Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que acordamos cambiar todo entre nosotros

Llevábamos semanas postergando la fecha. Primero fue el trabajo de Valentina, después un viaje de negocios de última hora, luego el miedo, que es siempre la excusa más honesta. Pero esa noche de noviembre, con la lluvia golpeando las ventanas del departamento, ya no había más excusas.

Valentina se encerró en el baño a las once. Yo me duché rápido, me puse una camisa oscura y pantalón de vestir, y me quedé sentado en el sillón mirando el reloj. Pensar era peor que actuar, así que encendí la televisión sin ver nada.

Había sido una idea de ella, al principio. Una de esas conversaciones a las dos de la madrugada, después de coger, cuando uno dice cosas que de día no se atrevería. Ella estaba todavía con mi semen escurriéndole por el muslo cuando me confesó, con la voz ronca, que le calentaba imaginarse con dos pollas a la vez, una en la boca y otra en el coño. La fantasía no murió al amanecer. Siguió ahí, flotando entre nosotros como un secreto compartido, hasta que dejó de ser una fantasía y se convirtió en un plan.

Meses de conversaciones. Meses de ponernos límites, de negociar, de retroceder y volver a avanzar. Habíamos hablado de todo: de quiénes serían, de qué se permitía y qué no, de si podían correrse adentro o solo afuera, de la palabra que yo podía decir si quería detener todo. Y ahora, por fin, llegaba el momento en que lo hablado se volvería real.

A medianoche, Valentina apareció en el living.

Llevaba un vestido negro que le ceñía la cintura y resaltaba cada curva. Era alta, de hombros anchos y caderas pronunciadas; su cabello castaño oscuro caía liso sobre la espalda. Se había maquillado con más cuidado del habitual, y el labial rojo oscuro le daba un aspecto que yo nunca le había visto. Un aspecto de puta cara, de mujer que se preparó para ser cogida.

—Estoy temblando —dijo, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Yo también —admití.

Se acercó y me agarró de la mano. Sus dedos estaban fríos.

—Si querés que lo cancelemos, lo cancelamos —dijo, mirándome a los ojos.

—No —respondí, sin dudar demasiado—. Seguimos.

Sonó el portero eléctrico. Los dos nos miramos.

—Yo abro —dije, poniéndome de pie.

***

Rodrigo entró primero. Era un tipo grande, de unos cuarenta años, con el pelo entrecano y una barba corta que le daba un aire de alguien acostumbrado a entrar a los lugares sin pedir permiso. Vestía todo de negro. Detrás de él venía Nicolás, más joven, con rasgos afilados y una mirada que evaluaba todo en silencio.

Valentina los había contactado a través de un foro de internet, meses atrás. Rodrigo había sido el que más había hablado con ella; Nicolás era el amigo que se sumaba. Yo sabía todo eso. Aun así, verlos en carne y hueso, en mi propio departamento, produjo un efecto distinto al de imaginárselos.

—Cómo andás —dijo Rodrigo, estrechándome la mano con una firmeza que no necesitaba demostrar nada pero lo hacía igual.

Nicolás asintió con la cabeza. Poco hablador.

Valentina saludó a los dos con un beso en la mejilla. Cuando Rodrigo la rodeó por la cintura para devolverle el saludo, ella se tensó levemente y luego se relajó. La mano de él le bajó hasta el nacimiento del culo y le apretó una nalga por encima de la tela. Yo lo vi todo.

Nos sentamos en el living. Yo saqué cervezas. La conversación fue de lo más banal durante los primeros minutos: el barrio, el trabajo, un partido de fútbol que ninguno de los cuatro había visto. Valentina intentaba incluirme en cada tema. Rodrigo respondía sin ignorarme del todo, pero tampoco me buscaba. Nicolás, directamente, me miraba como si yo fuera un elemento del escenario que todavía no habían decidido qué hacer con él.

—¿Hace mucho que están juntos? —preguntó Rodrigo.

—Cuatro años —respondió Valentina.

—¿Y esto fue idea de los dos? —insistió Rodrigo, señalando el ambiente con un gesto vago.

—De los dos —confirmé yo.

Nicolás me miró por primera vez de manera directa. —¿Y vos no vas a participar, Marcos?

El silencio que siguió duró dos o tres segundos, pero se sintió mucho más largo.

—No —dije—. Solo mirar.

—Perfecto —respondió él, con una neutralidad que era su propia forma de desprecio—. Entonces te vas a divertir viendo cómo le rompemos el coño a tu mujer.

Valentina se ruborizó hasta las orejas, pero no lo desmintió. Se levantó a buscar más cerveza. Rodrigo la siguió a la cocina. Los escuché reírse de algo que no alcancé a oír, y después un silencio corto, seguido de un jadeo apagado de ella. El sonido me heló la sangre.

Nicolás se quedó conmigo en el living, removiendo la botella entre los dedos sin decir nada. Después de un momento, habló sin mirarme:

—Hay que tener agallas para hacer lo que hacés. O ganas de que te la partan.

No supe si era un cumplido o una burla. Probablemente las dos cosas.

Cuando Valentina y Rodrigo volvieron de la cocina, ella tenía el pelo un poco desarmado y el labial corrido en una comisura. Se sentó en el centro del sofá, entre los dos hombres. Fue un gesto pequeño, casi imperceptible, pero cambió la geometría del cuarto.

La conversación siguió unos minutos más. Rodrigo le preguntó a Valentina por un libro que había visto en la estantería; ella se lo explicó con esa animación que ponía cuando algo le interesaba de verdad. Él la escuchaba inclinado hacia adelante, mientras su mano derecha, sin ninguna disimulación, le subía por el muslo desnudo hasta perderse debajo del vestido.

Yo miraba.

Vi el momento exacto en que los dedos de Rodrigo la tocaron por encima de la bombacha. Valentina interrumpió la frase a mitad, se le cortó la respiración y las mejillas se le encendieron. Del otro lado, Nicolás le pasó la mano por la nuca y le giró la cara hacia él.

Fue Rodrigo quien se movió primero de verdad. Sin anuncio, sin rodeos, se inclinó hacia Valentina y la besó en la boca. Ella dio un respingo instintivo, la espalda contra el respaldo del sofá, pero no lo apartó. Dos segundos después, sus manos subieron hasta el cuello de él y le abrió la boca con la lengua. Vi cómo se buscaban las lenguas, cómo Rodrigo le succionaba el labio inferior y se lo mordía antes de soltarlo.

Al mismo tiempo, Nicolás le bajó el tirante del vestido por el hombro y le sacó una teta entera, blanca y pesada, el pezón ya duro y oscuro. Se agachó y se la metió en la boca. Escuché el chasquido de la succión, la vi arquearse en el sofá con la mano de Rodrigo hundida entre las piernas.

Yo no pude decir nada. El aire me faltó de golpe.

El beso terminó. Valentina me miró con la teta afuera y la boca abierta. En sus ojos había una pregunta que ya tenía respuesta.

—¿Estás bien? —me preguntó, con la voz ronca.

—Sí —mentí.

—¿Seguimos?

Asentí con la cabeza.

***

No sé exactamente cómo pasamos del living al cuarto. Fue Nicolás quien lo propuso, con esa misma parsimonia suya: se puso de pie, se ajustó el cinturón sobre el bulto que ya se le marcaba en el pantalón, y dijo que ya era hora de llevar a la señora a la cama. Valentina le indicó la escalera con un gesto, sin mirarme, con la teta todavía fuera del vestido. Los seguí. Supongo que tenía miedo de quedarme solo.

En el dormitorio, me habían dejado la silla del rincón. No lo habíamos hablado así, pero estaba claro. Me senté.

Valentina se paró en el centro del cuarto. Se giró de espaldas a mí y le pidió a Rodrigo con un gesto que le bajara el cierre. Él lo hizo despacio, con una calma que resultaba más íntima que cualquier palabra. El vestido negro cayó al suelo.

Tenía puesta una lencería de encaje color crema que yo no había visto antes. Un conjunto que se había comprado para ellos, no para mí.

Rodrigo la rodeó con los brazos desde atrás y le besó el cuello mientras le desabrochaba el corpiño con una sola mano. Las tetas de Valentina cayeron libres, los pezones apuntando hacia adelante, tiesos. Nicolás se acercó por el frente y se puso de rodillas. Le bajó la bombacha de encaje por los muslos, se la sacó, y le abrió las piernas con las dos manos.

Le enterró la cara en el coño ahí mismo, parada.

Valentina se agarró de los hombros de Rodrigo para no caerse. Escuché el ruido húmedo de la lengua de Nicolás contra su carne, los primeros jadeos abiertos que salieron de mi mujer. Rodrigo le apretaba las tetas por detrás, le pellizcaba los pezones y le hablaba al oído cosas que yo no alcanzaba a escuchar pero que la hacían gemir más fuerte.

—Mirá cómo se moja —dijo Nicolás sin levantar la cara—. Está chorreando.

Yo apretaba las manos sobre mis muslos, mirando.

La llevaron a la cama. Valentina cayó de espaldas, con el pelo desparramado sobre la almohada, las piernas todavía separadas. Nicolás se sacó la ropa a los tirones. Cuando se bajó los boxers, le saltó afuera una polla gruesa, corta y curvada hacia arriba, del tipo que se ve en las películas porno viejas, con las venas marcadas. Rodrigo se desnudó con más calma. La suya era distinta: larga, delgada, más pálida, con un glande grande y bien definido. Ninguna de las dos se parecía a la mía.

Valentina las miró. Se pasó la lengua por el labio de abajo.

Nicolás fue el primero. Se subió a la cama y le agarró a Valentina el pelo de la nuca con una mano.

—Abrí la boca —le dijo.

Ella la abrió. Él le metió la polla hasta la garganta de una sola embestida. Valentina hizo un sonido ahogado, los ojos se le llenaron de agua, y él no la soltó. La sostenía por el pelo mientras le follaba la cara con movimientos cortos y precisos. Los cachetes de mi mujer se hundían cada vez que él empujaba. La saliva le empezó a caer por la comisura de la boca, hilos que se le colgaban del mentón hasta las tetas.

—Así, puta —le decía Nicolás—. Chupala bien.

Rodrigo se acomodó entre las piernas de ella. Le pasó dos dedos por el coño, los sacó brillantes de humedad, y se los mostró a la cámara imaginaria del cuarto, es decir, a mí.

—Está lista, Marcos —dijo—. Ni siquiera necesito lubricarla.

Se guió la polla con la mano y se la clavó de una sola vez. Valentina gimió con la boca llena de la verga de Nicolás, un gemido que le hizo vibrar la garganta y que a Nicolás le sacó una carcajada corta.

—Uh, le gustó.

Rodrigo empezó a coger. Al principio con embestidas largas y lentas, sacándosela casi entera y volviéndosela a meter hasta el fondo. Yo veía cómo la polla de él salía brillante del coño de mi mujer, cómo los labios de ella se agarraban a la carne cuando salía y se abrían para dejarla entrar. Los muslos de Valentina temblaban a cada envión.

—Mirá cómo se entrega —me dijo Rodrigo en algún momento, sin apartar los ojos del culo de ella—. Esto es lo que quería, Marcos. Hace meses que quería esto. Que se la cogiera un tipo con una polla más grande que la tuya.

No respondí. Sentí la cara arder.

Valentina me buscó con la mirada varias veces. Había algo en esos momentos que no sabía cómo interpretar: ¿culpa? ¿orgullo? ¿la necesidad de asegurarse de que yo seguía ahí? Me miraba con la boca abierta llena de polla, la saliva colgándole, y después cerraba los ojos y volvía a entregarse.

En algún punto, mis manos hicieron algo por instinto. Me di cuenta de que me estaba tocando por encima del pantalón. Me detuve, avergonzado. Después seguí, porque la vergüenza ya era parte de lo que estaba sintiendo, y había algo en esa mezcla que no podía frenar. Me abrí el cierre y me saqué la polla afuera. Estaba durísima, más de lo que había estado en meses.

Nicolás lo notó. Sonrió sin desviar la atención de Valentina.

—El marido cornudo cascándosela solo —comentó en voz baja—. Miralo, Rodri. Se le para viendo cómo le cogemos a la mujer.

Rodrigo soltó una risa corta y aceleró el ritmo. El cuarto se llenó del ruido de piel contra piel, de los gemidos ahogados de Valentina con la boca llena, del chapoteo del coño de ella al recibir la polla una y otra vez. Los sonidos que hacía Valentina no eran los que hacía conmigo. Eran más profundos, más animales, gemidos que le salían del fondo de la panza.

La cambiaron de posición. Nicolás se acostó de espaldas y le pidió a Valentina que se le subiera encima. Ella lo hizo sin dudar, se agarró la polla de él con la mano, se la guio hasta el coño, y se sentó de a poco, con la boca abierta y los ojos cerrados a medida que se la iba metiendo. Se apoyó en el pecho de Nicolás con las dos manos y empezó a moverse.

Rodrigo se subió a la cama por detrás de ella. Le abrió las nalgas con los pulgares. Yo vi el ojete de mi mujer, marrón, pequeño, contrayéndose. Vi a Rodrigo escupir ahí mismo, y frotar la saliva con la punta de la polla, apoyándola contra el agujero.

—Voy a meterte por el culo —le anunció.

Valentina asintió con la cabeza sin girarse. Estaba temblando.

Rodrigo empujó. Fue una entrada larga, difícil. Valentina se aferró a los hombros de Nicolás y gritó, un grito agudo que se le rompió a la mitad. Rodrigo no paró. Empujaba de a poco, un centímetro a la vez, hasta que se la metió toda. Y entonces mi mujer, que jamás en cuatro años había dejado que le tocara siquiera el culo, quedó ensartada entre los dos, con una polla en cada agujero.

Empezaron a moverse. Al principio descoordinados, después con un ritmo que fueron encontrando entre los dos: cuando uno entraba, el otro salía, y viceversa. Valentina no podía ni gemir bien, solo hacía sonidos entrecortados, ahogados, con los ojos en blanco y la boca abierta con la baba cayéndosele.

—¿Ves, Marcos? —dijo Rodrigo, sin volverse a mirarme, con la voz agitada por el esfuerzo—. Doble penetración. Esto es lo que pidieron. Y mirá cómo lo está disfrutando.

Valentina emitió un sonido que yo nunca le había escuchado. Un aullido desde el fondo de la garganta que mezclaba el esfuerzo con un placer genuino y sin filtro. Se estaba corriendo. Vi cómo se le contraían los muslos, cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo se aferraba al pecho de Nicolás con las uñas clavadas.

Me levanté de la silla un instante, con la polla en la mano. No sé qué pensaba hacer. Rodrigo me miró por encima del hombro de mi mujer, tranquilo:

—Quedate ahí, Marcos. Esto es lo que acordaron los dos. Sentate y seguí cascándotela.

Me volví a sentar.

Lo que siguió fue una sucesión de cosas que yo ya no podía procesar una por una. Mi cerebro las iba archivando en algún lugar al que no tenía acceso en ese momento. Solo podía mirar, escuchar, sentir el calor del cuarto y el peso de haber decidido esto, y trabajarme la verga con la mano derecha mientras mi mujer se corría con dos vergas ajenas metidas en el cuerpo.

Nicolás le decía cosas en voz baja al oído. Ella reía, o gemía, o asentía. Le pedía más fuerte, más adentro, cosas que yo escuchaba a medias y que me quemaban por dentro. Rodrigo era más silencioso pero más físico. Le daba nalgadas en el culo que resonaban en el cuarto, dejándole marcas rojas de la mano. Los dos se coordinaban como si el cuerpo de Valentina fuera un territorio que conocían mejor que yo.

—Decile algo, Marcos —ordenó Nicolás en algún punto, mirándome con esa frialdad suya—. Decile que te gusta verla así. Decile que es una puta.

Me resistí un segundo. Después escuché mi propia voz, ronca y extraña:

—Me gusta verte así, Valentina. Sos una puta.

Ella me miró por encima del hombro de Nicolás, con la boca abierta y la baba en el mentón. Su expresión era de una intensidad que nunca le había visto. Y me sonrió. Una sonrisa deforme, obscena, agradecida.

La cambiaron de posición otra vez. Rodrigo la puso boca arriba y se acomodó sobre ella. Con los ojos abiertos, Valentina me buscó otra vez mientras él le abría las piernas y se la metía de nuevo por el coño hasta el fondo. Sostuvo mi mirada durante varios segundos, como si necesitara que yo fuera testigo de cada envión. Después echó la cabeza hacia atrás y dejó de buscarme.

Nicolás se paró a un costado de la cama, le tomó la cara con una mano y la giró hacia él. Le refregó la polla por la boca, por los cachetes, por los ojos cerrados. Ella sacó la lengua y le lamió los huevos, se los chupó uno por uno mientras Rodrigo la seguía cogiendo. Entonces él también volvió a metérsela en la boca, y los tres encontraron un ritmo que yo observaba desde fuera, sintiéndome simultáneamente excluido y completamente atrapado en esa escena.

Mis manos ya no obedecían ningún razonamiento. Me tocaba en la silla con movimientos desesperados, incapaz de apartar la vista, sintiendo cómo la corrida se me venía sin poder frenarla.

—¿La estás pasando bien, Marcos? —preguntó Nicolás sin volverse, con la polla adentro de la boca de mi mujer—. Porque parece que sí.

No respondí nada. No tenía con qué.

Rodrigo aceleró. Le agarró a Valentina las dos piernas por debajo de las rodillas y se las abrió hasta el techo, doblándola casi por la mitad. Le clavaba la polla con envíones brutales, secos, que hacían golpear la cabecera contra la pared. Valentina, con la boca llena, hacía unos ruidos guturales que me atravesaban.

—Me corro —anunció Rodrigo, con los dientes apretados—. ¿Adentro?

—Adentro —dijo Valentina, escupiendo la polla de Nicolás por un segundo para hablar—. Adentro. Terminá adentro.

Rodrigo dio tres embestidas más y se enterró hasta la base. Vi la contracción de su culo, la vena del cuello marcada, la boca abierta en un rugido silencioso. Se le vaciaba adentro. Cuando se salió, quedó un hilo blanco colgando de la punta de la polla, y el semen le empezó a chorrear a Valentina fuera del coño, corriéndole por el perineo hasta el ojete todavía abierto de la penetración anal.

Nicolás no esperó. Le agarró a Valentina la cabeza con las dos manos y le empezó a coger la boca con toda la fuerza, hasta el fondo, sin dejarla respirar entre embestida y embestida. Ella se convulsionaba, se atragantaba, las lágrimas le corrían por las sienes, y él no la soltaba.

—Tragala toda —le ordenó, y se corrió.

Los gemidos guturales de Nicolás llenaron el cuarto. Vi las contracciones de su glande adentro de la boca de mi mujer, la cuenta larga de descargas, la garganta de Valentina moviéndose para tragar. Cuando él se sacó la polla, todavía le salió el último chorro sobre los labios, la barbilla y una teta.

Yo me corrí en ese instante, sin poder aguantar más, sobre mi propia mano, con espasmos que me hicieron doblarme en la silla. Un chorro grueso y espeso que hacía meses no me salía así.

***

Cuando terminaron, Valentina se quedó un rato inmóvil en la cama. Tenía el pelo pegado a la cara por el sudor, el semen de Rodrigo escurriéndosele por entre las piernas hasta la sábana, el de Nicolás corriéndole por el mentón y el cuello. Un ojo se le había corrido con las lágrimas y el maquillaje. Estaba destruida, y hermosa, y algo que no sabía nombrar.

Los dos hombres se vistieron sin prisa. Rodrigo le dijo algo al oído antes de levantarse; ella asintió sin responder en voz alta.

Los acompañé a la puerta, con el pantalón manchado y la polla todavía a medio guardar. Rodrigo me estrechó la mano.

—Cuídenla bien —dijo—. Y llamanos cuando quieran repetir.

Nicolás no agregó nada. Cerró la puerta él mismo.

Volví al cuarto. Valentina se había sentado al borde de la cama, con una bata que se había puesto mientras yo estaba en la entrada. Todavía tenía los muslos brillantes de semen y saliva. Me miró.

—¿Estás bien? —preguntó.

—No sé —respondí.

—Ven acá.

Me senté a su lado. Ella apoyó la cabeza en mi hombro. Estuvimos así un rato, en silencio, mientras la lluvia seguía golpeando las ventanas de nuestro departamento.

—¿Te arrepentís? —preguntó ella.

Tardé en responder.

—No —dije, y lo decía en serio, aunque no entendía del todo por qué.

Valentina me tomó de la mano. Sus dedos seguían fríos.

No sé qué hora era cuando finalmente nos dormimos. Sé que lo hicimos juntos, en nuestra cama, con las sábanas manchadas todavía debajo de nosotros y el cuarto cargado de todo lo que había pasado. Y sé que en algún momento, en la duermevela, ella me apretó la mano y yo se la apreté de vuelta.

***

A la mañana siguiente, el sol entró por la persiana. Me levanté antes que ella. Preparé café, puse el pan en la tostadora, abrí la ventana para que entrara un poco de aire fresco.

Cuando Valentina apareció en la cocina, llevaba puesta mi remera vieja, la azul con el cuello desgastado. Se sentó en la silla de siempre, envolvió la taza con las dos manos y me miró durante un momento antes de hablar.

—Gracias —dijo.

No pregunté por qué me lo agradecía. Las dos posibilidades que se me ocurrieron me parecieron igualmente válidas.

Le serví el café y me senté enfrente. Afuera, la ciudad empezaba a moverse con el ruido de todos los días. Nosotros también, supuse, estábamos empezando algo: una nueva etapa cuya forma todavía no conocíamos, pero que habíamos elegido juntos, con los ojos abiertos y las manos unidas, justo antes de que todo cambiara.

Ver todos los relatos de Infieles

Valora este relato

Comentarios(10)

lectorBA

La tension desde el primer parrafo es increible. Uno de los mejores de la categoria.

NachoGBA

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber todo lo que paso despues!!!

Sergio_pampas

ese momento en que el abre la puerta sabiendo lo que viene... impresionante. se siente real.

MarcelaRo

Tremendo relato, me dejo sin palabras!

DiegoSur22

jajaja ese final abierto me mato, uno queda pensando horas. genial

SilvinaM_ok

Como lograste esa mezcla de tension y emocion es una obra de arte. Segui escribiendo, en serio.

RubenVoy

Me recordo a una conversacion que tuve con mi pareja hace unos años que nunca llego a nada... Este relato me hizo pensar bastante jaja. Muy logrado.

PabloNight88

Excelente! A la espera de mas relatos como este

ChelseaLectora

la imagen del vestido negro a medianoche ya me vendio todo. sabe crear ambiente el autor.

Tomas_rdp

Se hizo cortisimo, queda muchisimo por contar. Mas por favor :)

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.