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Relatos Ardientes

Entré al baño de mi vecino y no pude salir igual

Tenemos una casa de fin de semana a unos cuarenta kilómetros de la ciudad, en una urbanización tranquila con calles arboladas y parcelas amplias. La compramos cuando los chicos eran pequeños, pensando en escapadas sin ruido. Lo que no calculamos fue que el barrio viniera con una pareja como Marcos y Clara.

Nos hicimos amigos casi de inmediato, con esa facilidad que tiene la gente que vive cerca y coincide en los mismos horarios. Ellos no tienen hijos, son libres, despreocupados, siempre con ganas de alargar la tarde. Clara es de esas mujeres que entran a un lugar y lo reorganizan sin pedirle permiso a nadie: cuarenta y tantos años muy bien llevados, siempre bronceada, siempre con algo que decir y la energía para decirlo dos veces.

Marcos es distinto. Más callado, más pausado. Tiene esa forma de escuchar que hace que uno termine contando más de lo que planeaba. Es alto, con el cuerpo de alguien que se mueve y trabaja en lugar de vivir en el gimnasio. Hombros anchos, abdominales que se adivinan sin anunciarse, unas manos grandes que siempre parecen saber qué están haciendo.

Durante meses compartimos los fines de semana sin que pasara nada fuera de lo ordinario. Asados, pileta, vino que se terminaba demasiado pronto, conversaciones que se extendían hasta que las luces de los vecinos empezaban a apagarse una por una. Yo notaba a Marcos, claro que sí. Era difícil no notarlo. Pero son cosas que uno registra, archiva en algún cajón interior y no vuelve a abrir.

O eso me decía a mí mismo.

***

Ese sábado de noviembre, Clara apareció en nuestra puerta antes del mediodía con una de sus propuestas que suenan a sugerencia pero que ya son decisiones tomadas. Se llevaba a Elena y a los chicos al partido de fútbol de la zona, luego a cenar donde los padres de ella y a quedarse a dormir allí. Una de esas organizaciones espontáneas que solo ella puede hacer parecer inevitables.

Los ayudé a acomodarse en el auto. Antes de que Elena subiera, la besé en la boca, despacio, con ganas. Clara nos miraba desde el asiento del conductor con una sonrisa que no era del todo inocente.

—¿Y para mí no hay? —preguntó, inclinando la cabeza.

Le di la vuelta al coche y me acerqué a su ventanilla. Le besé el cuello, sin apuro. Olía a algo cítrico y caro, recién puesto.

—Qué bien olés —le dije, sin pensar.

Ella se rió.

—Marcos se está terminando de bañar. Si querés, pasás a hacerle compañía.

Lo dijo con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo. Cerró la ventanilla y arrancó. Me quedé en la entrada viendo cómo el auto doblaba al final de la calle, y tardé un momento más de lo necesario en entender que estábamos solos, Marcos y yo, por primera vez desde que nos conocíamos.

***

Entré con las llaves que habíamos intercambiado meses atrás, para regar las plantas o recoger algún encargo. Avisé que era yo desde la puerta, en voz alta, como siempre.

—Pasá —dijo su voz desde el fondo de la casa.

Crucé el salón, el pasillo, y me detuve en el umbral del baño.

Estaba de pie frente al espejo, afeitándose. Sin ropa. La toalla colgaba del gancho de la puerta, a medio usar, como si hubiera dejado de importarle. Y tenía una erección que no se molestaba en disimular.

Me quedé un segundo sin saber dónde poner los ojos. Luego los puse donde los puse.

—Perdona el estado —dijo, sin dejar de pasarse la maquinilla por la mandíbula.

—Clara me dijo que pasara a hacerte compañía —respondí, para tener algo que decir.

—Sí. Se fue en el peor momento posible.

—Veo eso.

—¿Qué ves?

Señalé con la vista, sin gestos. Él bajó los ojos hacia sí mismo y luego me miró por el espejo, casi con resignación.

—Estoy muy caliente. No tengo manera de bajar esto.

—Yo conozco una manera —dije.

Silencio. Siguió afeitándose. No dijo que sí. Tampoco dijo que no.

Eso ya era suficiente.

***

Me moví hacia él sin saber exactamente cuándo había tomado la decisión. Me coloqué detrás, lo suficientemente cerca, y le pasé las manos por el torso. Lo sentí contener el aliento. Bajé despacio, siguiendo las líneas de sus músculos, hasta que lo tomé con firmeza.

Dio un respingo y sus caderas se echaron hacia atrás, contra mí. Empecé a moverme despacio, midiendo cada movimiento.

—Qué manos —murmuró.

—Si querés te digo que pare.

—No quiero que pares.

Seguía con los ojos en el espejo, mirándome detrás de él, mirándose a sí mismo. Dejó la maquinilla sobre el borde del lavabo. Su respiración iba cambiando de a poco, haciéndose más irregular, más lenta y más rápida al mismo tiempo.

—No me hagas acabar —dijo, casi en voz baja, como una advertencia que era también una súplica.

—No voy a hacerte acabar. Todavía.

—¿Todavía?

—Quiero que dure.

Noté que empezaba a mojarse entre mis dedos, esa primera señal húmeda que no miente. Me incliné hacia su cuello y respiré su olor: jabón, piel caliente, algo que era solo él. Le lamí la nuca, despacio.

—¿Cuánto te gusta? —le pregunté al oído.

—Bastante —admitió, con la voz ronca—. ¿Y a vos?

—Me encanta. No puedo parar.

Y era verdad. Había algo en tenerlo así, entre mis manos, que me impedía pensar en ninguna otra cosa. Seguí moviéndome, acariciando su torso con la otra mano, sintiendo sus músculos tensarse y aflojarse bajo mis dedos.

—Estás muy fuerte —le dije.

Él no respondió. Solo se apoyó un poco más hacia atrás, entregándose al ritmo que yo había encontrado.

***

—Date vuelta —le pedí.

—¿Para qué?

—Quiero verte.

Vaciló. Luego se giró despacio, sin que yo soltara lo que tenía entre las manos. Quedamos frente a frente, muy cerca. Tenía la mandíbula tensa y los ojos oscuros. Me miró como si estuviera esperando que yo tomara la siguiente decisión.

La tomé.

Le lamí el pecho, la línea del esternón, el borde de uno de sus pezones. Lo sentí tensarse. Fui bajando: el vientre, el ombligo, la línea de vello que desaparecía hacia abajo. Cuando llegué adonde quería, levanté la vista y lo miré desde abajo.

Me tomó de la cabeza con ambas manos. No empujó, no presionó. Solo las apoyó ahí, como una respuesta.

Lo tomé en la boca con cuidado, saboreando cada centímetro. Él soltó un sonido que no era exactamente un gemido, algo más contenido, más íntimo que eso. Aferré sus caderas y encontré un ritmo lento, sin apuro. Sus dedos se cerraron suavemente sobre mi cabeza, acompañando.

—No pares —dijo. Era la primera vez que lo escuchaba pedir algo así—. Por favor.

Obedecí. Me tomé mi tiempo, disfrutando de su sabor, de la tensión en sus muslos, de los pequeños sonidos que se le escapaban cuando yo cambiaba el ángulo. En algún momento empezó a moverse solo, sus caderas siguiendo el ritmo que yo marcaba.

Sentí que se ponía más tenso, que algo en él se acercaba al límite, y supe que tenía que parar. Lo solté despacio, apretando con los dedos en la base para retenerlo. Él jadeó, sorprendido por la detención.

—Todavía no —le dije, poniéndome de pie.

—Estoy muy caliente —dijo, con la voz que apenas le salía.

—Lo sé. Pero hay algo más que quiero antes.

—¿Qué cosa?

Me acerqué a su boca sin responder. Lo besé primero con suavidad, rozando apenas. Él abrió los labios levemente, sorprendido, y aproveché ese gesto para profundizar el beso. Durante un segundo no pasó nada. Luego me tomó de la nuca con una mano y respondió con una intensidad que no esperaba, que me tomó desprevenido.

Nos besamos varios minutos, con urgencia y sin apuro al mismo tiempo. Nuestros torsos apretados, nuestras pieles sudadas. Se separó apenas para tomar aire y nos quedamos con las frentes juntas, respirando.

—¿Qué estamos haciendo? —preguntó, sin énfasis, casi para sí mismo.

—Lo que queremos hacer —respondí.

No dijo nada más.

***

Me quité la ropa. Me di vuelta, apoyé las manos en el lavabo y me eché hacia él, buscando el ángulo correcto.

—Estoy acostumbrado —le dije—. Elena me lo hace con un juguete, a veces. Me gusta así.

Escuché su respiración cambiar detrás de mí. Luego sus manos en mis caderas, firmes pero sin brusquedad.

Me lo fue poniendo muy despacio, con más cuidado del que le había pedido y más del que yo esperaba de alguien en ese estado de excitación. Cuando lo sentí adentro del todo, cerré los ojos y me tomé un momento. La presión, el calor, la sensación de llenura que siempre me dejaba sin palabras. Me aferré al borde del lavabo con las dos manos.

—Quedate quieto un segundo —le pedí.

Lo hizo. Sentí su vientre contra mis nalgas, su respiración en mi nuca, el calor de su torso rozando mi espalda. Esperó, sin moverse, hasta que yo estuve listo.

—Bien —dije—. Ahora movete.

Empezó despacio. Yo fui ajustando el ritmo, abriéndome cuando empujaba, cerrándome cuando retrocedía, encontrando la cadencia que hacía que todo encajara. No hablamos durante un rato. El espejo del baño nos devolvía nuestra imagen y durante un segundo absurdo pensé que parecíamos dos desconocidos. Luego dejé de pensar.

La velocidad fue aumentando sola. En algún momento empecé a pedirle más, sin vergüenza, porque ya no había lugar para eso. Más fuerte. Más profundo. Él respondía con cada una de mis palabras, entregándose a un ritmo que ya no controlaba ninguno de los dos.

—No pares —le pedía—. No pares.

No paró. Siguió empujando, cada vez más rápido, hasta que lo sentí tensarse por completo detrás de mí y acabó adentro con varias sacudidas largas y un sonido que le salió del pecho sin que pudiera evitarlo. Se quedó recostado sobre mi espalda, sin moverse, todavía conectados, respirando con dificultad.

—Sos increíble —dijo finalmente, casi en susurro.

—Me dejaste con ganas —respondí.

Se rió. Una risa corta, genuina, que no había escuchado nunca en él de esa manera.

—Eso tiene solución.

Y la tuvo.

***

Salimos del baño un buen rato después, con el pelo mojado y una ligereza en el cuerpo que se instala cuando uno descarga algo que venía cargando sin saberlo. Marcos preparó unos sándwiches en su cocina, abrió dos cervezas y hablamos de cualquier cosa: del verano que se acercaba, del partido que había perdido el equipo del barrio, de si iban a arreglar por fin la calle del fondo.

No hablamos de lo que había pasado. No hacía falta. Esas conversaciones, cuando se tienen, suelen arruinar exactamente lo que intentan explicar.

Elena y Clara volvieron a la tarde siguiente. Los chicos venían dormidos en el asiento trasero. Mientras bajábamos las bolsas del auto, Marcos me dio una palmada en el hombro, esa clase de palmada que puede significar muchas cosas según quién la dé y en qué momento.

Yo entendí la que quería decir.

Clara nos miró a los dos con esa sonrisa suya que nunca es del todo inocente, y preguntó si habíamos pasado bien el fin de semana solos.

—Muy bien —dijimos los dos, casi al mismo tiempo.

Ella asintió, satisfecha, como si hubiera sabido la respuesta desde el principio.

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Comentarios (4)

TONY

increible!!! me atrapo de principio a fin, que manera de crear tension

NicoLector

Por favor que haya segunda parte!! quedé con muchas ganas de saber como terminó todo esto

rodrigo_mdp

Me encantó como construiste el momento, se siente muy real. Esa tension acumulada durante meses se nota en cada linea, muy bien logrado

JuanPCba

Me recordó a una situacion parecida con un amigo hace años, ja. Nada tan cinematográfico pero esa misma sensacion de no poder seguir ignorando lo que ya sabias

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