La noche en que le conté a mi tío la verdad sobre Sofía
No era mi intención contárselo esa noche. Pero el whisky era bueno, el departamento de Rubén olía a tabaco y libros viejos, y mi tío tenía esa forma de escuchar que hacía que las cosas salieran solas.
Hacía casi un año que no nos veíamos. Rubén era el hermano menor de mi madre: separado desde hacía tiempo, sin hijos, con más libros que muebles y una tranquilidad de hombre que no le debía explicaciones a nadie. Siempre me cayó bien. Era de esos que no juzgaban, o al menos eso creía yo.
Después de la cena, nos quedamos en el living. Dos vasos, la luz baja, el ruido de la calle amortiguado por las ventanas cerradas. Hablamos de trabajo, de política, de cosas que no importaban demasiado. Y entonces me preguntó por Sofía.
—¿Cómo está tu mujer? —dijo, con esa media sonrisa suya que nunca terminaba de mostrarse del todo.
—Bien. Con mil cosas encima. El trabajo, las clases, el gimnasio…
Él asintió y miró el vaso. Se hizo un silencio largo.
—Sofía siempre me pareció una mujer particular —dijo, sin mirarme—. De esas que uno no puede dejar de notar cuando entran a un lugar.
Sentí un nudo en el pecho. No de celos. De otra cosa. De lo que yo sabía y callaba.
—Sí —dije—. Yo me doy cuenta de todo eso.
Él giró la cabeza. No habló, pero sus ojos me preguntaron algo.
Quise callarme. Tomé un trago largo y cambié de tema. Le pregunté por un viaje que tenía planeado, por una molestia en la espalda que había mencionado antes. Pero Rubén era paciente.
—¿Vos estás bien, Marcos? —preguntó, unos minutos después, con el tono pausado de siempre.
—Sí. Claro.
—¿Seguro?
Algo en esa palabra me abrió por dentro. Tragué saliva.
—Estoy raro. Con Sofía, digo. Hace tiempo que no tenemos casi nada entre nosotros. Y me pasa algo que no sé bien cómo explicar.
Él esperó sin apurarse.
—Me excita que esté con otros —dije, bajando la voz—. Que otros hombres se la cojan. Que la usen. Que la llenen de semen mientras yo miro o mientras me lo cuenta después.
El silencio que siguió fue absoluto. Continué antes de arrepentirme:
—No fue algo que busqué. Empezó como un juego, hace tres años. Pero fue creciendo hasta que hoy es lo único que me enciende de verdad. Lo que teníamos antes ya no me alcanza. Ver a Sofía con la boca llena de otra polla, con el coño abierto y goteando corridas ajenas, es lo único que me pone dura la verga como cuando tenía veinte años. Y eso… tampoco sé cómo manejarlo.
Rubén no se movió. No pestañeó. Solo escuchó.
—¿La viste con otros hombres? —preguntó, al fin.
Asentí. Me ardía la cara, pero no podía parar.
—Sí. Varias veces. Hombres distintos. A veces estoy presente, otras no. A veces me manda mensajes mientras la están follando. Fotos. Videos. Me mostró vergas metidas hasta el fondo en su coño, en su culo, en su boca. Y yo… cuando los veo, me vuelvo loco. Me saco la ropa y me la meneo hasta que me corro contra la pantalla.
Vi cómo Rubén se inclinaba apenas hacia adelante. Una fracción. Suficiente para notar que algo había cambiado en él también.
—¿Los tenés? —preguntó, con una voz más baja que antes.
Dudé. Pero saqué el teléfono. Busqué la carpeta. Se lo pasé.
Lo tomó con las dos manos y empezó a pasar las imágenes despacio. En la primera, Sofía estaba de espaldas en un cuarto de hotel, con el vestido levantado hasta la cintura, sin bombacha, las nalgas separadas y una polla oscura hundida hasta la base en su coño. Sus manos empujaban contra la pared para no caerse. En la segunda, de frente, con los ojos cerrados y la boca entreabierta llena de otra verga, un hilo de saliva bajándole por la barbilla hasta las tetas, que colgaban duras y con los pezones apretados entre dos dedos ajenos. En la tercera, tomada desde atrás, completamente entregada, con la curva de su culo iluminada apenas por una lámpara pequeña, un tipo agarrándola de la cadera y clavándosela hasta el ano, y el semen escurriéndole por el interior de los muslos como si ya la hubieran usado antes esa misma noche.
Rubén tardó en hablar.
—Mierda… —murmuró, casi para sí mismo—. Qué culo tiene tu mujer, sobrino. Qué coño más lindo. Y cómo se la está comiendo ese hijo de puta.
Se pasó una mano por la mandíbula, despacio. Con la otra siguió pasando fotos. Ahora había una en la que Sofía estaba arrodillada entre dos tipos, una polla en cada mano, la boca abierta esperando. En otra, con el coño abierto por dos dedos ajenos que se lo separaban para mostrar a la cámara cómo le chorreaba adentro un charco espeso y blanco.
—Siempre supe que Sofía tenía algo. Desde la primera vez que la vi. ¿Te acordás de aquella reunión de fin de año en casa de tu vieja? Llevaba ese vestido negro…
—Me acuerdo —dije, y sentí el calor subiéndome por el cuerpo.
—No podía quitarle los ojos de encima. Me sentí un imbécil por eso, porque era tu mujer. Pero hay mujeres que no te dan otra opción que mirarlas. Esa noche me fui a mi casa y me hice la paja pensando en cómo debía ser su culo desnudo. Y ahora lo veo. Y es peor de lo que imaginaba.
Nos quedamos callados un momento. Era otra clase de complicidad. Algo más oscuro, más íntimo que todo lo que habíamos hablado antes.
—¿Con cuántos, Marcos? —preguntó, sin despegar los ojos del teléfono.
—Muchos. Más de los que cuento sin pensarlo.
—Décime quiénes son.
No sé por qué le contesté con detalle. Pero lo hice.
—Un vecino nuestro, jubilado, muy correcto en apariencia. La agarró contra la puerta del ascensor y se la cogió parada mientras yo la esperaba adentro del departamento. Un colega de su trabajo de unos cincuenta y pico que la empezó a mirar diferente desde el primer día, y que terminó vaciándose en su culo en el baño de un restaurante. Dos abogados jóvenes que vinieron a casa por una consulta y se la turnaron sobre la mesa del comedor, uno en el coño y otro en la boca. Mi ex jefe, que tiene casi setenta años y todavía tiene esa manera de entrar a un lugar como si le perteneciera. Ese la tuvo tres horas encima de él, empalada, hasta que ella no podía ni pararse.
Rubén abrió la boca y volvió a cerrarla.
—¿Tu jefe? —repitió.
—Y los porteros del edificio anterior. Tres de ellos. No al mismo tiempo, pero en la misma semana. La levantaron como si no pesara nada. Uno la sostuvo del culo con las dos manos mientras se la clavaba de pie contra el placard, mientras ella le rasguñaba la espalda y le gritaba que no parara. Y yo… no hice nada. Solo miré desde el pasillo, con la polla afuera del pantalón, corriéndome contra el marco de la puerta cuando escuché cómo él terminaba adentro de ella.
Mi tío apoyó el teléfono sobre la rodilla, pero no lo soltó. Su respiración era más pesada. Lo noté en cómo subía y bajaba su pecho. Y también noté, aunque intenté no fijarme, el bulto que se le había marcado en el pantalón.
—Marcos —dijo, usando mi nombre de una manera que no era habitual—. ¿Qué es lo que más te enciende?
Tardé un momento en contestar.
—Cuando la cogen por el culo. Cuando le meten la verga entera en el orto y ella les pide más. Se transforma cuando eso pasa. Se pone de rodillas, arquea la espalda, se abre las nalgas con las manos y les suplica que se la metan hasta el fondo. Se entrega de una manera que conmigo nunca llegó a pasar de esa forma.
Rubén cerró los ojos por un instante.
—¿Ella lo busca?
—Lo provoca. Se lubrica ella misma, se acuesta boca abajo con las piernas abiertas, o se pone en cuatro patas sobre la cama, y les dice: «ahí, cogeme ahí, rompeme el culo». Cuando siente que la llenan ahí, se muerde los labios, se agarra las tetas y acaba fuerte. Varias veces seguidas. Se corre gritando, temblando, con el coño chorreando aunque la estén cogiendo por el otro lado. Dice que es lo único que la vacía del todo. Que ninguna corrida propia se compara con la que le sale cuando le explota una verga en el culo.
Él volvió a mirar las fotos. Pasó la lengua por sus labios. Se detuvo en una en la que se veía a Sofía en cuatro, mirando a cámara sobre el hombro, con la boca abierta y una verga gruesa metida hasta la base en el ano, tan hundida que apenas se veía la piel del tipo apretada contra sus nalgas.
—Cuando ella vuelve —dijo, más despacio—, después de estar con alguno de ellos… ¿vos…?
—Me la meneo mientras me lo cuenta —dije, sin poder sostenerle la mirada—. Se acuesta al lado mío, todavía con el olor de ellos en la piel, con el coño hinchado y el culo colorado, y me describe todo. Los tamaños. Cuánto le mide cada uno. Cómo la sujetan. Si le tiran del pelo o le aprietan el cuello. Cuánto tarda en poder caminar normal al día siguiente. A veces se abre las piernas y me hace ver cómo le sigue saliendo semen de adentro, horas después. Me lo pone en los dedos y me lo hace probar. Y yo termino temblando, corriéndome sobre la panza de ella, con la verga hinchada como si fuera la primera vez de mi vida.
Mi tío cerró los ojos un momento, como si la imagen le golpeara directo en algún lugar que no quería mostrar.
—Tu mujer —dijo— es una cosa seria.
—Lo sé.
—Y vos sos el único que entiende eso de ella.
Lo dijo sin juicio. Como si fuera una verdad extraña pero irrefutable.
Entonces Rubén se recostó en el sillón y cambió el tono completamente. Fue como si alguien apagara una luz y prendiera otra.
—¿Puedo decirte algo, sobrino? —Su voz ahora era más seria. Más reflexiva.
—Claro.
—Todo lo que me contás, más allá de lo que despierta… me parece que está cubriendo algo. Una grieta entre ustedes que no se cerró bien. Y eso, con el tiempo, termina rompiendo todo lo demás.
No era lo que esperaba oír. Me tomó completamente por sorpresa.
—Tengo un amigo que trabaja como terapeuta de parejas. Se llama Heredia. Muchos años de experiencia, formado en sexualidad, muy discreto. No se trata de que te diga qué hacer o qué dejar de hacer. Se trata de mirar lo que hay debajo de todo esto.
Me quedé en silencio. Él continuó:
—Podés llevar a Sofía. No hace falta que ella sepa todo desde el principio. Él sabe leer entre líneas. Sabe encontrar lo que la gente no dice.
—Yo creí que ibas a pedirme más fotos —le dije, casi sin pensarlo.
Rubén sonrió. No fue una sonrisa de burla.
—Claro que tu mujer me movió algo. No voy a hacerme el hipócrita. Tengo la verga dura desde hace media hora. Pero lo que me importa ahora sos vos. Y lo que están construyendo, o lo que están perdiendo sin saberlo.
Me apoyó una mano en el hombro y no dijo nada más.
Esa noche volví a casa más liviano. No porque algo se hubiera resuelto. Sino porque alguien lo había escuchado todo sin escandalizarse, y me había tendido una mano.
***
La sala de espera del consultorio de Heredia era pequeña y austera. Tres sillas, una mesa baja con revistas viejas, una planta en el rincón. Sofía estaba sentada al lado mío con los brazos cruzados y esa expresión suya de cuando algo no la convencía del todo.
Rubén estaba en la silla de enfrente, tranquilo, con las manos sobre las rodillas.
—¿Me explicás otra vez qué estoy haciendo acá? —dijo Sofía en voz baja.
—Hablando con alguien que puede ayudarnos a los dos —respondí.
Ella giró la cabeza hacia Rubén con una ceja levantada.
—¿Y vos, qué hacés acá?
—Los acompañé porque me lo pidieron —dijo él, sin alterarse—. Heredia es bueno. Más de cuarenta años trabajando con parejas y vínculos complicados. Sabe lo que hace.
Sofía no respondió. Miró hacia la puerta interior.
Unos minutos después, esa puerta se abrió.
El Dr. Heredia entró sin apuro. Tendría unos sesenta y cinco años, aunque se movía como si tuviera diez menos. Corpulento, de espalda ancha, pelo entrecano peinado hacia atrás. Una camisa oscura con los dos primeros botones abiertos que dejaban ver un pecho firme, todavía de hombre potente. Manos grandes, gruesas, con dedos largos. Un perfume intenso, cálido, que llegó antes que él.
Saludó a Rubén con un abrazo breve y firme. A nosotros nos estrechó la mano con un apretón medido pero seguro. A Sofía la miró un instante más de lo debido. Le sostuvo la mano un segundo de más. Y yo lo vi. Y ella también.
—Pasen —dijo—. Acá adentro no hay nada que temer.
El consultorio era más amplio de lo que sugerían los pasillos: paredes color ocre, cientos de libros, una lámpara de pie, un sillón grande y dos butacas enfrentadas. Olía a cuero y algo más, una mezcla entre incienso y su propio perfume que flotaba suave en el aire.
Antes de que nos sentáramos, Heredia le pidió a Rubén que esperara afuera. Me adelanté:
—Prefiero que se quede. Él ya sabe todo. Fue la primera persona con la que hablé de esto.
Sofía me miró. No entendía qué significaba «todo». Pero no preguntó.
El doctor asintió y señaló las butacas.
Nos sentamos frente a él. Sofía un poco rígida. Rubén algo más atrás, quieto.
Heredia cruzó una pierna y tomó una libreta que apoyó sobre la rodilla sin llegar a escribir nada.
—Cuéntenme qué los trae acá —dijo.
Empecé yo.
—Perdimos algo. La conexión que teníamos antes. No sé si es rutina o cansancio, pero ya no estamos como al principio.
—¿Y en lo emocional? ¿Se llevan bien?
Sofía respondió antes que yo.
—Nos queremos. Eso no cambió nunca.
—Entonces hay amor —dijo Heredia, con calma—. Eso reduce mucho el mapa de posibles problemas.
Sus ojos se posaron en mí.
—Cuando decís «conexión», Marcos… ¿hablás de cercanía emocional o sexual?
—Sexual —admití—. Principalmente.
Sofía bajó la mirada. El doctor lo notó.
—Sofía. ¿Vos también sentís esa distancia?
Ella dudó unos segundos.
—Sí. Pero no entiendo bien qué es lo que hay que reparar.
Heredia se inclinó apenas hacia adelante, sin invadir su espacio, pero haciéndose sentir.
—No hay nada roto —dijo—. Hay algo que está buscando salida. Y cuando uno busca sin saber bien qué busca, se pierde un poco en el camino.
Sus palabras flotaron en el aire. Había algo en la manera en que hablaba que achicaba el espacio del cuarto.
—El deseo toma formas inesperadas —continuó—. Y lo más peligroso no es tener ese deseo. Es callarlo hasta que se vuelve un enemigo.
Lo dijo mirando a Sofía directamente. Sus ojos bajaron por un segundo al escote de ella. Regresaron a su cara. Fue tan rápido que solo yo, que la conocía, pude notar cómo a Sofía se le tensaron los pezones bajo la blusa.
Ella no se movió, pero algo en su postura cambió. Algo mínimo que yo conocía bien.
Rubén también lo notó.
—Me gustaría que Sofía tuviera la primera oportunidad de decir lo que siente —dijo Heredia, apoyando la libreta sobre la mesa sin haber escrito nada.
Ella tardó un momento.
—Me gusta sentirme deseada —dijo, al fin—. Mucho. Siempre fue así.
Mi corazón se apretó. El doctor asintió lentamente.
—Es completamente natural. El deseo de ser vista, admirada, buscada… no tiene nada de incorrecto.
Me miró a mí.
—¿Y vos, Marcos? ¿Qué sentís cuando otros la desean?
—Depende. A veces miedo. A veces algo parecido al orgullo. Y a veces —tragué saliva— algo que se me pone en la verga antes que en la cabeza.
—Orgullo porque sabés que ellos ven lo que vos ya sabés que es valioso —dijo Heredia, como si completara una frase que yo había dejado a mitad. Y sonrió apenas al escuchar la parte final—. Y también algo más honesto, del cuerpo. No hay nada que esconder acá.
Después volvió a Sofía. Esta vez su mirada duró un instante más. Se demoró en su cuello, en sus hombros, en la manera en que tenía las manos cruzadas sobre la falda, y bajó, sin disimulo, hasta donde la tela se ajustaba a sus muslos.
—Sofía. ¿Qué pasa en tu cuerpo cuando sentís esa atención?
Ella deglutió.
—Me enciendo —susurró—. Se me humedece todo.
El doctor se acercó apenas, sin invadir el espacio pero haciéndose presente de otra manera.
—Y cuando Marcos sabe que hay otros mirándote… cuando él es consciente de eso… ¿qué sentís?
Sofía lo miró a él. No a mí.
—Más —dijo. Solo esa palabra—. Mucho más. Me chorrea el coño.
Heredia sostuvo su mirada unos segundos largos. Ella se sonrojó, pero no bajó los ojos.
Luego se recostó en el sillón con una expresión de quien acaba de confirmar algo que ya sabía.
—Bien —dijo—. Acá hay un punto de partida muy claro.
Nadie habló por unos segundos.
Entonces Heredia le pidió a Sofía que cerrara los ojos. Ella lo hizo sin dudar, como si estuviera esperando esa instrucción.
—Quiero que imagines que estás en un lugar lleno de gente. Una sala, o una terraza, con hombres alrededor. No los ves, pero los sentís. Sentís cómo sus ojos te recorren. Cómo se detienen. Cómo no pueden seguir.
Hizo una pausa.
—En tu espalda. En tu cintura. En el lugar donde tu cadera empieza a curvarse hacia abajo. En el hueco entre tus nalgas, aunque tengas ropa. En los pezones que se están endureciendo ahora mismo, mientras te hablo.
Sofía respiró más despacio. Sus manos dejaron de estar cruzadas. Se separaron sobre los muslos y las palmas se apoyaron abiertas sobre la falda.
—Sentís cómo alguno se acomoda para mirarte mejor. Cómo otro tensa los hombros porque no puede controlarse. Porque sabés, sin necesidad de verlos, que lo que están imaginando hacerte… no es delicado. Están pensando en agarrarte del pelo. En arrancarte la ropa. En abrirte las piernas y meterte la verga hasta el fondo del coño.
Sofía movió apenas los dedos. Se posaron sobre el muslo. Empezaron a subir la tela de la falda, despacio, sin que ella pareciera darse cuenta.
—¿Te gusta eso? —preguntó Heredia, con la voz convertida en un hilo grave y lento—. ¿Saber que están pensando en abrirte, en tomarte por detrás, en penetrarte por el culo hasta que grites? ¿En sostenerte de la cintura y coger sin parar, uno atrás del otro, hasta llenarte de semen por los tres agujeros?
Ella no respondió con palabras.
Pero su mano se movió hacia adentro. Despacio. Con una naturalidad que me dejó sin aire. Los dedos se le colaron entre los muslos, por debajo de la falda que ya se le había subido a mitad de camino, y se hundieron ahí donde yo sabía que ella se estaba mojando. La escuché suspirar. Su cuello se arqueó hacia atrás apenas, y los labios se le abrieron para dejar salir el aire.
Heredia la miraba sin apartar los ojos. La bragueta se le marcaba, tensa. Rubén tenía los puños apretados sobre las rodillas y una sombra pesada entre las piernas. Yo no podía respirar. Sentí mi propia verga endurecerse dentro del pantalón hasta hacerme doler.
—Eso que sentís ahora —dijo el doctor, casi en un susurro— no es un problema. Es tu verdad. Y lo más poderoso que podés hacer con una verdad así es no ocultarla.
Sofía tembló apenas. Sus labios se separaron sin emitir sonido. La mano seguía moviéndose bajo la falda, con un ritmo cada vez más marcado. Se le escapó un gemido corto, mordido, que quiso tragar pero no pudo.
—Seguí —dijo Heredia—. No te detengas. Mostranos qué pasa cuando una mujer deja de fingir que no lo necesita. Abrite las piernas, Sofía. Mostranos ese coño mojado. Dejalo ver.
Y ella lo hizo. Sin abrir los ojos, sin decir una palabra, separó las rodillas y dejó que la falda le cayera para atrás. Vi su coño, depilado, rosado, brillante de humedad, con los labios ya hinchados y dos de sus dedos hundidos en él. La escuché jadear cuando se los sacó y me di cuenta de que goteaba. Un hilo espeso cayó sobre el cuero de la butaca. Heredia lo miró sin pudor. Rubén también. Yo también.
—Metetelos otra vez —dijo el doctor, sin dejar de mirarla entre las piernas—. Cogete, Sofía. Cogete acá delante de tu marido, delante nuestro. Que veamos cómo lo hacés cuando no hay nadie que te frene.
Ella obedeció. Se metió tres dedos hasta los nudillos y empezó a bombearse. Con la otra mano se abrió la blusa de un tirón, hizo saltar dos botones, se sacó una teta afuera del corpiño y se apretó el pezón entre el pulgar y el índice. Se lo retorció fuerte. Gimió alto, sin cuidarse. Su cadera empezó a subir contra sus propios dedos, con el mismo movimiento con el que se movía sobre un hombre encima.
—Así —murmuró Heredia—. Sin vergüenza. Mostrá lo puta que sos cuando te dejan.
Y en ese momento entendí que yo había dejado de existir en esa sala como marido.
Solo era un testigo.
Y lo único que quería era seguir mirando.