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Relatos Ardientes

Cómo empecé a serle infiel a mi esposo

Hay cosas que uno no planea. Infidelidades que no nacen de una decisión sino de una acumulación: miradas sostenidas demasiado tiempo, conversaciones que se extienden más de lo necesario, una mano que roza otra en el instante preciso y ninguno de los dos la aparta.

Mi historia empieza cuando consigo trabajo en la empresa distribuidora donde un conocido de Esteban, mi esposo, tiene a dos socios. El trabajo no era lo que había imaginado, pero necesitaba ocupar los días. Esteban y yo llevábamos casi seis años juntos. Nos queríamos, teníamos rutinas cómodas, pero él no era de los que abren su interior fácilmente. Podías estar sentada a su lado durante horas y sentirte sola de todas formas.

Diego era distinto.

Era uno de los socios, treinta y cuatro años, moreno, con el tipo de presencia que ocupa una habitación sin hacer ruido. Desde el primer día noté que me prestaba una atención diferente. No de forma obvia —nada que yo pudiera señalar con claridad—, sino en los detalles: el café que aparecía en mi escritorio antes de que yo lo pidiera, la forma en que me incluía en cada conversación del grupo aunque no fuera necesario.

Con el tiempo empezamos a acompañarnos a visitar proveedores. Era parte del trabajo: recorrer bodegas, revisar pedidos, hablar con distribuidores de la zona. Diego manejaba, yo iba en el asiento de al lado, y durante esas horas el mundo se reducía al interior del auto y a sus palabras.

Hablábamos de todo. De su matrimonio, del mío. De lo que esperábamos de la vida y de lo que habíamos renunciado a esperar. Esas conversaciones tenían algo que las hacía adictivas: la sensación de que alguien te escucha de verdad, sin prisa, sin el teléfono en la mano, sin el ruido de fondo que tiene la vida en casa.

Con el tiempo los temas fueron cambiando de tono.

Fue gradual, tan gradual que no hubo un momento claro en que cruzamos una línea. Una semana hablábamos de relaciones abiertas en abstracto; la siguiente él me preguntaba qué me gustaba en la cama y yo respondía sin ruborizarme. Le conté que me encantaba mamarla despacio y sentir cómo se ponía dura entre mis labios, que Esteban casi nunca me lo dejaba terminar así, que a veces me imaginaba a alguien acabándome en la boca sin pedir permiso. Diego escuchaba con las manos firmes en el volante y una sonrisa apenas dibujada. Me gustaba esa versión de mí misma: directa, sin los filtros que usaba en casa, sin la costumbre de medir cada palabra.

Un día, mientras caminábamos por los pasillos de una bodega esperando que nos atendieran, me dio un golpecito en el trasero. Jugando, sin malicia aparente. Me reí —fue genuino, no forzado— y sin pensar me pegué a su lado, lo suficiente para que nuestros brazos se rozaran al caminar. Al doblar en el pasillo siguiente, su mano volvió a bajar y esta vez se quedó un segundo más, apretándome una nalga por encima de la falda. Sentí un tirón caliente entre las piernas y las bragas se me humedecieron en el acto.

Esa tarde llegué a casa y, mientras Esteban dormía, estuve despierta hasta pasada la medianoche con una sensación entre las piernas que no se me quitaba. Terminé metiéndome dos dedos en el coño mojado bajo las sábanas, pensando en Diego, mordiéndome el labio para no gemir. Me corrí dos veces seguidas imaginando su verga en mi boca, y aun así no me alcanzó.

***

La semana siguiente fue como si nada hubiera pasado. Ninguno de los dos lo mencionó. Hicimos el recorrido de siempre, hablamos de cosas de trabajo, comimos en la misma fonda de siempre. Pero había algo diferente en el aire del auto, una tensión que los dos fingíamos no notar.

Entonces, de camino al segundo proveedor del día, Diego posó la mano en mi rodilla. No como un gesto amistoso —eso ya lo sabíamos los dos. La dejó ahí, quieta, cálida, mientras seguía hablando de una reunión que teníamos a las cinco. Poco a poco los dedos empezaron a subir por debajo de la falda, acariciándome el muslo hacia adentro, hasta rozar el borde de la tela mojada de las bragas.

Yo miré hacia adelante.

Amas a Esteban. No sigas.

Pero mi mano se movió antes que mi cabeza: la apoyé sobre la suya y la deslicé hacia arriba, hacia su entrepierna. Le apreté el bulto por encima del pantalón y sentí cómo la polla se le endurecía de golpe, gruesa, latiendo contra mi palma. Él contuvo la respiración, luego exhaló despacio por la nariz.

Cuando salió de la avenida principal y tomó un camino secundario bordeado de árboles, no pregunté adónde íbamos. Le desabroché el cinturón, le bajé la cremallera, y tironeé del elástico del bóxer hasta liberarle la verga. La tenía dura, larga, con la vena marcada y el glande brillando de una gota transparente. Me incliné sobre la palanca, me acomodé el pelo detrás de la oreja para que él pudiera verme, y me la metí entera en la boca.

Diego dejó escapar un gemido ronco y apoyó una mano suave en mi nuca. No empujó ni forzó —solo la dejó ahí, como diciéndome sigue. Y yo seguí. La chupé desde la base hasta la punta, ensalivándola bien, dejando que el hilo de saliva le cayera sobre los huevos. Le pasé la lengua por debajo, en círculos alrededor del frenillo, y volví a tragármela hasta el fondo, sintiéndola golpearme contra la garganta. Tomé mi tiempo, encontré el ritmo que hacía que sus nudillos se pusieran blancos en el volante, que su respiración se cortara en los momentos precisos. Le mamé la polla con hambre, subiendo y bajando la cabeza rápido, dejando que la saliva chorreara, mirándolo de reojo cada vez que él intentaba mantener los ojos en el camino.

—Me voy a correr —susurró.

No aparté la boca. Al contrario, apreté los labios más fuerte alrededor del tronco y le trabajé la punta con la lengua. Cuando llegó, escuché un sonido grave desde lo más profundo de su garganta. La verga se le hinchó y sentí el primer chorro de semen caliente golpearme el paladar, seguido de otro, y otro más. Tenía la boca llena, densa, con ese sabor salado y espeso. Me lo tragué sin dudar, hasta la última gota, y le limpié la punta con la lengua para asegurarme de que no quedaba nada. Con Esteban eso nunca había pasado de verdad —años le costó que yo lo dejara terminar así, y aun así lo hacía mirando hacia otro lado, como si fuera una concesión que prefería no analizar. Con Diego lo hice sin pensar, como si fuera lo más natural del mundo.

Volví a mi asiento. Me limpié la comisura con un dedo y me lo chupé también. Diego condujo en silencio durante un minuto, con la polla todavía afuera, brillante de mi saliva, luego se rio —no de mí, sino de los dos, de lo que acababa de pasar entre dos personas que supuestamente solo eran compañeros de trabajo.

—Llevaba meses pensando en eso —dijo.

—Lo sé —respondí.

***

Durante las semanas siguientes nos limitamos a eso: mamadas en el auto, a veces en los estacionamientos de los proveedores mientras esperábamos, otras veces en el camino de regreso cuando teníamos tiempo. Aprendí a tragármela sin marcar el cuello, a chupársela mientras él manejaba por autopista sin que otro conductor lo notara, a hacerlo correrse rápido cuando teníamos prisa y a alargárselo veinte minutos cuando había tiempo. Algunas tardes yo iba con falda y sin bragas, y él metía dos dedos en mi coño mojado mientras manejaba, buscándome el punto por dentro con la yema, mientras yo intentaba no hacer ruido ni aferrarme al tablero. Me hizo correrme así, con los dedos hasta el fondo y el pulgar en el clítoris, en una rotonda a las diez de la mañana, con un camión al lado del auto y un semáforo en rojo.

Había algo estimulante en la clandestinidad de esos trayectos: el parabrisas empañado en los días fríos, la señal del GPS que seguía dando instrucciones como si fuera un día de trabajo completamente normal, el teléfono de trabajo sobre la guantera mientras nosotros hacíamos cualquier cosa menos trabajo. Un miércoles llegamos con quince minutos de retraso a una reunión porque yo le estaba comiendo la verga en el aparcamiento y no pude parar hasta hacerle acabar en mi boca.

Llegaba a casa con la mente en otro sitio y el cuerpo encendido. Esteban lo notaba sin saber qué lo causaba. Esas semanas nuestra vida en la cama mejoró más que en los últimos dos años. Yo llegaba con las bragas empapadas de otro, y me lo follaba con una intensidad que él no me conocía: me le montaba encima, le cabalgaba la polla hasta acabar, le pedía que me lo metiera por detrás, cosas que antes ni siquiera insinuaba. Él me preguntaba qué me había pasado. Yo le decía que no sé, que estaba de buen humor. Y era verdad, a mi manera.

Entonces llegó el día del motel.

Un proveedor avisó con poca antelación que el pedido se retrasaba dos horas por un problema en el almacén. Diego tomó el teléfono, llamó a la empresa, habló con su esposa, habló con Esteban. Les dijo que esperaríamos en las instalaciones hasta que estuviera listo el paquete. Colgó, me miró un segundo, y giró el auto en dirección contraria a donde estaba el proveedor.

Ninguno de los dos dijo nada. No hacía falta.

***

La habitación era anónima y funcional: cama amplia, colcha color arena, persiana cerrada. Cuando cerró la puerta detrás de nosotros, el mundo de afuera quedó a una distancia imposible de medir.

Me besó despacio al principio, con las manos en mi cara, como si quisiera tomarse el tiempo que en el auto nunca habíamos tenido. Luego con más urgencia. Me metió la lengua hasta el fondo, me mordió el labio de abajo, me apretó las tetas por encima del vestido y sentí los pezones ponerse duros contra la tela. Caímos sobre la cama sin dejar de desvestirnos, torpes y riendo un poco de nuestra propia torpeza. Yo le solté el cinturón, le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón y le atrapé la polla con la mano; él me bajó los tirantes del vestido, lo pasó por encima de mi cabeza, me desabrochó el sostén y se quedó unos segundos comiéndose con los ojos mis tetas desnudas antes de bajar la boca y chupármelas.

Me lamió los pezones uno a uno, mordisqueándolos, tirando de ellos con los labios hasta que los tuve tan sensibles que cada roce me atravesaba entera. Después bajó por mi vientre, me arrancó las bragas —ya empapadas— y las tiró al suelo.

Hubo un momento en que nos quedamos quietos, mirándonos. Esa pausa rara que tienen los encuentros que llevan mucho tiempo esperando para suceder.

—Pide un condón —le dije.

Lo pidió por teléfono interno. Mientras esperábamos, me recostó y bajó por mi cuerpo con la boca, sin apuro, tomándose su tiempo en cada parte. Me besó los muslos por dentro, me olió y me pasó la lengua por encima del coño sin abrirlo, una y otra vez, hasta que le supliqué. Entonces me abrió con dos dedos y me clavó la lengua adentro. Me la comió despacio, chupándome el clítoris entre los labios, metiéndome la lengua en el coño mojado, subiendo y bajando en un ritmo que me tenía agarrándole el pelo con las dos manos. Me metió dos dedos y me los curvó buscándome por dentro mientras seguía chupándome el clítoris, y yo me corrí en su boca gritando contra la almohada, con las piernas temblando abiertas de par en par.

Cuando llegó a donde yo lo necesitaba, ya lo sabía con claridad: esto no iba a ser la última vez. Me iba a costar desprenderme de él.

Cuando llegó el condón, fui yo quien se lo puse. Le tomé la verga con una mano, se la lamí de la base a la punta una última vez, y le fui bajando el condón con la boca, despacio, sin quitarle los ojos de encima.

Me recostó sobre la almohada, me abrió las piernas y se acomodó entre ellas.

Entró en mí lentamente, calibrando, dejando que mi cuerpo se adaptara. Sentí el glande abrirse paso, después el tronco entero llenándome hasta el fondo. Contuve el aire. No era tan diferente a Esteban en tamaño, pero lo que hacía con él era completamente distinto: buscaba el ángulo exacto que me hacía arquear la espalda, se detenía cuando yo me ponía tensa, leía mi cuerpo como si tuviera todo el tiempo del mundo y ninguna otra cosa que hacer. Empezó a follarme despacio, sacándomela casi entera antes de volver a metérmela hasta el fondo, mirándome a los ojos, y yo le clavaba las uñas en los hombros pidiéndole en susurros que no parara.

Empezamos despacio y el ritmo fue subiendo solo. Él me embestía cada vez más fuerte, con las manos en mis caderas, y la cama empezó a golpear contra la pared. Cuando me volteó y me colocó en cuatro, sentí su lengua recorrer mi espalda hacia abajo. Me abrió las nalgas con las dos manos y me pasó la lengua entre ellas, despacio, un lametazo largo desde el coño hasta el culo. Yo gemí contra la almohada. Se tomó un buen rato ahí, comiéndome el culo con la lengua mientras me metía dos dedos en el coño, hasta que estuve tan mojada que le chorreaba por los muslos. Después sus dedos empezaron a explorar mi ano con cuidado: primero uno, lentamente, ensalivado, luego dos, mientras yo apoyaba la frente en la almohada y me dejaba ir.

—¿Bien? —preguntó en voz baja.

—Sí —dije. Sin dudar.

Volvió a montarse detrás y me metió la polla en el coño de un solo empujón. Lo que vino después fue lento al principio y luego no. Me embistió con fuerza, agarrándome del pelo, del cuello, de las caderas, con los dedos aún jugándome el culo. Me llegó un orgasmo que empezó en la cintura y se extendió hacia todos lados al mismo tiempo. Me mordí el brazo para no hacer demasiado ruido y sentí cómo el coño se me apretaba en espasmos alrededor de su verga.

Cuando me di la vuelta y lo monté, los dos estábamos en otro estado. Le hundí la polla en el coño y me quedé un segundo quieta, sentada encima, sintiéndolo pulsar dentro. Después empecé a moverme, primero circular, después arriba y abajo, apoyando las manos en su pecho, con las tetas rebotándome enfrente de su cara. Él me chupaba los pezones cada vez que yo bajaba, me apretaba las nalgas, me guiaba el ritmo con las manos. Yo me movía sin pensar en nada más que en ese momento, en ese cuerpo debajo del mío, en esa sensación concreta de estar exactamente donde quería estar, con su polla enterrada hasta el fondo. Fue entonces cuando notamos el problema: la fricción había sido demasiada, el condón había cedido y se había quedado dentro de mí.

Diego lo vio antes que yo. Lo sacó con cuidado de mi coño, me lo mostró en la mano sin decir nada. Estaba roto, colgando, con la punta llena de semen tibio. Era obvio lo que había pasado: él había terminado adentro sin que ninguno de los dos se diera cuenta.

Debería haberme asustado. En cambio sentí una oleada de excitación que no esperaba. Podía sentir su corrida escurriéndoseme por dentro, un calor espeso y ajeno que no era el de Esteban.

—Ya está hecho —dije—. Vuélveme a llenar.

Me monté de nuevo, esta vez sin nada entre los dos. El calor era diferente, más directo, más real. Sentí cada vena de su polla contra las paredes del coño, la textura del glande resbalando por su propia corrida. Lo cabalgué despacio primero, dejando que el semen viejo se mezclara con la humedad nueva, sintiéndolo chorrear entre nuestros cuerpos. Después más rápido. Él me apretaba las tetas, me tiraba de los pezones, me metía un dedo en la boca para que se lo chupara. Me giró y me puso boca abajo sin salirse, y me folló prensándome contra el colchón, con todo su peso encima, la boca contra mi oreja diciéndome guarradas, susurrándome lo apretada que estaba, lo bien que lo apretaba, cuánto había pensado en llenarme el coño desde el primer día. Cuando él llegó otra vez sentí ese calor expandiéndose por dentro, chorro tras chorro, y me quedé quieta unos segundos, sin moverme, sintiendo cómo su verga latía descargando la corrida dentro de mí. Cuando por fin se salió, sentí un hilo caliente escurriéndoseme por el muslo.

Nos quedamos tumbados sin hablar durante un rato. La persiana dejaba pasar una línea de luz en el techo. Yo tenía las piernas todavía abiertas y el coño lleno de él, y no hice nada por limpiarme.

De camino al proveedor yo intentaba sentarme derecha en el asiento y no pensar demasiado. Sentía el semen aún saliéndome despacio, mojándome las bragas nuevas. Firmamos los papeles del pedido, cargamos las cajas, dijimos gracias, volvimos al auto. Todo como siempre. Como si no hubiera pasado nada.

***

Esa noche Esteban notó algo.

Yo me había puesto más cariñosa de lo habitual —una costumbre que había desarrollado esas semanas, el deseo que se desbordaba en casa después de los encuentros con Diego. Pero esa vez fue diferente. Estábamos en el cuarto y cuando me bajó la ropa interior, se detuvo. Las bragas estaban manchadas, y al abrirme las piernas, encontró el coño todavía húmedo, hinchado, con restos de una corrida que no era suya.

Me miró.

Yo no dije nada.

No fue una pelea larga. Esteban es de los que escuchan cuando quieren, y esa noche quería entender. Se lo conté: no todo, pero sí suficiente. Hubo un silencio mientras él procesaba lo que acababa de escuchar.

Luego me besó.

No de la manera que esperaba. Me empujó sobre la cama, me abrió las piernas de golpe y hundió la cara entre ellas. Me comió el coño con una intensidad que nunca antes había tenido con nosotros: me chupaba los labios, me metía la lengua bien adentro, me pasaba la punta por el clítoris en círculos rápidos. Sabía perfectamente lo que estaba lamiendo, y lo lamía igual. Con más ganas, incluso. Me metió dos dedos y los curvó, con la boca pegada al clítoris, y yo llegué antes de lo que quería, sabiendo que él sabía lo que había pasado esa tarde, y eso hacía todo más intenso y más extraño al mismo tiempo. Cuando terminé, él levantó la vista, con la barbilla brillante, y me preguntó si me había gustado lo que había hecho con Diego.

—Sí —dije. Sin adornar la respuesta.

—¿Te lo cogió bien?

—Sí.

—¿Te acabó adentro?

—Sí.

—Bien —respondió. Se bajó los pantalones, me giró boca abajo, me levantó las caderas y me penetró por detrás. Entró de un solo empujón, hasta el fondo, y yo grité contra las sábanas. Me folló despacio al principio, luego con ganas, cogiéndome del pelo, palmeándome las nalgas, embistiéndome cada vez más fuerte. Nunca lo había sentido tan duro, tan desatado. Me susurraba al oído preguntas que yo respondía con la boca abierta contra el colchón: si me gustaba más su polla o la de Diego, si me había hecho gemir tanto, si me había llenado más. Y cuando le dije que la suya, la suya la sentía mejor, se corrió con un gruñido, empujándome hasta el fondo, hasta que los dos llegamos juntos y sentí su corrida sumándose por dentro a lo que ya había quedado del otro.

***

Eso fue el inicio de una conversación que duró meses. Esteban quería entender. Yo intentaba explicar algo que yo misma no terminaba de entender: que podía quererlo a él y haber deseado a otro sin que una cosa cancelara la otra. Al final llegamos a un acuerdo sin nombre claro, algo que los dos sabíamos que existía aunque no supiéramos cómo llamarlo.

Con Diego las cosas siguieron un tiempo más. Los trayectos a los proveedores continuaron igual, y hubo otras dos veces en el motel. Pero algo había cambiado cuando dejó de ser un secreto completo: perdió parte de lo que lo hacía irresistible.

Un día Diego me propuso que lo nuestro fuera algo más formal, que habláramos con nuestras parejas y lo planteáramos abiertamente.

Ahí le puse freno.

Lo que teníamos era lo que era: una tensión que se resolvía en el auto y en habitaciones de hotel. No quería que se convirtiera en algo con peso propio, con expectativas, con horarios. Él no lo tomó bien. Hubo unas semanas incómodas en el trabajo, miradas cortadas, mensajes que tardaban en responderse. Después las cosas volvieron poco a poco a su lugar.

Hoy casi no hablamos, Diego y yo. No por rencor sino porque esas cosas se desgastan solas cuando les quitas el secreto y les pones luz.

Lo que quedó es lo que soy ahora: alguien que sabe que puede querer a una persona y desear a otra, y que esas dos cosas no siempre se contradicen. No lo digo como excusa. Lo digo porque es la verdad más honesta que tengo sobre mí misma, y porque guardármela ya no tiene ningún sentido.

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Comentarios(9)

Camila95

tremendo relato, me quedé pegada hasta el final!!

RosaM_Cba

Necesito que hagas una segunda parte, por favor. Quede con muchas ganas de saber como siguió todo

ValenRo92

Me recordó tanto a algo que viví hace unos años... estas cosas pasan mas seguido de lo que uno cree

TaxiLector

Muy bueno, se nota que esta escrito desde adentro. Saludos

Inés_lectora

wow, se me hizo corto. quiero mas!!!

PabloRosario

Increible como describiste ese momento en el auto. Ahi te das cuenta que algunas decisiones ya estan tomadas antes de que uno las piensa

leo85

excelente!!! sigan subiendo relatos de esta categoria

MarcelaT

Buenisimo. Me gusta que lo contaste con honestidad, sin hacerte la victima ni justificarte de mas. Eso lo hace mucho mas creible

Romina_MdP

jeje la parte del auto... siempre el auto, tremendo

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