Lo que mi compañera de facultad me confesó esa noche
Hola, voy a contar algo que pasó hace varios años, en mi época universitaria. De todas las etapas de mi vida, esa fue la más tranquila en términos sexuales. Mi rutina se dividía entre clases, apuntes, mis dos gatos en el departamento que alquilaba cerca del centro, y los pocos viajes que hacía a mi pueblo natal donde algunos amantes mayores me esperaban siempre con ganas. De vez en cuando algún encuentro casual con un desconocido, sí, pero la verdad es que prefería mantener mi vida sexual completamente separada de mi círculo de estudio.
No quería que nadie en la facultad supiera ese costado mío. Ni mis compañeras de carrera, ni mis amigas del grupo de apuntes, ni mucho menos los profesores. Era una decisión consciente y la cuidaba como se cuida un secreto que vale la pena.
Pero hubo una excepción. Una sola, durante mi segundo año. Y la armé yo, paso a paso.
Todo empezó en una salida de mujeres a fines de mayo. Éramos seis o siete del grupo de estudio, en un bar tranquilo del centro, y después de la tercera cerveza la conversación derivó hacia donde siempre deriva entre amigas con confianza. Hablar de los novios, de las parejas, de quién la pasaba mejor en la cama y de quién no.
Carolina, una de las chicas más calladas del grupo, una rubia bajita de ojos verdes muy claros, aprovechó esa noche para soltar algo que llevaba tiempo guardándose. Estaba enamoradísima de su novio Maximiliano, decía. Lo amaba, lo respetaba, planeaban irse a vivir juntos al año siguiente. Pero el sexo era un problema serio.
—Lo tiene enorme —dijo bajando la voz hasta casi un susurro—. No exagero. Y a mí me lastima. Termino con la pelvis dolorida durante días.
Las chicas se rieron, alguna le hizo bromas, otra le dio consejos sobre lubricantes, posturas y paciencia. Pero Carolina insistió en que no era cuestión de técnica.
—Es lo que es. Por eso casi no tenemos relaciones. Una vez cada dos semanas, si llega. Y él es muy demandante. Sé que tiene a otras minas por ahí. Lo sé y lo prefiero, porque si no, terminaríamos peleando todo el tiempo.
Esa frase se me quedó grabada como una espina.
Volví a casa pensando en ese novio que nunca había visto, y en esa verga descomunal que vivía hambrienta y disponible. Una semana después, en otra charla aparentemente inocente, conseguí sacarle el dato del gimnasio donde Maximiliano entrenaba. Era un lugar bastante exclusivo en la zona norte, no muy lejos de la facultad. Al lunes siguiente me anoté.
Pagué un mes de cuota sin pestañear y armé mi rutina para coincidir con sus horarios. Carolina me había dicho una vez que él iba a la mañana temprano, antes de la oficina.
***
A la primera semana ya lo había ubicado. No era especialmente lindo, la verdad. Tenía una nariz un poco torcida, de esas que cuentan que pelearon alguna vez. Pero el cuerpo era otro tema. Espalda ancha, brazos trabajados, abdomen marcado. Y una manera de moverse muy consciente de que lo miraban.
Usaba siempre shorts ajustados de licra, tan ajustados que no dejaban duda alguna sobre lo que cargaba ahí adentro. Un bulto que parecía mentira. No era pose ni ropa interior con relleno. Era él, de verdad.
La estrategia que usaba era simple y efectiva: ocupar todo el espacio. Apoyarse de cierta manera en las máquinas para que el bulto quedara a la altura de los ojos de la chica de al lado. Estirarse contra la pared con las piernas separadas. Hablar fuerte. Mirar fijo. Le funcionaba perfecto. En cinco días vi al menos tres mujeres distintas entrar a su radio sin demasiada resistencia.
Al segundo día de mi inscripción ya me había clavado los ojos encima. Yo le devolví la mirada sin disimular y le sumé una sonrisa larga, de las que dejan en claro la intención. Sabía perfectamente lo que llevaba puesto: una calza negra que me marcaba todo y un top deportivo gris que dejaba la espalda y los hombros al aire. Mi cuerpo en esa época estaba en su mejor momento. Curvas marcadas, cintura fina, glúteos firmes de tanto correr. Carolina, comparada conmigo en ese terreno, era invisible. Y lo digo sin ninguna mala intención. Era simplemente la realidad anatómica.
Maximiliano se acercó a la salida del entrenamiento, me invitó un licuado de banana, charlamos diez minutos. Era un tipo bastante simple, hablaba más de su rutina y de sus levantamientos que de cualquier otra cosa. Pero a mí no me interesaba su conversación. Me interesaba lo que tenía entre las piernas y lo que iba a hacer con eso. Antes de despedirnos, ya le había anotado mi teléfono en una servilleta y le había dicho que tenía la tarde libre el jueves.
***
El jueves fui a su departamento. Vivía solo en un edificio nuevo con balcón al río. Llegué puntual, con un vestido sport ajustado, sin ropa interior debajo. Sin sostén tampoco. Toda yo era una entrega anticipada, un regalo desenvuelto antes de tiempo.
Apenas cerró la puerta detrás de mí, me bajé el vestido por los hombros y lo dejé caer al piso. No quería preámbulos. No quería charla incómoda ni copa de vino ni música de ambiente. Quería verlo, quería tocarlo, quería que me lo metiera de una vez.
Maximiliano se quedó callado un instante, mirándome de arriba abajo, y después me agarró de la cintura y me apretó contra él. Era más bajo que yo, sobre todo cuando yo iba en tacos. Su cara me quedaba justo a la altura del pecho. Aprovechó eso para morderme un pezón y, al mismo tiempo, meterme las manos por debajo de los glúteos para apretarme contra su erección. La sentí ahí, contundente, dura como una piedra a través de la tela del short. Un cosquilleo me bajó desde la nuca hasta la entrepierna.
Me empujó contra el respaldo del sillón hasta dejarme acostada boca arriba. Se arrodilló entre mis piernas, me las separó con torpeza y empezó a comerme con una desesperación que daba ternura. Era evidente que no era su especialidad. Lamía sin ritmo, mordía donde no debía, usaba los dedos como si estuviera buscando algo perdido en un cajón. Pero yo estaba tan caliente desde antes de salir de mi casa, tan llena de la idea de lo que vendría, que igual lo estaba disfrutando.
Cuando ya empecé a empujarle la cabeza contra mí, él entendió que era el momento. Se levantó de un salto y, en dos movimientos rapidísimos, se sacó la remera y el short. Se bajó el calzoncillo y lo vi de frente, completo, por primera vez.
Carolina no había exagerado en absoluto. Era espectacular. Largo, grueso, con venas marcadas, la cabeza hinchada, perfectamente recta. Una verga que parecía dibujada a propósito para ser fotografiada. Solo de mirarla, el agujero que llevaba semanas reservándole se contrajo de pura ansiedad.
—Vení, vení acá —le dije mientras me abría las piernas y le apoyaba los pies en sus hombros.
Se acomodó y la empujó despacio al principio, midiendo cuánto cedía. Encontró poca resistencia y mucha humedad. Eso lo envalentonó. En tres o cuatro embestidas suaves ya estaba metido hasta el fondo, llenándome completa, tocándome lugares que hacía mucho no me tocaban. Empezó a bombear con un ritmo cada vez más fuerte y yo gemía con la cara contra el almohadón del sofá.
Mientras me la metía, mi cabeza ya estaba en otra parte. Pensaba en lo que vendría después. Pensaba en cómo se iba a sentir esa misma cosa entrando por atrás. Esa fantasía me llevó al primer orgasmo en menos de cinco minutos. Cuando me sintió temblar y apretarlo desde adentro, Maximiliano agarró ritmo y empezó a embestir todavía con más fuerza, casi salvaje. La cabeza se me sacudía contra el respaldo. Sentí que me iba a desarmar.
—Dame el culo —le dije cuando ya no aguantaba más—. Quiero que me lo rompas.
Se rió bajo, como si hubiera ganado algo que esperaba ganar. La sacó, agarró un frasco de lubricante de la mesa ratona —ya estaba preparado, claramente sabía lo que hacía con otras— y me embadurnó bien. Me dio vuelta despacio, me hizo apoyar las rodillas en el sillón con las manos contra el respaldo. Me abrió las nalgas con las dos manos.
La fue metiendo de a poco. Centímetro a centímetro. Yo sentía cómo se abría camino, cómo me estiraba, cómo el ardor inicial se iba convirtiendo en otra cosa, en una presión deliciosa que crecía con cada milímetro nuevo. Cuando finalmente lo tuvo todo adentro, me agarró de las caderas y se quedó quieto un segundo entero. Después empezó.
—Dale, dale fuerte —le pedí con la voz ronca.
Y él, dale. Embestidas profundas, firmes, hasta el fondo en cada empuje. La habitación entera se llenaba del sonido de la piel contra la piel y de mis quejidos cada vez más graves. Sentía cómo me apretaba la cintura, cómo perdía el control, cómo dejaba de pensar y se volvía solo movimiento. Cuando se vino, lo hizo con un grito sordo, mordiéndome el hombro. Lo sentí caliente y abundante hasta lo más adentro.
***
Quedamos los dos derrumbados sobre el sillón, transpirados, sin aire. Hacía un calor terrible en ese departamento, no tenía aire acondicionado en el living y la ventana del balcón apenas dejaba entrar una brisa tibia. Después de un rato, me arrastré hasta la ducha, lo llamé desde ahí, y bajo el agua le terminé chupando todo lo que le quedaba de leche guardada. Me la tomé entera, sin dejar caer una gota, mientras él me sostenía la cabeza con las dos manos.
Intenté un tercer asalto, pero estaba muerto. Se rió, me dijo que necesitaba comer algo, y nos pedimos sushi a domicilio. Cuando me fui, esa misma noche, ya había acordado volver el lunes siguiente.
Lo nuestro duró ocho meses. Ocho meses en los que Maximiliano fue el único hombre que me partió por la mitad cada vez que se me antojó, sin compromisos, sin charlas profundas, sin después. Iba a su departamento dos veces por semana, a veces tres. Llegaba, me desnudaba, lo dejaba hacer, me iba. A él le servía para descargarse sin pelear con Carolina. A mí me servía para sentir esa cosa enorme abriéndome el cuerpo todas las veces que mi calentura lo necesitara.
Carolina nunca se enteró. O si se enteró, nunca dijo nada. Seguimos siendo compañeras de estudio, terminamos rindiendo finales juntas, pasando apuntes, festejando cumpleaños. Ella siguió con él, y al año se mudaron juntos como tenían planeado. En el casamiento, dos años más tarde, fui invitada como amiga del grupo. Bailé con Maximiliano una sola pieza, un tema lento, y mientras nos movíamos en el medio de la pista, sentí su mano apoyarse un segundo de más en la parte baja de mi espalda. Lo miré. Él me sonrió y desvió la vista hacia su nueva esposa.
Hay confesiones que nunca se cuentan en voz alta.
Esta es una de ellas. Por eso la dejo escrita acá, donde no hay nombres reales, ni ciudades reales, ni gimnasios que existan, ni amigas que vayan a leerlo. Solo el recuerdo intacto de aquellos ocho meses en los que mi cuerpo se transformó en el escondite favorito de la verga más linda que conocí en toda mi vida universitaria.