había empezado sin pretensiones: cena larga, dos botellas de vino tinto, el mezcal que Rodrigo había traído de un viaje a Oaxaca y que nadie debería beber en las cantidades que lo bebimos. Valeria sacó dos cigarrillos liados que guardaba en una cajita de metal. «Para ocasiones especiales», dijo. Yo no fumo. Fumé.
Después vinieron los juegos. Preguntas estúpidas que se volvieron menos estúpidas conforme avanzaba la noche. Valeria me preguntó cuál era mi fantasía erótica más secreta, y yo, con la lengua ya bastante desatada por el mezcal y el humo, lo dije sin pensarlo: follar con otra pareja delante. Oírnos. Oír cómo se corren, cómo se la meten, cómo suena una polla entrando en otro coño mientras a mí me follan al lado. Mezclar los sonidos en la oscuridad.
Hubo risas. Silbidos. Marcos me miró con esa media sonrisa que conozco demasiado bien.
Valeria lanzó el órdago: cuando se apague la vela, lo hacemos.
Y la vela se apagó.
***
El silencio que siguió fue denso. Pesado de una forma que no tenía que ver con el alcohol ni con el cansancio. Nadie dijo nada durante lo que me parecieron varios minutos, aunque probablemente fueron segundos. Oía respirar a los demás y no conseguía distinguir cuál era cuál. El fuego de la chimenea llevaba rato sin dar calor y el frío de la sierra se había instalado entre nosotros sin que nadie lo invitara.
Entonces empezaron los primeros sonidos desde el otro sofá. Valeria. La conocía demasiado bien para no reconocer su voz incluso cuando intentaba contenerla.
Primero fue una respiración corta, entrecortada, ese jadeo que se le escapa cuando algo le gusta y no quiere admitirlo. Después el crujido húmedo, inconfundible, de una boca chupando otra. Los oí besarse largo, con lengua, con la avidez torpe de dos que llevan bebiendo horas. Rodrigo dijo algo en voz baja, muy pegado a su oído, y Valeria soltó una risita ronca que se convirtió en un gemido cuando él debió de meterle la mano por debajo del jersey.
—Joder, qué tetas tienes —murmuró él, con voz de mezcal y de urgencia—. Llevo meses queriendo mamártelas.
—Chúpamelas, entonces —respondió Valeria, con una voz que yo no le había oído nunca, más grave, más sucia, como si en la oscuridad se hubiera quitado también la voz de siempre.
Oí el tirón de la tela. El jersey subiendo. El sujetador cediendo. Después ese sonido tan concreto, tan reconocible, de una boca succionando un pezón, de una lengua describiendo círculos, del aire que entra y sale entre los dientes de Rodrigo mientras Valeria arqueaba la espalda contra el respaldo. Los muelles del sofá crujían despacio, con un ritmo que ya no era casualidad.
La mano en mi muslo llegó poco después.
Me acerqué más al cuerpo que tenía al lado, buscando el calor familiar de Marcos. Pero algo no cuadraba. No era la forma en que me tocaba. No era la temperatura de sus dedos ni la presión de su palma. Era todo a la vez, una suma de detalles pequeños que mi cabeza, todavía flotando en mezcal y tabaco, tardó en procesar.
La mano siguió subiendo. Los dedos me acariciaron por encima de los vaqueros justo donde la costura interior aprieta el coño, y noté una presión insistente, un roce circular que buscaba mi clítoris a través de la tela. La palma se abría y se cerraba sobre el bulto de mi sexo con una avidez que no era la de Marcos. Marcos me habría desabrochado el botón directamente. Marcos me habría metido la mano dentro sin preguntar, porque después de cinco años sabe que me gusta que no pregunte.
Desde el otro sofá los sonidos habían cambiado de fase. Valeria estaba ya con los pantalones bajados hasta las rodillas, lo supe por el susurro de la tela vaquera y por el chasquido metálico del cinturón cayéndose al suelo. Rodrigo respiraba fuerte, casi resollando, y le oí decir con la boca llena de algo:
—Estás empapada. Joder, cómo estás.
Después el ruido inequívoco de dos dedos entrando y saliendo de un coño mojado. Ese sonido líquido, obsceno, que no se puede confundir con ninguna otra cosa. Valeria gimió largo, un gemido gutural que ahogó a medias mordiéndose el puño, y a mí se me contrajo el vientre sin permiso.
—Más adentro —le pidió ella, con la voz rota—. Métemelos hasta el fondo. Así. Así, joder.
La mano que estaba en mi muslo se envalentonó. Empezó a buscar el botón del pantalón con torpeza, con esa torpeza que tiene el que no conoce la ropa que quita. Y entonces algo se disparó en mi interior. No fue un pensamiento claro. Fue más bien un instinto, una alarma física que me hizo apartarme de golpe, golpeándome la espalda contra el reposabrazos.
Me quedé quieta en la oscuridad, con el corazón acelerado y sin entender exactamente qué acababa de pasar. Al otro lado del salón Valeria seguía gimiendo. La oí decir «chúpame el coño, chúpamelo entero», y oí después el sonido húmedo de una lengua obedeciendo, el jadeo ahogado de Rodrigo entre sus muslos, el golpe seco de una rodilla contra el suelo de madera cuando él debió de arrodillarse frente al sofá.
—Así, cabrón —seguía Valeria, con un hilo de voz—. Métemela la lengua. Chúpame como si fuera el último coño que vas a comer en tu puta vida.
Y él la chupaba. Se le oía. Se oía el ruido pegajoso, glotón, de una boca abierta comiéndose entero el sexo de otra persona, la respiración forzada por la nariz, el chasquido de la lengua rozando el clítoris una y otra vez. Valeria le hundió las manos en el pelo, lo supe porque él soltó un gruñido ahogado, y después ella empezó a mover las caderas contra su cara con un ritmo cada vez más desesperado, restregándose el coño en su boca sin ningún tipo de decoro.
Solo sabía que quería que volviera la luz. Quería verles la cara.
Un trueno sacudió la casa. Y tres segundos después, como si el trueno lo hubiera invocado, volvió la electricidad.
***
Lo primero que vi fue a Rodrigo.
Estaba de pie junto a la pared del fondo, pálido como si le hubieran vaciado de golpe. Tenía los ojos abiertos de par en par, la boca todavía brillante de una humedad que no era saliva, y la expresión de alguien a quien acaban de pillar haciendo algo que no tiene nombre decente en ninguna lengua. La bragueta desabrochada. La polla medio salida por la ropa interior, gruesa, congestionada, apuntando hacia arriba con la punta enrojecida y un hilo transparente colgando del glande. La cazadora de Valeria colgada del brazo, como si acabaran de interrumpirle en medio de un gesto.
Lo segundo que vi fue a Valeria, en el otro sofá, subiéndose los vaqueros con una rapidez que habría resultado cómica en cualquier otra circunstancia. Tenía el jersey subido hasta el cuello, un pecho todavía fuera del sujetador con el pezón hinchado y mojado de saliva, la mano libre intentando taparse el otro. Las bragas oscuras se le habían quedado enredadas entre los bolsillos del pantalón cargo. Entre los muslos, brillando bajo la luz cruda del plafón que acababa de encenderse, tenía un rastro húmedo de su propia excitación bajándole hasta la rodilla.
Y lo tercero fue la mano de Marcos.
Él estaba sentado a mi lado, exactamente donde debería estar. Pero su mano se retiraba de la dirección equivocada. Del sofá donde estaba Valeria. Con los dedos brillantes, con esa película inconfundible que solo deja un coño mojado en la piel de otro, con el movimiento lento e instintivo de quien sabe que ya es demasiado tarde para disimular. La bragueta de él también estaba abierta. La polla dentro todavía, pero abierta. Preparada.
Mi cabeza procesó todo en un segundo.
La mano que había estado sobre mí no había sido la de Marcos ni la de Rodrigo. Había sido la de Rodrigo antes de levantarse, en un intercambio absurdo, coreografiado a ciegas. Marcos había estado metiéndole los dedos a Valeria mientras Rodrigo intentaba, con torpeza de novato, hacerme lo mismo a mí. Y cuando Rodrigo se había asustado de mi reacción, se había apartado hasta la pared del fondo, dejando el sofá con la bragueta abierta y una erección que no le daba tiempo a esconder.
Después tardé mucho más en creerlo.
Había una mirada entre ellos. Brevísima, casi inexistente, el tipo de mirada que solo existe entre personas que llevan tiempo guardando el mismo secreto. Valeria la cortó en cuanto notó que yo estaba mirando. Pero ya la había visto.
Era suficiente.
***
—Laura, escucha… —empezó Marcos.
No le dejé terminar. Me levanté despacio, con la calma extraña que a veces me llega en los peores momentos, la misma que aparece cuando un cliente me llama un viernes a las seis de la tarde con una crisis de obra. Mi mente se volvió fría y eficiente.
—¿Una broma? —dije, mirando a Valeria.
Ella abrió la boca. La cerró.
—Ha sido el ambiente —intentó Marcos—. El mezcal. Los cigarrillos. Nadie pensaba que…
—Nadie pensaba —repetí—. Claro.
Rodrigo seguía pegado a la pared, con la polla todavía asomando por la bragueta, como si se le hubiera olvidado que estaba fuera. Un detalle grotesco, imposible de pasar por alto. Tenía la cara de alguien que quiere desaparecer y no encuentra la salida. Le miré un momento. En sus ojos había algo parecido a una disculpa, o tal vez solo miedo. Era difícil distinguirlos en ese estado.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
Nadie contestó.
—¿Desde cuándo? —repetí, esta vez mirando directamente a Marcos.
Él cerró los ojos un segundo. Ese gesto fue suficiente respuesta.
No grité. No rompí nada. Recogí mi copa de la mesa, la llevé a la cocina, la lavé, la dejé en el escurridor. Después subí las escaleras hasta el dormitorio, cerré la puerta con pestillo y me senté en el borde de la cama con la ropa puesta y los pies en el suelo.
***
Desde abajo llegaban voces. Solo dos. Las reconocía perfectamente.
Me quedé escuchando sin querer escuchar, dejando que el sonido llegara sin intentar descifrar las palabras. Mi cabeza estaba haciendo otra cosa: repasando los últimos meses con la minuciosidad de quien revisa un contrato buscando la cláusula que pasó desapercibida.
Las cenas donde Marcos mencionaba a Rodrigo más de lo necesario.
El fin de semana que Valeria canceló nuestra quedada con una excusa vaga que no se molestó en elaborar. La marca que le vi al día siguiente en el cuello, y que ella atribuyó a la plancha del pelo. La forma en que se sentó, con cuidado, apoyando el peso en un solo glúteo, como si algo le doliera por dentro.
La forma en que los dos habían insistido en que este viaje era buena idea antes de que yo tuviera tiempo de pensarlo demasiado.
No eran pruebas. Eran piezas sueltas que mi mente estaba intentando encajar en un puzzle que todavía no quería mirar de frente.
Lo que sí tenía claro era la mano. No era la de Marcos. La había reconocido con medio segundo de retraso, pero la había reconocido. Y eso significaba que Marcos estaba donde estaba Valeria, con los dedos metidos hasta los nudillos en el coño de mi mejor amiga mientras yo, a un metro y medio de distancia, dejaba que un desconocido me tocara por encima de los vaqueros. Que todo había estado dispuesto mucho antes de que la vela se apagara.
La fantasía que yo había confesado en voz alta, borracha y entre risas, no había sido el detonante de nada.
Había sido la coartada.
***
Alguien llamó a la puerta cerca de medianoche.
—Laura. —Era Valeria. El tono agudo de cuando se pone nerviosa—. Laura, abre. Por favor. Necesito explicarte algo.
No contesté.
—No es lo que piensas —añadió.
Eso sí me hizo reírme. Una risa breve, sin humor, que se me escapó sola.
—Valeria —dije, lo suficientemente alto para que me oyera—. Si vuelves a decir «no es lo que piensas», me voy a enfadar de verdad.
Silencio.
—¿Cuánto tiempo lleváis planeando esto? —pregunté.
Otro silencio. Más largo.
—No lo hemos planeado —dijo al fin—. Ha sido la situación. El ambiente. Sabes cómo son estas cosas.
—No —respondí—. No lo sé. Explícamelo. Explícame cómo se folla a alguien por primera vez estando la mujer al lado, en el mismo sofá, sin haberlo hablado antes. Explícame eso.
Nada.
—Exacto —dije.
Oí sus pasos alejarse por el pasillo. Luego la voz de Marcos más abajo, preguntándole algo que no entendí. La respuesta de ella, tampoco.
Me tumbé en la cama mirando el techo de vigas oscuras. La lluvia seguía cayendo. Los truenos ya eran más lejanos, gastados.
***
No sé cuánto tiempo pasé así. Lo suficiente para que la cabeza empezara a despejarse, aunque no lo suficiente para que las cosas tuvieran más sentido.
Pensé en lo absurdo de todo. Cuatro personas adultas con trabajos serios y vidas organizadas, montando semejante desastre en una casa rural de alquiler un jueves de Semana Santa. Si alguien me lo hubiera contado, me habría parecido el argumento de una mala película de sobremesa.
Pero la mano había sido real. La mirada también. Y el ruido de la lengua de Rodrigo en el coño de Valeria, ese chapoteo obsceno, todavía lo tenía metido en algún lugar del oído interno, como un tinnitus que no se me iba a ir en semanas.
Me pregunté qué habría pasado si la luz no hubiera vuelto. Si el apagón se hubiera alargado otra hora. Si yo no hubiera notado nada raro y me hubiera dejado llevar por la oscuridad y el ruido y la calidez de un cuerpo equivocado. Me imaginé la escena entera, casi sin querer: los dedos de Rodrigo entrando en mí despacio, luego más rápido, la boca de alguien en mis pezones, la polla de Marcos hundida en Valeria a medio metro escaso, los cuatro respirando el mismo aire viciado, los sonidos mezclándose exactamente como yo había dicho en voz alta durante la cena. La imagen me revolvió el estómago y me humedeció las bragas al mismo tiempo, y esa contradicción fue lo peor.
La respuesta me incomodó más que la pregunta.
Porque una parte de mí, la parte que todavía flotaba en mezcal y en el recuerdo de los sonidos desde el otro sofá, no tenía claro qué habría hecho. Si habría dejado que la mano de Rodrigo bajara del muslo al botón del pantalón, del botón a la cremallera, de la cremallera a la carne. Si habría abierto las piernas. Si habría gemido tan alto como Valeria. Y esa incertidumbre era lo más inquietante de todo, más que la traición, más que la mentira, más que cualquier otra cosa que hubiera pasado en esa casa.
¿Hasta dónde habría llegado?
No quería responder esa pregunta. Pero tampoco conseguía dejar de hacérmela.
***
Marcos llamó a la puerta cerca de las tres de la mañana.
—Laura. Sé que estás despierta.
No contesté.
—No voy a entrar si no quieres —dijo—. Solo quiero que sepas que estoy aquí.
Guardé silencio un momento.
—¿Desde cuándo? —repetí la misma pregunta de antes.
Esta vez no hubo pausa.
—Desde el cumpleaños de Rodrigo —dijo—. Hace dos meses.
El dato era preciso. Concreto. No una confesión forzada por las circunstancias sino algo que llevaba preparado, esperando el momento de soltarlo. Eso me dijo más que las propias palabras. Había ensayado esta conversación. Había pensado en mí mientras planeaba todo lo demás. Mientras se follaba a Valeria en habitaciones de hotel a mediodía, o en el despacho, o donde fuera que lo hicieran. Mientras le mamaba las tetas y le metía la polla en el mismo coño donde esta noche había vuelto a meter los dedos delante de mí.
—Dos meses —repetí en voz baja.
—Laura…
—Vete a dormir al sofá —dije.
—Sí —respondió.
Sus pasos se alejaron por el pasillo. Oí la escalera crujir dos veces y luego el silencio.
Me quedé sola con el techo y la lluvia y esa pregunta que no había terminado de hacerle, la que de verdad importaba, la que no era cuánto tiempo llevaban sino qué pensaban hacer ahora. Si lo de esa noche era el final o el principio de algo. Si yo era el problema o la víctima o simplemente la que había llegado demasiado pronto a una conversación que los otros tres ya habían tenido sin ella.
Esa la dejaría para la mañana.
Cuando hubiera luz, cuando pudiera verles la cara sin que pudieran esconderse en la oscuridad, cuando el mezcal y el tabaco y la adrenalina de todo aquello se hubieran disuelto y quedara solo lo que era real.
Afuera dejó de llover justo antes del amanecer. Lo noté porque el silencio que lo siguió era distinto. Más limpio. Como si el mundo hubiera decidido empezar otra vez desde cero sin consultarle a nadie.
Ojalá fuera tan fácil.
