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Relatos Ardientes

Mi novio quería ser cornudo y se lo enseñé sin piedad

Andrés llevaba tres whiskies cuando empezó a aflojar. Lo notaba por cómo se le caía la mirada, por la forma en que sus dedos jugaban con el borde del vaso. Llevábamos seis meses viviendo juntos y yo ya conocía cada uno de sus gestos de derrota.

—Cami —dijo, arrastrando un poco las sílabas—. ¿Puedo contarte algo raro?

Yo estaba sentada frente a él en el sillón, con las piernas cruzadas y la copa de vino apoyada en la rodilla. Sonreí. Esa noche había planeado emborracharlo. Quería verlo así, exactamente así.

—¿Más raro de lo que ya me pides en la cama?

Se rio, nervioso. Bebió otro trago. Yo me levanté, caminé despacio hasta él y me arrodillé entre sus piernas. Le quité el vaso de la mano y lo dejé en la mesa. Su erección era evidente bajo el pantalón.

—Cuéntame —susurré, posando una mano en su muslo—. Te prometo que no me voy a reír.

—A veces… —empezó, y se detuvo. Tragó saliva—. A veces pienso en que tú… que tú estés con otra persona. Que yo lo sepa. Que yo lo vea, incluso.

El silencio se estiró entre nosotros como un hilo tenso. Yo no parpadeé. Lo miré con la calma de alguien que acaba de encontrar el botón rojo del que su pareja no quería hablar.

—¿Con otra persona, Andrés? ¿Te refieres a otro hombre?

El pánico le inundó la cara. Vi cómo se le aceleraba el pecho, cómo intentaba reorganizar la mentira antes de soltarla.

—¡No! Otro hombre no. Una mujer. Sí, dos mujeres. Es… es la fantasía típica, ¿no? Lo normal.

Le acaricié la mejilla. Sentí la barba incipiente raspar mis dedos. Le sonreí con dulzura, esa dulzura que él ya había aprendido a temer.

—Mírame. Mírame bien.

Lo obligué a levantar la barbilla. Sus ojos vidriosos buscaron los míos.

—Mientes —dije—. Lo dijiste primero y después te corregiste porque te dio vergüenza. Quieres que otro me toque. Quieres oler en mí a un hombre que no eres tú. Eso es lo que te calienta. Que yo sea de otro y tú lo sepas.

—No —murmuró, pero la voz le salió rota.

—No me mientas. A mí no.

Lo había atrapado.

Negó con la cabeza otra vez, los ojos llenándosele de lágrimas. Era patético y hermoso al mismo tiempo. Decidí, en ese instante, que no iba a discutirle la fantasía. Iba a llevársela hasta donde él nunca se atrevió a imaginar.

—Está bien —dije, levantándome—. Será como tú quieres. Una mujer. Voy a cumplir tu sueño, Andrés. Esta misma semana.

El alivio le aflojó los hombros. No entendía nada. Acababa de firmar su humillación y creía que se había salvado.

***

Llamé a Renata al día siguiente, a la hora del almuerzo. La conocía desde la facultad. Era pintora, vivía sola en un loft del centro y tenía esa elegancia oscura de las mujeres que se aburren con facilidad. Le expliqué la situación en menos de cinco minutos.

Se quedó callada al otro lado del teléfono. Después soltó una risa baja, una risa que conocía bien.

—Cami, eres de lo peor —dijo—. Cuenta conmigo. Hace tiempo que no me dejan romper a un hombre.

—No quiero romperlo del todo —respondí—. Quiero recolocarlo.

—Es lo mismo, mi amor. Solo que más lento.

***

El sábado a la tarde, le dije a Andrés que salía con Renata. Le besé la frente como si lo perdonara por algo que todavía no había pasado.

—Para cumplir tu sueño, mi amor —le susurré al oído.

Antes de irme, dejé mi celular viejo sobre la mesita de noche, encendido, apuntando hacia la cama. Una luz roja parpadeando como una promesa.

—Por si quieres un recuerdo —le dije, sonriendo.

Andrés asintió, confundido y excitado a partes iguales. No sabía si abrazarme o pedirme que no fuera. La duda lo paralizaba. Yo lo dejé ahí, en el sillón, con la duda devorándolo por dentro.

***

Renata y yo no fuimos a un bar. No bebimos copas, no charlamos sobre arte ni esperamos al momento adecuado. Fuimos directo al departamento. Subimos en silencio. Cerré la puerta con llave.

—¿La cama? —preguntó.

—La nuestra —respondí—. La de él.

Ella sonrió, lenta. Entendía perfectamente.

El cuarto olía a Andrés, a su colonia y a las sábanas limpias que él mismo había puesto esa mañana, ilusionado, esperando volver a oler nuestro sexo. Ese cuarto era nuestro santuario. Allí se había declarado. Allí me había pedido que viviéramos juntos. Allí, durante seis meses, habíamos hecho el amor cada noche.

Me desnudé despacio, mirando la cámara. Quería que él viera mi cara. Quería que recordara cada gesto. Renata me ayudó con el sostén, me besó el cuello, me mordió suavemente. La luz roja seguía parpadeando.

—Hola, Andrés —le dije a la cámara—. Acá empieza tu fantasía.

Lo que vino después fue lento, caliente y absolutamente premeditado. Renata sabía qué hacer. Me llevó a la cama y me empujó sobre las almohadas. Me besó por todo el cuerpo, me mordió la cara interna del muslo, me hizo gemir con un timbre que nunca había gemido en esa cama. Yo me rendí a sus manos como nunca me había rendido a las de él.

—Más fuerte —pedí—. Más fuerte, por favor.

—¿Para él o para ti? —preguntó Renata, con la boca pegada a mi oído.

—Para los dos.

Cuando me corrí, lo hice mirando la lente. Le sonreí a Andrés a través del cristal. Le dije gracias. Le dije que era el mejor regalo que me había hecho en seis meses.

Renata se rio con una risa ronca. Se subió encima de mí y me obligó a devolverle cada caricia. La hice gritar. La hice arquearse. La hice clavar las uñas en las sábanas que él había planchado.

Estuvimos casi tres horas en esa cama. Cuando terminamos, las sábanas estaban arrugadas, mojadas, marcadas con sudor y maquillaje y pintalabios. El cuarto olía a otra mujer. A dos mujeres. A todo lo que Andrés había pedido y a todo lo que no podría volver a olvidar.

Renata se vistió en silencio. Antes de irse, miró la cámara y le tiró un beso.

—Gracias, papi —dijo, riendo—. Volveremos cuando quieras.

***

Volví a casa pasada la medianoche. Andrés estaba en el sillón, igual que cuando me fui, con la diferencia de que ahora tenía los ojos rojos y una botella de whisky vacía a los pies. Olía a alcohol y a derrota.

—Hola, mi amor —dije, soltando el bolso—. ¿Me esperaste despierto?

Asintió sin mirarme. Yo me senté a su lado, le acaricié el pelo y le entregué el celular.

—Acá tienes el regalo. Míralo conmigo.

Le temblaban las manos. Apretó play. Yo no quité los ojos de su cara durante los primeros diez minutos. Vi cómo la excitación le crecía, cómo se mordía el labio, cómo intentaba justificarse a sí mismo que estaba bien, que era lo que había pedido. Después, lentamente, vi cómo la cara se le iba descomponiendo.

Vio mi mirada a la cámara. Escuchó mis palabras. Escuchó cómo gemía con otra el placer que nunca había gemido con él. Vio cómo Renata me hacía retorcerme en la misma cama donde él se había declarado. Y, sobre todo, vio que yo estaba feliz. Más feliz que con él.

La erección se le murió. No vi otra reacción más cruel en toda mi vida que esa: cómo el cuerpo de un hombre se rinde antes que su orgullo.

Apagó el video con dedos torpes. No habló. No me miró.

—¿Y? —pregunté, suave—. ¿Te gustó?

—No —susurró.

—¿No? Pero si era lo que querías.

—No así —dijo, y por fin se le quebró la voz—. No así, Camila.

—Ah, ¿no? ¿Y cómo, entonces? ¿Querías una fantasía limpia? ¿Una escena bonita en la que nadie sufre? Mírame.

Levantó la cara, llorando. Le agarré la barbilla con dos dedos.

—Pediste que otra persona estuviera conmigo en nuestra cama. Te lo di. Pediste verlo. Lo grabé. Pediste imaginármelo. Te lo mostré. Lo único que cambió es que ahora sabes que de verdad pasó. Y eso no se puede deshacer.

Se cubrió la cara con las manos. Dejé que llorara un par de minutos, sin tocarlo. Después me levanté, lo agarré de la muñeca y lo llevé al dormitorio.

Cuando abrí la puerta, el olor del cuarto lo golpeó. Se ahogó. Intentó retroceder. Yo lo empujé hacia adentro.

—No —dije—. Adentro. Hasta el final.

—Camila, por favor —rogó.

—Hueles eso, ¿verdad? Es perfume de mujer. Es sudor de mujer. Es lo que pediste sin atreverte a pedirlo. Quiero que duermas acá esta noche. Solo. Sin cambiar las sábanas.

Lo solté. Cayó de rodillas al borde de la cama. Lloraba en silencio, con los hombros temblándole.

—Y mañana —continué, calmada—, vamos a hablar de qué eres tú en realidad. No de la fantasía bonita que te inventaste para sentirte normal. De lo que de verdad te excita: la humillación. La sumisión. Saber que yo decido, que yo elijo, y que tú me obedeces incluso cuando duele.

—No quiero ser eso —murmuró, sin levantar la cara.

—Sí quieres. Lo que no quieres es saberlo. Pero ya es tarde, mi amor. Ya lo sé yo.

Me agaché frente a él, le tomé la cara con las dos manos y le di un beso largo en la frente, casi maternal.

—Tranquilo. No te voy a dejar. Justo lo contrario. Vamos a empezar de nuevo, pero con las reglas claras.

Asintió, con los ojos cerrados, mientras una lágrima se le escapaba hasta la mandíbula.

—Repite conmigo —dije—. Yo elijo.

—Tú eliges —susurró.

—Yo decido con quién, dónde y cuándo.

—Tú decides con quién, dónde y cuándo.

—Y tú agradeces.

Se quedó callado un instante. Después, con un hilo de voz que ya no era el suyo:

—Yo agradezco.

Le sonreí. Le besé los párpados, uno por uno, con una ternura que él no esperaba y que, de alguna manera, lo destrozó más que cualquier insulto.

Lo dejé ahí, arrodillado al pie de la cama profanada. Cerré la puerta con suavidad. Me fui al baño y me metí bajo el agua caliente.

Sabía lo que iba a pasar después. Sabía que se acostaría en esas sábanas, aunque al principio le diera miedo. Sabía que iba a tocarse mientras lo hacía. Sabía que iba a llorar y a correrse al mismo tiempo, odiándose, deseándome más de lo que me había deseado nunca.

Y sabía, sobre todo, que a partir de esa noche él era mío de una forma nueva. Mío de verdad. Mío como había pedido sin saber que estaba pidiendo.

Yo no había roto nuestra relación. La había transformado. Y todavía, después de todo, no había usado el látigo ni una sola vez.

Eso era para la próxima semana.

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Comentarios (7)

VeroLectora

Me enganchó desde la primera línea. Muy bueno!!!

Ignacio

Quiero saber como sigue esto, por favor seguí escribiendo. Quede con ganas de mas

LauraR_BA

jajaja me recordó a algo que me pasó hace tiempo, pero yo no tuve tanta seguridad. Muy bien escrito

DarkReader09

Esto le pasó de verdad o es ficcion? porque se siente muy real

Marcos_78

El que pide eso que no se queje despues jaja. Tremendo relato

CelesteMGC

El ritmo esta muy bien llevado, se lee solo. Esperando mas de tus historias :)

Pipe_2021

increible!!

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