La luchadora lesbica que me salvó del infierno
Fui a verla pelear y terminé besándola en un callejón, con la sangre aún fresca en su boca y unas ganas salvajes de hacerla mía.
Fui a verla pelear y terminé besándola en un callejón, con la sangre aún fresca en su boca y unas ganas salvajes de hacerla mía.
Bajé al estacionamiento con las piernas temblando, todavía sudada, sin saber que esa tarde iba a dejar de temerle a su deseo.
La empujé contra la pared del baño del gimnasio sin decirle que la rubia del guiño era mi mujer, y que nos esperaba en casa para seguir.
Entró cuando todavía me dolían los golpes, se sentó sobre mis piernas y me dejó claro que no había ido a felicitarme.
Después de semanas de cruces, miradas y pullas, me empujó al baño del vestuario y me dejó claro cómo pensaba cobrarme aquella multa.
Todo empezó con miradas en el vestidor, pero cuando abrí la puerta del departamento y vi a mi novia con él, supe que esa noche se iba a descontrolar.
Cuando cerró el aula y me sonrió como si ya supiera lo que iba a hacer, entendí demasiado tarde que el juego no lo iba a controlar yo.
Me quité el bikini bajo el agua para excitarme sola, pero no contaba con que un hombre en mi mismo carril se acercara demasiado.
Le mandé el audio a las tres de la mañana: mañana volvemos y esta vez sin freno. Ella respondió con una lista de lo que quería que él nos hiciera.
La veía moverse en las clases de yoga con una elegancia que me desarmaba. Jamás imaginé que un cruce casual en el andén terminaría en su dormitorio.
Eran las once de la noche, la calle estaba vacía y decidí quitarme la ropa ahí mismo. No imaginé que alguien tambaleándose en la esquina me estaba observando.
Las dos toallas en el colgador me avisaron de que no estaba solo. Lo inteligente era marcharme. En lugar de eso, me quedé pegado al cristal.
Me subí al banco sin hacer ruido, pegué el ojo a la rejilla de plástico y entonces la reconocí: era ella, la que llevaba toda la tarde mirando de reojo.
Nunca la soporté, pero cuando me escribió pidiendo ayuda para encontrar trabajo se me ocurrió una idea. Mi novia decidió llevarla mucho más lejos de lo que yo planeaba.
Solo iba a probar una clase dirigida. No esperaba que su coche se detuviera delante de mí ni lo que vendría después, en una esquina del polígono.
Nunca pensé que una noche frente a la pantalla, con la voz de mi pareja al oído, terminaría desarmando todo lo que yo creía saber sobre mí misma.
Cambié de horario para entrenar sola, sin miradas pesadas. Lo conseguí durante una semana. Hasta que él cruzó la puerta y todo mi cuerpo me traicionó.
Cuando se inclinó para estirar en la palestra vacía, la descubrió observándolo desde las columnas: alta, pelirroja y con una sonrisa que prometía mucho más que simples ejercicios.
Entre el vaho de la sauna ella bajó la mirada hacia mi toalla y sonrió, como si supiera exactamente lo que estaba a punto de pasar entre los dos.
La puerta estaba apenas junta y dentro alguien repetía que sí, que sí. No debí mirar, pero me quedé clavado en el pasillo, conteniendo la respiración.