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Relatos Ardientes

Mi compañera me esperó en camisón esa mañana

Salimos en grupo del edificio, como ocurre siempre que termina el turno un domingo por la tarde. Los que se quedaban, los que se iban, los comentarios de siempre sobre los días libres y los planes del fin de semana. Crucé el parking con las llaves ya en la mano, sin buscarle los ojos.

—¡Oye, Marcos! —gritó desde el otro extremo, alto y claro, para que todo el mundo lo escuchara—. ¿Recuerdas que quedamos en que me acercabas a casa? Esta tarde se me encendió una luz en el salpicadero. Mañana vengo a buscar el coche con la grúa.

Actuar nunca ha sido mi fuerte, pero hice lo que pude.

—¡Ah, sí, claro! Se me había ido completamente de la cabeza. Qué cabeza tengo estos días.

Algunos compañeros sonrieron. Nadie sospechó nada, o al menos eso me pareció. Nos subimos al coche. Cerré la puerta, puse el motor en marcha, y antes de que yo pudiera decir nada:

—Busca algo. Un camino de campo, un descampado, un parking oscuro, lo que sea. Yo no puedo ni quiero llegar así a casa.

Lo dijo mientras se desabrochaba el pantalón. Nada más salir del recinto de la empresa, deslizó la mano, se recostó en el asiento y cerró los ojos.

Llevábamos una semana entera cargando con aquello. Siete días de miradas en los pasillos, de roces junto a la fotocopiadora que duraban un segundo de más, de conversaciones que siempre terminaban en el mismo punto muerto: los dos a medio metro el uno del otro, sin saber muy bien qué hacer a continuación. Una semana así tiene un coste físico que se acumula sin que te des cuenta. Te lo lleva puesto encima todo el tiempo.

—Si aparco junto a un camión, avísame. No quiero dar ningún espectáculo —dijo con la respiración ya acelerada.

Tampoco yo estaba en la mejor posición para conducir tranquilo. Me había bajado la cremallera a las afueras de la ciudad para darme algo de alivio y evitar que los vaqueros se convirtieran en un problema serio. Desde que ella había deslizado la mano, algo dentro del coche había cambiado de temperatura.

No hubo camiones. Hubo un carril agrícola a las afueras, una valla metálica al fondo y cuatro encinas que no le importaban a nadie. Apagué el motor. Fuera solo se oía algún grillo lejano y el viento entre las ramas. La luna daba la cantidad de luz justa para ver sin que te vieran demasiado.

Bajamos casi al mismo tiempo. Nos encontramos delante del capó como si lo hubiéramos planeado de antemano. Los besos fueron rápidos, bruscos, con las manos yendo a todas partes sin ningún orden concreto. Le quité el sujetador por debajo de la camiseta. Ella tiró de mi cinturón. Los pantalones acabaron por los tobillos en cuestión de segundos, las bragas también.

Se giró. Puso las palmas sobre el capó, todavía caliente del motor, y separó ligeramente los pies.

La penetré de un golpe y soltó un sonido corto y seco que se perdió en el campo. No encontré ningún impedimento. Todo lo que había ido acumulando durante la tarde la tenía más que preparada para esto. Entrar fue como llegar a un sitio donde te están esperando desde hace rato, como entrar en una casa caliente en pleno invierno con olor a leña.

Empujé con fuerza, con ritmo. Ella se ayudó con la mano porque sabía, y yo también lo sabía, que aquello no iba a durar demasiado. Siete días de contención tienen su propio límite y no negocian. Me aferré a sus caderas cuando noté que ya no era posible retenerlo. Un último impulso, quieto contra ella, y me fui vaciando despacio mientras le apretaba los huesos de la cadera.

Sentí sus contracciones. Sus dedos me rozaban entre sus piernas mientras seguía tocándose. No tardó más de un minuto. Sus rodillas cedieron ligeramente y tuvo que apretar más los brazos contra el capó para mantenerse en pie.

Nos separamos jadeando. El olor a hierba seca y a tierra húmeda llenaba el aire. Me di cuenta de que desde que habíamos tomado el carril no habíamos cruzado más de cinco palabras en total. Había sido urgente, casi torpe y completamente necesario al mismo tiempo.

Sacó un paquete de toallitas del bolso —como si lo hubiera previsto, claro— y me pasó una. Nos compusimos en silencio. Volvimos al coche.

Cogió el teléfono.

—Sí, cariño, no te preocupes. Se ha liado mucho la tarde. Sí, llego enseguida.

Colgó. Yo ya estaba incorporándome a la carretera principal, rumbo a su casa.

—Mañana me pillo un taxi para ir a buscar el coche —dijo mirando por la ventanilla—. No te preocupes.

Fue más un monólogo que una conversación. La dejé delante de su portal. Salió sin mirar atrás, y yo me quedé tres segundos más de lo necesario para fijarme en cómo le quedaba el pantalón antes de meter primera y salir de allí.

Esa noche dormía en casa de un amigo. Mi piso llevaba días en obras y yo había montado un campamento provisional en su habitación de invitados. Cuando llegué ya estaba durmiendo. Me metí en la ducha sin cenar. El agua caliente fue asentando poco a poco todo lo que quedaba encima. Me acosté y en menos de diez minutos estaba completamente frito.

***

Me despertó el teléfono. Era la empresa de reformas: en dos días podría volver al apartamento. Colgué sonriendo.

Volvió a sonar casi de inmediato.

—Buenos días. ¿Has dormido bien? —Era su voz. Directa, sin preámbulos.

—Muy bien. Quedé frito en cuanto toqué la almohada. Y acaban de llamarme: en dos días tengo el piso listo.

—¿Has desayunado?

—Ni sé qué hora es.

—Las nueve y cuarto. He ido a buscar el coche y he comprado ensaimadas. La niña está con los abuelos toda la mañana, me inventé una excusa bastante elaborada pero ha colado. Estoy sola hasta las cuatro. ¿Vienes?

No esperó respuesta. Colgó.

A los quince segundos llegó un vídeo. Llevaba un camisón fino, estampado, con los tirantes delgados. Se los bajaba despacio, primero uno y luego el otro, y la tela caía sola hasta el suelo por efecto de la gravedad. Un segundo mirando la cámara con esa media sonrisa que llevaba toda la semana viendo en el pasillo de la oficina. Corte.

Me lavé los dientes y bajé las escaleras de dos en dos.

***

Abrió la puerta antes de que yo llamara. El camisón todavía lo llevaba puesto.

Nos besamos en el umbral. La tela salió volando en el pasillo, mi ropa fue quedándose por el suelo a medida que avanzábamos hacia el salón. No llegamos al dormitorio en el primer asalto.

Había algo fundamentalmente diferente en aquello comparado con la noche anterior: tiempo. Toda la mañana por delante, sin carreteras que explorar en busca de un sitio discreto, sin el reloj encima como una presión constante. Esa diferencia se nota en la manera en que se tocan dos personas. Hay más calma, más atención al detalle, más ganas de detenerse en lo que la noche anterior se tuvo que pasar por alto.

Le recorrí el cuello con los labios. Noté que estiraba ligeramente la cabeza hacia un lado para darme más acceso. Bajé por la clavícula, por el costado, hasta el hueso de la cadera. Ella tenía las manos en mi pelo y no decía nada, solo respiraba de una manera que lo decía todo sin necesidad de palabras.

Le separé los muslos con la rodilla. Me miró desde abajo con una expresión que yo me había estado imaginando durante toda la semana y que, según comprobé en ese momento, la realidad superaba con bastante margen. Le pasé la lengua por el interior del muslo, despacio, sin ninguna prisa concreta.

—No pares —dijo en voz baja.

No paré.

Cuando volvimos a estar los dos jadeando y tumbados con las piernas entrelazadas en el sofá, eran ya las once pasadas. Nos quedamos un rato sin movernos, ella apoyada en mi pecho, yo mirando el techo blanco, los dos recuperando el aire en silencio.

—Me muero de hambre —dijo al fin.

—Las ensaimadas.

—Ahora las traigo.

Pasó al dormitorio a buscar algo con que cubrirse y volvió a la cocina. Yo la seguí. La caja de ensaimadas estaba sobre la encimera, cerrada, sin rastro de visitas no deseadas.

—¿Café? —preguntó abriendo el armario.

—Sí.

Mientras esperábamos que la cafetera terminara, me puse detrás de ella y le rodeé la cintura con los brazos. Noté que echaba la espalda hacia atrás, apoyándose en mí. No dijimos nada durante un rato. Solo el sonido del café haciéndose y, fuera, un lunes de verano que empezaba con una normalidad que no cuadraba demasiado con lo que estaba pasando dentro de ese piso.

—¿Cuántos días libres tienes? —pregunté.

—Hasta el jueves. ¿Y tú?

—Igual.

Nadie añadió nada más, pero no hacía falta.

Después del café volvimos al dormitorio. Ya sin urgencia, ya sin ese componente de reloj que lo había marcado todo hasta entonces. Recuperamos todo lo que habíamos tenido que saltarnos durante la semana anterior: las caricias largas, los besos sin objetivo concreto, la exploración sin ninguna prisa particular. Hay una versión de estas cosas que se pierde cuando solo tienes veinte minutos y una valla de finca como escenario. Esa mañana tuvimos la otra versión.

Elena tenía la costumbre de hablar poco en la cama y de comunicarse con las manos, con la presión de los dedos, con la dirección de la mirada. En la cama, eso es una cualidad más escasa de lo que parece. Aprendí más cosas de ella en esas pocas horas que en toda la semana anterior junta.

Nos tomamos el tiempo que hizo falta. Probamos distintas posiciones sin ninguna urgencia especial, dejando que las cosas fueran adonde quisieran. Los lubricantes y los juguetes del cajón de la mesilla dejaron de ser hipotéticos en algún momento de la mañana. Ella sabía exactamente lo que quería y no tenía ningún reparo en indicarlo.

Sobre las dos llegó una alarma en su teléfono.

—Tengo que recoger a la niña a las cuatro —dijo sin moverse todavía.

—Tiempo de sobra.

—Sí.

Pero ya era distinto. El límite existía de manera concreta ahora, y los dos lo sabíamos. Nos quedamos un rato más tumbados, hablando de cosas sin ninguna importancia. Me contó algo del coche, yo le conté lo de las reformas. Conversación de personas completamente normales en una situación que tenía bastante poco de normal.

A las tres me levanté a buscar mis cosas por el pasillo.

—¿Cuándo vuelves al trabajo? —preguntó desde la cama.

—El jueves.

—Yo también.

No hizo falta decir nada más. Un beso en la puerta, breve, sin dramatismos. Bajé las escaleras con las manos en los bolsillos.

En el camino de vuelta pensé en lo rara que puede ser a veces una semana. El lunes anterior había sido un día completamente gris, sin ninguna historia que contar. El siguiente era difícil que no fuera a ocupar algún espacio en la memoria durante bastante tiempo.

A los dos días recogí mis cosas del cuarto de invitados de mi amigo y volví al apartamento. Las obras habían quedado limpias, el suelo nuevo brillaba bajo la luz del techo. Me senté en el sofá y me quedé mirando la pared un momento, sin pensar en nada concreto.

O quizás sí pensaba en algo, pero eso ya es otra historia.

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Comentarios (9)

Carmencita78

Dios mio... me dejo completamente sin palabras. Que bien contado todo!!

lector87

Se hizo cortisimo, por favor escribí mas. Quedé con ganas de saber como siguió todo

Pablillo_R

Me trajo recuerdos de una situación parecida, esa semana de espera es lo que mas te vuelve loco jaja. Muy bueno!

viajera_99

Cuánto tiempo llevaban así antes de que se animaran? me quedé con la intriga

marta_real

La tension se siente en cada linea, muy real todo sin ser exagerado. Seguí escribiendo!

Santi_MX

genail!!

RubenVoy

Me gusto mucho la forma en que lo narrás, muy natural. Ojalá haya segunda parte, que quede incompleto es lo peor jaja

LectorCR

tremendo relato amigo, que envidia sana jaja. saludos desde costa rica

NocheVieja01

El comienzo te atrapa enseguida, no pude parar de leer. Muy buen trabajo, esperamos mas!

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