El trío con mi novia y su ex acabó en orgía
Pensé que iba a compartirla con un hombre una sola noche, pero cuando abrió la puerta y vi a la otra mujer, ya era demasiado tarde para echarme atrás.
Pensé que iba a compartirla con un hombre una sola noche, pero cuando abrió la puerta y vi a la otra mujer, ya era demasiado tarde para echarme atrás.
Ella dormía en la cama. Yo salí del baño con la toalla anudada, crucé el pasillo y lo encontré esperándome como si supiera que iba a buscarlo.
Cuando ella abrió la puerta del departamento y nos miró de arriba abajo, entendí que nuestra fantasía dejaba de ser una charla de sobremesa.
Lo invité a nuestra mesa para ayudar a mi esposo, pero cuando cerró la puerta supe que había metido al enemigo en nuestra cama.
Subí al baño con uno de ellos, pero no imaginaba que esa noche iba a salir temblando, satisfecha y con el cuerpo todavía ardiendo.
Mi amiga cerró la puerta, miró a los hombres del salón y dijo que quien quisiera follar, fuera pasando. Yo ya estaba mojada antes de empezar.
Viajamos para reencontrarnos, pero bastaron unos tragos, un baile pegado y una confesión para que termináramos follando sin frenos.
Me llevaron a la oficina con un collar al cuello, y cuando vi a los hombres alrededor de la mesa entendí exactamente para qué me habían preparado.
No me pidió que parara. Me pidió un sitio detrás de la puerta entreabierta, en silencio, para mirar lo que él ya no sabía darle a su propia mujer.
Escondí mis prendas por todo el terreno y me juré recuperarlas antes del quinto orgasmo. El claxon de aquel auto detenido frente a la reja lo cambió todo.
Bajé descalza por el pasillo mientras él dormía, decidida a darle a mi marido los cuernos que tanto deseaba, pero a mi manera: sin que nunca llegara a saber que ya los tenía.
Le dije que el límite lo ponía ella. Lo que no esperaba era cuánto me gustaría quedarme a un lado, mirando, mientras otros la descubrían.
Pedimos los masajes juntos para no separarnos. Lo que no sabíamos era que aquellas cuatro manos extra venían dispuestas a quedarse hasta el amanecer.
Llevábamos seis meses saliendo como amigos, sin atrevernos a nada. Esa noche, mientras girábamos la botella, entendí que ellas querían mucho más que nuestra compañía.
Cuando abrió los ojos y la cama de Damián estaba vacía, supo que la noche todavía no había terminado para nadie en aquella casa.
Llevaba semanas dándole vueltas a la idea, pero nada me preparó para lo que sentí cuando las primeras manos desconocidas me recorrieron la piel en la oscuridad.
Eligió la ropa pensando en él, no en su marido. Esa noche dejaría de ser una esposa fiel para convertirse, durante un fin de semana entero, en la mujer de otro hombre.
Veníamos a recuperar nuestra relación y terminamos desnudos frente a dos desconocidos en una cala que solo nosotros conocíamos esa mañana.
Sus ojos brillaban en la penumbra, fijos en mí por encima del hombro de su acompañante. No me conocía, pero su mirada ya me había desnudado entera.
Lucía siempre se preguntó qué sentiría con un hombre como el marido de su hermana. Esa noche lo descubrió, mientras Tomás esperaba de rodillas con una jaula entre las piernas.