Me desnudé en plena calle y él me encontró así
Eran las once de la noche, la calle estaba vacía y decidí quitarme la ropa ahí mismo. No imaginé que alguien tambaleándose en la esquina me estaba observando.
Eran las once de la noche, la calle estaba vacía y decidí quitarme la ropa ahí mismo. No imaginé que alguien tambaleándose en la esquina me estaba observando.
Las dos toallas en el colgador me avisaron de que no estaba solo. Lo inteligente era marcharme. En lugar de eso, me quedé pegado al cristal.
Me subí al banco sin hacer ruido, pegué el ojo a la rejilla de plástico y entonces la reconocí: era ella, la que llevaba toda la tarde mirando de reojo.
Nunca la soporté, pero cuando me escribió pidiendo ayuda para encontrar trabajo se me ocurrió una idea. Mi novia decidió llevarla mucho más lejos de lo que yo planeaba.
Solo iba a probar una clase dirigida. No esperaba que su coche se detuviera delante de mí ni lo que vendría después, en una esquina del polígono.
Nunca pensé que una noche frente a la pantalla, con la voz de mi pareja al oído, terminaría desarmando todo lo que yo creía saber sobre mí misma.
Cambié de horario para entrenar sola, sin miradas pesadas. Lo conseguí durante una semana. Hasta que él cruzó la puerta y todo mi cuerpo me traicionó.
Cuando se inclinó para estirar en la palestra vacía, la descubrió observándolo desde las columnas: alta, pelirroja y con una sonrisa que prometía mucho más que simples ejercicios.
Entre el vaho de la sauna ella bajó la mirada hacia mi toalla y sonrió, como si supiera exactamente lo que estaba a punto de pasar entre los dos.
La puerta estaba apenas junta y dentro alguien repetía que sí, que sí. No debí mirar, pero me quedé clavado en el pasillo, conteniendo la respiración.
Esa mañana ella me robó la máquina de un salto y se rió de mi cara. Por la noche, con un trozo de roscón de por medio, descubrí que no pensaba dejarme tranquilo.
El ruido venía del gimnasio. Samanta pensó en ladrones; lo que vio detrás de la puerta entreabierta la dejó sin aire y cambió lo que sentía por su madre.
Lo veía entrenar cada mañana y fingía no mirarlo. Hasta que un día me acerqué, y esa decisión me llevó a la noche más intensa de toda mi vida.
Si aguantaba el fuego sobre la piel sin apartar el brazo, él la marcaría sin ataduras. Bajó la muñeca hacia la llama y dejó que el reloj empezara a correr.
Creí que llegar a la hora muerta me protegería de las miradas. No conté con que ellas entrarían a limpiar justo cuando yo salía de la ducha.
Lo vi observándome en el gimnasio del hotel y supe que aquel hombre, mayor y casado, no pararía hasta tenerme. Lo que no esperaba era cuánto deseaba yo que lo lograra.
Creía que el vestuario estaba vacío cuando entró en la ducha. No contaba con que dos desconocidos lo estaban mirando, ni con las ganas que esa mirada le despertó.
De día me humillaba delante de sus amigas; de noche me suplicaba que la pusiera en su lugar. Nadie imaginaba lo que pasaba dentro de aquel auto.
Siempre fui el niño bonito, el delgadito de ojos verdes. Hasta que crucé la puerta de un gimnasio y alguien me miró como nadie me había mirado nunca.
Llevaba cinco años de sequía y mi marido acababa de proponerme un trío en el que él participaría vestido de mujer. Lo más loco: yo ya sabía a quién invitar.