Mi mujer eligió a su otro novio y me dejó solo
Hola, soy Andrés. Esta vez escribo yo solo, y este va a ser nuestro último relato. Lo digo de entrada para que nadie pierda el tiempo esperando una continuación, porque no la habrá. Disculpad la tardanza con respecto al anterior, pero lo que voy a contar me ha costado meses sentarme a escribirlo.
Nuestra idea inicial era hacer una serie de diez relatos. Cubrir desde los primeros nervios hasta el momento actual de Carolina y mío como pareja liberal. Llevábamos siete publicados. Y nos quedaríamos en siete si no fuera porque me siento en deuda con todos los que nos habéis escrito durante estos meses. Así que aquí va el cierre, breve y sin maquillajes, porque alargarlo sería una crueldad para mí y una mentira para vosotros.
Voy a saltar al punto en que la cosa empezó a torcerse, que es lo que nadie sabe. Todo cambió cuando apareció Rodrigo.
***
Lo conocimos en una cena con otra pareja, en un piso del barrio del Cabanyal. Era un tipo educado, alto, con el pelo entrecano cortado al estilo militar, abogado de profesión y unos diez años mayor que nosotros. Aquella primera noche follamos los tres y, aunque la experiencia fue distinta de las anteriores —Rodrigo iba sin pareja, era él solo—, no le di importancia. Era un encuentro más, así llevábamos casi dos años. Volvimos a casa en silencio, y Carolina se durmió en el coche con una sonrisa tonta que tendría que haberme puesto en alerta.
Un par de semanas después, le llegó un mensaje suyo. Nos invitaba a cenar en uno de esos restaurantes con estrella del centro de Valencia, de los que necesitas reservar con tres meses de antelación. Cenamos, tomamos copas, acabamos en su casa hasta las cinco de la mañana. Y ahí soltó la propuesta.
—He pensado mucho cómo plantearlo, así que lo digo y ya está —dijo, sirviéndonos una última copa—. Me gustaría ser una parte estable de vuestra relación. Una especie de novio fijo de Carolina, con todo lo que eso implica.
Me quedé mirándolo sin saber qué contestar. Carolina no me miró a mí. Le miró a él.
—No me parece mal —me dijo después, ya en el coche, cuando le pregunté en frío qué pensaba—. Es buen tío. Y no vamos a hacer nada que no estemos haciendo ya.
A mí no me convencía del todo, no voy a mentir. Pero el hombre era educado, culto, respetuoso, no parecía un descerebrado de los que habíamos conocido por la red. Y Carolina estaba ilusionada como una cría. Así que dije que sí. Empezó así una relación que duró casi un año.
***
Las primeras citas fueron espectaculares. Rodrigo tenía un talento especial para montar situaciones que ni a Carolina ni a mí se nos habrían ocurrido. La segunda, por ejemplo, fue en el cine. Nos envió un correo con las entradas compradas y unas instrucciones muy concretas de vestimenta para ella: vestido corto sin nada debajo y un sujetador transparente.
Llegamos los tres, sala 7 del Lys, tomamos asiento, las luces se apagaron y la película empezó. A los diez minutos, un hombre que no conocíamos se sentó en el asiento libre del lado de Carolina. Empezó a meterle mano por debajo del vestido. Ella se dejó. Se enrollaron, se masturbaron, ella se la chupó hasta el final sin derramar nada y el tipo se fue como si tal cosa antes de que terminara la película. Ni una palabra. Después, ya en el coche, fue ella la que me la chupó a mí, todavía con el sabor del otro en la boca. Rodrigo se quedó en la puerta del cine, fumando, sin venir con nosotros. Era su forma de decirme que esa noche me dejaba a mí.
En otra ocasión, también en el cine, fue al revés. Ellos dos se sentaron juntos, en el centro de la sala, y a mí me reservó un asiento tres filas más atrás. Lo vi todo desde lejos: cómo le metía la mano bajo la falda, cómo ella se inclinaba sobre su regazo, cómo se besaban entre escena y escena de la película. Me corrí en los pantalones sin tocarme. Cuando salimos, ninguno de los tres dijo nada. Cenamos en silencio, cargado de morbo, y nos despedimos en la puerta del aparcamiento.
Así fueron pasando las semanas. Quedábamos prácticamente todos los fines de semana. Cine, teatro, cenas, copas, alguna escapada. Una vez nos fuimos los tres a un balneario en la sierra de Cuenca. Allí montamos un juego de roles que duró el fin de semana entero: ellos eran un matrimonio de Madrid y yo, simplemente, un amigo de la pareja al que habían invitado por compromiso. Compartían habitación, paseaban de la mano por el pueblo, se daban besos en la terraza del restaurante, se hacían carantoñas en el spa. Yo cenaba con ellos como un tercero educado y ajeno. Por la noche, los tres acabábamos en su habitación, pero durante el día representábamos el papel a la perfección. Menos mal que no nos cruzamos con ningún conocido.
***
Pasaron los meses y la sensación que me empezó a invadir fue rara. Cada vez participaba menos. Era el espectador, no el protagonista. Carolina se reía con sus chistes, recordaba cosas que él había dicho semanas atrás, se ponía guapa para verlo. Y empecé a notar que cuando estábamos los tres en la cama, ella le miraba a él. A mí me usaba. A él lo deseaba.
Hubo una noche concreta en la que lo entendí. Estábamos los tres en la cocina de su piso. Rodrigo le pidió que se arrodillara en el suelo y le besara los pies. Carolina lo hizo sin pestañear, riéndose como una cría. Yo no supe qué hacer con las manos. Ella, que conmigo nunca había aceptado ni el más pequeño juego de poder, con él se ponía de rodillas en el suelo de granito como si fuera lo más natural del mundo. Esa noche, en el coche de vuelta, le pregunté si se había sentido obligada. Me dijo que no, que le encantaba. Que con él descubría cosas que no sabía que le gustaban.
Y pensé: pues hay un montón de cosas mías que tampoco vas a saber nunca.
A partir de ahí, empecé a alejarme. Faltaba a una cena. Después a una salida de teatro. Pronto, ellos iban solos al cine, a copas, a cenas. Carolina volvía a casa de madrugada y me lo contaba todo en la cocina, comiendo cualquier cosa con los dedos. Cómo se la había follado contra el lavabo del baño de un restaurante. Cómo la había llevado a un local de intercambio. Cómo, en una ocasión, la llevó a una fiesta privada en el chalet de un amigo y la ofreció a tres tipos que no conocía de nada. Me lo contaba encantada. Él era como su dueño, y ella hacía todo lo que él le pedía. A mí me empezaba a doler el estómago de oírla.
***
En esa época, en pleno alejamiento, me reencontré con Lucía. Lucía es la amiga de toda la vida que aparece en los relatos cuatro y cinco, la que está casada con Esteban, el cornudo. Era mi confidente desde hacía años y, en algún momento del pasado, también mi amante. Empecé a quedar con ellos casi todos los viernes.
Iba a su casa al salir del trabajo y follábamos en el sofá del salón mientras Esteban planchaba camisas en el cuarto de al lado. O ella me la chupaba en la cocina mientras él hacía la cena. O en el sofá, mientras los tres veíamos un partido del Valencia y yo le metía la mano bajo la bata. A Esteban le encantaba que lo humillase, que lo insultase, que lo mandase a hacer la compra mientras me follaba a su mujer en la cama de matrimonio que compartían los dos. Era su mundo y le hacía feliz, y a mí me servía para sentir que en algún sitio yo todavía mandaba algo. Que no era sólo el florero del salón de Rodrigo.
—Tú con esos dos no vas a llegar a ningún sitio bueno —me decía Lucía, fumando en la ventana después de follar—. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé —contestaba yo.
Pero no hacía nada al respecto. Hasta que el cuerpo me obligó.
***
A principios de septiembre del año pasado me dio una angina de pecho. Estaba cenando en casa, solo, viendo las noticias, cuando el brazo izquierdo empezó a dormírseme y el pecho se me cerró como si me lo apretaran con una correa. Llamé a una ambulancia. Me ingresaron y estuve mal. Bastante mal. No me morí de milagro, según me dijo el cardiólogo después.
Carolina lo dejó todo. Canceló los planes con Rodrigo, se cogió las vacaciones que le quedaban y no se separó de mi cama de hospital ni una sola noche. Hablamos mucho durante esos días. De los hijos que no tuvimos. De los sitios donde no habíamos estado. De los años que nos quedaban. Y le pedí que terminase con Rodrigo. Le dije que no quería seguir siendo un añadido en mi propio matrimonio, que estaba cansado, que quería calma y normalidad, aunque fuera aburrida.
Ella accedió. Cortó con él esa misma semana, por mensaje, mientras yo todavía estaba en planta. Rodrigo no se lo tomó nada bien. Le insistió, la llamó, le mandó cartas escritas a mano. Ella se mantuvo firme. Cuando me dieron el alta, decidimos dejar completamente apartada nuestra vida liberal. Nada de citas, nada de páginas, nada de aplicaciones. Y para ocupar el hueco que dejaba todo aquello, empezamos a escribir. Esa fue la decisión: contar lo que habíamos vivido desde fuera, ya sin participar.
***
Los primeros relatos que publicamos tuvieron buena acogida. Recibíamos comentarios cariñosos, correos largos de gente que nos pedía consejo, parejas que estaban empezando y querían saber si valía la pena. Respondíamos a casi todos. Nos pedían quedar, pero nosotros ya estábamos fuera. Hasta que un día llegó el correo de aquel chico.
Tenía veintisiete años, era de Valencia y había sido alumno de Carolina en su primer año dando clase. Por las pistas que habíamos dejado en los relatos, nos había reconocido. Al principio escribió como un lector más, pero cuando Carolina se dio cuenta de quién era se le iluminó la cara. Se acordaba perfectamente de él. Decía que era un crío especial, listísimo. Le contestamos. Nos mandó una foto reciente. Nos contó que era bisexual y que estaba muy interesado en lo que escribíamos. Nos cayó bien por correo y, tras un par de semanas, decidimos quedar.
Tuvimos una velada preciosa. Cenamos en un bar de tapas del Cabanyal, hablamos de la vida, nos reímos como hacía meses no nos reíamos. Acabamos en un hotel del centro. Carolina disfrutó como hacía mucho que no la veía disfrutar y a mí me hizo una mamada que recordaré durante años. Pensamos que podría ser el inicio de otra historia, esta vez más equilibrada, donde los tres tuviésemos el mismo papel. Pero el chico, al día siguiente, nos escribió. Tenía pareja. Estaba con una chica desde hacía dos años, no se lo había contado, y se sentía fatal por lo que había hecho. No quería seguir. Lo entendimos. No volvimos a quedar.
Volvimos a la calma. Seguimos escribiendo. Los relatos seis y siete. Hasta que hace mes y medio, poco después de publicar el séptimo, Carolina me contó algo cenando.
—Hace dos semanas Rodrigo me escribió —me dijo, sin levantar la vista del plato—. Quería verme un rato. Le dije que sí. Quedamos a tomar café.
—¿Y? —pregunté.
—Acabamos en su casa.
***
Me quedé mudo. Después de todos los meses que habíamos pasado los tres juntos en sus mejores años, después de Lucía y Esteban, después de todas las parejas con las que habíamos compartido cama, sentí que esta vez sí me había engañado. Que esta vez no era una experiencia compartida, sino una infidelidad de las clásicas, de las que están afuera del pacto. Y se lo dije. Discutimos durante horas. Me fui a dormir al sofá. A la mañana siguiente seguimos discutiendo. Hablamos. Lloramos. Hicimos las paces de boquilla. Y al cabo de cuatro días me dijo que me quería pero que con él sentía algo que conmigo ya no.
Se fue de casa hace tres semanas. Está viviendo con Rodrigo, en su piso del centro. Por lo que sé, han retomado todo lo que dejaron y más. Yo, mientras tanto, paso prácticamente todas las semanas en casa de Lucía y Esteban. Ella me cuida, él me sirve. Esteban, que cada vez está más metido en su papel, ha empezado a dormir en el cuarto de invitados. Lucía y yo dormimos en la cama de matrimonio. Si tiene un nombre lo que tenemos los tres, no sé cuál es. Pero funciona. Y de momento me basta.
***
Iba a dejar la historia inacabada. Me parecía lo justo. Pero tras leer todos vuestros mensajes preguntando cuándo subíamos el siguiente, me he sentido en deuda. Así que he decidido escribir esto, breve y sin adornos, para que sepáis cómo termina.
Ésta es la realidad de la vida liberal. Desde fuera parece morbosa, divertida, una fiesta continua. Y lo es, en parte. Hay momentos buenísimos que ya os hemos contado en los relatos anteriores. Pero también tiene sus problemas, sus celos escondidos, sus desequilibrios silenciosos que un día estallan. Nosotros nos los hemos encontrado de frente y no los hemos sabido superar. A veces me pregunto si Carolina y yo habríamos llegado igual al divorcio sin Rodrigo de por medio, o si fue él el detonante. No tengo respuesta.
Los que nos escribís preguntando cómo convencer a vuestra pareja para abrir la relación: pensad antes si vosotros estáis preparados para todo lo que viene después. Para los celos. Para la posibilidad de que el otro se enamore de alguien más. Para que un día os llegue el mensaje de que se va. Espero que estos relatos os hayan servido de algo. Y, sobre todo, espero que os hayan excitado, que para eso están escritos.
Gracias a todos los que habéis seguido la historia, a los que comentasteis, a los que escribisteis correos cariñosos, a los que nos insultasteis también. Aquí no habrá relato ocho. No habrá nueve ni diez. Lo dejamos en siete y este epílogo. Cuidaos mucho.
Andrés, sin Carolina.