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Relatos Ardientes

Mi novio quería ser cornudo y se lo enseñé sin piedad

Andrés llevaba tres whiskies cuando empezó a aflojar. Lo notaba por cómo se le caía la mirada, por la forma en que sus dedos jugaban con el borde del vaso. Llevábamos seis meses viviendo juntos y yo ya conocía cada uno de sus gestos de derrota.

—Cami —dijo, arrastrando un poco las sílabas—. ¿Puedo contarte algo raro?

Yo estaba sentada frente a él en el sillón, con las piernas cruzadas y la copa de vino apoyada en la rodilla. Sonreí. Esa noche había planeado emborracharlo. Quería verlo así, exactamente así.

—¿Más raro de lo que ya me pides en la cama?

Se rio, nervioso. Bebió otro trago. Yo me levanté, caminé despacio hasta él y me arrodillé entre sus piernas. Le quité el vaso de la mano y lo dejé en la mesa. La polla se le marcaba dura contra la tela del pantalón, un bulto grueso que subía hasta la cintura. Le pasé la mano abierta por encima, apretando el largo, y lo sentí palpitar bajo mis dedos.

—Cuéntame —susurré, mientras le bajaba el cierre con dos dedos—. Te prometo que no me voy a reír.

Le saqué la polla del calzoncillo y la dejé al aire, roja y tiesa, con una gota espesa asomando en la punta. La agarré por la base, apreté fuerte, y él tragó saliva. Me acerqué la cabeza a los labios, saqué la lengua y le lamí el pre-semen sin dejar de mirarlo a los ojos.

—A veces… —empezó, y se detuvo. Le temblaba la voz—. A veces pienso en que tú… que tú estés con otra persona. Que yo lo sepa. Que yo lo vea, incluso.

Me metí la punta en la boca, la chupé un segundo, y la solté con un beso húmedo. El silencio se estiró entre nosotros como un hilo tenso. Yo no parpadeé. Lo miré con la calma de alguien que acaba de encontrar el botón rojo del que su pareja no quería hablar.

—¿Con otra persona, Andrés? ¿Te refieres a otro hombre?

El pánico le inundó la cara. Vi cómo se le aceleraba el pecho, cómo intentaba reorganizar la mentira antes de soltarla. Yo seguía con la polla en la mano, moviéndosela despacio, arriba y abajo, sin apuro.

—¡No! Otro hombre no. Una mujer. Sí, dos mujeres. Es… es la fantasía típica, ¿no? Lo normal.

Le acaricié la mejilla con la mano libre. Sentí la barba incipiente raspar mis dedos. Le sonreí con dulzura, esa dulzura que él ya había aprendido a temer. Con la otra mano seguía masturbándolo, lento, apretando el glande cada vez que subía.

—Mírame. Mírame bien.

Lo obligué a levantar la barbilla. Sus ojos vidriosos buscaron los míos.

—Mientes —dije—. Lo dijiste primero y después te corregiste porque te dio vergüenza. Quieres que otro me la meta. Quieres oler en mi coño a un hombre que no eres tú. Eso es lo que te calienta. Que yo sea de otro y tú lo sepas.

—No —murmuró, pero la voz le salió rota y la polla le dio un tirón en mi mano, delatándolo.

—No me mientas. A mí no. Se te pone durísima cuando lo digo.

Lo había atrapado.

Negó con la cabeza otra vez, los ojos llenándosele de lágrimas. Era patético y hermoso al mismo tiempo. Bajé la boca y me la tragué entera de un envión, hasta la garganta, hasta que sentí el pubis chocarme contra la nariz. La tuve ahí, ahogándome un segundo, y la saqué con un hilo de baba colgando. Él gimió como un animal herido.

—Decídelo. Di la verdad y te dejo correrte en mi boca.

—Cami, por favor…

—Dila.

—Quiero… quiero que otro te folle mientras yo miro.

Sonreí y volví a tragármela. Le chupé fuerte, con las mejillas hundidas, la lengua enroscada bajo el frenillo, la mano moviéndole los huevos hinchados. Se la mamé con hambre, con saliva chorreándome por la barbilla, hasta que sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo. Lo aparté justo antes, apreté la base con el pulgar y el índice, y le corté la corrida de raíz. Se le escapó un quejido de rabia y de súplica.

Decidí, en ese instante, que no iba a discutirle la fantasía. Iba a llevársela hasta donde él nunca se atrevió a imaginar.

—Está bien —dije, levantándome y limpiándome la boca con el dorso de la mano—. Será como tú quieres. Una mujer. Voy a cumplir tu sueño, Andrés. Esta misma semana. Y te vas a la cama con la verga así, sin correrte. Para que aprendas a esperar.

El alivio le aflojó los hombros, mezclado con la frustración de la polla latiendo en el aire. No entendía nada. Acababa de firmar su humillación y creía que se había salvado.

***

Llamé a Renata al día siguiente, a la hora del almuerzo. La conocía desde la facultad. Era pintora, vivía sola en un loft del centro y tenía esa elegancia oscura de las mujeres que se aburren con facilidad. Le expliqué la situación en menos de cinco minutos.

Se quedó callada al otro lado del teléfono. Después soltó una risa baja, una risa que conocía bien.

—Cami, eres de lo peor —dijo—. Cuenta conmigo. Hace tiempo que no me dejan romper a un hombre.

—No quiero romperlo del todo —respondí—. Quiero recolocarlo.

—Es lo mismo, mi amor. Solo que más lento.

—Y hazlo bien. Quiero que me hagas gritar. Quiero que la cámara registre cada gemido.

—¿Con lengua?

—Con lengua, con dedos, con lo que traigas del cajón. Todo.

—Llevo el arnés.

—Llévalo.

***

El sábado a la tarde, le dije a Andrés que salía con Renata. Le besé la frente como si lo perdonara por algo que todavía no había pasado.

—Para cumplir tu sueño, mi amor —le susurré al oído.

Antes de irme, dejé mi celular viejo sobre la mesita de noche, encendido, apuntando hacia la cama. Una luz roja parpadeando como una promesa.

—Por si quieres un recuerdo —le dije, sonriendo.

Andrés asintió, confundido y excitado a partes iguales. No sabía si abrazarme o pedirme que no fuera. La duda lo paralizaba. Yo lo dejé ahí, en el sillón, con la duda devorándolo por dentro.

***

Renata y yo no fuimos a un bar. No bebimos copas, no charlamos sobre arte ni esperamos al momento adecuado. Fuimos directo al departamento. Subimos en silencio. Cerré la puerta con llave.

—¿La cama? —preguntó.

—La nuestra —respondí—. La de él.

Ella sonrió, lenta. Entendía perfectamente.

El cuarto olía a Andrés, a su colonia y a las sábanas limpias que él mismo había puesto esa mañana, ilusionado, esperando volver a oler nuestro sexo. Ese cuarto era nuestro santuario. Allí se había declarado. Allí me había pedido que viviéramos juntos. Allí, durante seis meses, me había follado cada noche.

Me desnudé despacio, mirando la cámara. Quería que él viera mi cara. Quería que recordara cada gesto. Renata me ayudó con el sostén, me chupó los pezones uno por uno hasta dejármelos duros y brillantes de saliva, me mordió el cuello, bajó con la lengua por el esternón, entre las tetas, por el ombligo. La luz roja seguía parpadeando.

—Hola, Andrés —le dije a la cámara, mientras Renata me abría las piernas de un manotazo—. Acá empieza tu fantasía.

Renata se arrodilló en el piso, me acercó las caderas al borde de la cama y me hundió la cara entre los muslos. Sentí su lengua caliente abrirse paso entre los labios de mi coño, subir hasta el clítoris, girar sobre él con una precisión que Andrés jamás había tenido. Me chupó despacio, absorbiéndolo entero, y después le pasó la punta de la lengua en círculos rápidos hasta que se me arqueó la espalda de la cama.

—Más —jadeé—. Cómemelo entero.

Me metió dos dedos. Los curvó adentro, buscando el punto, y los movió con un ritmo obsceno mientras la lengua no dejaba de trabajar. Yo miraba la cámara. Me agarré una teta con la mano libre y me pellizqué el pezón fuerte, gimiendo alto, para que se escuchara. Le sonreí a la lente con la boca abierta, con la saliva chorreándome por la comisura.

—¿Ves esto, Andrés? ¿Ves cómo me la come? Así se hace, mi amor.

Renata subió al colchón. Me montó la cara sin pedir permiso. Su coño rasurado se apoyó sobre mi boca y yo saqué la lengua, la clavé entre sus labios, la moví arriba y abajo hasta encontrarle el clítoris hinchado. Le chupé con hambre, sujetándole el culo con las dos manos, apretándole las nalgas, hundiéndole un dedo entre los cachetes hasta rozarle el ojete. Ella gimió, se aferró al respaldo de la cama y empezó a moverse encima de mi cara, follándome la boca con su coño.

—Chupa más fuerte, perra —me gruñó desde arriba—. Que él lo escuche.

Le clavé la lengua adentro, entrando y saliendo, tragando su humedad. La cama olía a nosotras dos, a sudor, a coño mojado, a las sábanas que Andrés había planchado esa mañana con las manos temblorosas de esperanza. Renata se corrió encima de mi boca con un grito ronco, apretándome la cara con los muslos, y yo la seguí lamiendo hasta la última contracción.

Después se bajó, se estiró al costado, y sacó del bolso el arnés de cuero negro con la polla de silicona gruesa. Se lo ajustó a las caderas mientras yo la miraba, con las piernas ya abiertas, esperando.

—Ponte en cuatro —me ordenó.

Me di vuelta. Le mostré el culo a la cámara. Renata se acercó por detrás, me pasó el consolador por los labios del coño, empapándolo en mi propia humedad, y me lo metió despacio, hasta el fondo, de un solo empujón. Grité. Me agarró de las caderas y empezó a follarme fuerte, con el ritmo constante y despiadado que ningún hombre borracho me había dado nunca. La polla de silicona entraba y salía de mi coño con un ruido húmedo, obsceno, mientras las nalgas me chocaban contra su pubis.

—Más fuerte —pedí—. Más fuerte, por favor.

—¿Para él o para ti? —preguntó Renata, con la boca pegada a mi oído mientras me embestía.

—Para los dos.

Me agarró del pelo y me tiró la cabeza hacia atrás para que la cámara me viera bien la cara. Yo tenía la boca abierta, los ojos entrecerrados, la lengua fuera. Gemía como una perra en celo. Renata me metió el pulgar en el culo mientras seguía cogiéndome el coño con la polla postiza, y esa doble presión me hizo estallar. Me corrí con un aullido, temblando, apretando la silicona con las paredes hasta que ella se rio y me la sacó de golpe.

Cuando me corrí de nuevo, minutos después, lo hice mirando la lente. Renata me tenía boca arriba, con las piernas sobre sus hombros, y me daba con toda la cadera, doblándome sobre mí misma. Le sonreí a Andrés a través del cristal. Le dije gracias. Le dije que era el mejor regalo que me había hecho en seis meses. Le dije que Renata me llenaba más que él, que me daba más fuerte, que ni siquiera necesitaba una polla de verdad para hacerme gritar.

Después me subí yo encima. Le arranqué el arnés a Renata, me lo puse yo, y la penetré a ella boca abajo con la almohada mordida entre los dientes. La hice arquearse. La hice clavar las uñas en las sábanas que él había planchado. Le di duro, con las manos en su cintura, viendo cómo el culo le rebotaba contra mi pubis. La hice correrse dos veces así, con la polla postiza dentro y mis dedos frotándole el clítoris al mismo tiempo.

Terminamos con la cara pegada. Nos besamos largo, con lengua, con la saliva mezclada, con el sabor de las dos en la boca. Renata me chupó los pezones una última vez antes de rodar al costado, jadeando.

Estuvimos casi tres horas en esa cama. Cuando terminamos, las sábanas estaban arrugadas, empapadas, marcadas con sudor, con manchas oscuras de nuestros coños, con maquillaje corrido y pintalabios. El cuarto olía a otra mujer. A dos mujeres cogiendo. A semen no había, pero había algo peor: había placer sin él, había gritos que él nunca me había arrancado, había una humedad que no era suya.

Renata se vistió en silencio. Antes de irse, miró la cámara y le tiró un beso.

—Gracias, papi —dijo, riendo—. Tu mujer coge como una diosa. Volveremos cuando quieras.

***

Volví a casa pasada la medianoche. Andrés estaba en el sillón, igual que cuando me fui, con la diferencia de que ahora tenía los ojos rojos y una botella de whisky vacía a los pies. Olía a alcohol y a derrota.

—Hola, mi amor —dije, soltando el bolso—. ¿Me esperaste despierto?

Asintió sin mirarme. Yo me senté a su lado, le acaricié el pelo y le entregué el celular.

—Acá tienes el regalo. Míralo conmigo.

Le temblaban las manos. Apretó play. Yo no quité los ojos de su cara durante los primeros diez minutos. Vi cómo la excitación le crecía, cómo se mordía el labio, cómo se llevaba la mano al bulto del pantalón sin pensarlo, cómo intentaba justificarse a sí mismo que estaba bien, que era lo que había pedido. Se sacó la polla mientras miraba. Empezó a masturbarse despacio, con los ojos clavados en la pantalla, mientras Renata me abría las piernas.

Después, lentamente, vi cómo la cara se le iba descomponiendo.

Vio mi mirada a la cámara. Escuchó mis palabras. Escuchó cómo gemía con otra el placer que nunca había gemido con él. Vio cómo Renata me follaba con la polla de silicona en la misma cama donde él se había declarado. Vio cómo yo la cabalgaba a ella, cómo la hacía correrse, cómo le decía a la lente que ella me llenaba más. Y, sobre todo, vio que yo estaba feliz. Más feliz que con él.

La erección se le murió en la mano. Se le arrugó entre los dedos, blanda, patética. No vi otra reacción más cruel en toda mi vida que esa: cómo el cuerpo de un hombre se rinde antes que su orgullo, cómo la polla se le encoge mientras la mía está siendo empalada por otra en el video.

Apagó el video con dedos torpes. Se guardó la verga muerta en el pantalón sin subirse el cierre. No habló. No me miró.

—¿Y? —pregunté, suave—. ¿Te gustó?

—No —susurró.

—¿No? Pero si era lo que querías.

—No así —dijo, y por fin se le quebró la voz—. No así, Camila.

—Ah, ¿no? ¿Y cómo, entonces? ¿Querías una fantasía limpia? ¿Una escena bonita en la que nadie sufre? Mírame.

Levantó la cara, llorando. Le agarré la barbilla con dos dedos.

—Pediste que otra persona me follara en nuestra cama. Te lo di. Pediste verlo. Lo grabé. Pediste imaginármelo con otro coño encima. Te lo mostré. Lo único que cambió es que ahora sabes que de verdad me corrí más con ella que contigo. Y eso no se puede deshacer.

Se cubrió la cara con las manos. Dejé que llorara un par de minutos, sin tocarlo. Después me levanté, lo agarré de la muñeca y lo llevé al dormitorio.

Cuando abrí la puerta, el olor del cuarto lo golpeó. Coño, sudor, sexo de mujer. Se ahogó. Intentó retroceder. Yo lo empujé hacia adentro.

—No —dije—. Adentro. Hasta el final.

—Camila, por favor —rogó.

—Hueles eso, ¿verdad? Es perfume de mujer. Es sudor de mujer. Es coño mojado. Es lo que pediste sin atreverte a pedirlo. Quiero que duermas acá esta noche. Solo. Sin cambiar las sábanas. Con la cara metida en la mancha que dejó Renata cuando se corrió.

Lo solté. Cayó de rodillas al borde de la cama. Lloraba en silencio, con los hombros temblándole. Le agarré la nuca y le hundí la cara en el medio de la sábana, en la mancha oscura, todavía húmeda.

—Huele. Fuerte. Con la boca abierta.

Aspiró, temblando. Sentí cómo se le ponía dura otra vez contra el borde del colchón, la traición del cuerpo, la evidencia de que le encantaba.

—Y mañana —continué, calmada—, vamos a hablar de qué eres tú en realidad. No de la fantasía bonita que te inventaste para sentirte normal. De lo que de verdad te calienta: la humillación. La sumisión. Saber que yo decido con qué coño y con qué polla me abro de piernas, y que tú me obedeces incluso cuando duele.

—No quiero ser eso —murmuró, sin levantar la cara de la sábana.

—Sí quieres. Se te está parando ahora mismo. Lo que no quieres es saberlo. Pero ya es tarde, mi amor. Ya lo sé yo.

Me agaché frente a él, le tomé la cara con las dos manos y le di un beso largo en la frente, casi maternal. Sentí el olor de Renata en su nariz, en sus labios.

—Tranquilo. No te voy a dejar. Justo lo contrario. Vamos a empezar de nuevo, pero con las reglas claras.

Asintió, con los ojos cerrados, mientras una lágrima se le escapaba hasta la mandíbula.

—Repite conmigo —dije—. Yo elijo.

—Tú eliges —susurró.

—Yo decido con quién, dónde y cuándo.

—Tú decides con quién, dónde y cuándo.

—Y tú agradeces.

Se quedó callado un instante. Después, con un hilo de voz que ya no era el suyo:

—Yo agradezco.

Le sonreí. Le besé los párpados, uno por uno, con una ternura que él no esperaba y que, de alguna manera, lo destrozó más que cualquier insulto.

Lo dejé ahí, arrodillado al pie de la cama profanada, con la nariz pegada al coño ajeno impregnado en el algodón. Cerré la puerta con suavidad. Me fui al baño y me metí bajo el agua caliente.

Sabía lo que iba a pasar después. Sabía que se acostaría en esas sábanas, aunque al principio le diera miedo. Sabía que se iba a sacar la polla y se iba a masturbar con la cara enterrada en la mancha de Renata, oliendo mi coño mezclado con el de ella. Sabía que iba a llorar y a correrse al mismo tiempo, disparando su semen inútil sobre las mismas sábanas que otra había mojado antes, odiándose, deseándome más de lo que me había deseado nunca.

Y sabía, sobre todo, que a partir de esa noche él era mío de una forma nueva. Mío de verdad. Mío como había pedido sin saber que estaba pidiendo.

Yo no había roto nuestra relación. La había transformado. Y todavía, después de todo, no había usado el látigo ni una sola vez.

Eso era para la próxima semana.

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Comentarios(9)

VeroLectora

Me enganchó desde la primera línea. Muy bueno!!!

Ignacio

Quiero saber como sigue esto, por favor seguí escribiendo. Quede con ganas de mas

LauraR_BA

jajaja me recordó a algo que me pasó hace tiempo, pero yo no tuve tanta seguridad. Muy bien escrito

DarkReader09

Esto le pasó de verdad o es ficcion? porque se siente muy real

Marcos_78

El que pide eso que no se queje despues jaja. Tremendo relato

CelesteMGC

El ritmo esta muy bien llevado, se lee solo. Esperando mas de tus historias :)

Pipe_2021

increible!!

Leti_cuentos

Me gusto mucho como esta contado. Se nota que hay talento ahi. Sigo pendiente de tus proximos relatos.

carlos_fdez

La protagonista sabe bien lo que hace je. Me encantó el final

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