La llamada que no debí hacer aquella mañana
Han pasado meses, pero todavía recuerdo el temblor de mis manos cuando descolgué el teléfono aquella mañana del 28 de diciembre. Esto no es una historia que vaya a contar nunca en voz alta. La escribo aquí porque necesito sacarla de mí, dejarla en algún sitio que no sea mi cabeza, donde lleva instalada demasiado tiempo.
Me llamo Lorena, tengo treinta y ocho años, y hasta hace poco me habría descrito como una mujer normal. Casada hace catorce años con un hombre que viaja demasiado por trabajo, madre de un chico que ya casi no está en casa, profesora de literatura en un instituto del barrio. Una vida ordenada, sin sobresaltos. Una vida que se rompió en Nochebuena.
Esa noche conocí de verdad a Mateo. Llevaba meses entrando y saliendo de mi casa como amigo de mi hijo, pero yo apenas había reparado en él más allá de un saludo distraído. Veintidós años, callado, de ojos oscuros que te sostenían la mirada un segundo más de lo necesario. En la cena de Nochebuena se quedó porque su familia estaba fuera. Mi marido había vuelto solo para las fiestas y se durmió temprano, agotado del jet lag. Mi hijo subió a su cuarto a hablar con su novia. Y yo me quedé en la cocina con Mateo, lavando los platos que no hacía falta lavar esa noche.
Lo que pasó entre nosotros, después de que el resto de la casa se durmió, no es lo que vengo a contar hoy. Esa parte la conozco demasiado bien: cada gesto, cada palabra, cada marca que tardó dos semanas en desaparecer. Lo que vengo a contar es lo que vino después. Lo que descubrí de mí misma cuando él se fue.
Tres días. Tres días enteros sin poder pensar en otra cosa.
El día siguiente, el 25, fue el peor. Mi marido se fue a casa de sus padres y yo me quedé sola, fingiendo migraña. Me metí en la cama con las cortinas cerradas y reviví la noche anterior una y otra vez hasta que tuve los muslos entumecidos de tanto apretarlos. El 26 me obligué a salir, fui al supermercado, a la peluquería, intenté llenar las horas. No sirvió de nada. En el coche, parada en un semáforo, me pillé llorando sin saber por qué. El 27 mi marido se fue de viaje a Berlín y mi hijo a la nieve con sus amigos. Y yo me quedé sola en una casa demasiado grande con la cabeza llena de Mateo.
El 28 amanecí empapada en sudor. Había soñado con él toda la noche, sueños fragmentados donde su voz se mezclaba con la mía y yo le suplicaba que volviera. Bajé a la cocina en camisón, me preparé un café que no me bebí, me senté a la mesa con el teléfono delante. Su número estaba ahí desde hacía meses. Me lo había aprendido de memoria mirando la agenda de mi hijo, hacía mucho, cuando todavía me decía a mí misma que solo era curiosidad.
Lo guardé en mis contactos como «Electricista». Una pequeña mentira por si alguien miraba mi pantalla. Esa mentira era el primer escalón. Cuando lo guardé, ya sabía hacia dónde iba.
Marqué.
Sonó una vez. Sonó dos. A la tercera estuve a punto de colgar, a la cuarta colgué un instante y volví a marcar antes de poder arrepentirme. A la quinta descolgó.
—¿Sí? ¿Quién es?
Esa voz. Esa voz que llevaba tres días sonando en mi cabeza. Me quedé muda. Tuve que apretar el teléfono contra el pecho y respirar antes de poder hablar.
—Mateo… soy Lorena. La madre de…
—Sé quién eres —me cortó. Y oí cómo sonreía al otro lado del teléfono. Esa sonrisa lenta, pequeña, que me había vuelto loca en la cocina—. Llevo días esperando esta llamada.
Cerré los ojos. Apoyé la frente en el frío de la mesa.
—No sé qué estoy haciendo —susurré.
—Sí lo sabes. Has tardado tres días, pero sí lo sabes.
—Mi marido no está. Mi hijo tampoco. Estoy sola.
Hubo un silencio largo. Tan largo que pensé que iba a colgar y dejarme ahí, humillada con el teléfono en la mano. Mi mano libre bajó sin pensar, se metió bajo la mesa, encontró el bajo del camisón.
—Dilo —dijo al fin.
—¿Qué?
—Lo que quieres. Dilo en voz alta. No voy a moverme de aquí hasta que lo digas.
Tragué saliva. Tenía la boca seca y el cuerpo ardiendo. Llevaba tres días imaginando esta conversación y ahora que estaba ocurriendo no podía articular palabra. Apreté los muslos. Sentí la humedad atravesando la tela.
—Quiero que vengas —dije por fin.
—¿A qué?
—Mateo, por favor.
—¿A qué, Lorena?
El nombre dicho así, despacio, casi me hizo perder el control allí mismo. Me mordí el labio inferior hasta hacerme daño.
—A terminar lo que empezaste en la cocina.
—Eso no fue empezar nada. Eso fue probarte. Si quieres más, vas a tener que pedirlo mejor.
—Te lo pido. Te lo estoy pidiendo. Por favor, ven a casa. Haré lo que quieras. Lo que sea.
—¿Lo que sea?
—Lo que sea.
—Estaré ahí en cuarenta minutos. Cuando llegue, no me hagas esperar en la puerta. Y ponte el vestido negro que llevabas en Nochebuena. Sin nada debajo.
Colgó.
***
Subí las escaleras de dos en dos. Me duché con agua casi fría para frenar el calor que me subía por el cuello, me sequé deprisa, me puse el vestido. Las manos me temblaban tanto que tardé tres intentos en cerrar la cremallera. Me miré en el espejo y casi no me reconocí. La mujer que me devolvía la mirada tenía las pupilas dilatadas, las mejillas encendidas, los pezones marcados bajo la tela negra. No parecía la profesora de literatura de cuarenta y dos alumnos. Parecía otra cosa.
Bajé al salón. Me senté. Me levanté. Volví a sentarme. Encendí el televisor sin sonido para tener algo a lo que mirar. Cada coche que pasaba por la calle me hacía dar un respingo. Me odié por estar así, por haber llegado a esto, y a los dos minutos volví a quererlo, a quererlo con una urgencia que no había sentido por mi marido en años, quizá nunca.
A los cuarenta minutos exactos sonó el timbre.
Abrí. Mateo estaba ahí, con una sudadera oscura, las manos en los bolsillos, mirándome de arriba abajo sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. No sonrió. Entró, cerró la puerta con cuidado a su espalda, echó el pestillo. Ese gesto, el del pestillo, fue lo que me hizo perder el último resto de cordura.
—Date la vuelta —dijo en voz baja.
Lo hice. Sentí sus manos en mis caderas, sin agarrar todavía, solo apoyadas. Su aliento en mi nuca.
—¿Has hecho lo que te dije?
—Sí.
—Compruébalo.
Llevé las manos al bajo del vestido y me lo subí hasta la cintura, despacio, sin atreverme a girarme. Lo oí inhalar detrás de mí. Una de sus manos bajó, me recorrió el muslo, encontró que estaba tan empapada que la humedad me corría por la piel.
—Tres días pensando en esto —murmuró.
—Tres días sin dormir.
—Pues no vas a dormir esta noche tampoco.
Me empujó contra la pared del recibidor, me retiró el pelo del cuello, me besó debajo de la oreja. No fue un beso suave. Fue un beso que pedía permiso y avisaba al mismo tiempo. Yo asentí sin que me preguntara nada.
—Dilo —repitió, igual que por teléfono—. Dilo aquí, en mi oído, donde no haya teléfono de por medio.
—Soy tuya esta tarde. Hazme lo que quieras.
—No esta tarde. Esta tarde y todas las que yo decida. Cuando yo te llame, vienes. Cuando yo te diga que te calles, te callas. Esto no es un capricho, Lorena. Si descuelgas conmigo, descuelgas hasta el final.
Cerré los ojos.
—Sí.
—Más alto.
—Sí.
Me giró hacia él de un movimiento. Me cogió la cara con las dos manos. Era más bajo que mi marido, más joven, pero tenía algo en la mirada que ningún hombre me había dirigido antes. Una certeza. Una calma absoluta sobre lo que iba a hacer conmigo.
—Una cosa más —dijo—. Si en algún momento quieres parar, dices «París». No «no», no «espera», no «por favor». «París». Lo demás no me lo voy a creer.
—París.
—Eso es. Que no se te olvide.
Y entonces sí me besó como yo había estado imaginando tres días seguidos. Un beso largo, controlado, en el que él decidía cuándo separarse y cuándo volver. Mis manos se aferraron a su sudadera. Las suyas se hundieron en mi pelo, tiraron, me pusieron la cabeza donde quería tenerla.
***
No voy a contar todo lo que pasó después. Hay cosas que prefiero guardar para mí. Diré que no salimos del salón hasta que oscureció, y que del salón pasamos al dormitorio, y que del dormitorio bajamos a la cocina porque me hizo prepararle algo de cenar mientras él me observaba, todavía sin camiseta, sentado en mi mesa, comiendo lo que yo le servía como si esa fuera la imagen más natural del mundo. Diré que descubrí cosas de mí misma que llevaba veinte años sin querer mirar. Diré que cuando se fue, a las tres de la mañana, se llevó el vestido negro doblado bajo el brazo y me dijo que la próxima vez le abriera la puerta sin nada puesto.
Mi marido volvió de Berlín al día siguiente. Lo recibí con una sonrisa, con un café, con la cena hecha. Le pregunté por las reuniones, por el hotel, por el frío que hacía allí. Le dejé que me abrazara. Esa noche dormimos en la misma cama y por primera vez en años no me costó dormirme. Estaba agotada de un cansancio nuevo, satisfecho, oscuro.
Pasaron tres semanas hasta que Mateo me llamó. Tres semanas que pensé que iba a perder la cabeza esperando. Cuando vi su nombre en la pantalla —ya no decía «Electricista», ahora ponía solo una M, una sola letra que solo yo entendía— cogí el teléfono al primer tono. Mi marido estaba en el salón viendo el partido. Yo le dije que era la directora del instituto y subí al estudio.
—El sábado por la tarde —dijo Mateo sin saludar—. ¿Estarás libre?
—Sí.
—Reserva una habitación en algún sitio discreto. La que tú quieras. Págala con tu tarjeta. Me mandas la dirección.
—Sí.
—Buena chica.
Colgó.
Me quedé sentada en el sofá del estudio, mirando el teléfono apagado, sintiendo cómo me corría la sangre por todo el cuerpo. Abajo se oía la voz del comentarista del partido, mi marido protestando por una falta. Mi vida ordenada seguía exactamente igual que media hora antes. Y yo ya estaba en otra parte, planeando qué ropa interior me pondría el sábado, qué hotel, qué excusa daría en casa.
Esa es la confesión que vengo a hacer hoy. No la noche en la que pasó por primera vez. La mañana en la que descolgué un teléfono y supe, mientras marcaba, que estaba marcando para siempre.