La noche que mi esposa me ofreció a su mejor amiga
«Lo que no se sabe no hace daño». Esa frase me persiguió durante años, como un mantra heredado de alguien que ya no recordaba con claridad. Mientras observaba a Sebastián servirse otro vodka en mi sala, supe que el silencio se había agotado.
Camila se la había escuchado a Renata en algún café perdido de Bogotá, durante una pausa entre clases de protocolo de cabina. Una tontería dicha entre risas que terminó instalándose en su forma de vivir.
—Le confieso que no sé por dónde empezar —murmuré, sin atreverme a mirarlo, fijando la vista en los pinos que se mecían bajo la llovizna del jardín.
Sebastián cruzó las piernas con una elegancia casi felina y me dejó hablar. Era el mejor amigo de mi mujer, un sobrecargo que había dejado de interesarse por las mujeres mucho antes de conocernos. Tenía los ojos negros más perspicaces que había visto en mi vida.
—Camila siempre fue aventurera —seguí, con la garganta seca—. Lo que usted llama franqueza, yo lo viví como una chispa que necesitaba incendiarlo todo. Y al principio, juro que me arrastró con ella.
Sebastián levantó su copa de cristal y el licor brilló bajo la luz amarilla de la lámpara. Su silencio fue una invitación más poderosa que cualquier pregunta.
—Hubo una época en que exploramos juntos. Renata, la amiga inseparable de Camila, era soltera y mucho más despierta para esas cosas. Una noche, después de un vuelo largo desde Lima, propuso que saliéramos los tres a tomar algo.
—¿Renata estuvo metida en eso? —Sebastián entrecerró los ojos.
—Desde el principio.
—La conocí de vista. Una rubia explosiva con demasiado maquillaje, que casi le arranca el bolso a su mujer en el aeropuerto.
—Esa misma. Una mujer de un metro sesenta y siete, con una figura que detenía conversaciones. Ojos verdosos, boca pintada de rojo intenso, una manera de caminar que mezclaba seguridad con provocación. Camila la adoraba como solo se adora a la amiga que se atreve a hacer lo que una se prohíbe.
Sebastián soltó una carcajada breve.
—Cuente, hombre. ¿Y a usted le gustaba?
—¿Y a usted para qué le interesa, si las mujeres no son su tema?
—No dije que no me gusten. Dije que dejé de desearlas. Pero la belleza la admiro en todas partes: en la curva de un cuerpo, en el azul del cielo cuando vuelo de noche, en el trazo de un músculo. Lo que me seduce no es la anatomía, es la posibilidad de tocar el alma de quien me la muestra.
Asentí. Sebastián tenía esa costumbre de convertir cualquier diálogo en una declaración de principios. La música seguía sonando en el tocadiscos y el aroma de su pipa se mezclaba con el de mi tabaco apagado.
—Bien —dijo, retomando con una sonrisa enigmática—. Salieron de noche. ¿Y entonces?
—No fue a una discoteca. Renata nos llevó a un club privado en las afueras, un lugar sin restricciones de horario que pertenecía a un pasajero con el que había tenido un romance breve. Lo llamaban Montecarlo. Decoración con luces rojas y amarillas, una pista circular de madera pulida y un tubo de cromo en el centro, brillante y frío, como si esperara a alguien.
—¿Y qué pasó?
—El aire olía a frutas licorosas y perfume barato. Bailamos los tres al unísono, más por no dejar sola a Camila que por otra cosa. A medianoche todo se quedó en penumbras y los reflectores cayeron sobre el tubo. Dos bailarinas salieron de las sombras, vestidas apenas con velos brillantes. Sus cuerpos se movían con una gracia felina, deslizándose alrededor del poste con una sensualidad que iba subiendo de tono.
Sebastián cruzó la otra pierna y se acomodó contra el respaldo del sofá con una delicadeza casi femenina. Sus dedos juguetearon con el borde del cojín mientras me miraba con esa atención que solo él sabía dar.
—Continúe.
—Una de las bailarinas le desabrochó el sostén a la otra. Esta le bajó la tanga. Se acostaron de medio lado y empezaron a besarse, a tocarse, a gemir como gatas en celo. Una terminó encima de la otra y le hizo sexo oral frente a toda la sala. La música bajó de volumen y todos pensamos que el espectáculo había acabado.
—¿Y no?
—No. Justo cuando la música casi se disolvía, apareció él. De la misma penumbra de donde habían salido las chicas, un tipo enorme, atlético, con cada músculo brillando bajo el aceite y los reflectores. Una tanga mínima que dejaba poco a la imaginación.
Sebastián levantó una ceja.
—Las dos bailarinas, que parecían exhaustas, lo recibieron con una energía nueva. Se le lanzaron encima. La sensualidad insinuada de antes mutó en algo crudo, sin filtros. Los besos cariñosos se convirtieron en mordiscos. Las caricias delicadas, en agarres brutales. Los tres cuerpos se entrelazaron en una maraña de sudor y gemidos que ya no eran de gata, sino de pura lujuria desordenada. Las luces estroboscópicas cortaban la oscuridad y revelaban fragmentos de un acto carnal sin pudor alguno. Lamiendo, chupando, embistiendo. Era pornografía pura, sin censura.
Sebastián cerró los ojos un instante. Entendí que más que excitación, lo que sentía era una saturación estética. La poesía de la que tanto hablaba se había convertido en prosa descarnada.
—¿Y después? —preguntó.
—Salimos del club entre risas, tocamientos furtivos y miradas que ya no necesitaban traducción. La propuesta la hizo Renata, con esa naturalidad ebria que la caracterizaba: «¿Y si seguimos la fiesta en otro lado, un poco más íntimo?». Camila sonrió. Yo conduje hasta el apartamento de Renata, más por el éxtasis del momento que por el alcohol.
—Ajá. ¿Y entonces?
—Me acobardé.
Sebastián se quedó quieto, con la copa a medio camino de los labios.
—¿Cómo?
—Tal cual. Estábamos en la sala del apartamento, Renata acababa de servir copas. Yo miraba la escena desde un costado, intentando convencerme de que aquello iba a pasar, cuando vi una mano blanca, con dos anillos plateados y una uña pintada de coral, deslizarse por el hombro desnudo de mi mujer. El dedo subió por su cuello hasta su mejilla y le rozó el labio inferior. Camila entreabrió la boca. Le respondió con un gesto de entrega que no le había visto en años.
—¿Y se acobardó?
—Sentí un golpe en el estómago. Los celos me clavaron justo en el centro del pecho. No era lujuria lo que vi. Era una conexión que me excluía. Inventé una excusa absurda sobre los niños, los aparté con cortesía y nos llevé a casa. Camila no me habló durante una semana.
Sebastián dio un salto en el sofá y casi se le cae la copa.
—¡No friegue! ¿¡Una oportunidad así y la dejó pasar!? ¿Un hombre como usted? ¡No lo puedo creer!
Lo miré sin enfado. Era curioso escuchar esa indignación de alguien que no tenía interés alguno en mujeres.
—Lo sé. Pero algo en mi cabeza no estaba listo. La frialdad de Camila duró días. Hasta que una docena de rosas, una caja de bombones y una cena en un restaurante con vista a la ciudad sirvieron de preámbulo a la conversación pendiente. Esa noche, con los niños dormidos y una botella de champán entre los dos, le pregunté qué había pasado.
—¿Y qué le dijo?
—Que todo había sido idea suya desde el principio. Que pensaba que un trío podía traerle aire fresco a lo nuestro. Pero no con otro hombre, Sebastián. Con otra mujer.
Sebastián ladeó la cabeza, intrigado.
—Ah… Quería iniciarse.
—Exacto. Decía que era el sueño de cualquier hombre. Para ella era un regalo. Para mí, algo que jamás había pedido.
—¿Y cómo se sintió?
—Como un completo idiota. Pero también con una curiosidad rara. Durante años creí que su deseo giraba solo en torno a mí. Esa noche entendí cuánto riesgo había asumido para complacerme.
—¿Y no será que ya tenía a alguien en mente? Nadie lanza una idea así de la nada, Mateo.
Lo miré con frialdad, no con enojo. Empezaba a comprender que mi historia tenía más recovecos de los que yo quería admitir.
—No lo puedo asegurar. Pero esa noche hablamos como nunca. De lo que ella anhelaba, de mis miedos, de los espacios donde nos habíamos vuelto invisibles el uno al otro. Fue la primera vez en años que me sentí desnudo, aunque tuviéramos la ropa puesta.
—¿Le puso límites?
—Le dije que no descartaba la idea, pero que necesitaba tiempo. Le agradecí la confianza, y me sorprendió que no insistiera. Solo asintió. Como si entendiera algo que ni yo mismo había terminado de procesar.
—Ah. Pero usted no se quedó tranquilo, ¿verdad?
—No. Una mujer que propone algo así de frente puede guardar otros secretos con la misma naturalidad.
Sonreí con resignación. La aguja del tocadiscos avanzó hasta una nueva canción y el silencio se hizo más espeso entre nosotros.
***
—Renata fue ingresando en nuestras vidas sin presionar. Cumpleaños, eventos sociales de la aerolínea, almuerzos en casa para probar el encocado de pescado que Camila había aprendido de niña. Bromas, baile, algunos vallenatos. La confianza creció. Dejé de verla como una rival. La vi como una extensión de mi intimidad con Camila, como si los tres fuéramos pepas de una misma granadilla.
Hice una pausa. Sebastián se levantó del sofá con un cigarrillo entre los labios y caminó hasta el umbral del jardín. Se quedó descalzo, mirando la noche, expulsando humo en una voluta lenta.
—La oportunidad llegó la madrugada de un viernes. Una de esas «rumbas de mujeres» que Camila y Renata organizaban una vez al mes. El alcohol volvió a desdibujar las líneas. Junto a una nueva integrante, Isabela, una excompañera tímida del colegio de Camila, las tres aterrizaron en mi habitación entre risas ahogadas.
Sebastián no se giró. Solo encendió otro cigarrillo.
—Yo dormía. Había sido una jornada larga en la oficina y caí rendido. La penumbra y el calor de los cuerpos femeninos me espantaron el sueño. Tres perfumes mezclados con alcohol, tres respiraciones, tres risas contenidas. Reconocí a Camila por el aroma de su piel. A Renata por su densidad de jazmín. La tercera silueta, Isabela, la identifiqué cuando ya era tarde para reaccionar.
—¿Y qué hizo? —preguntó al fin Sebastián, todavía mirando la noche.
—Nada. Me quedé quieto, esperando entender. Isabela, con esa espontaneidad juguetona que solo las personas tímidas se permiten cuando han bebido, fue la primera en apartar el edredón. Sus dedos traviesos me destaparon por completo. Renata aprovechó para acariciarme el pecho, arañarme el abdomen, meter la mano por debajo de la cinturilla de mis pantaloncillos.
Sebastián seguía sin girarse. El humo se alejaba en dirección al jardín, como si buscara una salida.
—Camila se deslizó por el otro costado, colocó su pierna entre las mías y rozó mi muslo con el suyo. Sus besos en mi oreja orquestaban la persuasión. Otras dos manos colaboraron para despojarme de la última prenda. Sentí los besos de las tres caer sobre mí, uno tras otro. La boca de Renata en mi cuello. La de Camila en mi pecho. Y la de Isabela, lentamente, descendiendo desde mis pies hasta mis muslos, mojando con saliva cada centímetro de piel.
Hice una pausa. Tomé aire. La pipa en mi mano me pesaba como una piedra.
—Vi cómo la cara de Isabela pasó del asombro a la fascinación cuando descubrió mi erección. Se la llevó a la boca con una delicadeza que no esperaba. La lamió, la abrigó, la absorbió. Y mi mujer… ni siquiera la encaró. Camila estaba besándome la boca mientras otra mujer me hacía sexo oral. Y Renata las miraba a las dos como si estuviera dirigiendo una sinfonía.
Me levanté del sillón y caminé hasta el umbral, donde Sebastián seguía descalzo. Encendí mi pipa. El humo aromático se mezcló con el del cigarrillo de él, en una voluta espesa que no quería separarse.
—Lo que pasó después fue inesperado. Pero no por eso menos excitante.
Sebastián por fin se giró. Los ojos negros que tantas veces había visto fríos y analíticos brillaban con una luz que no supe descifrar.
—Continúe —dijo, en voz muy baja—. Le prometo que no me voy a mover de aquí.
Le di una larga calada a la pipa. Afuera, la llovizna golpeaba las hojas de los pinos con un ritmo monótono. Adentro, la música seguía sonando y mi historia, después de tantos años guardada, empezaba por fin a salir.