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Relatos Ardientes

Lo que pasó cuando llevé a mi compañera a casa

Volvimos a coincidir en la escalera de la oficina, los del turno largo saliendo a la vez con los rezagados que llegaban tarde. Esa tarde habíamos cerrado un trimestre eterno y a casi todos nos esperaba un par de días libres por delante. Comentarios de pasillo, bromas que ya no daban risa, lo de siempre. Yo me dirigía hacia mi coche en el aparcamiento sin haber cruzado apenas la mirada con ella en toda la jornada.

—¡Adrián! —gritó para que se enterara medio departamento. Estaba claro que esa tarde el universo había decidido ponerme a prueba—. ¿No te acuerdas de que me dijiste que me llevabas a casa? Al mío se le ha encendido una luz al llegar y no me arriesgo. Mañana lo paso a buscar con la grúa.

Siempre he sido un actor pésimo, pero forcé un:

—¡Ah, sí! No sé dónde tengo la cabeza estos días.

No la tenía en ningún sitio decente, esa era la verdad.

Subimos a mi coche, yo todavía un poco impresionado por la jugada. Ella se abrochó el cinturón con una mano mientras con la otra ya se desabrochaba el botón del pantalón.

—Busca un callejón, un descampado, un parking, lo que se te ocurra —dijo bajando la voz aunque ya no podía oírnos nadie—. No puedo, ni quiero, llegar a casa así.

Nada más cruzar la salida del recinto deslizó la mano dentro del pantalón, se recostó contra el respaldo y cerró los ojos.

—Si te pones al lado de un camión, avísame. No tengo ganas de dar espectáculo.

A los pocos minutos salía de la ciudad. Aunque ya estábamos en pleno verano, los domingos por la tarde apenas había tráfico. Ella seguía con la mano metida dentro del pantalón, respirando de forma cada vez menos disimulada. Yo notaba que algo se despertaba también dentro de los míos. Iba a tener que parar pronto, así que me bajé un poco la cremallera para aliviar la presión contra los vaqueros y poder conducir sin retorcerme en el asiento.

A las afueras de la ciudad sobran caminos agrícolas que se pierden entre fincas de pasto y huertos cerrados. En unos minutos teníamos el coche aparcado en un sendero sin salida, frente a una valla metálica, con el motor del aire acondicionado callado. Apagué las luces. Solo nos quedó la luna, que no era mucha, y el zumbido de los grillos.

Abrimos las puertas casi a la vez. Nos encontramos delante del capó. Besos rápidos, bruscos, sin paciencia, como si tuviéramos miedo de que se apagara la corriente. Lancé mi camiseta al suelo y ella se desabrochó el sujetador en un solo movimiento. Los pantalones ya nos colgaban por los tobillos; las bragas y los calzoncillos también. Se apoyó con las manos en el capó tibio y separó un poco las piernas.

—Date prisa —murmuró sin volverse.

Entré con un solo golpe de caderas. Se le escapó un grito que no fue de dolor. La calentura acumulada de toda la tarde y los masajes que ella misma se había estado dando dentro del coche lo habían dejado todo preparado. Era como entrar en una casa con la chimenea encendida tras pasar horas caminando bajo la lluvia.

Seguí golpeando con fuerza, sus caderas chocando contra las mías, el metal del capó crujiendo bajo sus manos. Ella había intuido enseguida que la fiesta iba a durar lo justo, así que se ayudó con los dedos entre las piernas. Mi contención de toda la semana no aguantaba ni un minuto más. Me agarré a sus caderas para no caerme y, con un último empujón, sentí que me deshacía dentro de ella.

Aguantó el peso. Sus dedos seguían moviéndose y, justo cuando empezaba a salir de ella, noté unas contracciones que me hicieron quedarme un instante más. Su excitación había sido tan larga como la mía y no le costó alcanzar el orgasmo. Nos separamos jadeando, respirando ese olor a tierra seca y pasto que tiene el campo en verano cuando el sol acaba de marcharse.

Me di cuenta entonces de que desde que habíamos enfilado el camino apenas habíamos cruzado tres palabras.

***

Había sido un encuentro sucio, rápido, sin apenas disfrutarlo. También necesario. Llevábamos una semana acumulando calenturas en la oficina: miradas que duraban un segundo de más, roces en la fotocopiadora que ninguno de los dos comentaba después, esa forma suya de pasarme una grapadora rozándome los nudillos. Aquel encuentro al borde del camino era una válvula de escape, no un encuentro de verdad.

Sacó unas toallitas húmedas del bolso y me pasó una. Seguíamos sin hablar. Nos compusimos la ropa con la misma calma con la que se cierra un sobre, y volvimos al coche. Ella se miró en el espejo del parasol, se pasó los dedos por el pelo, se mordió el labio para devolverle un poco de color.

A los pocos kilómetros sonó su móvil.

—Sí, cariño, no te preocupes. Se ha liado la tarde un poco. Sí, ya estoy saliendo, en un ratito te veo.

Acababa de colgar a su hija. Yo iba ya saliendo hacia la carretera principal en dirección a su casa.

—Mañana me pillo un taxi para ir a buscar el coche a la oficina, no te preocupes —dijo girándose hacia mí. Hizo una pausa—. ¿Cuánto te queda para que tengas listo el apartamento?

Más que una conversación, era un monólogo. Aquella semana había sido de locos, con una excitación constante de fondo que ni el trabajo había conseguido apagar. La dejé delante de la puerta de su edificio. Salió del coche disparada, con el bolso colgando del hombro como si nada. Me permití mirarle un par de segundos ese culo que tanto me gustaba, ya enmarcado por la tela del pantalón otra vez decentemente abrochado, y arranqué hacia casa de mi amigo Hugo, que me estaba acogiendo mientras durara la obra de mi piso.

Cuando llegué él ya se había ido a la cama. Me metí en la ducha sin cenar, intenté poner mis ideas en orden y no lo conseguí del todo. Acabé masturbándome bajo el chorro de agua para vaciar lo poco que me quedaba. Caí en la cama del tirón, todavía con el pelo mojado. Me dormí enseguida.

***

A la mañana siguiente me despertó el teléfono. Era el contratista. En dos días podría volver al apartamento: la obra quedaría terminada, la aseguradora enviaría a una empresa de limpieza, todo cerrado. Esbocé una sonrisa de victoria contra la almohada. Nada más colgar volvió a sonar.

—Buenos días. ¿Has dormido bien? —era ella. Su voz acabó de despertarme.

—La verdad es que sí, caí redondo. Me acaba de llamar el contratista. En un par de días tengo el apartamento listo.

—¿Has desayunado?

—Ni sé qué hora es —respondí—. Pero tengo un hambre que muerdo paredes.

—Son las nueve. He ido a buscar el coche y he comprado ensaimadas. La niña, en casa de los abuelos. Me inventé una excusa peregrina para llevarla allí y que pase la mañana ayudándolos con unos recados. Estoy sola en casa hasta media tarde. ¿Vienes?

No me dio tiempo a contestar. Colgó.

A los diez segundos vibró el teléfono. Era un vídeo corto suyo. Llevaba un camisón blanco, fino, con tirantes finos. Se bajaba los tirantes despacio hasta que la prenda caía por su propio peso. Nunca un camisón había servido tanto para tan poco. Me lavé los dientes a toda velocidad, me puse la primera ropa que encontré y bajé las escaleras a trompicones, intentando no despertar a Hugo.

En menos de veinte minutos estaba delante de su puerta.

Me abrió con el mismo camisón del vídeo. Empezamos a besarnos en el recibidor antes de que terminara siquiera de cerrar la puerta. El camisón salió volando, mi ropa también. No nos dio tiempo a llegar a la habitación.

Lo hicimos primero en el sofá del salón, una versión completamente distinta a la de la noche anterior. Esta vez había tiempo. Esta vez había luz, una luz amarilla que entraba de costado por la persiana entornada. Esta vez podíamos demorarnos en cada centímetro, mirar en lugar de adivinar, hablar en lugar de jadear en silencio.

—No tienes ni idea de lo que pensé toda la semana cada vez que pasabas cerca de mi mesa —me dijo apoyada sobre mi pecho, con un dedo dibujando círculos perezosos en mi clavícula.

—Algo intuía. Yo tampoco he dormido demasiado.

—Lo de anoche no cuenta —añadió—. Anoche fue otra cosa.

—Anoche fue urgencia.

—Anoche fue casi un accidente.

Pasamos del salón a la habitación a media mañana. La sábana acabó arrugada como un mapa antiguo. Hubo besos largos, caricias que no llevaban a ningún sitio, dedos, saliva, mordiscos en zonas que la noche anterior habíamos pasado de largo sin mirar. Sacó del cajón de la mesilla una caja pequeña con un par de juguetes y un lubricante a base de agua. Recuperamos en una mañana todas las caricias que la oficina, el horario y el respeto a la apariencia nos habían robado durante la última semana.

Pasado el mediodía bajamos a la cocina a recuperar fuerzas. Las ensaimadas que había traído estaban invadidas por un ejército de hormigas que habían encontrado el camino bordeando la encimera. Fueron directas al cubo. Nos preparamos café, tostadas, lo que había. Me prestó una camiseta vieja que le quedaba enorme a ella y a mí me ajustaba en los hombros.

Comimos sentados en taburetes altos, descalzos, con el sol entrando de lado por la ventana de la cocina y un silencio cómodo de fondo. Ella tenía una tostada en una mano y el café en la otra.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

No supe qué contestar. No sabía si me lo preguntaba a mí, a ella misma o a la cocina entera. Le di un mordisco a mi tostada para ganar tiempo y pensé en su marido, en mi piso a medio terminar, en la oficina del lunes que vendría, en la mesa donde nos volveríamos a sentar a metros de distancia fingiendo que no había pasado nada.

—Ahora desayunamos —dije al final—. El resto, ya lo iremos viendo.

Sonrió con esa media sonrisa que me sacaba de quicio en las reuniones, la que escondía siempre detrás del bolígrafo cuando alguien decía una tontería en una junta. Me robó un trozo de tostada y lo masticó despacio, mirándome a los ojos por encima del borde de la taza.

A las tres en punto sonó el timbre del portero automático: su hija volvía antes de tiempo de casa de los abuelos. Me vestí en treinta segundos, recogí los zapatos de debajo del sofá, salí por la puerta de servicio que daba al garaje y subí al coche con la sensación de haber vivido dos vidas en menos de veinticuatro horas.

Conduje hasta casa de Hugo con la radio apagada. No tenía ganas de música. Solo quería repetir mentalmente, una a una, todas las cosas que habían pasado entre la noche del domingo y el mediodía del lunes, antes de que se me empezaran a borrar los detalles.

Aún no sabía qué iba a pasar el resto de la semana, ni qué pasaría cuando volviera a mi apartamento recién entregado y ella siguiera teniendo marido, hija y una agenda con horarios que cumplir. Tampoco sabía si lo del descampado iba a repetirse, o si lo del salón con luz amarilla quedaría como una mañana suelta en mitad del verano.

Lo único que tenía claro, mientras subía la calle hacia casa de Hugo con el aire acondicionado al máximo, era que la oficina del lunes ya nunca iba a oler igual.

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Comentarios (9)

NocheVieja_M

tremendo!! me quede con ganas de mas, se corto justo en lo mejor jaja

RobertoK21

jajaja lo de busca un callejon lo que sea me mato de risa pero tambien un poco de envidia. espero que haya segunda parte!!

SantiagoMdq

me recordó a algo parecido que me paso hace años con una compañera de trabajo. esas situaciones te cambian jaja. muy bueno el relato

Lautaro_BA

buenísimo!!! seguí escribiendo por favor

PaulinaV

muy bien escrito, se siente autentico. de esas historias que te dejan queriendo saber como termino todo

danny52

que situacion jaja, esperando mas!!

MarceloT

me atrapo desde el primer parrafo, esa tension que se siente desde el principio es increible. gracias por compartirlo

Ricky_Baires

tremenda compañera jajaj, ojalá hubiera continuacion

CaminantaN

Que relato! me lo lei de un tiron y se me hizo corto. tenes muy buena forma de contar las cosas, espero que sigas escribiendo

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