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Relatos Ardientes

Volví antes a casa y los encontré en mi cama

Valentina dijo que iba a hacer la compra. Eso fue lo que le dijo a Nicolás antes de salir del apartamento un martes a las dos de la tarde, con la bolsa de tela colgando del brazo y los labios pintados de un tono que no usaba para ir al supermercado.

Nicolás lo notó. No dijo nada.

Llevaba semanas notando cosas: el teléfono boca abajo sobre la mesa, las duchas demasiado largas al volver de «la compra», la forma en que Valentina evitaba su mirada cuando Marcos estaba en la misma habitación. Marcos, su amigo desde la facultad, el que había sido el testigo en su boda fallida, el que se quedaba a cenar los jueves y se reía demasiado fuerte de los mismos chistes de siempre.

No quería saberlo. Así que no preguntó.

***

Marcos vivía a ocho minutos del apartamento. Eso lo sabía Nicolás porque lo había cronometrado sin querer la noche que fue a devolverle una herramienta que le había prestado. Ocho minutos en coche. Cinco andando rápido.

Valentina tardaba siempre entre hora y media y dos horas en «la compra».

Esa tarde, Nicolás salió hacia el trabajo, llegó hasta el aparcamiento del edificio de oficinas y se quedó sentado en el coche con las manos sobre el volante. Tenía una reunión a las tres. Tenía un informe pendiente. Tenía todo eso y no pudo moverse del sitio.

A las dos y veinte dio marcha atrás y volvió a casa.

***

El ascensor tardó una eternidad. Nicolás subió por las escaleras y llegó al rellano con la respiración agitada, sin saber si era por los cinco pisos o por lo que podía encontrarse al otro lado de la puerta. La llave entró en la cerradura sin hacer ruido. La puerta se abrió sin crujir.

La primera señal fue la chaqueta de Marcos colgada en el perchero de la entrada.

No hubo sorpresa. Solo una certeza fría instalándose donde antes había duda.

Caminó despacio por el pasillo. El salón estaba vacío, la cocina también. La puerta del dormitorio estaba entornada y de allí venía el sonido: respiraciones jadeadas, el chasquido húmedo de carne contra carne, el crujido rítmico del somier, y por encima de todo la voz de Valentina soltando gemidos agudos entrecortados por un «más fuerte, más fuerte, no pares» que Nicolás reconoció porque era la misma voz que le había suplicado a él muchas veces, pero nunca con esa desesperación.

Se detuvo frente a la puerta.

Podía irse. Podía cerrar la puerta de la calle, bajar las escaleras, subirse al coche y conducir durante horas hasta que todo esto fuera un problema del futuro. Era una opción. Una opción perfectamente razonable.

Empujó la puerta.

***

Lo que vio tardó un segundo en registrarse. El cerebro tiene esa forma de protegerte, de interponer una fracción de tiempo entre la imagen y el significado. Valentina estaba a cuatro patas sobre la cama, con las manos aferradas a la cabecera y los nudillos blancos de apretar tan fuerte. Tenía la espalda arqueada, las tetas colgando y bamboleándose con cada embestida, los pezones duros y enrojecidos de haber sido mordidos. Marcos estaba detrás de ella, de rodillas, con las manos clavadas en las caderas de Valentina y la polla enterrada hasta los cojones en su coño. Se retiraba casi por completo —Nicolás alcanzó a ver la verga de su amigo brillando de flujo, gruesa y venosa— y volvía a hundírsela de un golpe seco que hacía chocar sus pelvis con un ruido carnal y obsceno.

El sonido que hizo Nicolás fue involuntario. Algo entre un jadeo y una sílaba sin terminar.

Los dos se giraron.

El tiempo se detuvo durante un instante absurdo en el que nadie habló ni se movió. Valentina se apartó de Marcos con un movimiento brusco —la polla de él salió de su coño con un sonido húmedo que se oyó en toda la habitación— y se tapó con la sábana hasta los hombros. Marcos se quedó inmóvil, arrodillado en la cama, con la verga empapada apuntando al techo, tiesa y goteando, la boca abierta y los ojos muy abiertos, como si estar quieto fuera a deshacer lo que había pasado.

—Nicolás —dijo Valentina. Su voz salió rota, sin volumen.

Él no respondió de inmediato. Estaba mirando a Marcos, a ese cuerpo que conocía de años de surf y de veranos compartidos, y la imagen no encajaba con ningún archivo que tuviera almacenado. Su mejor amigo. En su cama. Con la polla dentro de su novia dos segundos antes.

Esto está pasando de verdad.

—No os mováis —dijo por fin.

Lo dijo sin levantar la voz. No supo por qué lo dijo ni qué pretendía con eso. Pero los dos obedecieron.

Nicolás entró despacio en el dormitorio y cerró la puerta a su espalda. Se apoyó contra ella un momento, respirando. Valentina lo miraba con una mezcla de terror y vergüenza que él nunca le había visto en la cara. Marcos tenía los ojos clavados en el suelo, pero la polla se le mantenía dura, traicionándolo, latiendo contra su vientre.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Nicolás.

Silencio.

—¿Cuánto tiempo lleva pasando esto?

—Dos meses —respondió Valentina en voz baja.

Dos meses. Nicolás hizo el cálculo sin querer: la escapada de fin de semana que Valentina había cancelado por «trabajo», las veces que Marcos había declinado los planes del grupo con excusas vagas, los martes de «la compra». Dos meses de coño y de polla a escondidas, de corridas que no eran suyas, de gemidos que no había oído.

Debería estar destrozado. O furioso. Tenía razones para las dos cosas.

En cambio, había algo más. Algo que no tenía nombre todavía y que le revolvía el estómago de una forma que no era del todo desagradable. Sus ojos se desplazaron hacia Marcos. Bajo la sábana que Valentina se había echado encima, el cuerpo de su amigo seguía siendo visible: el torso, los hombros, la verga tiesa y brillante de los jugos de Valentina.

No debería estar mirando eso.

Pero no apartó los ojos. Y notó, con una punzada rara en el bajo vientre, que la suya también se estaba poniendo dura dentro del pantalón.

***

Lo que ocurrió después no fue una decisión racional. Fue más bien la ausencia de una decisión contraria: no gritar, no marcharse, no decirles que se fueran. Solo quedarse. Solo seguir mirando. Solo dejar que esa cosa sin nombre tomara el control por una vez.

Nicolás se quitó la chaqueta y la dejó caer sobre la silla del escritorio.

—Sigue —le dijo a Marcos.

Marcos lo miró como si no hubiera entendido.

—¿Qué? —dijo.

—Que sigáis. Los dos. Quiero verlo. Quiero verte follártela como estabas follándotela cuando entré.

Valentina había bajado la sábana un poco. Lo miraba con una expresión que él no sabía cómo leer: confusión, miedo, pero también algo más oscuro, más interesado. Se le habían endurecido de nuevo los pezones, y él lo notó.

—Nicolás, yo... —empezó ella.

—No quiero explicaciones ahora —dijo él—. Ahora quiero que sigas chupándole la polla y quiero que él te folle. Como llevas dos meses haciendo sin mí.

Hubo un silencio largo. Marcos miró a Valentina. Valentina miró a Nicolás. Algo pasó entre los tres que no tenía palabras, un entendimiento tácito y extraño, y entonces Marcos se movió.

Valentina soltó la sábana. La dejó caer hasta la cintura primero, después la apartó del todo. Se quedó desnuda a cuatro patas otra vez, mirando a Nicolás por encima del hombro con los ojos brillantes, y bajó la boca hacia la polla de Marcos. Nicolás vio cómo su novia abría los labios y se metía la verga entera de su amigo hasta el fondo de la garganta, hasta que la nariz le rozó el pubis. La sacó despacio, con la saliva formando un hilo, y volvió a tragársela. Marcos gimió y le puso una mano en la nuca.

—Joder —murmuró Marcos.

Valentina la chupaba con hambre, sin fingir, moviendo la cabeza entera arriba y abajo, mamándola con un ruido de saliva que llenaba el cuarto. De vez en cuando la sacaba de la boca y le lamía los cojones, subía por la vena gruesa de abajo, y volvía a metérsela hasta el fondo. Nicolás se sentó en el sillón del rincón, a tres metros de la cama, y no dijo nada más.

Solo miró.

***

Mirar fue más difícil y más fácil de lo que esperaba. Difícil porque era su novia mamándole la polla a otro tío como si fuera su trabajo, y cada gesto que ella hacía llevaba el peso de dos años de intimidad compartida. Fácil porque la rabia que debería sentir no llegaba, y en su lugar había algo más visceral, más antiguo, que lo mantenía pegado al sillón sin poder moverse. La polla se le había puesto durísima. Se la soltó del pantalón sin pensarlo y empezó a acariciársela despacio, con la vista clavada en la escena.

Marcos la agarró del pelo y la tumbó boca arriba. Le abrió las piernas de golpe, sin ceremonia, y Nicolás vio el coño de Valentina abierto y empapado, los labios hinchados y rojos, el clítoris tieso. Marcos se agachó y se lo comió. Le pasó la lengua entera de abajo arriba, muy despacio, y Valentina soltó un gemido largo que le sacudió todo el cuerpo. Le lamió el clítoris en círculos, le metió dos dedos, se los curvó dentro, y ella empezó a arquear la espalda y a agarrarse a las sábanas.

—Así, así, así —jadeaba ella—, no pares, joder, no pares...

Valentina cerró los ojos una vez y los volvió a abrir mirando directamente a Nicolás. Él aguantó esa mirada. No la retiró. Se seguía tocando la polla despacio y ella lo vio, y algo cambió en su cara: dejó de tener vergüenza. Abrió más las piernas, para él, para que la viera bien, y empezó a gemir más alto, mirándolo a los ojos mientras otro tío le comía el coño.

Marcos se incorporó, se agarró la polla y la frotó contra la raja de Valentina, arriba y abajo, empapándose del flujo. La punta le presionaba el clítoris con cada pasada.

—Métela —dijo ella—. Métemela ya.

Marcos la penetró de una sola embestida, hasta el fondo, y Valentina soltó un gemido gutural que se le rompió en la garganta. El primer bombeo fue lento, para que se acomodara, pero el segundo ya fue seco, brutal, y a partir del tercero Marcos se puso a follársela a un ritmo constante que hacía crujir la cama. Le agarró las piernas por detrás de las rodillas y se las empujó contra el pecho, doblándola en dos, para clavársela más profunda. Las tetas de Valentina se sacudían con cada embestida. El coño hacía un ruido mojado, chapoteado, que llenaba la habitación entera.

La habitación estaba cargada de olor a piel caliente, a sudor, a sexo. Los sonidos eran reales y concretos: la fricción del cuero cabelludo de Valentina contra la sábana, el chasquido carnal de los cojones de Marcos golpeando el culo de Valentina, la respiración de los dos, el nombre que Valentina no dijo en voz alta pero que tenía en la boca, y que no era el de Marcos.

Nicolás se levantó del sillón.

Caminó hacia la cama con la polla fuera y en la mano. Marcos levantó la vista y se tensó, sin dejar de follar, pero Nicolás no le prestó atención. Se arrodilló al lado de Valentina y le tocó la cara con la palma de la mano. Ella se giró hacia él con los ojos muy abiertos, sin saber qué esperar. Nicolás la besó despacio, sin prisa, mientras Marcos seguía metiéndosela detrás. Con la otra mano le acercó la polla a la boca.

Valentina abrió los labios y se la tragó sin pensarlo. Nicolás sintió el calor de la boca de su novia envolviéndole el glande, la lengua enroscándose alrededor, y tuvo que apretar los dientes para no correrse ahí mismo. Ella lo chupaba con la misma hambre con la que había chupado a Marcos hacía dos minutos, gimiendo con la boca llena cada vez que Marcos le empujaba la polla hasta el fondo del coño. Cada embestida de atrás la hacía tragar más de Nicolás. Los tres estaban conectados en una sola línea, y a Nicolás se le fue toda la sangre del cuerpo a la verga.

—Joder, Valentina —jadeó él—, joder, así...

Ella lo sacó de la boca un segundo, con la barbilla brillante de saliva, y lo miró desde abajo con los ojos húmedos.

—Nicolás —dijo ella, no como pregunta sino como afirmación. Como si necesitara nombrarlo para saber que era real—. Fóllame la boca. Por favor.

—Estoy aquí —dijo él, y le agarró la cabeza y se la volvió a meter.

Marcos había detenido sus embestidas un momento, la tensión en su espalda visible desde donde estaba Nicolás, mirando cómo su amigo le follaba la boca a Valentina mientras él seguía dentro de su coño. Pero tampoco se apartó. Volvió a moverse, más despacio, coordinándose con el ritmo del otro.

Nicolás se incorporó, se quitó la camisa y los pantalones del todo y se tumbó en la cama al lado de Valentina, de cara a ella. La tocó con calma, sin urgencia, como si tuvieran todo el tiempo del mundo y no estuvieran en medio de algo que había roto tres años de confianza en veinte minutos. Le agarró un pecho, se lo apretó, le pellizcó el pezón hasta que ella gimió, le lamió el otro, le mordió.

Valentina estaba entre los dos. Marcos la puso de lado, se acomodó detrás y le volvió a meter la polla, esta vez por atrás en cucharita. Nicolás le levantó la pierna de arriba y se la echó por encima de la cadera. Ella quedó abierta de par en par, con la polla de Marcos entrándole por detrás y la polla de Nicolás rozándole la barriga por delante. Nicolás bajó la mano y le tocó el clítoris. Empezó a frotárselo en círculos, al ritmo de las embestidas de Marcos.

Valentina se puso a gemir sin control.

—¿Esto es lo que querías? —le preguntó él en voz baja, sin rencor, solo como pregunta real, sin dejar de tocarla.

Valentina tardó en responder. Sus ojos no se apartaron de los de él. Los tenía en blanco casi, temblando.

—No lo sé —dijo al final, con la voz rota—. No lo sé, Nicolás, ya no sé nada...

Y eso fue más honesto que cualquier otra cosa que hubiera dicho en semanas.

Nicolás le pasó los dedos por el pelo y la besó otra vez, más despacio aún, sin dejar de frotarle el clítoris mientras Marcos se la seguía metiendo por detrás. Valentina cerró los ojos. Entre los dos hombres su cuerpo respondía sin permiso, entregado a las dos presencias simultáneas, incapaz de procesar todo lo que eso significaba. Le agarró la polla a Nicolás con la mano y se puso a masturbársela, apretándola con fuerza, moviendo el puño arriba y abajo mientras la lengua de él le entraba en la boca.

—Me voy a correr —jadeó ella contra sus labios—. Me voy a correr, joder, no paréis, no paréis...

Cuando llegó al límite, lo hizo con la boca apretada contra el cuello de Nicolás y los dedos clavados en su brazo. Un temblor largo que los dos notaron, cada uno desde su lado. El coño se le contrajo alrededor de la verga de Marcos y él soltó un juramento sordo. Ella siguió temblando durante segundos, apretando la polla de Nicolás en el puño, con las piernas rígidas.

Marcos aguantó unos empujones más y se salió de golpe. Se agarró la verga y se corrió sobre las nalgas y la zona baja de la espalda de Valentina, chorros gruesos y blancos que quedaron marcando la piel. Gimió con los dientes apretados y se dejó caer hacia atrás, jadeando.

Nicolás no había terminado. Se puso de rodillas, giró a Valentina boca arriba y se le metió entre las piernas. Le enterró la polla en el coño empapado —empapado de ella, de flujo, de Marcos también— y sintió cómo lo apretaba todavía por los espasmos del orgasmo. Le agarró las muñecas y se las clavó contra el colchón por encima de la cabeza. Se puso a follársela mirándola a los ojos, embestida a embestida, sin apartar la vista.

—Mírame —le dijo—. Mírame a mí.

—Te miro —jadeó ella—, te miro, joder, córrete dentro, córrete dentro de mí...

Nicolás aguantó unas embestidas más y se corrió con un gruñido bajo, vaciándose entero dentro de ella, mientras Valentina le clavaba las uñas en la espalda. Sintió cómo su corrida se mezclaba con lo que ya había dentro y se dejó caer sobre su pecho, agotado.

***

Cuando Marcos terminó de recuperar el aliento, se levantó de la cama y se vistió en silencio, de espaldas a los dos. Nicolás lo dejó ir. Escuchó el sonido de la puerta del apartamento cerrándose y el silencio que dejó atrás.

Valentina y él se quedaron tumbados en la cama sin hablar durante un rato largo, pegajosos, sudorosos, con la sábana revuelta y el olor a semen y a coño llenando el cuarto. La luz de la tarde entraba por la persiana entornada y dibujaba rayas oblicuas en el techo.

—No sé qué ha pasado —dijo ella por fin.

—Yo tampoco —dijo Nicolás.

Había muchas cosas por decir. Estaban todas ahí, alineadas y esperando: la traición, los meses de mentiras, lo que significaba todo esto para ellos, para la relación, para la amistad con Marcos. Todo eso existía y tendría que salir en algún momento.

Pero por ahora, Nicolás solo podía pensar en la pregunta que no había formulado en voz alta y que seguía sin respuesta: qué clase de hombre se queda a mirar en lugar de irse, qué clase de hombre se une en lugar de gritar, y qué dice eso de quién es en realidad.

Valentina le puso una mano sobre el pecho. Él no la apartó.

Afuera, el ruido habitual de la calle seguía igual que siempre. La ciudad no sabía nada de lo que había ocurrido en ese dormitorio, y esa normalidad resultaba casi insultante.

—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Valentina.

Nicolás tardó en responder. El techo seguía igual, inmóvil y blanco, ajeno a todo.

—No lo sé —dijo—. Todavía no lo sé.

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Comentarios(9)

RubenZ_40

excelente relato!! me dejo con ganas de mas, por favor seguí

NocturnoCba

la chaqueta colgada en el perchero lo dice todo jajaja, ese detalle es una bomba

Rolando_BsAs

Muy bien escrito, se siente real. Me tuvo en tensión desde el principio hasta el final. Espero que haya segunda parte porque quede con mil preguntas dando vueltas en la cabeza.

Carlos

increible... tremendo

DiegoFan22

¿y como termino todo eso? la historia se corta justo cuando mas queria saber jajaja. Buenisimo igual

Paty_sf

me recordo a una situacion parecida que viví hace años, el estomago se te cae a los pies. Muy bien narrado

LuisF_1988

Buenisimo, uno de los mejores que lei en este sitio. Seguí así

Caro_mdp

que fuerte!! quede sin palabras

Viajero_BA

Se hizo cortísimo, quiero saber que paso despues. Por favor una continuacion!

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