La reconocí en la cumbre siete años después
El amanecer en Santiago era un lienzo de oro derretido. Desde la cima del Cerro de las Águilas, la ciudad respiraba a mis pies como un animal somnoliento, gris y enorme. El aire fino me llenaba los pulmones y el ardor en los muslos era una recompensa familiar. A los cuarenta y un años, esta caminata sabatina era mi liturgia privada, mi forma de quitarme de encima el ruido de la semana y mantener a raya esa ambición que nunca terminaba de soltarme. Lucía, mi pareja, prefería las mañanas de cama y café cuando no le tocaba turno en el hospital. La nuestra era una relación construida sobre una pasión que pocos entenderían y una complicidad que nadie podría imitar.
Terminé el último tramo del sendero, una sección empinada de roca y polvo que ponía a prueba incluso a los caminantes más curtidos. Al llegar a la meseta, donde se reunían los pocos que coronaban la cumbre, me detuve con las manos en la cintura, jadeando. El grupo era pequeño, media docena de figuras recortadas contra el cielo. Apenas las miré. Mi cabeza ya estaba en el descenso, en el desayuno tardío que me esperaba con Lucía, en la calidez de nuestra casa.
Y entonces una de las figuras se giró. Era una mujer. Delgada, ágil, con ropa térmica de colores chillones que contrastaba con la sobriedad del paisaje. Se quitó la gorra y un torrente de pelo oscuro le cayó sobre los hombros. Se secó la frente con el dorso de la mano y sonrió con una sonrisa cansada. Hubo algo en ese gesto, en la línea de su mandíbula, en la forma en que entrecerró los ojos contra el sol, que activó una alarma remota dentro de mi cabeza. No era un recuerdo nítido. Era una vibración, una disonancia familiar en un paisaje de extraños.
La observé con más atención. Su rostro tenía una delicadeza casi etérea, con unos ojos grandes y oscuros que parecían guardar secretos antiguos. Su cuerpo, bajo el tejido ajustado, era de una fragilidad engañosa: esbelto, casi infantil, pero con una energía contenida que se palpaba a distancia. No podía sacármela de la cabeza. ¿Quién era? ¿Una clienta? ¿La hermana de algún amigo? La sensación insistía como un anzuelo, tirando de un hilo que no sabía dónde terminaba.
El grupo empezó a moverse para iniciar el descenso. Ella se ajustó la mochila y giró, y sus ojos se cruzaron con los míos por un instante. En ese segundo el universo se detuvo. Una película antigua se proyectó de golpe en mi memoria, en blanco y negro, con música estridente y el chapoteo del agua de una piscina. Vi un rostro joven, asustado y fascinado. Vi unos pechos pequeños que se erizaban bajo mi mirada. Vi una mancha roja sobre unas sábanas blancas.
Renata.
El nombre me golpeó como un puñetazo. Por Dios. Renata. La camarera.
El esfuerzo por recordar fue casi físico, un tirón en las entrañas. La imagen cobró color y sonido. El cumpleaños de Catalina. Lucía radiante y salvaje, moviéndose al ritmo de la música. El champán y el whisky corriendo por mis venas. Y aquella muchacha, un espectáculo de inocencia y terror fascinado, sirviendo copas con manos que temblaban apenas. La recordaba con una claridad terrible. La forma en que la atraje hacia mí, la forma en que sus ojos se llenaron de lágrimas cuando la llevé a la habitación del fondo, la forma en que su cuerpo se rindió bajo el mío. La había desvirgado, marcado, poseído con una ferocidad que me sorprendió a mí mismo.
Y luego la mañana siguiente. El caos. Lucía y yo agotados y felices en nuestra depravación compartida. Bruno, el borracho idiota que intentó forzarla y terminó encerrado con el brazo dislocado. ¿Y Renata? Recordaba vagamente haberla visto al final, recostada en una cama, con la mirada perdida. Después, nada. Se había desvanecido como un fantasma, sin despedirse, sin dejar rastro. Y yo, en mi arrogancia de hombre satisfecho, me había olvidado de ella. Su nombre se convirtió en una nota al pie en la historia de mi vida, una anécdota de desenfreno pronto eclipsada por la intensidad de lo que tenía con Lucía.
Y ahora estaba ahí. Siete años después. En la cima de una montaña. Ya no era la chiquilla aterrorizada. Era una mujer. El tiempo le había afilado los rasgos infantiles hasta convertirlos en algo más definido, más peligroso. Su cuerpo, aunque seguía siendo esbelto, tenía una nueva presencia, una confianza que emanaba por todos los poros.
Se detuvo, como si mi mirada intensa la hubiera llamado. El reconocimiento en sus ojos fue instantáneo, una descarga eléctrica que cruzó el espacio entre nosotros. Su sonrisa tímida se congeló un instante. Después se transformó en algo más complejo, una mezcla de vergüenza, sorpresa y una chispa de algo que no supe nombrar.
—Sebastián… —susurró, y su voz, aunque más grave que en mi memoria, conservaba la misma cualidad de seda.
—Renata —respondí. Mi propia voz me sonó extraña, ronca. No sabía qué más decir. Siete años son una vida. ¿Cómo se saluda a alguien a quien tomaste con violencia y luego olvidaste?
Los demás caminantes siguieron su camino y nos dejaron solos en la cumbre. El silencio se volvió denso, cargado de palabras no dichas.
—No esperaba volver a verte nunca —admitió, rompiendo el hechizo. Bajó la vista, una costumbre antigua que parecía no poder dejar atrás.
—Yo tampoco. De hecho… no te reconocí al principio. Cambiaste mucho.
Levantó la cara con una pequeña sonrisa jugando en los labios.
—Para mejor, espero.
—Diferente, en cualquier caso.
La conversación arrancó torpe, dos extraños buscando terreno común. Pero pronto la tensión inicial cedió a una curiosidad genuina. Me contó que era geóloga, que trabajaba para una minera en Calama, un mundo de cobre y soledad muy lejano del mío de oficinas vidriadas y altos cargos. Estaba en Santiago de visita por una semana, alojada en casa de sus padres. Le hablé de mi trabajo, de Lucía —mencioné su nombre con una lealtad instintiva, como si fuera un escudo—, de mi vida. Pero cada palabra era apenas un prólogo. La verdadera conversación pasaba en los silencios entre frases, en la forma en que sus ojos se clavaban en los míos, en la forma en que mi cuerpo respondía a su cercanía con una memoria propia.
***
La atracción no era un riachuelo. Era un dique a punto de reventar. Siete años de vida, otras experiencias, madurez, no habían diluido la química primitiva que existía entre los dos. Era algo anterior al lenguaje, una resonancia de aquella noche, un pacto sellado en la oscuridad. Cada vez que sus ojos encontraban los míos, veía a la chiquilla de diecinueve años, pero detrás de esa fachada angelical había ahora una mujer que conocía el mundo, que había enfrentado la dureza del desierto y que, sin embargo, me miraba como si yo fuera el único oasis.
—¿Y por qué geóloga? —pregunté, buscando dónde aferrarme.
Miró hacia el horizonte, hacia la inmensidad de la ciudad a nuestros pies.
—Siempre me gustaron las piedras. Son honestas. Tienen una historia, una presión, un fuego adentro que las forma. No mienten. Son predecibles, a diferencia de las personas.
La última frase la dirigió a mí y su sentido no se me escapó. Era una acusación velada, una referencia a mi desaparición de su vida.
—Las personas somos más complejas, Renata. A veces lo imprevisible es lo único que nos mantiene vivos.
—¿O lo único que nos destruye? —replicó, y la mirada se le endureció un instante, un destello de la chica asustada que conocí. Pero el destello se apagó rápido, reemplazado por una decisión feroz que se le notó en la cuadratura de la mandíbula. Dio un paso más y rompió la barrera invisible que nos separaba. El aire entre nosotros se espesó. Cuando habló, su voz era apenas un murmullo, pero cortó el viento de la montaña como un cuchillo.
—Sebastián… hay un motel acá cerca. Vamos.
No fue una pregunta. Tampoco una invitación coqueta. Fue una orden. Una orden susurrada por una sumisa que, en ese instante exacto, había tomado el control.
Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Lo que ya estaba en alerta por la simple cercanía se endureció hasta el dolor, un golpe de metal caliente contra el tejido del pantalón. Era una orden que no podía y no quería desobedecer. Era la continuación de una conversación que habíamos dejado a medias siete años atrás.
Asentí, incapaz de articular palabra, ahogado por la avalancha de testosterona y deseo reprimido. Solo existía el ahora, la montaña, ella y la promesa de redescubrir el infierno.
—Bajemos —dije, con la voz extraña.
***
El descenso, antes meditativo, se transformó en una carrera. Bajábamos el sendero polvoriento resbalando en las piedras sueltas, sin hablar. Cada paso era un latido en una cuenta regresiva inevitable. El esfuerzo físico, el ardor en los pulmones, solo servía para avivar el fuego que me consumía por dentro.
Llegamos al pie del cerro jadeando, sudados, con los ojos brillantes. Ahí estaban nuestros autos, dos testigos silenciosos de la locura que íbamos a cometer.
—Pasa a dejar el tuyo en tu casa y seguimos en el mío —le dije, ya operando en modo logística, buscando la forma más rápida de llegar al destino.
Me dio la dirección. Subió a su pequeño auto compacto, gris y anodino, que contrastaba con mi Audi negro. La seguí por las calles de La Reina. El trayecto fue un borrón de anticipación. Cada semáforo en rojo era una tortura. Veía su silueta a través del cristal, la postura tensa, la concentración en el tráfico. Recordé cómo se había ido aquella mañana, como un espectador que abandona el cine antes del final. Se había perdido la pelea con Bruno, el revolcón final con Catalina, la forma en que Lucía y yo, después de toda la tormenta, nos miramos y supimos que estábamos bien. Que éramos un equipo.
Estacionó frente a una casa pequeña de dos pisos, prolijamente cuidada. Apagó el motor y por un instante dudé. Una fracción de segundo en la que la voz de la razón me gritó. ¿Qué estás haciendo, Sebastián? Llama a Lucía. Vete a casa. Esto es una locura. Pero entonces Renata bajó del auto. Cerró la puerta con un clic suave y caminó hacia mí. No había duda en su paso. No había miedo en sus ojos. Solo una determinación absoluta, una mujer que iba por lo que era suyo.
Subió al asiento del copiloto y el interior del auto, que olía a cuero y a mí, se llenó de su perfume, una mezcla de su sudor de la montaña y un aroma floral. Cerró la puerta y el mundo exterior desapareció.
—Sebastián —dijo, y su voz ya no era un murmullo. Era hambre.
Antes de que arrancara, se inclinó sobre mí. Su mano buscó y encontró mi erección con una precisión quirúrgica. La palpó a través de la tela con una sonrisa de triunfo en los labios.
—Soñé con esto —susurró—. Soñé contigo durante siete largos años. Algunas noches en el desierto, sola en mi campamento, me tocaba pensando en ti. Diego, mi pareja, no tiene ni idea. Cree que soy una buena chica, una geóloga dedicada. No sabe que su novia sigue siendo propiedad del hombre que la desvirgó.
Con una agilidad que me dejó sin aliento, desabrochó el cinturón, bajó el cierre del pantalón y me liberó. Emitió un gemido animal y, sin más preámbulos, bajó la cabeza.
La sensación fue abrumadora. Su boca caliente y húmeda me envolvió por completo. Su lengua, ya no la de una chica inexperta, recorría cada centímetro con una habilidad que me hizo temblar. Subía y bajaba con furia devoradora, su mano marcando el ritmo en la base. Me llevó al borde en segundos.
—Espera —le dije, agarrándola por el pelo, la voz tensa—. Si sigues así, terminamos acá mismo.
Levantó la cara. Los ojos le brillaban de lujuria.
—No me importa. Quiero que termines en mi boca. Quiero saborearte. Quiero llegar a casa de mis padres con tu sabor en el aliento y mentirles a todos.
La idea era tentadora, demencial. Pero yo quería más. Quería volver a poseerla.
Arranqué a fondo, con ella todavía inclinada sobre mi regazo. El motor rugió y nos lanzó hacia adelante.
***
El motel se llamaba Olympus, un nombre pretencioso para un lugar de decadencia y anonimato. Era exactamente como lo había descrito: una hilera de garajes con puertas metálicas, cada uno con su habitación al fondo. Frené frente al número siete. La puerta del garaje se abrió con un gemido mecánico y entré. La puerta se cerró detrás con un estruendo sordo y definitivo, el sonido de una tumba sellándose.
La habitación era exactamente lo que esperaba. Una cama con colcha de satén barato en un verde chillón. Una alfombra sintética pegajosa al tacto. Un olor a desinfectante químico y al fantasma de incontables encuentros anónimos. Un templo de la lujuria sin romanticismo. Perfecto.
Apenas cerré la puerta, me lancé sobre ella. La aplasté contra la pared y mi boca encontró la suya en un beso brutal de dientes y lengua. No era un beso de amor, ni siquiera de pasión. Era un acto de reclamación, de restablecimiento del dominio. Le saqué la camiseta, el sujetador deportivo. Sus pechos quedaron al descubierto. Eran perfectos. Pequeños, tensos, casi planos, con unos pezones grandes y oscuros que se erizaron bajo mi boca.
Los chupé con furia, mordiéndolos hasta hacerla gritar, saboreando la sal de su piel. Ella se retorcía contra mí, sus manos rasgándome la camisa, los botones saltando por el aire. Su cuerpo era una cuerda de violín al límite de la ruptura.
La arrastré hasta la cama y la tiré sobre el colchón con una violencia que la hizo gemir. Me arrodillé a sus pies y la admiré un instante. Le quité los pantalones cortos y la ropa interior con una sola mano. Su sexo, completamente depilado, brillaba húmedo. No esperé. No hubo preliminares.
Me posicioné entre sus piernas, busqué la entrada. Cuando la encontré, la clavé hasta el fondo de una sola embestida.
Renata gritó. Un grito agudo, de dolor y éxtasis puro, que se perdió en el colchón de espuma. Su interior era un puño apretado, una cueva estrecha y ardiente que se oponía a la invasión con una fuerza que me robó el aliento. La había vuelto a romper. La había vuelto a marcar.
La tomé con la ferocidad de un animal, con la fuerza de siete años de deseo reprimido. Cada embestida era un recordatorio de aquella primera noche. Gritaba, chillaba, las uñas arañándome la espalda hasta hacerme sangrar, pidiendo más, pidiendo que no parara, pidiendo que la destrozara.
—Sí, Sebastián, así. Soy tuya —repetía, y sus palabras eran combustible.
Terminé adentro, un torrente caliente, con un grito gutural escapándome de la garganta. Pero no fue suficiente. Mi cuerpo, insaciable, no cedía. La giré y la puse en cuatro. La humedecí con mis dedos, mojándolos en lo que ya era una mezcla de los dos. Y sin darle tiempo a prepararse, me clavé en el otro orificio. Su grito quedó ahogado por la almohada. La tomé por atrás con una brutalidad que la sacudía entera. Era mía. De nuevo, completamente mía. Cada uno de sus jadeos, cada uno de sus sollozos de placer y dolor, era un himno a mi poder.
Después la hice arrodillarse en el suelo, sobre la alfombra pegajosa. Me puse de pie frente a ella y se la metí en la boca, ensuciándola con el sabor de los dos, humillándola y consumiéndola a la vez. Lo aceptó con devoción, con lágrimas en los ojos, ahogándose, pidiendo más con su sumisión.
La tomé durante lo que pareció una eternidad. La hice terminar una y otra vez hasta que su cuerpo tembló incontrolable y se derrumbó sobre la cama, completamente destruida. Los ojos vidriosos, el cuerpo cubierto de sudor. Un testimonio viviente de la rendición voluntaria que acababa de regalarme.
Se quedó ahí, inmóvil, respirando con dificultad. Yo me recosté a su lado, agotado pero satisfecho. Por un momento sentí una punzada. La imagen de Lucía, sonriéndome en nuestra habitación, cruzó mi cabeza como un relámpago. Pero la sentí débil, distante, ahogada por el olor a sexo y la realidad de la mujer tirada a mi lado.
—Llévame a casa, Sebastián… por favor… no puedo más —suplicó, la voz un hilo roto.
***
La vestí con cuidado, como a una muñeca rota. Cada prenda era un acto de ternura que contrastaba brutalmente con la violencia de los actos anteriores. En el coche de regreso, yacía en el asiento, semiinconsciente, con una sonrisa de satisfacción dibujada en los labios. Era un espectáculo de destrucción y belleza.
Cuando llegué a su casa, apagué el motor. El silencio fue incómodo. Ella se movió despacio, incorporándose. Me miró y en sus ojos ya no había rastro de la sumisa deshecha. Había una nueva lucidez, una calma peligrosa.
—Gracias, Sebastián —dijo, la voz firme.
—De nada.
Se inclinó, no para besarme, sino para susurrarme algo al oído. Su aliento era cálido y olía a mí.
—Cada vez que baje de Calama y suba al cerro, si nos cruzamos, será el destino. Solo así sabré si el destino quiere que vuelvas a destrozarme.
Y con eso bajó del coche, cerró la puerta con un clic suave y se metió en la oscuridad de su casa, sin mirar atrás.
Arranqué y me perdí en la noche, pero mi cuerpo no estaba en el coche. Estaba todavía en esa habitación, en el olor a sexo y a sudor. La cabeza intentaba procesarlo, analizarlo, encontrar la lógica en la locura, pero era inútil. No había lógica. Solo había instinto. Mi vida, mi trabajo, mi casa pulcra y lujosa, todo se sentía ahora como un decorado de teatro, un telón de fondo falso. La única verdad era el dolor en los músculos y el fuego que ella me había reavivado adentro.
No había sido un encuentro. Había sido un despertar. Durante siete años había dormido. Lucía era el amor de mi vida, la complicidad, el hogar. Pero Renata era otra cosa. El sacrificio, la sangre, el ritual primordial que ni siquiera sabía que me faltaba. Ya no pensaba en si era correcto o incorrecto. Esos conceptos se habían disuelto. Solo quedaba una certeza clara y absoluta: el próximo sábado, a la misma hora, iba a estar de nuevo en la cumbre del cerro. No por el paisaje. No por el ejercicio. Lo iba a hacer porque había vuelto a probar el infierno y sabía, con una fe recién descubierta, que ella era el infierno y yo, su devoto.