Volví a casa de mi ex la noche que salí de fiesta
Carolina tenía veintitrés años y, vista desde fuera, su vida era el sueño de cualquiera. Estudiaba Medicina, hacía prácticas en uno de los hospitales más prestigiosos de la ciudad y llevaba casi tres años con Mateo, un chico tranquilo, fiel y enamorado hasta los huesos. La quería de verdad. Le preparaba la cena cuando ella volvía agotada del hospital, la escuchaba sin interrumpir, le acariciaba el pelo en silencio cuando se dormía sobre el sofá. Era el refugio que cualquier chica querría.
Pero había algo que Mateo no sabía. Algo que Carolina llevaba escondiendo desde hacía meses como quien esconde una vieja adicción. Su novio era cariñoso en la cama, paciente, atento. La hacía correrse de vez en cuando con dulzura, sin prisa, mirándola a los ojos. Casi siempre, eso le bastaba.
Casi siempre.
Porque a veces, cuando se quedaba sola en la ducha, Carolina cerraba los ojos y recordaba a Diego. La forma en que la abría contra la pared. La forma en que la dejaba sin poder caminar al día siguiente. La forma en que la trataba como si no fuera la novia perfecta de nadie, sino algo mucho más simple y mucho más sucio. Eso era lo que le faltaba a su vida ordenada: ese filo, ese vértigo, esa sensación de no controlar nada.
Aquel viernes por la noche, sus amigas de la facultad la llamaron para salir. Carolina se miró en el espejo y, por primera vez en meses, se vistió pensando en otros ojos. Top negro de malla casi transparente, pantalones blancos ajustados que le marcaban las caderas, el pelo castaño suelto en ondas, las gafas finas que le daban ese aire de chica seria que volvía locos a algunos. Se pintó los labios con un gloss rojo y se sonrió a sí misma con un cosquilleo culpable entre las piernas.
Mateo apareció en la puerta del baño. Se quedó parado, recorriéndola de arriba abajo.
—Joder, Caro… —murmuró con la voz ronca—. Estás impresionante.
Ella se acercó, le rodeó el cuello con los brazos y le dio un beso largo.
—¿Te gusta?
—Demasiado. Vas a romper la pista.
—Solo voy a bailar con las chicas. Te quiero.
Mateo le apretó la cintura, dudó un segundo y sonrió con esa media sonrisa suya, la que siempre la desarmaba.
—Diviértete. Vuelve cuando quieras.
Carolina salió de casa con el corazón latiéndole más fuerte de lo que debía. Sabía que esa noche iba a ser mirada. Y eso, aunque no quisiera admitirlo ni siquiera ante sí misma, era exactamente lo que necesitaba.
***
Llegó a la discoteca pasada la una. El local estaba lleno de luces, humo y bajos que se sentían en el pecho. Pidió la primera ronda con sus amigas y, después de la tercera copa, todo empezó a moverse más despacio y más rápido a la vez. Se metió en la pista y dejó que la música le tomara las caderas.
Movía el cuerpo con esa lentitud calculada que ella creía inocente y nadie a su alrededor leía como inocente. Sabía que la miraban. Lo notaba en la nuca. Algunos chicos se quedaban parados con la copa en la mano, otros disimulaban menos. Carolina seguía bailando, cada vez más caliente, cada vez más empapada por dentro.
Una canción más lenta empezó a sonar. Un chico alto y moreno se le acercó por detrás, le puso la mano en la cintura y se pegó a ella. Notó al instante un bulto duro contra el culo, latiendo a través de la tela. El cuerpo de Carolina respondió antes que la cabeza. Cerró los ojos un segundo. Después, con la misma calma con que había aceptado el roce, se giró y le quitó la mano con suavidad.
—Gracias, pero estoy con mis amigas.
El chico se fue sin protestar demasiado. Carolina se quedó mirando el techo de la discoteca como si pudiera encontrar una respuesta en las luces.
¿Qué estoy haciendo?
La pregunta no le borró la humedad entre los muslos. Y entonces el móvil le vibró en el bolsillo trasero.
Era él.
«Acabo de ver tu historia bailando. Ese top te queda como cuando salíamos. Dime que te has acordado de mí al ponértelo.»
Carolina se apoyó en una columna. Le temblaban las piernas. Tecleó con dedos torpes.
«Diego, para. Tengo novio.»
«Lo sé. Y también sé cómo se te ponía la cara cuando te follaba yo. Mateo no te lo está dando, ¿verdad?»
Carolina apretó los muslos. Era cierto. No del todo, pero sí lo suficiente. Mateo era amor. Diego había sido otra cosa: manos que la tiraban contra la pared, palabras que ahora mismo no podía dejar de recordar, un peso encima que la dejaba sin aire. Cosas que Mateo jamás haría, no porque no la quisiera, sino porque la quería demasiado.
«Ven a casa. Solo una noche. Nadie tiene que enterarse.»
«No puedo.»
«Mírate. Estás temblando solo de leer esto. Sube al primer taxi que veas.»
Ella miró a sus amigas, que reían en la barra ajenas a todo. Se mordió el labio. Sintió cómo el tanga se le pegaba a la piel. Pensó en Mateo durmiendo en casa, confiado, con el móvil sobre la mesilla y la foto de los dos de fondo de pantalla. Pensó en lo que iba a perder si daba un paso más.
Y dio el paso.
«Voy.»
Se despidió de las chicas inventando un dolor de cabeza, salió a la calle y paró el primer taxi que pasó.
***
Durante el trayecto se hundió en el asiento trasero como si las ventanillas pudieran traicionarla. El móvil le vibraba sin parar. Diego le escribía cosas que no debían leerse en un taxi, cosas que iban directas a la única parte de su cuerpo que en ese momento mandaba sobre todas las demás. Le contestaba con manos que no parecían suyas. Cada palabra que tecleaba la alejaba un poco más de la chica que había salido de su casa esa noche.
Cuando el taxi se detuvo frente al portal, Carolina tuvo unos segundos en los que casi pidió al conductor que arrancara otra vez. Casi. Pagó, bajó del coche y se quedó parada en la acera mirando los timbres como quien mira un acantilado.
Una vez. Solo una vez. Después no vuelvo a contestarle nunca más.
Era mentira. Y ella ya lo sabía.
***
Diego abrió la puerta y no dijo nada. La metió dentro de un tirón, cerró y la empujó contra la pared del recibidor. La besó con esa rabia antigua que ella recordaba demasiado bien, mientras le bajaba los pantalones blancos y el tanga empapado de un solo movimiento.
—Mírate —le susurró al oído—. La novia perfecta de Mateo, en mi piso, sin bragas, mojada como una adolescente.
Carolina quiso contestar. No pudo. Diego le levantó una pierna, la sujetó por la cintura y entró de una sola embestida. Ella soltó un grito ahogado contra su hombro. Le ardía. Le dolía. Y aun así se corrió en el primer minuto, con las uñas clavadas en su nuca y unas lágrimas que no había permitido que llegaran.
—Llora todo lo que quieras —murmuró Diego, embistiéndola contra la pared—. Pero no me digas que esto no era exactamente lo que estabas buscando.
Mateo, perdóname. Perdóname, perdóname.
La imagen de su novio dormido en casa la golpeó en pleno orgasmo. Su sonrisa cansada después de un turno. El beso suave que le había dado al irse. La forma en que le acariciaba la espalda cuando la creía dormida. Cada empujón de Diego le borraba una de esas imágenes y la sustituía por otra cosa, una versión de sí misma que llevaba meses negando.
Diego la giró, la inclinó sobre el respaldo del sofá y volvió a entrar. Carolina hundió la cara en los cojines y se mordió el brazo para no gritar demasiado fuerte.
—Esto es lo que no te da él, ¿verdad? —le dijo al oído, con la voz ronca—. Esto. Que te traten como tú quieres. Que te follen sin pedir permiso.
Ella no contestó. No hacía falta. Su cuerpo lo confesaba todo: cómo empujaba el culo hacia atrás, cómo arqueaba la espalda, cómo apretaba para que él se quedara dentro un segundo más. Se corrió otra vez. Y otra. Diego acabó dentro de ella con un gruñido grave, agarrándola del pelo.
***
Carolina no se levantó. Se quedó tirada sobre el sofá, sintiendo cómo le bajaba el calor de él por el interior de los muslos. Tenía el pelo pegado a la frente, el rímel corrido, el cuerpo temblando como si llevara horas en agua fría.
Y aun así, cuando él se apartó un poco, ella giró la cabeza.
—No pares.
Diego sonrió.
—¿Estás segura?
—Más. Por favor.
Lo siguiente fue una sucesión que después le costaría reconstruir. La cama. Las sábanas blancas. Sus muslos sobre los hombros de él. Sus propias manos abriéndose para él. Una cuarta vez. Una quinta. Cada orgasmo, en lugar de saciarla, la dejaba con más hambre. En algún momento ella misma se puso a cuatro patas y le pidió cosas que Mateo nunca había escuchado salir de su boca. Diego se las concedió todas, una a una, sin piedad y sin preguntar dos veces. Cuando terminaron, Carolina apenas podía cerrar las piernas.
El móvil vibró sobre la mesilla.
«¿Va todo bien, Caro? Es muy tarde, estoy preocupado. Te quiero.»
Carolina vio el mensaje iluminar la pantalla. Lo leyó. Lo bloqueó. No contestó.
Diego le pasó la mano por la espalda mojada de sudor.
—Vístete. Pero no te limpies.
Ella lo miró un segundo, sin entender del todo. Después, despacio, asintió.
***
Llegó a casa pasadas las siete. La luz del salón estaba encendida. Mateo estaba en el sofá, en pijama, con cara de haber dormido mal. Se levantó al verla y le tendió los brazos.
—Cielo, ¿qué tal? Estaba empezando a pensar mal.
Ella forzó una sonrisa. Cada paso le dolía. Sentía cómo, debajo del tanga limpio que se había puesto antes de salir de casa de Diego, todo seguía húmedo y caliente.
—Estoy bien. Solo cansada. Voy a ducharme.
Se metió en el baño y cerró la puerta con llave por primera vez en tres años. Se miró en el espejo: marcas rojas en las caderas, los labios hinchados, los ojos brillantes de una mezcla de culpa y cansancio que no se iba con agua. Se duchó deprisa. No se limpió del todo por dentro. No quiso.
Cuando volvió a la habitación, Mateo ya estaba medio dormido. La abrazó por detrás, tibio, con esa ternura que en ese momento le dolía más que cualquier otra cosa.
—Te he echado de menos —murmuró contra su nuca.
Carolina cerró los ojos. Le besó el dorso de la mano. Se odió un poco. Se odió bastante.
Y, sin embargo, cuando él se durmió otra vez, ella se quedó mirando el techo con el móvil cargando en silencio sobre la mesilla.
Ya estaba contando las horas para que Diego volviera a escribirle.