Mi compañera me esperó en camisón esa mañana
Salimos en grupo del edificio, como ocurre siempre que termina el turno un domingo por la tarde. Los que se quedaban, los que se iban, los comentarios de siempre sobre los días libres y los planes del fin de semana. Crucé el parking con las llaves ya en la mano, sin buscarle los ojos.
—¡Oye, Marcos! —gritó desde el otro extremo, alto y claro, para que todo el mundo lo escuchara—. ¿Recuerdas que quedamos en que me acercabas a casa? Esta tarde se me encendió una luz en el salpicadero. Mañana vengo a buscar el coche con la grúa.
Actuar nunca ha sido mi fuerte, pero hice lo que pude.
—¡Ah, sí, claro! Se me había ido completamente de la cabeza. Qué cabeza tengo estos días.
Algunos compañeros sonrieron. Nadie sospechó nada, o al menos eso me pareció. Nos subimos al coche. Cerré la puerta, puse el motor en marcha, y antes de que yo pudiera decir nada:
—Busca algo. Un camino de campo, un descampado, un parking oscuro, lo que sea. Yo no puedo ni quiero llegar así a casa. Llevo el coño empapado desde el mediodía, Marcos. Necesito que me folles ya.
Lo dijo mientras se desabrochaba el pantalón. Nada más salir del recinto de la empresa, deslizó la mano dentro de las bragas, se recostó en el asiento y cerró los ojos. Vi de reojo cómo movía los dedos bajo la tela, cómo se le entreabría la boca, cómo se le marcaban los pezones duros contra la camiseta. Se llevó los dedos brillantes de flujo a los labios y los chupó despacio, sin dejar de mirarme.
—¿Ves cómo estoy? Toca —dijo, y me cogió la mano y la metió entre sus muslos.
Los dedos se me hundieron en algo caliente y viscoso. Estaba tan mojada que se le escurría por el pliegue del muslo. Le froté el clítoris con el pulgar mientras conducía y ella soltó un gemido ronco, apoyando la nuca contra el reposacabezas.
Llevábamos una semana entera cargando con aquello. Siete días de miradas en los pasillos, de roces junto a la fotocopiadora que duraban un segundo de más, de conversaciones que siempre terminaban en el mismo punto muerto: los dos a medio metro el uno del otro, con la polla dura debajo del pantalón y ella cruzando las piernas para aliviarse contra la silla. Una semana así tiene un coste físico que se acumula sin que te des cuenta. Te lo lleva puesto encima todo el tiempo.
—Si aparco junto a un camión, avísame. No quiero dar ningún espectáculo —dijo con la respiración ya acelerada, sin sacar la mano de las bragas.
Tampoco yo estaba en la mejor posición para conducir tranquilo. Me había bajado la cremallera a las afueras de la ciudad para darme algo de alivio y evitar que los vaqueros se convirtieran en un problema serio. La polla se me había salido por el hueco del calzoncillo, hinchada, con la punta ya húmeda. Elena estiró el brazo, la rodeó con la mano y empezó a masturbarme despacio mientras yo trataba de mantener el coche en el carril.
—Joder, la tienes durísima —susurró—. Cómo pesa. Me cabe entera en la boca, ¿sabes? Y aun así se me atraganta.
—No sigas o me corro antes de llegar.
—Aguanta. Quiero que te corras dentro.
Desde que ella había deslizado la mano, algo dentro del coche había cambiado de temperatura. El olor a sexo se hizo denso, imposible de ignorar. Ella se llevó los dedos otra vez a la boca y los chupó con obscenidad calculada, mirándome fijo, y luego los volvió a hundir entre sus piernas.
No hubo camiones. Hubo un carril agrícola a las afueras, una valla metálica al fondo y cuatro encinas que no le importaban a nadie. Apagué el motor. Fuera solo se oía algún grillo lejano y el viento entre las ramas. La luna daba la cantidad de luz justa para ver sin que te vieran demasiado.
Bajamos casi al mismo tiempo. Nos encontramos delante del capó como si lo hubiéramos planeado de antemano. Los besos fueron rápidos, bruscos, con lengua entera, con las manos yendo a todas partes sin ningún orden concreto. Le metí la mano por debajo de la camiseta, le desabroché el sujetador de un tirón y le agarré las tetas, apretando los pezones entre los dedos hasta que soltó un jadeo contra mi boca. Ella tiró de mi cinturón, me bajó los pantalones de golpe y me agarró la polla con las dos manos.
Se dejó caer de rodillas sobre el suelo de tierra sin pensárselo. Me la metió en la boca hasta el fondo, tan hondo que la punta le tocó la garganta y le arrancó una arcada breve que no la frenó. Empezó a chupármela con hambre, con ruido, dejando que un hilo de saliva se le escurriera por la barbilla hasta las tetas. Me miraba desde abajo con los ojos llenos de agua mientras la lengua me recorría todo el glande, mientras se la sacaba entera para lamerme los huevos y volver a tragársela de un empujón.
—Levántate o te lleno la boca ahora mismo —le dije, agarrándola del pelo.
Sonrió, me dio una última chupada larga y se puso de pie. Se bajó los pantalones y las bragas de un movimiento, dejando el olor a hembra cachonda en el aire. Se giró. Puso las palmas sobre el capó, todavía caliente del motor, arqueó la espalda y separó bien los pies. Le abrí las nalgas con las manos. El coño se le abría solo, brillante, con los labios hinchados y un chorro de flujo que le caía por dentro del muslo. El culo, apretado y palpitante justo encima, le temblaba con la respiración.
La penetré de un golpe hasta los huevos y soltó un grito seco y grave que se perdió en el campo. No encontré ningún impedimento. Todo lo que había ido acumulando durante la tarde la tenía más que preparada para esto. Entrar fue como llegar a un sitio donde te están esperando desde hace rato, un coño caliente que se cerraba a mi alrededor como un puño empapado.
—Así, Marcos, follame así, no pares, más fuerte —jadeaba con la cara contra el capó.
Empujé con fuerza, con ritmo, agarrándola de las caderas para clavármela contra la polla en cada envite. El sonido de mis huevos golpeando contra su coño se mezclaba con el chapoteo de lo mojada que estaba. Se ayudó con la mano izquierda entre las piernas, frotándose el clítoris a la vez que yo la embestía, porque sabía, y yo también lo sabía, que aquello no iba a durar demasiado. Le di una palmada en el culo y quedó marcado en rosa bajo la luna. Otra. Ella gimió más alto.
—Métemela toda, joder, hasta el fondo, quiero notarte hasta el estómago.
Me incliné sobre su espalda, le agarré una teta por debajo de la camiseta, le mordí el cuello. Siete días de contención tienen su propio límite y no negocian. Cuando noté que ya no era posible retenerlo, me aferré a sus caderas y la clavé contra mí. Un último impulso, quieto contra ella, y me fui vaciando dentro despacio, chorro a chorro, mientras le apretaba los huesos de la cadera hasta hacerle daño. Sentí cómo el coño se le contraía a mi alrededor exprimiéndome cada gota.
Sus dedos seguían rozándome la polla mientras se tocaba el clítoris. No tardó más de un minuto. Se corrió con un espasmo largo, un temblor que le subió desde las piernas hasta los hombros, apretándome dentro con unas contracciones que casi me hicieron gritar. Sus rodillas cedieron ligeramente y tuvo que apretar más los brazos contra el capó para mantenerse en pie. Cuando me salí, la corrida me chorreó por la punta y le cayó por dentro del muslo, mezclada con la suya.
Nos separamos jadeando. El olor a hierba seca, a tierra húmeda y a sexo llenaba el aire. Me di cuenta de que desde que habíamos tomado el carril no habíamos cruzado más de cinco palabras que no fueran soeces. Había sido urgente, casi torpe y completamente necesario al mismo tiempo.
Sacó un paquete de toallitas del bolso —como si lo hubiera previsto, claro— y me pasó una. Se limpió entre las piernas con calma, se subió las bragas manchadas y se compuso el pelo mirándose en la ventanilla. Nos vestimos en silencio. Volvimos al coche.
Cogió el teléfono.
—Sí, cariño, no te preocupes. Se ha liado mucho la tarde. Sí, llego enseguida.
Colgó. Yo ya estaba incorporándome a la carretera principal, rumbo a su casa.
—Mañana me pillo un taxi para ir a buscar el coche —dijo mirando por la ventanilla—. No te preocupes.
Fue más un monólogo que una conversación. La dejé delante de su portal. Salió sin mirar atrás, y yo me quedé tres segundos más de lo necesario para fijarme en cómo le quedaba el pantalón antes de meter primera y salir de allí.
Esa noche dormía en casa de un amigo. Mi piso llevaba días en obras y yo había montado un campamento provisional en su habitación de invitados. Cuando llegué ya estaba durmiendo. Me metí en la ducha sin cenar. El agua caliente fue asentando poco a poco todo lo que quedaba encima. Me acosté y en menos de diez minutos estaba completamente frito.
***
Me despertó el teléfono. Era la empresa de reformas: en dos días podría volver al apartamento. Colgué sonriendo.
Volvió a sonar casi de inmediato.
—Buenos días. ¿Has dormido bien? —Era su voz. Directa, sin preámbulos.
—Muy bien. Quedé frito en cuanto toqué la almohada. Y acaban de llamarme: en dos días tengo el piso listo.
—¿Has desayunado?
—Ni sé qué hora es.
—Las nueve y cuarto. He ido a buscar el coche y he comprado ensaimadas. La niña está con los abuelos toda la mañana, me inventé una excusa bastante elaborada pero ha colado. Estoy sola hasta las cuatro. ¿Vienes? Todavía tengo tu semen dentro. Me he despertado con las bragas pegadas.
No esperó respuesta. Colgó.
A los quince segundos llegó un vídeo. Llevaba un camisón fino, estampado, con los tirantes delgados. Se los bajaba despacio, primero uno y luego el otro, y la tela caía sola hasta el suelo por efecto de la gravedad. Se pasaba la mano por una teta, se pellizcaba el pezón y bajaba dos dedos entre las piernas, abriéndose los labios del coño para la cámara. Un segundo mirando el objetivo con esa media sonrisa que llevaba toda la semana viendo en el pasillo de la oficina. Corte.
Me lavé los dientes y bajé las escaleras de dos en dos.
***
Abrió la puerta antes de que yo llamara. El camisón todavía lo llevaba puesto.
Nos besamos en el umbral. Le metí la mano por debajo del camisón nada más entrar y la encontré desnuda, sin bragas, mojada otra vez. La tela salió volando en el pasillo, mi ropa fue quedándose por el suelo a medida que avanzábamos hacia el salón. No llegamos al dormitorio en el primer asalto.
La empujé contra el respaldo del sofá. Se dobló por la cintura, apoyó las manos en los cojines y arqueó el culo hacia mí. Le pasé la lengua por toda la raja, de abajo arriba, saboreando el rastro salado de la noche anterior mezclado con lo nuevo. Ella soltó un quejido y separó más las piernas. Le hundí dos dedos en el coño mientras le lamía el clítoris desde atrás, y noté cómo se le apretaban las paredes internas al primer contacto de la lengua.
—Fóllame otra vez, no aguanto más, llevo toda la noche pensando en tu polla.
Me levanté, la agarré por la cintura y la penetré así, doblada sobre el sofá. Entré de una embestida. Empecé a moverme despacio esta vez, hondo, dejándole sentir cada centímetro dentro. Ella empujaba hacia atrás buscándome, gemía con la cara contra los cojines, se agarraba la tela del sofá con los puños.
—Date la vuelta —le dije al cabo de un rato.
La tumbé bocarriba sobre la alfombra, le abrí las piernas y me metí entre ellas de nuevo. Quería verle la cara esta vez. Me apoyé en los antebrazos, la miré a los ojos y empecé a follármela con calma, marcando el ritmo, saliendo casi entera y volviendo a hundirme del todo. Ella me clavaba las uñas en la espalda, me buscaba la boca, me chupaba la lengua como si fuera otra polla.
—Tócate —le pedí sin dejar de embestir.
Bajó la mano y empezó a frotarse el clítoris entre mis empujones. Vi cómo se le iba subiendo el rubor por el cuello, cómo se le entreabría la boca, cómo cerraba los ojos con fuerza. Se corrió mordiéndome el hombro para no gritar, y el coño le apretó tanto que me arrastró a mí de golpe. Me salí a tiempo, le agarré la polla con su mano y me acabé sobre su vientre, chorros gruesos que le cayeron desde el ombligo hasta las tetas.
Había algo fundamentalmente diferente en aquello comparado con la noche anterior: tiempo. Toda la mañana por delante, sin carreteras que explorar en busca de un sitio discreto, sin el reloj encima como una presión constante. Esa diferencia se nota en la manera en que se follan dos personas. Hay más calma, más atención al detalle, más ganas de detenerse en lo que la noche anterior se tuvo que pasar por alto.
Cuando volvimos a estar los dos jadeando y tumbados con las piernas entrelazadas en el sofá, eran ya las once pasadas. Nos quedamos un rato sin movernos, ella apoyada en mi pecho, yo mirando el techo blanco, los dos recuperando el aire en silencio.
—Me muero de hambre —dijo al fin.
—Las ensaimadas.
—Ahora las traigo.
Pasó al dormitorio a buscar algo con que cubrirse y volvió a la cocina. Yo la seguí, desnudo. La caja de ensaimadas estaba sobre la encimera, cerrada, sin rastro de visitas no deseadas.
—¿Café? —preguntó abriendo el armario.
—Sí.
Mientras esperábamos que la cafetera terminara, me puse detrás de ella y le rodeé la cintura con los brazos. Noté que echaba la espalda hacia atrás, apoyándose en mí, y cómo el culo se le pegaba a mi polla otra vez medio dura. Le subí la camiseta ancha que se había puesto y le agarré las tetas por debajo. Le pellizqué los pezones entre el pulgar y el índice. Ella dejó caer la cabeza sobre mi hombro y separó ligeramente las piernas contra la encimera.
—¿Otra vez? —susurró con una sonrisa.
—Otra vez.
La incliné sobre el mármol. Le abrí las piernas con la rodilla, le acaricié el coño con la punta y la penetré por detrás, despacio, sintiendo cómo lo recibía todo abierto y todavía brillante. La follé así mientras se hacía el café, agarrándole el pelo con una mano y las caderas con la otra, viendo su reflejo en el cristal del microondas. No dijimos nada durante un rato. Solo el sonido del café haciéndose, mis huevos golpeando contra su culo y, fuera, un lunes de verano que empezaba con una normalidad que no cuadraba demasiado con lo que estaba pasando dentro de ese piso. Me corrí dentro de ella otra vez, apretándole las caderas contra el mármol, y ella se corrió un segundo después mordiéndose el antebrazo.
—¿Cuántos días libres tienes? —pregunté cuando pude hablar.
—Hasta el jueves. ¿Y tú?
—Igual.
Nadie añadió nada más, pero no hacía falta.
Después del café volvimos al dormitorio. Ya sin urgencia, ya sin ese componente de reloj que lo había marcado todo hasta entonces. Recuperamos todo lo que habíamos tenido que saltarnos durante la semana anterior. La tumbé bocarriba, le abrí las piernas y me quedé un buen rato entre ellas comiéndole el coño con calma, chupándole el clítoris, follándola con la lengua, notando cómo cada gemido se hacía más largo. Le metí un dedo en el coño y otro en el culo mientras seguía chupando y ella se corrió arqueando la espalda entera del colchón, con las dos manos en mi pelo.
Elena tenía la costumbre de hablar poco en la cama y de comunicarse con las manos, con la presión de los dedos, con la dirección de la mirada. En la cama, eso es una cualidad más escasa de lo que parece. Aprendí más cosas de ella en esas pocas horas que en toda la semana anterior junta.
Nos tomamos el tiempo que hizo falta. Probamos distintas posiciones sin ninguna urgencia especial. Ella encima, cabalgándome despacio con las manos en mi pecho, dejando que la penetración le entrara del todo hasta el fondo antes de subir de nuevo. De lado, con una pierna suya sobre mi cadera, penetrándola perezosos mientras nos besábamos. De cuatro sobre el colchón, con ella hundiendo la cara en la almohada mientras yo la embestía duro y le apretaba el cuello del pelo. Los lubricantes y los juguetes del cajón de la mesilla dejaron de ser hipotéticos en algún momento de la mañana: sacó un vibrador rosa, se lo puso sobre el clítoris mientras yo la follaba desde detrás, y las contracciones que le vinieron encima me arrastraron a correrme por tercera vez esa mañana, esta vez sobre sus tetas mientras ella se lamía los dedos manchados.
Sobre las dos llegó una alarma en su teléfono.
—Tengo que recoger a la niña a las cuatro —dijo sin moverse todavía, con un hilillo de mi semen resbalándole entre los pechos.
—Tiempo de sobra.
—Sí.
Pero ya era distinto. El límite existía de manera concreta ahora, y los dos lo sabíamos. Nos quedamos un rato más tumbados, hablando de cosas sin ninguna importancia. Me contó algo del coche, yo le conté lo de las reformas. Conversación de personas completamente normales en una situación que tenía bastante poco de normal.
A las tres me levanté a buscar mis cosas por el pasillo.
—¿Cuándo vuelves al trabajo? —preguntó desde la cama.
—El jueves.
—Yo también.
No hizo falta decir nada más. Un beso en la puerta, breve, sin dramatismos. Bajé las escaleras con las manos en los bolsillos.
En el camino de vuelta pensé en lo rara que puede ser a veces una semana. El lunes anterior había sido un día completamente gris, sin ninguna historia que contar. El siguiente era difícil que no fuera a ocupar algún espacio en la memoria durante bastante tiempo.
A los dos días recogí mis cosas del cuarto de invitados de mi amigo y volví al apartamento. Las obras habían quedado limpias, el suelo nuevo brillaba bajo la luz del techo. Me senté en el sofá y me quedé mirando la pared un momento, sin pensar en nada concreto.
O quizás sí pensaba en algo, pero eso ya es otra historia.