La reconocí en la cumbre siete años después
El amanecer en Santiago era un lienzo de oro derretido. Desde la cima del Cerro de las Águilas, la ciudad respiraba a mis pies como un animal somnoliento, gris y enorme. El aire fino me llenaba los pulmones y el ardor en los muslos era una recompensa familiar. A los cuarenta y un años, esta caminata sabatina era mi liturgia privada, mi forma de quitarme de encima el ruido de la semana y mantener a raya esa ambición que nunca terminaba de soltarme. Lucía, mi pareja, prefería las mañanas de cama y café cuando no le tocaba turno en el hospital. La nuestra era una relación construida sobre una pasión que pocos entenderían y una complicidad que nadie podría imitar.
Terminé el último tramo del sendero, una sección empinada de roca y polvo que ponía a prueba incluso a los caminantes más curtidos. Al llegar a la meseta, donde se reunían los pocos que coronaban la cumbre, me detuve con las manos en la cintura, jadeando. El grupo era pequeño, media docena de figuras recortadas contra el cielo. Apenas las miré. Mi cabeza ya estaba en el descenso, en el desayuno tardío que me esperaba con Lucía, en la calidez de nuestra casa.
Y entonces una de las figuras se giró. Era una mujer. Delgada, ágil, con ropa térmica de colores chillones que contrastaba con la sobriedad del paisaje. Se quitó la gorra y un torrente de pelo oscuro le cayó sobre los hombros. Se secó la frente con el dorso de la mano y sonrió con una sonrisa cansada. Hubo algo en ese gesto, en la línea de su mandíbula, en la forma en que entrecerró los ojos contra el sol, que activó una alarma remota dentro de mi cabeza. No era un recuerdo nítido. Era una vibración, una disonancia familiar en un paisaje de extraños.
La observé con más atención. Su rostro tenía una delicadeza casi etérea, con unos ojos grandes y oscuros que parecían guardar secretos antiguos. Su cuerpo, bajo el tejido ajustado, era de una fragilidad engañosa: esbelto, con una energía contenida que se palpaba a distancia. No podía sacármela de la cabeza. ¿Quién era? ¿Una clienta? ¿La hermana de algún amigo? La sensación insistía como un anzuelo, tirando de un hilo que no sabía dónde terminaba.
El grupo empezó a moverse para iniciar el descenso. Ella se ajustó la mochila y giró, y sus ojos se cruzaron con los míos por un instante. En ese segundo el universo se detuvo. Una película antigua se proyectó de golpe en mi memoria, en blanco y negro, con música estridente y el chapoteo del agua de una piscina. Vi un rostro asustado y fascinado. Vi unos pechos pequeños que se erizaban bajo mi mirada. Vi una mancha roja sobre unas sábanas blancas.
Renata.
El nombre me golpeó como un puñetazo. Por Dios. Renata. La camarera.
El esfuerzo por recordar fue casi físico, un tirón en las entrañas. La imagen cobró color y sonido. El cumpleaños de Catalina. Lucía radiante y salvaje, moviéndose al ritmo de la música. El champán y el whisky corriendo por mis venas. Y aquella mujer, un espectáculo de fascinación contenida, sirviendo copas con manos que temblaban apenas. La recordaba con una claridad terrible. La forma en que la atraje hacia mí, la forma en que sus ojos se abrieron de par en par cuando la llevé a la habitación del fondo, la forma en que su coño se abrió por primera vez bajo mi polla. La había desvirgado, marcado, poseído con una ferocidad que me sorprendió a mí mismo. Recordaba el momento exacto en que empujé y sentí ceder esa membrana virgen, el chillido ahogado que le salió, la sangre tibia manchándome la verga mientras la seguía cogiendo sin piedad.
Y luego la mañana siguiente. El caos. Lucía y yo agotados y felices en nuestra depravación compartida. Bruno, el borracho idiota que intentó forzarla y terminó encerrado con el brazo dislocado. ¿Y Renata? Recordaba vagamente haberla visto al final, recostada en una cama, con la mirada perdida, semen seco entre los muslos. Después, nada. Se había desvanecido como un fantasma, sin despedirse, sin dejar rastro. Y yo, en mi arrogancia de hombre satisfecho, me había olvidado de ella. Su nombre se convirtió en una nota al pie en la historia de mi vida, una anécdota de desenfreno pronto eclipsada por la intensidad de lo que tenía con Lucía.
Y ahora estaba ahí. Siete años después. En la cima de una montaña. Ya no era la muchacha aterrorizada. Era una mujer. El tiempo le había afilado los rasgos hasta convertirlos en algo más definido, más peligroso. Su cuerpo, aunque seguía siendo esbelto, tenía una nueva presencia, una confianza que emanaba por todos los poros.
Se detuvo, como si mi mirada intensa la hubiera llamado. El reconocimiento en sus ojos fue instantáneo, una descarga eléctrica que cruzó el espacio entre nosotros. Su sonrisa tímida se congeló un instante. Después se transformó en algo más complejo, una mezcla de vergüenza, sorpresa y una chispa de algo que no supe nombrar.
—Sebastián… —susurró, y su voz, aunque más grave que en mi memoria, conservaba la misma cualidad de seda.
—Renata —respondí. Mi propia voz me sonó extraña, ronca. No sabía qué más decir. Siete años son una vida. ¿Cómo se saluda a alguien a quien te cogiste con violencia y luego olvidaste?
Los demás caminantes siguieron su camino y nos dejaron solos en la cumbre. El silencio se volvió denso, cargado de palabras no dichas.
—No esperaba volver a verte nunca —admitió, rompiendo el hechizo. Bajó la vista, una costumbre antigua que parecía no poder dejar atrás.
—Yo tampoco. De hecho… no te reconocí al principio. Cambiaste mucho.
Levantó la cara con una pequeña sonrisa jugando en los labios.
—Para mejor, espero.
—Diferente, en cualquier caso.
La conversación arrancó torpe, dos extraños buscando terreno común. Pero pronto la tensión inicial cedió a una curiosidad genuina. Me contó que era geóloga, que trabajaba para una minera en Calama, un mundo de cobre y soledad muy lejano del mío de oficinas vidriadas y altos cargos. Estaba en Santiago de visita por una semana, alojada en casa de sus padres. Le hablé de mi trabajo, de Lucía —mencioné su nombre con una lealtad instintiva, como si fuera un escudo—, de mi vida. Pero cada palabra era apenas un prólogo. La verdadera conversación pasaba en los silencios entre frases, en la forma en que sus ojos se clavaban en los míos, en la forma en que mi cuerpo respondía a su cercanía con una memoria propia. Debajo del pantalón, mi verga ya se estaba hinchando sola, apretándose contra la tela con la insistencia de un animal que reconoce el olor de una hembra vieja.
***
La atracción no era un riachuelo. Era un dique a punto de reventar. Siete años de vida, otras experiencias, madurez, no habían diluido la química primitiva que existía entre los dos. Era algo anterior al lenguaje, una resonancia de aquella noche, un pacto sellado en la oscuridad. Cada vez que sus ojos encontraban los míos, veía a la muchacha de la fiesta, pero detrás de esa fachada angelical había ahora una mujer que conocía el mundo, que había enfrentado la dureza del desierto y que, sin embargo, me miraba como si yo fuera el único oasis.
—¿Y por qué geóloga? —pregunté, buscando dónde aferrarme.
Miró hacia el horizonte, hacia la inmensidad de la ciudad a nuestros pies.
—Siempre me gustaron las piedras. Son honestas. Tienen una historia, una presión, un fuego adentro que las forma. No mienten. Son predecibles, a diferencia de las personas.
La última frase la dirigió a mí y su sentido no se me escapó. Era una acusación velada, una referencia a mi desaparición de su vida.
—Las personas somos más complejas, Renata. A veces lo imprevisible es lo único que nos mantiene vivos.
—¿O lo único que nos destruye? —replicó, y la mirada se le endureció un instante, un destello de la chica asustada que conocí. Pero el destello se apagó rápido, reemplazado por una decisión feroz que se le notó en la cuadratura de la mandíbula. Dio un paso más y rompió la barrera invisible que nos separaba. El aire entre nosotros se espesó. Cuando habló, su voz era apenas un murmullo, pero cortó el viento de la montaña como un cuchillo.
—Sebastián… hay un motel acá cerca. Vamos.
No fue una pregunta. Tampoco una invitación coqueta. Fue una orden. Una orden susurrada por una sumisa que, en ese instante exacto, había tomado el control.
Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Lo que ya estaba en alerta por la simple cercanía se endureció hasta el dolor, un golpe de metal caliente contra el tejido del pantalón. La polla me palpitaba de tal manera que temí que se me marcara toda la silueta hinchada por encima del cierre. Era una orden que no podía y no quería desobedecer. Era la continuación de una conversación que habíamos dejado a medias siete años atrás.
Asentí, incapaz de articular palabra, ahogado por la avalancha de testosterona y deseo reprimido. Solo existía el ahora, la montaña, ella y la promesa de redescubrir el infierno.
—Bajemos —dije, con la voz extraña.
***
El descenso, antes meditativo, se transformó en una carrera. Bajábamos el sendero polvoriento resbalando en las piedras sueltas, sin hablar. Cada paso era un latido en una cuenta regresiva inevitable. El esfuerzo físico, el ardor en los pulmones, solo servía para avivar el fuego que me consumía por dentro.
Llegamos al pie del cerro jadeando, sudados, con los ojos brillantes. Ahí estaban nuestros autos, dos testigos silenciosos de la locura que íbamos a cometer.
—Pasa a dejar el tuyo en tu casa y seguimos en el mío —le dije, ya operando en modo logística, buscando la forma más rápida de llegar al destino.
Me dio la dirección. Subió a su pequeño auto compacto, gris y anodino, que contrastaba con mi Audi negro. La seguí por las calles de La Reina. El trayecto fue un borrón de anticipación. Cada semáforo en rojo era una tortura. Veía su silueta a través del cristal, la postura tensa, la concentración en el tráfico. Recordé cómo se había ido aquella mañana, como un espectador que abandona el cine antes del final. Se había perdido la pelea con Bruno, el revolcón final con Catalina, la forma en que Lucía y yo, después de toda la tormenta, nos miramos y supimos que estábamos bien. Que éramos un equipo.
Estacionó frente a una casa pequeña de dos pisos, prolijamente cuidada. Apagó el motor y por un instante dudé. Una fracción de segundo en la que la voz de la razón me gritó. ¿Qué estás haciendo, Sebastián? Llama a Lucía. Vete a casa. Esto es una locura. Pero entonces Renata bajó del auto. Cerró la puerta con un clic suave y caminó hacia mí. No había duda en su paso. No había miedo en sus ojos. Solo una determinación absoluta, una mujer que iba por lo que era suyo.
Subió al asiento del copiloto y el interior del auto, que olía a cuero y a mí, se llenó de su perfume, una mezcla de su sudor de la montaña y un aroma floral. Cerró la puerta y el mundo exterior desapareció.
—Sebastián —dijo, y su voz ya no era un murmullo. Era hambre.
Antes de que arrancara, se inclinó sobre mí. Su mano buscó y encontró mi polla con una precisión quirúrgica. La palpó a través de la tela con una sonrisa de triunfo en los labios y apretó el bulto entero con la palma, midiéndolo, comprobando que era la misma verga que la había partido en dos siete años atrás.
—Soñé con esto —susurró—. Soñé contigo durante siete largos años. Algunas noches en el desierto, sola en mi campamento, me tocaba pensando en ti. Me metía dos dedos en el coño hasta el fondo y me imaginaba que eras vos rompiéndome otra vez. Diego, mi pareja, no tiene ni idea. Cree que soy una buena chica, una geóloga dedicada. No sabe que su novia sigue siendo propiedad del hijo de puta que la desvirgó. No sabe que se la chupo pensando en tu polla. No sabe que cuando me coge me muerdo la lengua para no gritar tu nombre.
Con una agilidad que me dejó sin aliento, desabrochó el cinturón, bajó el cierre del pantalón y me liberó. La polla saltó dura y venosa, la punta ya brillante con una gota espesa de líquido preseminal. Renata la miró unos segundos con la boca entreabierta, como quien vuelve a ver una reliquia después de años. Emitió un gemido animal, casi un ronroneo de fiera, y se pasó la lengua por el labio inferior.
—Dios mío. Es aún más grande de lo que recordaba.
Y sin más preámbulos, bajó la cabeza.
La sensación fue abrumadora. Su boca caliente y húmeda me envolvió por completo, se la tragó entera hasta que sentí la punta chocarle contra la garganta. Se atragantó, escupió una hebra espesa de saliva sobre mi verga y volvió a bajar. Su lengua, ya no la de una chica inexperta, recorría cada centímetro con una habilidad que me hizo temblar. Trazaba círculos alrededor del glande, se hundía en la abertura, bajaba lamiendo toda la extensión hasta chuparme los huevos uno por uno, tomándolos enteros en la boca. Subía y bajaba con furia devoradora, su mano marcando el ritmo en la base, apretando y torciendo con la muñeca. Cada vez que llegaba abajo del todo hacía un gorgoteo obsceno, una serie de arcadas que le llenaban los ojos de lágrimas y le corrían mocos por la nariz. No paraba. La cara embarrada en saliva, el pelo pegado a las mejillas, la garganta cediendo una y otra vez a la invasión.
—Puta —le dije, agarrándola por el pelo, forzando el ritmo—. Sos una puta.
Gimió con la boca llena, y esa vibración me llevó al borde en segundos.
—Espera —le dije, tirándole del pelo hacia atrás, la voz tensa—. Si sigues así, me corro acá mismo.
Levantó la cara. Un hilo grueso de saliva le colgaba de la barbilla al glande, uniéndonos como una telaraña. Los ojos le brillaban de lujuria, corridos de rímel.
—No me importa. Quiero que te corras en mi boca. Quiero saborearte. Quiero tragarme cada gota. Quiero llegar a casa de mis padres con tu semen todavía en la garganta y mentirles a todos mientras eructo tu sabor.
La idea era tentadora, demencial. Pero yo quería más. Quería volver a metérsela hasta el fondo, quería volver a sentir ese coño estrecho apretándome.
—Arriba —gruñí—. Tu coño primero. La boca después.
Se enderezó a regañadientes, relamiéndose los labios, y se pasó el dorso de la mano por la barbilla. Arranqué a fondo, con la polla todavía afuera del pantalón, y ella me la siguió acariciando con las yemas, jugueteando con el prepucio, apretándome los huevos, torturándome con caricias suaves que solo me tensaban más. El motor rugió y nos lanzó hacia adelante.
***
El motel se llamaba Olympus, un nombre pretencioso para un lugar de decadencia y anonimato. Era exactamente como lo había descrito: una hilera de garajes con puertas metálicas, cada uno con su habitación al fondo. Frené frente al número siete. La puerta del garaje se abrió con un gemido mecánico y entré. La puerta se cerró detrás con un estruendo sordo y definitivo, el sonido de una tumba sellándose.
La habitación era exactamente lo que esperaba. Una cama con colcha de satén barato en un verde chillón. Una alfombra sintética pegajosa al tacto. Un olor a desinfectante químico y al fantasma de incontables encuentros anónimos. Un espejo grande atornillado al techo justo encima de la cama. Un templo de la lujuria sin romanticismo. Perfecto.
Apenas cerré la puerta, me lancé sobre ella. La aplasté contra la pared y mi boca encontró la suya en un beso brutal de dientes y lengua. No era un beso de amor, ni siquiera de pasión. Era un acto de reclamación, de restablecimiento del dominio. Le mordí el labio inferior hasta sentir el sabor a metal de su sangre. Le saqué la camiseta de un tirón, el sujetador deportivo saltó por encima de la cabeza. Sus tetas quedaron al descubierto. Eran perfectas. Pequeñas, tensas, casi planas, con unos pezones grandes y oscuros que se erizaron bajo mi boca.
Los chupé con furia, mordiéndolos hasta hacerla gritar, tirando de ellos con los dientes hasta estirarlos, saboreando la sal de su piel. Le pasé la lengua áspera por toda la areola, se la humedecí entera y después le soplé encima para que se le pusiera dura como una piedra. Ella se retorcía contra mí, sus manos rasgándome la camisa, los botones saltando por el aire y rodando por la alfombra pegajosa. Sentí sus uñas clavarse en mi espalda mientras me buscaba la verga con la cadera, restregándose contra mí como una perra en celo. Su cuerpo era una cuerda de violín al límite de la ruptura.
—De rodillas —le ordené.
Bajó al instante, sin dudar, y me terminó de bajar el pantalón y el bóxer con un solo tirón. La polla le pegó en la cara al saltar libre. Renata cerró los ojos y sonrió como si le hubieran hecho un regalo. Me la agarró con las dos manos y empezó a lamerla como un helado, desde los huevos hasta la punta, con la lengua plana y ancha. Después abrió esa boca pequeña todo lo que pudo y se la volvió a tragar entera, esta vez sin tanta prisa, con una devoción metódica. La punta le abultaba en el interior del cachete cada vez que la desviaba, y podía ver mi propia forma dibujada bajo su piel.
—Así, puta. Chupámela toda. Aprendiste bien en siete años.
Gimió con la boca llena y yo empecé a follársela sin piedad, sujetándola de la nuca, forzando la polla hasta el fondo de la garganta. Las arcadas se hicieron seguidas, la saliva le chorreaba por el mentón, le caía sobre las tetas desnudas, se le pegaba a los pezones. Los ojos se le llenaron de lágrimas y el rímel empezó a corrérsele en dos surcos negros.
La arrastré por el pelo hasta la cama y la tiré sobre el colchón con una violencia que la hizo gemir. Me arrodillé a sus pies y la admiré un instante. Le quité los pantalones cortos y la ropa interior con una sola mano, arrancándole la tela del elástico. Su coño, completamente depilado, brillaba húmedo, los labios menores hinchados y separados, la entrada palpitando visiblemente. Bajé la cara y le enterré la lengua sin previo aviso.
Renata soltó un grito que rebotó en las paredes de cemento del cuarto. La lamí de arriba abajo, chupándole el clítoris, metiéndole la lengua hasta donde llegaba, mordiéndole los labios interiores. Sabía a sudor de montaña, a sal, a hembra madura. Le metí dos dedos de golpe y curvé hacia arriba mientras seguía chupándole el clítoris. En menos de un minuto le arranqué el primer orgasmo. Su coño se cerró sobre mis dedos como una trampa, un espasmo tras otro, y me empapó la mano y la barbilla de flujo caliente.
—Ay, hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta —gemía, agarrándome del pelo, apretándome la cara contra su sexo—. No pares, no pares, no pares.
Pero paré. Me incorporé, con la barbilla brillante de sus jugos, y me posicioné entre sus piernas. Le agarré los tobillos y se los abrí hasta que las rodillas casi le tocaron las orejas. La verga en la mano, busqué la entrada. La froté contra los labios hinchados, embarrándome el glande en su humedad, deslizándolo arriba y abajo, torturándola.
—Metémela, por favor, Sebastián, metémela toda de una —suplicaba, retorciéndose—. No aguanto más.
—Pedímelo bien.
—Por favor. Cógeme. Cógeme como aquella noche. Rompeme el coño. Es tuyo. Siempre fue tuyo.
Cuando la encontré, la clavé hasta el fondo de una sola embestida.
Renata gritó. Un grito agudo, de dolor y éxtasis puro, que se perdió en el colchón de espuma. Su interior era un puño apretado, una cueva estrecha y ardiente que se oponía a la invasión con una fuerza que me robó el aliento. La había vuelto a romper. La había vuelto a marcar.
La tomé con la ferocidad de un animal, con la fuerza de siete años de deseo reprimido. Cada embestida era un recordatorio de aquella primera noche. La cama vieja crujía y golpeaba contra la pared con un ritmo brutal. El sonido húmedo de mi verga entrando y saliendo de su coño empapado se mezclaba con sus gritos y el chapoteo de mis huevos contra su culo.
—Mírame —le ordené—. Mírame mientras te cojo.
Abrió los ojos, vidriosos, y clavó la mirada en la mía. Gritaba, chillaba, las uñas arañándome la espalda hasta hacerme sangrar, pidiendo más, pidiendo que no parara, pidiendo que la destrozara.
—Sí, Sebastián, así. Soy tuya. Rompeme, rompeme el coño, no pares, cógeme como a la puta que soy —repetía, y sus palabras eran combustible.
La cambié de posición sin sacarla. La giré sobre un costado, le levanté una pierna sobre mi hombro y volví a martillarla desde ese ángulo. El glande le pegaba en un punto nuevo y ella empezó a temblar con espasmos incontrolables, su segundo orgasmo la sacudió entera, apretándome tanto que casi me arranca la corrida ahí mismo.
La monté encima de mí, la senté a horcajadas sobre mi verga. Renata se dejó caer con la boca abierta, tragando cada centímetro, y empezó a cabalgarme. Sus tetas pequeñas rebotaban con cada bote, los pezones dibujando círculos en el aire. Le agarré la cintura y la ayudé a subir y bajar más fuerte, empalándola contra mí. Se echó hacia atrás y me clavó las uñas en los muslos, arqueando la espalda, dejando que su clítoris rozara mi hueso púbico en cada embestida. Otro orgasmo, este más largo, la hizo gritar con la boca abierta al techo, y noté que un chorro caliente me empapó los huevos y las sábanas.
—Me estás haciendo eyacular, hijo de puta. No me pasaba con nadie. Solo con vos. Solo con vos.
La levanté sin sacarla, la giré, la tumbé boca arriba de nuevo y le monté las piernas sobre mis hombros. Doblada por la mitad, con la polla enterrada hasta el fondo, empecé a follar con embestidas cortas y brutales, tocándole el cuello del útero en cada golpe. Sentí que se venía otra vez, y esta vez no aguanté.
—Adentro —le exigí, aunque no era una pregunta—. Te voy a llenar entera.
—Sí, sí, sí, adentro, adentro, dejame preñada, no me importa nada, dejame tu semen adentro.
Terminé adentro, un torrente caliente, con un grito gutural escapándome de la garganta mientras vaciaba chorro tras chorro en el fondo de su coño. Sentí cómo sus paredes se contraían intentando ordeñarme, exprimiéndome hasta la última gota. Cuando por fin me quedé quieto, con la verga todavía enterrada, pulsando dentro de ella, vi cómo un hilo blanco de semen mezclado con sus jugos empezaba a escaparse por la comisura donde nuestros sexos se unían.
Pero no fue suficiente. Mi cuerpo, insaciable, no cedía. La polla no se me bajó ni un instante. La saqué con un ruido obsceno de succión, y un chorro de mi corrida siguió detrás, resbalándole por el culo hasta manchar la colcha verde. La giré y la puse en cuatro. La palmé fuerte en cada nalga, marcándoselas de rojo, y le abrí las mejillas con las manos. El coño le seguía chorreando semen. El otro agujero, virgen y apretado, me guiñó.
—Sebastián, no, ahí no, nunca me hicieron eso —balbuceó, mirándome por encima del hombro con los ojos muy abiertos.
—Ahora sí.
Recogí mi propia corrida con dos dedos del coño abierto y se la unté sobre el ojete apretado. Metí un dedo, después dos, forzando la apertura. Ella gimió y hundió la cara en la almohada. La humedecí bien, mojando los dedos en lo que ya era una mezcla espesa de los dos. Y sin darle tiempo a prepararse, apoyé la punta de la verga contra el orificio pequeño y me empecé a clavar.
El primer empuje se topó con resistencia. Aumenté la presión, agarrándola de las caderas, y sentí cómo el anillo cedía de golpe y la polla se hundía a la fuerza en su interior. El grito le quedó ahogado por la almohada, un aullido largo y desgarrado. La tomé por atrás con una brutalidad que la sacudía entera. Ella lloraba, sollozaba, pedía que despacio, pedía que parara, pedía que siguiera, pedía cualquier cosa. Le agarré los brazos y se los tiré hacia atrás, cabalgándola por el culo como quien monta un caballo, hundiéndome hasta los huevos en cada embestida.
—Este culo también es mío. Todo tuyo, ¿verdad? Todo mío. Decilo.
—Tuyo, todo tuyo, mi coño, mi culo, mi boca, todo tuyo —balbuceaba entre sollozos de placer y dolor.
Era mía. De nuevo, completamente mía. Cada uno de sus jadeos, cada uno de sus sollozos, era un himno a mi poder. Le pasé una mano por debajo y le empecé a frotar el clítoris con dos dedos, sin bajar el ritmo. En pocos segundos volvió a correrse, esta vez con la polla clavada en el culo, y los espasmos anales fueron tan violentos que casi me arrancan una segunda corrida.
La saqué antes de acabar y la hice arrodillarse en el suelo, sobre la alfombra pegajosa. Me puse de pie frente a ella y le apreté la mandíbula con una mano para que abriera la boca. Sin darle asco, sin darle tiempo, le metí la verga sucia hasta el fondo. El sabor de su culo, del semen, del sudor. Ella hizo una arcada y las lágrimas se le volvieron a caer, pero abrió más la boca y ahuecó la lengua.
—Chupala. Chupá cómo estás por dentro. Limpiámela toda.
Y lo hizo. La lengua le trabajaba desesperada, envolviéndome el glande, limpiándome cada centímetro. Le agarré la cabeza y empecé a follársela otra vez con violencia, atragantándola una y otra vez, ensuciándola con el sabor de los tres agujeros, humillándola y consumiéndola a la vez. Lo aceptó con devoción, con lágrimas en los ojos, ahogándose, pidiendo más con su sumisión, las manos suplicando detrás de la espalda para no tocarme, para dejarme hacer.
Cuando sentí que ya venía otra vez, no la solté.
—Tragá todo. Cada gota.
Exploté por segunda vez, chorro tras chorro directo a la garganta. Ella tragó, tosiendo, algunos hilos escapándose por las comisuras y bajándole por el mentón hasta las tetas. Cuando terminé, saqué la verga y le froté los restos por los labios, por las mejillas, por los pezones, marcándola entera como quien marca ganado.
La tomé durante lo que pareció una eternidad. La volví a subir a la cama. La monté una vez más de costado, la lamí, se lo hice con los dedos, la puse contra el espejo del techo para que se viera a sí misma cuando terminaba. La hice acabar una y otra vez hasta que su cuerpo tembló incontrolable y se derrumbó sobre la cama, completamente destruida. Los ojos vidriosos, la boca abierta jadeando, el maquillaje corrido, el pelo pegado a la cara, semen y saliva secándose sobre las tetas, los muslos manchados de un flujo blanco y espeso que le seguía escurriendo del coño abierto. Un testimonio viviente de la rendición voluntaria que acababa de regalarme.
Se quedó ahí, inmóvil, respirando con dificultad. Yo me recosté a su lado, agotado pero satisfecho, con la verga todavía dura y latiendo. Por un momento sentí una punzada. La imagen de Lucía, sonriéndome en nuestra habitación, cruzó mi cabeza como un relámpago. Pero la sentí débil, distante, ahogada por el olor a sexo y la realidad de la mujer tirada a mi lado.
—Llévame a casa, Sebastián… por favor… no puedo más —suplicó, la voz un hilo roto.
***
La vestí con cuidado, como a una muñeca rota. Cada prenda era un acto de ternura que contrastaba brutalmente con la violencia de los actos anteriores. Le limpié con una toalla húmeda los restos de semen del mentón, de las tetas, del interior de los muslos, aunque sabía que el coño y el culo la iban a seguir chorreando durante horas. En el coche de regreso, yacía en el asiento, semiinconsciente, con una sonrisa de satisfacción dibujada en los labios. Cada vez que el auto pasaba por un bache, se le escapaba un pequeño gemido y podía adivinar la humedad espesa deslizándose por dentro de su ropa interior. Era un espectáculo de destrucción y belleza.
Cuando llegué a su casa, apagué el motor. El silencio fue incómodo. Ella se movió despacio, incorporándose. Me miró y en sus ojos ya no había rastro de la sumisa deshecha. Había una nueva lucidez, una calma peligrosa.
—Gracias, Sebastián —dijo, la voz firme.
—De nada.
Se inclinó, no para besarme, sino para susurrarme algo al oído. Su aliento era cálido y olía a mí, a mi semen, a mi verga.
—Cada vez que baje de Calama y suba al cerro, si nos cruzamos, será el destino. Solo así sabré si el destino quiere que vuelvas a destrozarme.
Y con eso bajó del coche, cerró la puerta con un clic suave y se metió en la oscuridad de su casa, sin mirar atrás. La vi caminar con las piernas apenas separadas, con el paso corto de una mujer recién cogida hasta el fondo, y me imaginé el reguero espeso que le seguía bajando por dentro del muslo mientras saludaba a sus padres.
Arranqué y me perdí en la noche, pero mi cuerpo no estaba en el coche. Estaba todavía en esa habitación, en el olor a sexo y a sudor. La cabeza intentaba procesarlo, analizarlo, encontrar la lógica en la locura, pero era inútil. No había lógica. Solo había instinto. Mi vida, mi trabajo, mi casa pulcra y lujosa, todo se sentía ahora como un decorado de teatro, un telón de fondo falso. La única verdad era el dolor en los músculos, el olor de su coño todavía impregnado en mis dedos, y el fuego que ella me había reavivado adentro.
No había sido un encuentro. Había sido un despertar. Durante siete años había dormido. Lucía era el amor de mi vida, la complicidad, el hogar. Pero Renata era otra cosa. El sacrificio, la sangre, el ritual primordial que ni siquiera sabía que me faltaba. Ya no pensaba en si era correcto o incorrecto. Esos conceptos se habían disuelto. Solo quedaba una certeza clara y absoluta: el próximo sábado, a la misma hora, iba a estar de nuevo en la cumbre del cerro. No por el paisaje. No por el ejercicio. Lo iba a hacer porque había vuelto a probar el infierno y sabía, con una fe recién descubierta, que ella era el infierno y yo, su devoto.